Bienal de Venecia, entre el activismo y la autonomía

El jurado internacional tomó una decisión que buscaba un punto medio, pero que terminó por debilitar la seriedad del certamen. Al excluir a Rusia e Israel de la posibilidad de obtener premios basándose en procesos de la Corte Penal Internacional, el jurado desplazó el criterio de valoración del objeto artístico al expediente legal del Estado-nación. Este giro burocratiza el arte y subordina el talento individual a la conducta de los gobiernos nacionales.

La Bienal de Venecia ha servido, durante más de un siglo, como el foro definitivo para la diplomacia cultural en Occidente. Sin embargo, la edición de 2026, a pocos días de comenzar, ha revelado una tensión tectónica entre la misión fundacional de la institución y el ascenso de una nueva praxis curatorial que prioriza el posicionamiento político sobre la mediación artística. Este fenómeno no sólo pone a prueba la logística del evento, sino la validez de su modelo mismo. La edición de este año, sin siquiera ser oficialmente inaugurada, está siendo especial y lamentablemente controversial con la política, como no, al centro de todas las polémicas internas y externas.

Para entender el presente, es imperativo analizar la estructura de la Fundación. La Bienal no es una galería privada; es un ente público de derecho privado que gestiona soberanía simbólica. Su éxito histórico radica en su capacidad para actuar como un paraguas neutral bajo el cual conviven naciones en conflicto (los lectores más mayores recordarán qué pasaba entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos dentro del evento durante la Guerra Fría). Pero la Bienal estaba por encima, inamovible.

Romper esa neutralidad, como se ha exigido en meses recientes, no aparece entonces como un acto de valentía moral, sino como una amenaza directa a la viabilidad del foro como un espacio de encuentro universal.

Los hechos comenzaron a concatenarse tras la muerte de Koyo Kouoh. La transición del mando curatorial a su equipo, integrado por Rasha Salti, Gabe Beckhurst Feijoo, Marie Hélène Pereira, Siddhartha Mitter  y Rory Tsapayi, trajo consigo una interpretación del tema “Minor Keys” que pronto se desplazó de lo estético a lo ideológico. Si bien el arte debe reflejar las preocupaciones de su tiempo, el sentido común sugiere que un equipo curatorial tiene una responsabilidad contractual de lealtad hacia la institución que le permite operar.

La primera gran controversia técnica surgió con la readmisión del pabellón ruso. Desde la administración de la Bienal, presidida por Pietrangelo Buttafuoco, la decisión se basó en el principio de continuidad. Excluir permanentemente a una nación por las acciones de su gobierno es un precedente que, de aplicarse con rigor, vaciaría los Giardini de la mitad de sus participantes habituales. La institución defendió, con criterio, que la cultura debe ser el último canal diplomático en cerrarse.

No obstante, la reacción de la Comisión Europea el 15 de marzo introdujo un elemento de coacción externa inaudito. El anuncio de suspender una subvención de dos millones de euros si no se procedía a la censura de Rusia colocó a la Bienal en una posición imposible. La institución se vio atacada en su autonomía financiera por organismos políticos que, paradójicamente, deberían velar por la libertad de expresión cultural en el continente.

Es en este punto donde la actuación del equipo curatorial merece un escrutinio más severo. En lugar de actuar como escudo institucional, parte del equipo se sumó a las campañas de boicot externas. Desde el punto de vista de la gestión este suceso representa una anomalía, reconociendo a agentes internos socavando la infraestructura que sostiene su propio trabajo. La curaduría dejó de ser una labor de selección de obras para convertirse en un ejercicio de agitación política contra el propio anfitrión.

El 23 de abril, el jurado internacional tomó una decisión que buscaba un punto medio, pero que terminó por debilitar la seriedad del certamen. Al excluir a Rusia e Israel de la posibilidad de obtener premios basándose en procesos de la Corte Penal Internacional, el jurado desplazó el criterio de valoración del objeto artístico al expediente legal del Estado-nación. Este giro burocratiza el arte y subordina el talento individual a la conducta de los gobiernos nacionales.

