¿Arte i+d?

001_Diaz_Happiness_HappyLion.jpgTiene cierta gracia que venga a ser precisamente el director del Museo Reina Sofía (MNCARS) quien alce públicamente la voz para criticar ARCO y su “modelo”[1]. Todavía tiene más gracia que para hacerlo le dé, como en passant, su pequeño capón -o quizás le hace un guiño cómplice, qué sabemos nosotros de estos gestos palaciegos- al gobierno Zapatero: porque, viene a decir, lo que funciona mal en el “modelo ARCO” es lo mismo que funciona mal en la economía de crisis que vive el mundo contemporáneo: el problema está en que se entra en el juego de la economía especulativa, en vez de invertir en i+d y conocimiento, dice.

Y no es -lo gracioso– que pensemos que al hacerlo se esté postulando ahora para próximo Vicepresidente Económico del nuevo gabinete que todos, de la derecha ultramontana a la izquierda recalcitrante, reclaman. Algo que no tenemos ciertamente por qué presuponer, sobre todo porque -que se sepa- aún no se aplica el famoso Documento de Buenas Prácticas para nombrar ministros y vicepresidentas. Sea como sea -y aquí está en realidad la gracia– tampoco podemos dejar del todo de lado la hipótesis: al fin y al cabo, y si lo pensamos bien, el “modelo” de legitimación para las políticas del arte que Borja-Villel representa y defiende apunta explícita y precisamente a la transformación radical -tan recalcitrante y extraparlamentaria como haga falta- del “modelo” de economía-política del capitalismo imperante.

Así que, y bien mirado, desde ningún lugar podría esa “política del arte” entonces ejercerse mejor que desde el mismísimo despacho de la Vicepresidencia de Dineros, tras un cambio sutil –infraleve, casi diríamos- de cartera (pero no de estética, miren por dónde). Al fin y al cabo lo que desde el Reina se abandera como crítica institucional sólo se materializaría suficientemente tomada en tanto que ejercicio aplicado al desarrollo de una efectiva real-política. Y acaso ella no podría hacerlo de mejor modo que pilotando desde el arte -como un buen trosko infiltrado- el modelo de recambio de la economía de crisis -digamos que la del neoliberalismo especulativo– por esa otra defendida del conocimiento y el i+d en la que el arte, quiere suponerse, hasta habría de cumplir un papel director -aunque por supuesto se esté aún algo lejos de que desde su think-tank se haya llegado a enunciar todavía cuál pueda ser él con exactitud.

En cualquier caso, lo que todavía resulta más gracioso es encontrarse con que, a renglón seguido de tan exacerbada crítica al “modelo ARCO”, las agencias periodísticas -qué saben ellas de contradicciones sistémicas– distribuyeron otra noticia de no menor calado político, en cuanto al realismo económico con que, “modelos” y narrativas aparte, se actúa de facto: no ciertamente de un modo tan antimercantil ni tan antiferial como se pregona.

Resulta que, en efecto, el mismo Museo muy Nacional del que hablamos, cuyo director sale a la palestra mediática para cuestionar con furia justiciera de una vez el “modelo Arco” y de paso el fondo mismo del malvadísimo Capitalismo Especulativo Contemporáneo, va y tira de talonario para dejarse en compras varias la poco pingüe cifra de 927.762 euritos[2] -que desde luego no sería moco de pavo para una inversión en un i+d de humanidades, si los hubiera.

Pero que nadie sea malpensado. No se nos ocurra imaginar que ese dinero haya ido a parar a las arcas de unos u otros mercachifles de la pecaminosa plusvalía, ni a las manos de oscuros traficantes del repudiado -y teológico, ya se sabe- fetichismo de la mercancía. No, para nada. Todos y cada uno de esos óbolos de bendecido significado revolucionario han sido invertidos únicamente en conocimiento -entérense. Conocimiento más conocido en unos casos que en otro -ya les vale Oscar Domínguez- pero conocimiento al fin y al cabo.

Es verdad que para cuando esta otra noticia se difunde nuestro hábil argumentista del todo vale pero sólo si lo hago yo se ha refugiado ya en una fórmula un poquito rebajada de autojustificaciones. Y que para entonces resulta que el problema es sencillamente que en el “modelo especulativo” de ARCO se hace cortoplacismo -o sea, que se especula mal-, mientras que en el suyo (que parece que viniera de comprar en San Pedro del Vaticano una bula de vida eterna al mismo Malkovich enharinado) lo que se defiende es hacerlo a largo plazo. O sea, que economía especulativa también, qué remedio, pero por lo menos bien hecha -si es que no nos enteramos-.

