Del teatro, la página o el coro

Me preguntaba por el funcionamiento de los debates, por su ritmo propio, los ciclos, su iniciación, nudo y desenlace o no, por su duración o su constancia, por su existencia. Más que su desenlace, su fin, su culminación, si estaba dado porque los participantes decidían dejar de enviar participaciones o si era interminable.

Todo empezó por la excusa de un sueño, o una pesadilla. Esfera pública era un lugar físico habitado por palabras que formaban textos, el papel asumido por la pagina, en donde dependiendo del ángulo donde se parase era posible leerlos o no. Era un espacio similar al de Corferías, donde cada pabellón constituía un espacio concreto que hacía referencia a cada una de las entradas en la pagina web. Cada espacio cumplía una función y tenia un área determinada. El espacio de los debates era un área muy extraña, pues se veía determinada por la cantidad de participaciones con las que contaba. Era un espacio que cambiaba de área periódicamente, misteriosamente mutando aumentaba o disminuía su tamaño. Era un espacio que variaba de tamaño y de personajes, siendo el texto el paisaje, un papel de colgadura que parecía flotar, la materialidad de la pagina escrita.

Cada uno de los personajes que entraban en este espacio tenían una vestimenta diferente, correspondiente a su mirada en referencia a la situación planteada, correspondiente también a la vanidad y al ego. Algunos llegaban vestidos de eruditos, otros emperifollados con toda clase de joyas y trajes de distintas épocas, otros en cambio, llegaban casi desnudos, en harapos. Su vestimenta casi siempre tenia que ver con la voz, sobre todo con el tono que usaban en sus palabras, muchas otras veces, muchos de ellos solo iban allí para hacer ruido. Algunas veces algunos traían secuaces, armas o material para tapar lo dicho; a veces estos secuaces eran otros personajes que intervenían en la discusión, algunas otras veces era tierra para desdibujar la palabra escrita, volverla otra cosa, una mancha. Muchas otras veces estos personajes se valían de excusas mal armadas y su voz se hacia más parca, débil, menos sonora y finalmente renunciaban ante su incapacidad para digerir la ironía de las respuestas. Estaban también aquellos que solo daban un grito seco y estaban sobre todo aquellos paseantes silenciosos, dedicados al ejercicio de la escucha, que curiosamente no traían nada en sus brazos. Y el juego que suscitaban…

Todos aquellos participantes cargaban bajo sus brazos un objeto en común, igual en todos ellos. Este objeto era una pequeña plataforma de madera, un pequeño podio que permitía la altura suficiente para que cada uno de ellos se parara a decir lo que tenia que decir, como punto de apoyo, como base. Unas veces se hablaba de manera ordenada, mediante un cuidadoso y meditado ejercicio, otras se vociferaba a viva voz, con la rabia hablando desde las entrañas. Algunas veces el espacio se hacia muy pequeño y era casi imposible entrar, era necesario permanecer en la entrada, esto ocurría porque el espacio se adaptaba al número de participantes que lo habitaban, si solo había un participante, el espacio se volvía hermético, es por esto que los visitantes interesados en esa voz, debían oírlo desde la puerta, sin poder entrar. Una vez, inusualmente ocurrió un extraño caso, extraño porque el espacio físico trató de colapsar, hubo un intento de terremoto, que seguramente se ha repetido, todo sucedió porque alguien en esta ocasión señalo dos voces que decían exactamente lo mismo, se remedaban unos a otros, a veces al mismo tiempo, creando un coro, a veces en tiempos distintos.

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Carolina Cerón Castilla

“Fingir no es proponer engaños, es elaborar estructuras inteligibles”

J. Rancière “La división de lo sensible. Estética y Política”