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Cuadro clínico de una crítica de arte terminal

Los síntomas que amenazan con acabar con una práctica de larga trayectoria, sin embargo, ampliamente ignorada en Colombia

Muchas pueden ser las razones que uno enumeraría para tratar de entender el estado actual de la crítica del arte en el país, una práctica que casi 15 años atrás fue catalogada como insignificante por William López en el texto que inaugura el Premio Nacional de Crítica, adjetivo todavía vigente para describirla. No creo que su insignificancia se deba a los temas en los cuales se han concentrado las discusiones en los últimos años, pues parecieran ser coyunturales e importantes para el círculo artístico del país, sino porque se ha alejado del núcleo que se supone le da vida a la práctica misma de hacer crítica y generar debate: su público. En tanto poco importa para la crítica del arte ser leída y escuchada sino por unos cuantos que casi siempre son los mismos, esta práctica -porque no estoy segura de qué tanto se le puede llamar profesión en el contexto colombiano- parece no querer salir de la crisis en la que lleva ya varias décadas, sin embargo, entender las conductas y razones por las cuales se ha ensimismado podría ser clave para buscarle un futuro a la enigmática crítica del arte en Colombia.

Por ello, a continuación, encuentra la versión artsy del cuadro sintomático que, me parece, ha padecido la crítica del arte a lo largo de su historia en Colombia y que, sin mucho esfuerzo, también podría ilustrar una crítica del campo artístico internacional. El cuadro sintomático que planteo sólo pretende señalar aquellos patrones que parecen replicarse en cada una de las generaciones de crítica en Colombia, sin el objetivo de reprochar ni mucho menos buscar una cura para un padecimiento que amenaza con una crítica terminal, pero que sí podría ser una especie de guía para todo aquel que le interese buscar una manera de reconfigurar la práctica en el ámbito nacional.

Primer síntoma: La paradoja del empecinamiento

Traté de evitar la palabra megalómano por miedo a caer en la trampa de reforzar el estereotipo del crítico como una figura presuntuosa y, en muchos casos, temida por su capacidad de lanzar juicios a diestra y siniestra sin fundamentos. Quise evitar a toda costa este escenario porque el síntoma del empecinamiento se ha dado de forma consciente e inconsciente dentro de los personajes que suelen publicar sus textos críticos en los debates artísticos, quienes usualmente presentan sus argumentos con base en investigaciones y discernimientos previos sobre los temas, es decir, rara vez sin fundamentos.

Dada esta aclaración, al padecer el síntoma del empecinamiento, el crítico anula en todo momento la posibilidad de propiciar un verdadero debate, pues enfoca sus esfuerzos y argumentos en reforzar la opinión propia, a la vez que rechaza puntos de vista alternos o que busquen agregar valor a su postura inicial. Esta conducta plantea una paradoja para la crítica: si bien se generan discusiones frente a temas específicos, paralelamente se impide que el encuentro de ideas desemboque en un debate abierto, enriquecido por diversos puntos de vista que, en conjunto, lleven a quien le interesa el caso a formar opiniones propias -no necesariamente soluciones-. El crítico, bajo los efectos del empecinamiento, produce material para sí mismo, para su enriquecimiento en el medio y no para que la audiencia se nutra de sus postulados. El crítico parece tener miedo al encuentro de ideas y que sus argumentos se derrumben. El crítico falla por miedo a fallar.

El síntoma, entonces, hace que el intelectual actúe desde sus propios intereses y no busque la promoción o el flujo de reflexiones y cuestionamientos de carácter colectivo. En ese sentido, lo que pareciera ser una condición que afecta únicamente a la persona que padece el síntoma, se convierte en una enfermedad para todo el círculo del arte. Al empecinarse en sus opiniones, la crítica evita que las discusiones trasciendan a otros actores del campo y, más aún, permeen grandes audiencias con sus preocupaciones. Así, lamentablemente, se ha llegado a pensar esta figura como una verdad absoluta antes que un servidor que genere cuestionamientos válidos y espacios de debate. El empecinamiento convirtió lo que debería ser una dialéctica en una serie de monólogos que día a día se acumulan en el archivo de los debates del arte en Colombia.

Es curioso que un síntoma tan aparentemente superficial haya logrado calar en la configuración del arte hoy en día en Colombia, limitando su expansión al reforzar el ensimismamiento del mismo. Creo que las preguntas que deben empezar a hacerse aquellos pensadores que le siguen apostando al desarrollo de la crítica de arte en Colombia y a una posible salida de la crisis que ha padecido por años es ¿Cómo criticar sin ser el protagonista? ¿Cómo sugerir ideas, generar reflexiones, producir reacciones sin que el ego opaque el resultado final? ¿Cómo desaparecer sin desaparecer por completo?

Segundo síntoma: La falsa democratización

Históricamente, la crítica de arte en Colombia ha funcionado como una sucesión de propuestas que buscan cambiar la forma de hacer crítica, normalmente respondiendo a una generación anterior o a una configuración con la que no se está de acuerdo. Carolina Ponce de León en su ensayo sobre la crítica en Colombia (2004) expone cómo aquellos críticos de la década del 80, que buscaron responder y hacer resistencia al modelo que extranjeros como Traba, Engel o Eiger habían instaurado durante sus años activos mediante la instauración de encuentros y eventos abiertos a la crítica, no sólo fallaron en el intento de democratizar el arte sino que produjeron un encierro marcado en las discusiones pues pocos eran los invitados a participar activamente en estas discusiones.