Comprar entonces la crítica institucionalizada -perdón, institucional- de Martha Rosler y nunca por ejemplo el NO de Santiago Sierra -esto está claro y en ello le damos toda la razón a nuestro gran timonel de la nueva revolución cultural-. Lo que no alcanzamos a ver, con sinceridad y todavía cariño, es en qué misterioso sentido comprar Sanja Ivekovic o Joëlle Tuerlinckx -ambos tan a la moda que hasta la cortoplacista colección del MUSAC se habría personado en la puja- en qué sentido dichas adquisiciones podrían en algún punto hacerse pasar por revolucionarias inversiones en i+d.

Y si señalamos todo esto es, que conste, porque ciertamente todo esto nos parece de verdad muy importante, porque todavía nos tomamos muy en serio -y desde hace tiempo- ese tema, y sí que estamos de verdad convencidos de que, en efecto, y en un país como el nuestro, habría que empezar de una vez a invertir en conocimiento -y justamente dejar de una maldita vez ya de tirar el dinero de todos en avalar y adornar pseudopolíticas -encubridoras de la verdaderamente inquietante carencia de políticas reales, concretas y efectivas.

En materia de prácticas de producción simbólica -narrativas o de imaginario- invertir en conocimiento se traduciría no -como parece predicarse- en recambiar el tipo de objetitos que se compran -unas mercancías-arte por otras- ni por supuesto en reemplazar a quien lo hace: sino realmente en trabajar a favor de la pendiente institución de un campo intelectual para las prácticas simbólicas, para instaurar un escenario enriquecido de intercambio y contraste de conceptos y herramientas analíticas que permita relacionarse con las formaciones discursivas -tanto a productores como a consumidores, al conjunto del nuevo y creciente cognitariado– en condiciones potenciadas para la elucidación, comprensión, controversia y participación crítica en sus flujos públicos.

No entregados en credulidad apriorística a la presuposición de su valor mesiánico intrínseco (como la alternativa salvífica al malévolo quehacer del capital), sino reconociendo en las formaciones discursivas que sedimentan el trabajo simbólico el registro de las mediaciones abstractas en cuya confrontación analítico-crítica mejor cabe, en efecto, disponer todavía de herramientas para articular conforme a voluntad los modos del estar, habitar -y transformar acaso todavía- el mundo, los mundos de vida.

Sólo entonces a partir de esas actuaciones orientadas efectivamente a favorecer la emergencia e institución de un todavía inexistente campo intelectual enriquecido para las prácticas culturales -campo que sólo podrá nacer en efecto a partir de propiciar la investigación independiente en análisis cultural y estudios críticos- podríamos hablar con credibilidad de una cierta política de i+d (seguida también de la segunda “+ i”, que parece olvidarse, la que generaría genuina innovación a decantarse en un sector productivo también de riqueza) para las prácticas culturales en nuestro país.

Algo que:

1. Está muy lejos de haber sido a la fecha impulsado por ninguna institución ni ningún grupo de poder o influencia (y en ese punto tiene toda la razón David G. Torres cuando en su artículo[3] reciente en a-desk nos recuerda que se llevan años cuestionando precisamente la existencia del “foro de expertos” en Arco, único dispositivo que podría identificarse con alguna voluntad de producir conocimiento y reflexión en la feria).

Y 2. Desde luego, no tiene nada que ver con las actuaciones de coleccionismo orientado ahora conforme los criterios de compra de la nueva dominante estética pseudista en vez de por ejemplo los de la más festiva y ahora por fin declinante estética fashionista.

Dejemos, al menos, esto bien claro y las propagandas mesianistas en su lugar: el de las luchas por el poder con que entre sí se enfrentan los que ya lo tienen pero todavía están en curva de querer o necesitar más, y los que, cumplido su ciclo, vienen ya perdiéndolo.

Y que todo esto tiene bien poco que ver, en cambio y desde luego, con el conocimiento, la investigación (tampoco con la innovación, huelga decirlo), y, claro está, con el desarrollo.

José Luis Brea

——————–
NOTAS

[1] “El director del Reina Sofía pide un nuevo modelo para Arco”, EL PAIS, 26/2/2010. http://www.elpais.com/articulo/cultura/director/Reina/Sofia/pide/nuevo/modelo/Arco/elpepicul/20100221elpepicul_3/Tes

[2] “El Reina Sofía compra en Arco por 927. 762 euros”, revista Logopress, 20/02/2010, http://www.revistadearte.com/2010/02/20/el-reina-sofia-compra-en-arco-por-927-762-euros/

[3] “ARCO y la alopecia”, a-Desk, 23/02/2010, http://www.a-desk.org/spip/spip.php?rubrique3