Exponer el río: representar, exhibir y administrar

El contraste entre obras, en la exposición «Tierra en tránsito» es innegable, y aunque muchas comparten condiciones técnicas, no lo hacen del mismo modo. El tamaño de algunos proyectos es determinante y significativamente diferente. Frente a estas imágenes, otras conservan el tono –modesto- que ha caracterizado al Salón.

Le dieron vuelta al río. Katherin Saa Arce. Video instalación. 2m x 1.50m. Museo de Arte del Tolima, 46SNA

El 46 SNA permite plantear preguntas importantes sobre la relación entre las condiciones de posibilidad de la museografía y el efecto que esta ejerce sobre la percepción de las obras. También abre la posibilidad de ver -a través de la reflexión que proponen los proyectos-, algunas formas históricas de relación con el río. El río es un cuerpo vivo, casi siempre intimidante, también vulnerable, “darle la vuelta al río”, supone la imposición de una fuerza mecánica -en apariencia superior a la fuerza del río-, que actúa de forma violenta sobre su lecho, modificando dramáticamente su superficie en busca de oro. Toda forma de representación y de presentación de un contenido, supone la imposición de un tipo de fuerza, en este caso simbólica, sobre lo representado. La versión del actual Salón Nacional de artistas, organiza y condiciona -algunas curadurías- de acuerdo a las condiciones de las instituciones –privadas o públicas- existentes en los municipios elegidos como sede del mismo. Es decir, que las condiciones (no solo físicas) del lugar determinaron, en la mayoría de los casos, el tipo de obra y la forma en que allí se exhibía.

El caso de Ibagué es particular por el edificio del Museo de Arte del Tolima. Recorrer la exposición que actualmente se encuentra abierta al público (a punto de terminar), produce una sensación distinta de otras de sus exposiciones, y esto, también depende de los recursos físicos e institucionales. No es esta una casona colonial con mecedoras, como en Mompox, o un edificio del siglo XIX como el de la aduana en Barranquilla, tampoco un centro cultural- de arquitectura ‘genérica’, como el de Neiva. Por el contrario, es un edificio del tipo que pretende ‘parecer’ un museo de arte moderno. Eso hace que algunas de las obras del 46 SNA se perciban “agrandadas”, ¿grandilocuentes? No sé, pero sí diferentes, ni mejores, ni inferiores, distintas. ¿Como si el presupuesto económico dependiera del tipo de lugar que acoge la curaduría, o fuera proporcional al curador responsable de la misma? Lo cierto es que hay diferencias evidentes entre exposiciones, tipos de obras, proyectos y decisiones curatoriales. El tipo de museografía -posible- en cada sede, necesariamente produjo un tipo de efecto sobre los proyectos. La historia del 46 Salón Nacional, por su dimensión regional, también podría ser la de la forma como lo museográfico condiciona un retrato, en este caso del río.

El contraste entre obras, en la exposición Tierra en tránsito es innegable, y aunque muchas comparten condiciones técnicas, no lo hacen del mismo modo. El tamaño de algunos proyectos es determinante y significativamente diferente. Frente a estas imágenes, otras conservan el tono –modesto- que ha caracterizado al Salón.

Por ejemplo, la propuesta: Le dieron la vuelta al río, de Katherin Saa, la cual según ella:

“nació del recuerdo de mi tío señalando una parte del río mientras decía “le dieron vuelta al río”; explicando que días atrás llegaron personas con maquinaria pesada a desviar el cauce de éste para buscar oro; en contraposición a los procesos artesanales de extracción de oro ligados a mi familia -viéndolo como una tarea de paciencia que se realiza en los momentos de ocio y con un gran respeto por lo que los afluentes pueden o no proveer durante las jornadas-.”

La propuesta de vídeo (protagonista en la exposición), proyecta, en este caso, sobre un rectángulo de piedra y tierra -a modo de pantalla-, el paso del agua (visual y sonoramente), hasta desaparecer. Luego de la imagen en movimiento, aparece, una y otra vez, la de luz cenital del proyector, cambiando por completo la escena. Este efecto enmarca -piedras y tierra-, de forma repetitiva–entre el loop y el tiempo narrativo- como si se tratara de un retrato fragmentario de lo que se le hace río. Lo que vemos, es el pedazo de un cuerpo de agua a la fuerza sometido, de ahí que la convención del marco, producido por el proyector y la forma en que se organiza la superficie en la que se proyecta, recuerde otro tipo de fuerzas que determinan en este caso los retratos que de nosotros o de nuestros seres queridos conservamos, independiente del tipo de recuerdo que con este atesoremos. No es un retrato feliz, ni optimista, tampoco pretencioso, más bien como incómodo, y necesario. Volver sobre esta imagen permite plantear preguntas importantes, algunas sobre la selección y organización de los proyectos que como conjuntos de sentido se presentaron a lo largo y ancho de este salón. También por las decisiones administrativas que condicionaron las curadurías, sus contenidos y posibilidades.