Más allá de los mecanismos —opacos, aunque bien conocidos— que articulan el mercado del arte, las galerías y la visibilidad institucional, existe una fuerza más silenciosa, más sutil y en gran medida invisible, que incide de forma decisiva en qué se produce y en quién lo produce.
Para muchos de nosotros, las convocatorias abiertas —y la búsqueda constante de oportunidades que implican— deberían ofrecer el espacio, el tiempo y la estabilidad económica necesarios para trabajar con cuidado, profundidad y atención sostenida. Sin embargo, en la práctica, se han convertido en un umbral difícil de atravesar, donde la posibilidad de acceso es mínima y, al mismo tiempo, casi indispensable.
Esto me lleva a preguntarme: ¿por qué la violencia inherente al acto de postularse a convocatorias —residencias, becas, exposiciones— sigue siendo un asunto silenciado?
Aplicar no es un gesto neutro. Supone una inversión considerable de tiempo, energía y trabajo no remunerado, muchas veces sin devolución, sin criterios claros y sin posibilidad de aprendizaje a partir del rechazo. En ese proceso se configura una forma de violencia no solo económica, sino también simbólica y afectiva, que se acumula con el tiempo y que rara vez se nombra como tal.
Resulta llamativo que el discurso dominante en el arte contemporáneo gire hoy en torno a la inclusión, la reparación, la descolonización, las perspectivas más-que-humanas, la ecología profunda, la interconexión y el cuidado. No se trata de temas secundarios: son urgentes y necesarios. Sin embargo, aparece una tensión difícil de ignorar: estos valores no siempre se traducen en los modos de selección, que continúan reproduciendo patrones de exclusión, homogeneidad y concentración.
Lo que se presenta como una dinámica más inclusiva opera, en muchos casos, en la superficie. Por debajo, persisten formas de organización que delimitan quién puede acceder a recursos, visibilidad y legitimidad.
Mi perfil —según cómo se quiera leer (edad, origen, trayectoria, visibilidad, tipo de trabajo, desarrollo profesional)— siempre resulta ser demasiado de algo o insuficiente de otra cosa. Soy un artista en sus cuarenta que decidió alejarse de lo que se considera «el centro» o un nodo de capital cultural. Trabajo a tiempo completo para sostener a mi familia. Soy padre. Y, como muchos otros, me enfrento a la dificultad de generar las condiciones, el tiempo y las redes necesarias para producir obra.
En estas circunstancias, cumplir con los criterios de selección no depende únicamente de la calidad o la pertinencia de una propuesta, sino de un conjunto de condiciones previas que no están distribuidas de manera equitativa.
La pregunta, entonces, no es solo por qué no se accede, sino bajo qué lógica se organiza ese acceso.
Desde hace más de diez años formulo proyectos, poniendo en cada palabra, cada página, cada idea e intención la totalidad de mi ser. Son propuestas que buscan conectar lo personal con lo colectivo, sostenidas en la convicción de que lo planteado trasciende la ambición individual y responde a urgencias compartidas de nuestro tiempo.
Sin embargo, este compromiso suele encontrarse con un correo de rechazo genérico e impersonal, enviado a cientos de personas, donde las razones de la decisión apenas pueden intuirse. Esto no ofrece una base concreta desde la cual aprender, ajustar o crecer.
En la convocatoria más reciente a la que me presenté, la probabilidad de ser seleccionado era de una entre 300 —aproximadamente un 0,3 %. Una posibilidad de realizar un proyecto que, en cualquier otra circunstancia, no tendría los medios para producir.
Como referencia, estas probabilidades son comparables a ser zurdo con ojos verdes o a ser alcanzado por un rayo una vez en la vida. Más allá de la anécdota, lo que estas cifras revelan es una estructura en la que muchas trayectorias quedan sistemáticamente en suspenso.
Aunque mi trayectoria es singular, hay al menos otras 299 personas atravesando, probablemente, una experiencia similar. No se trata de excepciones, sino de una recurrencia.
Para quienes no somos seleccionados, lo que queda no es solo la ausencia de oportunidad, sino la dificultad de sostener en el tiempo una práctica que depende de condiciones externas para realizarse y circular.
Si hacer arte hoy implica, en alguna medida, ser legitimado a través de la mirada de otros y alcanzar un cierto reconocimiento que —aunque no permita vivir del arte— al menos haga posible seguir produciendo, entonces la resiliencia que se exige deja de ser una cualidad individual para convertirse en una condición estructural.
Si el cambio estructural no está realmente sobre la mesa, quizá deberíamos dejar de fingir. Dejar de invocar la transparencia cuando los criterios de selección permanecen profundamente sesgados. Dejar de presentar a los jurados como instancias neutrales cuando quienes los integran deben “evaluar objetivamente” la vida, el contexto y la práctica de cientos.
¿Por qué no reconocerlo abiertamente? ¿Por qué no ensayar modelos radicalmente distintos —selección aleatoria, rotación, redistribución de recursos— que permitan, efectivamente, la aparición de la sorpresa, el riesgo y la diversidad? Incluso introducir variables completamente arbitrarias —signo zodiacal, estatura, cuánto tiempo se puede contener la respiración— para explorar el azar desde otro lugar.
