Sí, señor presidente, usted tiene razón. Todavía existen secuelas de la esclavización en el presente. Esto puede traducirse de muchas maneras. En Colombia las cifras hablan por sí solas: la reducción sistemática del 30,8% de la población afrodescendiente en el censo nacional de 2018; que el 19,8% de esa población se encuentre en situación de pobreza multidimensional; o que en 2024 la Defensoría del Pueblo certificara 105 desplazamientos ocurridos a nivel nacional, y que la mayoría se perpetuaran en las geografías negras: 41 en Nariño y 16 en el Cauca. Estos indicadores nos señalan lo lejos que están los derechos y las instituciones que los apalancan para personas como nosotros, que nacimos en territorios al margen del mismo Estado. A eso se le llama racismo estructural. Bajo la premisa material de que existen unas vidas más importantes que otras, hemos puesto nuestros cuerpos desde el siglo XVI para que los otros los salpiquen de sangre y así se construyan las grandes riquezas del mundo.
En Colombia, como lo vemos, no es la excepción. En este país en el que han traficado con nuestros sueños, y que por estos días genera más preocupación que nunca, las estelas de la posvida esclavista —como las denomina la autora afroamericana Saidiya Hartman— siguen concretándose por medio de la muerte prematura, la violencia de Estado, el régimen industrial penitenciario y la falta de acceso a la salud y a la educación. Todavía seguimos mutilados en el mundo espectral, como sucedió hace cuatrocientos años.
Sí, señor presidente, usted tiene razón cuando afirma que todavía hay élites en este país que se niegan a perder el control de los cuerpos y territorios negros. Esos mismos siguen creyendo que el país es una gran plantación, lo más parecido a un estado de sitio, bajo el control militar y la suspensión de las condiciones para vivir bien. No es casualidad que el filósofo camerunés Achille Mbembe relacione las espacialidades donde se ejerció la esclavización —como las plantaciones; en el caso colombiano, las minas y las haciendas de ganado— como lugares del terror colonial, en los que el amo subordinaba el cuerpo, quebraba los deseos y separaba a los ancestros de su hogar. Lo que implicó un tipo de muerte en vida, una muerte social que en Colombia sigue reactualizándose. Pero aún, como señala Mbembe, nuestra gente, nuestros primeros héroes negros, no perdieron sus capacidades poéticas, aun cuando su cuerpo le pertenecía a otro. Por eso somos una cultura expresiva que aprendió a resistir desde un lenguaje cimarrón que siempre involucró a las artes.
Y Cristo Hoyos desciende de esos primeros hombres y mujeres que tanto añoraron una vida posesclavista en libertad. No, señor presidente, usted no tiene razón cuando dice que el cuadro de las farotas de Talaigua pintado por Cristo en la década de los noventa —cuando la empresa del paramilitarismo en la región tomaba auge— no es arte. Sí lo es. Refleja una de las expresiones quizá más asombrosas de la corporalidad rural y fluvial del Caribe, donde los hombres de nuestra región deciden performarse con trajes, faldas y sombrillas, y salir a la calle a danzar. La danza les sirvió en el pasado para rebelarse contra el amo, para escaparse, así fuera furtivamente, de la hacienda.
Y esto sucedió así porque nosotros —al igual que usted y el pintor— nacimos en una tierra anfibia, donde lo humano se emparenta con lo líquido. Lejos de generar una discusión sobre si la tradición es originalmente indígena o afrodescendiente, creo que la pregunta es otra: cómo la danza de las farotas es un espejo en el que podemos vernos cultural y políticamente hoy, haciendo alusión a Paul Gilroy cuando dice que el Atlántico Negro es una formación intercultural y transnacional.
No, señor presidente, usted no tiene razón cuando descalifica la obra de Hoyos. Todo lo contrario: el artista creó un régimen visual que puso como plataforma de denuncia las primeras muertes perpetradas por ejércitos locales a mediados de los noventa, cuando Córdoba, en vez de ser reconocido por su biocultural idad, era referenciado como la cuna de las masacres más violentas contra los campesinos —que eran mitad negros y mitad indígenas.
Pues si algo ha hecho Hoyos es crear una metáfora situada y local que incluso la historia del arte en Colombia sigue llamando constumbrista, folclórica o panfletaria. Lo mismo sucedió con sus coronas, cercas de palo y cuadros vivos. De manera simultánea, desde los años 2000, creó el Museo Zenú de Arte Contemporáneo, en respuesta a la desolación que por esos días enfrentaba el departamento. Así como su obra, es un espacio expositivo disidente, sin sede, sin colección, enraizado en el territorio, que apostó por el servicio de un centenar de obras, artistas y curadores que suelen habitar las más altas esferas del arte nacional e internacional. Como la hazaña de la misma Beatriz González al colocar, en las salas del Museo sobre las orillas del Sinú, las imágenes de Yolanda Izquierdo, la campesina y lideresa asesinada en la región.
Como ve, señor presidente, su comentario en la plaza pública de Cartagena —paradójicamente, uno de los lugares fundacionales de las Afroaméricas— va mucho más allá de un enfrentamiento político. Y que esta sea la oportunidad para argumentar que un artista no controla el destino de su obra. Desde la filosofía del arte, las obras caminan solas, tienen agencia propia y dicen tanto del artista como del taller del que salen. Y las farotas de Cristo Hoyos han hecho lo que el arte político puede hacer: incomodar hasta en el espacio que no les corresponde.
Gabriel Moreno Reza