En contra de lo que plantea Ponce de León, no creo que estos críticos esnobs de la década del 80 hubiesen anulado una posible continuación de la legitimación de las prácticas artísticas al nivel del imaginario colectivo que se venía dando con el trabajo de Traba y sus colegas coetáneos. Creo que nunca se ha sabido llevar a cabo una verdadera legitimación de las prácticas artísticas en Colombia, mucho menos a nivel del imaginario colectivo, a menos de que ese colectivo implique un reducido grupo de personas interesadas en el arte.

No se puede hablar de legitimación cuando el grupo que valida el discurso está conformado por unos pocos. Por ello, el síntoma de la falsa democratización ha sido un lugar común en los discursos que buscan justificar los modelos de crítica en el país, donde se plantean propuestas que se hacen pasar por democráticas al permitir la participación de personas sin que necesariamente tuviesen una trayectoria en la crítica pero que impiden el desarrollo de un debate de ideas abierto. Tal es el caso de los encuentros que empezaron a promoverse en los años 80s y 90s en espacios autogestionados donde algunos artistas acudían para discutir temas de interés, junto con la apertura de foros, blogs y páginas web de discusión (como esta en la que se publica este texto) donde actores del campo artístico generan discusiones puntuales, sin embargo, estos nuevos modelos no sólo reducen aún más la discusión a un grupo selecto sino que, peligrosamente, presentan esas propuestas como formas de abrir el debate con la justificación de ser espacios a los que cualquiera tiene acceso ¿Se nos habrá olvidado que lo que sustenta al discurso democrático es garantizar precisamente que haya un grado de bilateralidad a la hora de entablar una discusión y no sólo disponer plataformas que reproduzcan el discurso?

El síntoma está y tiene gran capacidad de contagio, incluso las redes sociales que ahora funcionan como medios inmediatos de crítica limitan la posibilidad de cuestionar el discurso, son falsas estructuras democráticas donde cualquiera tiene acceso a la opinión del crítico, pero la capacidad de reacción ante esta se limita a un ligero like o un repost, ni siquiera permite resistencia, lo que contribuye al agravamiento del primer síntoma aquí expuesto. Son pocos, pero grandes nombres los que se han apoderado de la escena crítica, una que hasta ahora ha funcionado más como un sistema reactivo antes que propositivo, creando un monopolio de opinión y configurando procesos de crítica legitimados por el mismo gremio. Por lo que no se puede hablar de una crítica que haga honor a la democracia en la que está instaurada, no porque no genere espacios de discusión sino porque esos espacios están limitados a muy pocos interlocutores, lo que acaba con la capacidad del arte de funcionar como una plataforma horizontal e idealmente abierta a cualquier propuesta.

Tercer síntoma: Sumisión silenciosa

Con este tercer y último síntoma culmina el cuadro clínico que ha conducido a la crítica del arte en Colombia a una instancia preocupante. Este síntoma puede ser tal vez uno de los mayores contribuyentes a que la práctica de la crítica de arte en Colombia no se haya desarrollado de una manera sana e independiente a lo largo de los años. Detrás del síntoma hay, por supuesto, una causa que da origen a esta condición en el crítico y es la dependencia que aquellos que ejercen esta práctica han desarrollado con las instituciones de arte en el país. Todo crítico de arte que alguna vez ha operado en el territorio nacional ha tenido un vínculo con una o más organizaciones, lo que impide que el ejercicio crítico se lleve a cabo de una manera independiente pues en la mayoría de los casos el individuo intentará proteger su posición en el campo artístico y su nombre por medio lecturas e interpretaciones a medias, que tomen pocos riesgos y que asuman muchas veces posiciones ambiguas o indefinidas.

Padecer este síntoma de sumisión no sólo resulta en un agravamiento, de nuevo, del empecinamiento de la persona al limitarla casi de forma inconsciente a una única postura, sino que impide que se generen debates donde todos los puntos de vista se expongan con libertad, incluso cuando las problemáticas que se han identificado se encuentren en la institución para la cual el crítico trabaja. Varios se protegen afirmando que sus posturas al escribir no comprometen las instituciones de las cuales hacen parte, no obstante, esto reafirma el miedo que representa expresarse con libertad. Los debates que se generan, o involucran personas ajenas a las instituciones sobre las cuales se discute o presentan lecturas limitadas de lo que ocurre al interior, en cualquier caso, se genera un ambiente de sumisión donde el crítico decide minimizar el riesgo al evitar situaciones de debate abierto.

El síntoma irrumpe con la evolución de la profesión al evitar que esta se profesionalice por completo. Al ser el crítico una figura que aún no logra independizarse, al menos en Colombia, no hay tampoco una forma de proceder frente a los acontecimientos establecida o que se pueda reconocer como ética. Por ello, en el país operan diferentes maneras de hacer crítica donde en muchas situaciones se escabullen opiniones vacías que poco aportan a la construcción del arte en Colombia, sin dejar espacio a la reflexión o al tratamiento de temas agudos de los que nadie quiere oír pero que alguien debe tratar. Un síntoma silencioso pues todos lo suelen padecer, a excepción de aquellos que hasta ahora se inician, pero que nadie es capaz de aceptar por razones indefinidas.

El experimentar uno o todos los síntomas que aquí se exponen, ponen en riesgo el desarrollo de una práctica que, pienso, debe tener como objetivo último la promoción de ideas que generen actitudes reflexivas y -ojalá- escépticas frente a lo que sucede en el medio artístico y, por qué no, en otras esferas del sector público del país. El tratamiento de estos síntomas parece todavía estar en investigación, sin embargo, podría suponer que la sintomatología se reduce en la medida que el ejercicio crítico se lleve a cabo con un poco más de consciencia y sentido de responsabilidad con la audiencia, aun cuando esta parezca poco receptiva, tal vez, sólo está cansada de siempre leer lo mismo.

 

Lina Useche

 

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