La importancia de la Bienal de Venecia para el arte contemporáneo reside precisamente en su capacidad para sostener la contradicción. El prestigio veneciano se ha forjado permitiendo que lo sublime y lo abyecto coexistan en el mismo espacio geográfico. Si la curaduría actual busca “limpiar” el evento de cualquier presencia incómoda, lo que está haciendo en realidad es empobrecer el discurso artístico, reduciéndolo a una cámara de eco de valores pre aprobados.

La presencia ejercida por el colectivo ANGA y otros grupos de artistas para clausurar el pabellón de Israel en el Arsenale es otro ejemplo de cómo el activismo busca cortocircuitar el protocolo institucional a su antojo. La reubicación del pabellón israelí fue una medida logística sensata para garantizar la seguridad de los visitantes, pero fue interpretada por los curadores como un agravio, sin ser capaces de entender que la seguridad física de los asistentes es una prioridad administrativa que no debería estar sujeta a debates ideológicos.

El impacto del retiro de los fondos europeos no debe subestimarse, pero la respuesta de la Fundación ha sido de una integridad notable. Al mantener sus puertas abiertas, la Bienal ha recordado al mundo que su valor no se mide solo en euros, sino en su historia. Sin embargo, la dependencia de patrocinios privados para cubrir el agujero de la Unión Europea (que sin lugar a dudas conseguirá), podría llevar a una mayor mercantilización del evento a largo plazo, una consecuencia indeseada del boicot político que han creado los propios artistas y curadores.

La “solidaridad radical” propuesta por los curadores es, a menudo, una forma de exclusión selectiva. Mientras se ataca la presencia de ciertas naciones, se ignora la de otras con historiales de derechos humanos igualmente cuestionables. Esta falta de consistencia ética es lo que más daña el prestigio de la Bienal, pues sugiere que las reglas de participación son arbitrarias y dependen del clima de opinión en la prensa y las redes sociales.

La defensa del rol institucional de la Bienal es, en última instancia, la defensa del pluralismo. Si la organización cediera a todas las demandas de cancelación, la Bienal de Venecia se convertiría en un evento parroquial, relevante sólo para una fracción del mundo artístico alineada con una agenda específica. El valor de la Bienal es justamente la existencia de espacios donde lo opuesto a nuestras creencias tenga el derecho a ser exhibido.

La crisis del pabellón australiano con Khaled Sabsabi ilustra el daño colateral de este ambiente hiperventilado. Cuando las instituciones temen la reacción de los activistas, terminan tomando decisiones erráticas que perjudican a los artistas que dicen proteger. La Bienal debe ser un puerto seguro para el artista, protegiéndolo de las tormentas políticas que los curadores, en ocasiones, parecen más interesados en avivar que en calmar.

La gobernanza de la Bienal necesita una reforma que refuerce la autoridad de la Fundación sobre los caprichos del momento. Un curador jefe debería ser un aliado de la institución, no su principal crítico desde dentro. La libertad curatorial es sagrada para la selección de obras, pero no debería extenderse al sabotaje de la integridad diplomática del evento.

A medida que nos acercamos a la inauguración de esta 61ª edición, queda claro que la Bienal ha sobrevivido físicamente, pero su reputación como foro imparcial está herida. Para sanarla, es necesario volver a los fundamentos. El arte no es una extensión de la política por otros medios, aunque los curadores defiendan lo contrario. El arte es una disciplina autónoma que requiere de una estructura sólida para no ser devorada por la contingencia. La verdadera importancia de Venecia es su escala. Es el único lugar donde el arte se mide cara a cara con la historia y el poder. Si permitimos que el activismo curatorial fragmente esta escala en pequeños guetos ideológicos, habremos perdido la joya de la corona del arte occidental. La Bienal debe seguir siendo el lugar donde el mundo, con todas sus heridas y falsedades, se atreve a mirarse al espejo.

La defensa de la institución y su autonomía es la única forma de garantizar que el arte contemporáneo siga teniendo un escenario global. Los curadores pasarán, las polémicas se olvidarán, pero la Bienal debe permanecer como ese faro de complejidad que, a pesar de todo, se niega a apagar su luz ante el primer vendaval de la opinión pública.

 

Alex Ceball

Artista Visual y Crítico de Arte

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