Casa

Al comienzo de la película hay un guía turístico hablando desde la parte delantera de un bus. Es un arquitecto que ha creado un centro de estudios en la ciudad de Burdeos y pide a las personas que viajan hacia la casa de destino que cuando vayan a ingresar se quiten los zapatos. Ha llovido y podrían ensuciar el piso. La gente llega y, efectivamente, hace caso. Se retiran los zapatos, como cuando se entra a un lugar sagrado. Problema: entender edificios de arquitectura moderna como centros de culto premoderno.

gvcasa

Hombres maduros luchan contra una gotera en una casa adoradísima por todo el mundo. Ila Bêka & Louise Lemoine, Rem Koolhaas-Houselife, 2013, still del documental.

Al comienzo de la película hay un guía turístico hablando desde la parte delantera de un bus. Es un arquitecto que ha creado un centro de estudios en la ciudad de Burdeos y pide a las personas que viajan hacia la casa de destino que cuando vayan a ingresar se quiten los zapatos. Ha llovido y podrían ensuciar el piso. La gente llega y, efectivamente, hace caso. Se retiran los zapatos, como cuando se entra a un lugar sagrado. Problema: entender edificios de arquitectura moderna como centros de culto premoderno.

Así inicia el primero de una serie de documentales dedicados a desacralizar piezas reconocidas de la arquitectura reciente. Su enfoque es un típico producto de nuestra era: pobre pero orgulloso; puntilloso pero elegante; burlón pero sobrio; irónico pero afable. Y, por lo mismo, ataca de frente la pretenciosidad que rodea la casa que el ego bíblico de Rem Koolhaas construyera para sí mismo mientras cumplía un encargo de alguien que pudo pagarle.

La pieza sigue con varias secuencias que se desenvuelven como gags prolongados. En uno, una mujer descorre una cortina larguísima mientras suena ópera (tarda 56 segundos en el proceso -¿quién se demora 56 segundos descorriendo una cortina?-) En otro, se metaforiza la pesadilla de los sueños cumplidos. Entre los varios mitos que rodean a esta construcción hay uno: “su promotor, un paralítico, le dijo a Koolhas: ‘Esta casa es mi mundo, por favor, hazlo lo más complejo posible’” Y entonces el arquitecto le dio un aparato desalmado cuyo núcleo consiste en un ascensor-plataforma de trabajo, que atraviesa la casa y permanece rodeado de libros. Estos se ensucian y alguien los debe limpiar. Cuando lo intenta, esa persona enfrenta una carrera contra el tiempo y trata de reordenarlos de cualquier modo a medida que la plataforma sube. Ni la persona ni la máquina se detienen. Una lucha.

El mejor de todos los chistes: Investigaciones positivas (minuto 40). Luego que la protagonista lamenta que jamás se deje de trabajar en esa casa, pues pareciera que no hubiera sido terminada (es decir, como Bogotá), un grupo de hombres decide buscar goteras. Y las encuentra. De hecho, para desgracia de la casa y fortuna de los documentalistas, hay un momento sublime donde un chorro de dimensiones koolhaasianas atraviesa la plataforma de concreto que hay sobre una pequeña sala de estar y cae generosamente, justo encima del vacío donde hay un televisor.

Los realizadores no dejan de insitir en que la excepcionalidad de la casa se refuerza con “el volumen de inventiva requerido para llevar adelante los asuntos del día a día”. Es decir, humanizan el hito. Sin embaro, se apoyan de manera desvergonzada en la espontaneidad de la protagonista para jugar el juego pendejo de esos entrevistadores que por parecer recursivos se burlan del sentido común de quienes suponen menos educados que ellos. De hecho, la duración del capítulo donde permiten que surja la sorpresa de la protagonista frente a la aparente falta de solidez de la estructura de la casa es más una molestia que un homenaje.

La moraleja, porque esta es una obvia fábula del orgullo constructivo de la especie humana y la mala fortuna que le rodea, se presenta en dos momentos, cuando su protagonista indica que tras la muerte del comitente su viuda nunca volvió a reir igual y un poco después, donde aparece una mujer apagando las luces de cada uno de los cubículos del hogar. Una panacea tecnológica que desaparece en el negro de la noche.

 

–Guillermo Vanegas.