A las 7:34 a.m. del 10 de agosto de 2026, se registró un sismo de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y fue calificado por el Servicio Geológico Colombiano como el más fuerte de la última década. Las noticias de los estragos de infraestructura en los diferentes puntos del país no tardaron en llegar, sin embargo, el pánico y la incertidumbre crecieron ante la llegada de los primeros reportes de afectaciones en la vida como fallecidos, heridos y desaparecidos, y las pérdidas materiales pasaron a un segundo plano.
Las cifras de la emergencia evidenciaban la gravedad del siniestro: a la fecha del 16 de agosto de 2026, el conteo oficial de personas fallecidas asciende a 294, cifra preliminar que las autoridades siguen actualizando.
En Cali, mientras las imágenes de la tragedia circulaban en redes sociales y el ruido informativo crecía, un grupo de profesionales del sector audiovisual, específicamente sonoro, empezó a pensar precisamente en lo contrario: como mitigar el ruido colectivo para escuchar a quienes realmente lo necesitaban, los posibles sobrevivientes bajo los escombros: alguien que ya no puede gritar todavía puede golpear una superficie.
La iniciativa es simple: silencio absoluto, para poder escuchar.
Circuló bajo el nombre de «Brigada Sonidistas». Más de 70 profesionales ingenieros de sonido, microfonistas, radialistas, cineastas y realizadores- pusieron a disposición de la emergencia sus conocimientos y sus propios equipos para apoyar las labores de búsqueda. No para reemplazar a los rescatistas profesionales, sino paraescuchar y registrar: señales de vida y también la ubicación de cuerpos.
La convocatoria salió de Noís Radio, proyecto nacido en Cali en 2009 que busca diseñar, implementar y acompañar programas, investigaciones y actividades que promuevan la comunicación comunitaria libre y sostenible para la defensa de la justicia social y ambiental, y de sonidistas independientes que empezaron a operar pocas horas después del sismo. Varios de ellos vivían en la zona de los edificios colapsados y atendieron primero su propia emergencia. El 11 de agosto el colectivo publicó en Instagram «Cali necesita silencio».
Días más tarde, la Unidad Administrativa Especial Estudios Takeshima, adscrita a la Alcaldía de Santiago de Cali, articuló la brigada con la campaña «Ayudas Cali» y asumió buena parte de la vocería ante los medios.
Esta vez, sin embargo, tenían una tarea distinta.
Los micrófonos, equipos de escucha y herramientas de análisis espectral que normalmente se utilizan para registrar películas, producir programas de radio o construir podcasts entraban ahora en un escenario donde una vibración podía significar la diferencia entre encontrar a alguien o no.
La brigada pidió a la ciudadanía crear auténticas zonas de silencio alrededor de los puntos críticos de búsqueda. No gritar. No susurrar. No pitar. No caminar. Detener la circulación por completo.
La razón es técnica. Los micrófonos unidireccionales, las grabadoras de campo y los audífonos profesionales captan lo que el oído no alcanza: un golpe sobre concreto, un roce, una vibración en metal. El micrófono unidireccional, además, indica de dónde viene el sonido. El problema es que el ruido no desaparece simplemente porque alguien decida susurrar. Una bocina, una notificación, un paso, que parecen insignificantes para quienes están afuera pueden convertirse en una gran interferencia para quien intenta detectar una señal mínima debajo de los escombros.
Así, el ciudadano que pasaba por una zona de rescate dejaba de ser un espectador, para convertirse en parte fundamental de la brigada.
La instrucción es permanecer completamente inmóvil. El cuerpo debe detenerse para que se detengan también las vibraciones que produce. Hay que escuchar y esperar.
En medio de esa disciplina apareció un gesto que no es colombiano: el puño levantado. Lo instalaron los rescatistas de Ciudad de México en 1985 y volvió a circular, ya como imagen global, en el sismo de 2017. En Cali funcionó igual: código para pedir silencio inmediato.
Un colectivo que durante años había utilizado el sonido para amplificar voces, narrar y construir espacios de comunicación tenía ahora que pedirle a la gente que no produjera sonido. Quienes habían hecho del micrófono una herramienta para visibilizar lo que normalmente no se escucha, estaban utilizando ahora ese mismo equipo y habilidad para buscar señales de vida.
En medio de sirenas, gritos, noticias y llamadas, hubo momentos en que la ayuda más útil dependió de que una ciudad entera guardara silencio.