el arte como ONG

El Guernica de Picasso mostraba con contundencia el compromiso del artista frente a la guerra y el horror. También podemos remontarnos en el tiempo y encontrar ese compromiso en Goya o en los escritos de Valle-Inclán contra la dictadura de Primo de Rivera. Una actitud que es posible recorrer a lo largo del arte del siglo XX planteando la pregunta: ¿cómo reaccionan los artistas ante las guerras y el horror que las acompaña, se llamen Primera o Segunda Guerra Mundial, Vietnam, Pinochet o Apartheid?

El Centre Pompidou de París ha querido aplicar esa cuestión a la situación actual y a una situación bélica concreta: ¿cómo reaccionan los artistas de Oriente Medio ante el interminable conflicto que se vive entre el Líbano, Israel y Palestina? El resultado: Les Inquiets. 5 artistas bajo la presión de la guerra; Yael Bartana y Omer Fast de Israel, Rabih Mroué y Akram Zaatari del Líbano y Ahlam Shibli de Palestina.

Les Inquiets toma el título de la novela homónima de Leo Lipski. En ella se describe la «situación de los artistas en vísperas de la Segunda Guerra Mundial que, gracias a su hipersensibilidad, presintieron el horror inminente». Esta referencia pesa como una losa a lo largo de la exposición. Porque, efectivamente, en el presentimiento de aquel horror se piensa en el Guernica de Picasso, pero también en los fotomontajes de John Heartfield denunciando el advenimiento de Hitler al poder y por los que las pasó canutas. Surge, también, la necesidad de denunciar explícitamente a los culpables. O también la famosa pregunta de Adorno: «¿Es posible escribir poesía después de Auswitch?» Ahí, el problema en el arte pasaba por preguntarse si era posible representar el horror. La revisión de esa inquietud de los artistas, ahora frente a Oriente Medio, que propone esta exposición y su comisaria, Joanna Mytkowska, parece situarse en un plano intermedio: ni denuncia, ni representación del horror.

Yael Bartana, tras su paso por Documenta, es la más célebre de los cinco y, al mismo tiempo, su participación es la más discreta. Casi fuera de la exposición, sobre la puerta de la entrada, presenta cuatro vídeos que funcionan a modo de friso. La imagen está manipulada como si fuese un bajo relieve y muestran en cámara lenta manifestaciones en Tel Aviv con fuerte presencia militar. La intención es clara: nada se mueve, todo sigue igual, está periclitado, parece de otra época, como si esa tensión no tuviese solución.

Es todo un acierto el haber colocado esta pieza en la entrada, porque da el tono del resto exposición. Un tono y una actitud que no es de denuncia ni de representación del horror, sino de desolación y de impotencia. Un tono, por otra parte, constante y presente en cualquier conversación en Tel Aviv: la situación se hace cada día más dramática, nadie parece tener la solución y sólo queda convivir con ello. Es el tono también de las fotografías de Ahlam Shibli con escenas de pueblos desolados, de detalles de la destrucción que deja tras de sí la guerra. Es el tono de Rabih Mroué con un vídeo en el que reconstruye el testimonio de un mártir suicida libanés. Algo que se sitúa más allá de nuestro entendimiento, como las escenas de Akram Zaatari en la que un excombatiente libanés enseña a su ayudante a construir bombas. Más sofisticado técnicamente es el caso de Omer Fast: una doble proyección en la que a escenas de filmación de una película bélica en Irak se contraponen, por detrás, declaraciones de combatientes. Una reflexión sobre cómo se representa la guerra en el cine.

El resultado final, una vez visitada la exposición, es de desolación: la conciencia de una situación enquistada, sin propuestas de solución y que afecta a los de siempre, a las mismas víctimas de todas las guerras, a la convivencia y a las personas, a los individuos, a esos transeuntes de los que hablaba Manuel Delgado en el Animal público, objetivos de los francotiradores en Grozni, de las bombas durante la Guerra Civil en Madrid y ahora en el Líbano, en Tel Aviv o en Palestina.

Una vez más el arte ofrece una píldora de conciencia al espectador occidental, de empatía con las víctimas y con un status quo difícilmente remediable. Así, con la conciencia tranquila, las instituciones artísticas pueden seguir llenando programaciones y el arte seguir empatizando con las situaciones dramáticas que inundan las portadas de los periódicos. Mientras tanto siempre quedará muy lejos el compromiso de John Heartfield, la denuncia explícita de los culpables y los verdugos.

Y quedará lejos, porque en Les Inquiets no aparece ni la sombra de los que de verdad inquietan, se llamen Bush, Sharon, Likud o Hamás. Inquietante.

David G. Torres
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