Mientras las dinámicas de poder y sus múltiples formas de elitismo no se aborden en su raíz, el riesgo es permanecer en un plano discursivo que no transforma las condiciones reales de producción. Hablar de cuidado sin modificar las estructuras que organizan el acceso resulta, en ese sentido, insuficiente.
Quizá también sea necesario ampliar la manera en que entendemos el rol del artista: no únicamente como productor cultural, sino como alguien que contribuye al tejido emocional, crítico y simbólico de una comunidad. Sostener una práctica artística, entonces, no es solo una cuestión individual, sino una condición que tiene implicaciones colectivas.
11 comentarios
Que una persona invierta tiempo, energía y trabajo no remunerado en postularse no significa que la institución esté ejerciendo violencia. En muchísimos ámbitos competitivos —becas, concursos, empleos, residencias, festivales, editoriales— hay una inversión previa sin garantía de retorno. Eso puede ser desgastante, sí, pero no necesariamente abusivo. El riesgo forma parte de la lógica de selección.
Se entiende la preocupación por el uso de la palabra. Pero la pregunta no es si «violencia» es cómoda, es si nombra algo real. Hay una diferencia entre una decepción individual y un mecanismo que extrae trabajo de forma sostenida, sin devolución y con costos diferenciales según posición. Eso no es solo riesgo, es una forma de organizar el acceso. Podemos discutir el término; lo que no podemos es hacer como que el mecanismo no existe.
No hay que satanizar las convocatorias. No son coercitivas, son voluntarias. La misma palabra y el concepto son excluyentes por definición.
La violencia no es unicamente coercitiva, y de hecho el post menciona explicitamente a qué tipo de violencia se refiere. el aspecto competitivo no es lo que se discute, sino la falta de transparencia y, sobre todo, de consideracion por el costo de lo que se exige de los artistas a la hora de aplicar, sin darles absolutamente nada a cambio. a pesar de esto, los artistas se ven forzados a aplicar para poder sustentar sus practicas artisticas. es ahi donde la violencia reside.
Hay algo más sutil que el hecho de que ese trabajo no termine remunerado. Es que ahí funciona una economía del capital simbólico por la cual quien convoca extrae legitimación, centralidad, autoridad, y con ello recursos, de los convocados que participan no solo gratis sino muchas veces pagando incluso, prestando su trabajo, su tiempo y su cuerpo para que sea evaluado. Lo curioso no es que quien evalúa posee una autoridad ante la que el postulante se somete, sino que el.mecanismo de la convocatoria, simbólicamente, produce la autoridad del convocante en el acto de la postulación. Muchas veces, con las mejores intenciones democratizantes , se realizan convocatorias abiertas pero está economía del capital simbólico se pasa por alto
Me encanta leer esto, esta semana recibí el rechazo de una organización muy prestigiosa enviado por una de las 5 “interns” de la organización. El email tenía diferentes tipografías y al responder si podía recibir retroalimentación nunca recibí respuesta. Al tratar de compartir lo frustrante que esto había sido. La respuesta que recibí de muchos artistas es que ser artista significa ser rechazado constantemente
Lo más violento es tener que adaptarse a las narrativas forzadas de los gobernantes de Turno, he visto gente con proyectos increíbles y auténticos forzando todo su trabajo para encajar en discursos que hablan de campo indigenismo y tradición, una «hiper romantizacion» de la cultura que asfixia las propuestas genuinas y las miles de posibilidades culturales que los artistas pueden ofrecer. Hay miles de realidades y lenguajes diferentes.
Por favor no desgastemos la palabra violencia. Participar en una convocatoria y no ser seleccionado está muy lejos de ser un comportamiento violento. No recibir respuesta, devolución o retroalimentación puede ser una mala práctica, incluso una falta de consideración. Pero de ahí a llamarlo violencia económica, simbólica y afectiva hay un salto enorme. No toda decepción institucional es violencia. Si se usa esa palabra para todo, termina perdiendo fuerza cuando realmente hay violencia.
Vos pensás que un sistema que requiere que las personas deban trabajar gratis una y otra y otra vez sin recibir absolutamente nada a cambio (o unicamente un email generico) no genera daño psicologico, ademas de economico, o privaciones?
Claro que es violencia! No recibir ningún tipo de explicacion que dé cuenta del porqué del rechazo, no recibir una devolución del dinero invertido en la inscripción, en fin ,ser «ninguneado» es una de las tantas formas de la violencia,es violencia sicologica .El hecho de que las huellas y cicatrices que deja no sean tan visibles a los ojos de los otros,como sucede en la violencia física,no significa que sean menos profundas y dolorosas.
Aplicar no es solo enviar un proyecto, es dejar un pedazo de uno en manos de alguien que no sabemos si mirará con atención o con prisa. Es quedarse un rato más despierto, corrigiendo lo invisible, ordenando ideas como si fueran muebles en una casa que tal vez nadie habite.