Otras infraestructuras: Enbajada

«Requiere amor y paciencia, ah, y plata». Lina Alba está al frente de Enbajada en Bogotá desde 2018. Ocho años después habla de cómo empezó y con qué, de lo que dejó de hacer para seguir y de cómo ve hoy los espacios que crean y dirigen artistas.

«Otras infraestructuras» es una serie de entrevistas de esferapública con quienes crearon proyectos –expositivos, editoriales, de investigación y de articulación de redes– en distintos países, y los mantienen o los mantuvieron activos más allá de lo habitual, sin volverse galería ni institución. Por infraestructura entendemos lo que permite que un espacio exista y dure –lugar, dinero, trabajo, tiempo– y que rara vez aparece en lo que el espacio muestra.

Iniciamos con Enbajada, un espacio que Lina Alba sostiene en Bogotá desde 2018.

¿Cómo ha cambiado la escena de espacios creados y dirigidos por artistas desde que usted empezó a moverse en ella?

Desde que me empecé a mover en la escena, siento que antes era menos pretenciosa cuando la hacían artistas, pienso que se ha transformado un poco en emprendimientos, si bien la idea de lo solemne se ha disminuido me gustan mucho más las escenas experimentales, aunque siento que se ven menos, pero lo que me gusta del ahora es que hay mucha más diversidad.

¿Qué espacios o escenas experimentales ha seguido de cerca, así no haya trabajado directamente con ellas?

No se si experimental pero escenas que no se dejan acomodar a lo establecido puede ser Más allá, Instituto bogotano de corte y Telecom, pues como que tienen su propio espíritu.

Cuando empecé estaba en boga Miami y de ahí para abajo no se veía más. Odeón, pero siento que tiene un aura más institucional por su imponencia desde siempre.

¿Qué existe en la escena actual que hace diez años no existía, y qué desapareció de lo que existía cuando empezó a moverse en el medio?

Hace diez años no había tanta diversidad de salas para poder empezar o para participar, había menos acceso. Creo que las jerarquías han cambiado, aunque no desaparecido. Vienen desapareciendo figuras obsoletas porque viene siendo mejor trabajemos juntos que trabajemos para unos pocos.

¿Cómo empezó Enbajada y con qué?

Empezó como un ejercicio intuitivo de «vamos a ver cómo se trabaja para vivir de arte».

Empezó como casi siempre, una gente se juntó a pagar un alquiler y ver qué; unos se cansaron, otros no coincidieron, y la hizo posible la constancia de un interés por desaprender y la necedad por creer que son posibles otros accesos en el mismo arte. Para más gente, con otros lenguajes, desde otras formas de hacer, etc.

¿Qué ha cambiado en la manera de hacerlo y sostener Enbajada desde sus inicios?

Uno se vuelve más metodológico e innovador. Pero hoy sigue siendo como al principio, sosteniendo. Tal vez hoy es más fácil porque cuenta mucho el cuerpo de trabajo que es la gente que apoya y lo hace posible. El equipo es la consigna y siempre está recargándose.

Sigue siendo muy idealista para el que pone el pecho cuando no es una industria o un modelo –pero sí creo que es posible generar una sostenibilidad con el tiempo, aunque lo afecta mucho la economía.

¿Qué ha tenido que dejar de hacer para poder seguir?

Mis intereses más personales y una vida más capitalista. Entrego mucho tiempo para poder agenciar otros procesos.

Después de ocho años invitando, curando, produciendo, sosteniendo: ¿qué momento le ha mostrado por qué vale la pena, y cuál le ha hecho dudar?

Muchos momentos me ratifican que vale mucho la pena. Siento que es la sensación que surge en los momentos de creación, cuando todo es sinergia y pasan cosas muy «lindas», y uno aprende estando en muchos procesos muy diversos y de muchos universos. Y el hecho de que haya eco con lo que pasa acá es gratificante, porque eso es un síntoma y una manera de aceptación a procesos que hacen falta, y que bien ser referente para muchxs, aunque en el camino sea evidente que es no-fácil, requiere amor y paciencia, ah, y plata.

Dudo, creo, una o dos veces al año, y mucho más en años que se ven tan áridos como este. Uno trata de encontrar nuevos caminos que logren seguir generando movimiento –duro, como lo que está pasando con el portafolio–, pues si bien no vivimos de estímulos, han sido importantes para lograr la infraestructura mínima. Dudo mucho por el limitante financiero, pero también lo delibero porque, si bien se ha convertido en mi trabajo (mi tiempo), también es un ejercicio creativo y hasta un acto artístico, si lo decimos. La duda es no poder mejorarlo, y que llegue a un punto de no avance.

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¿Quiénes hacen parte del equipo de trabajo?

En 2026 somos cinco de base (Sammy Delgado, Juanita Cañón, Juan Echeverría, Luciana Dávila y Gabriel Nieva), pero varía siempre; hay veces que han sido dos, uno o muchas manos. Es volátil a los procesos, entre otras cosas.

¿Sede propia o arrendada?

El lugar es alquilado. No sé si en el sector es caro, pero he mantenido negociando con la «propietaria» para poder hacerlo sostenible con los costos que maneja la oferta de talleres.

¿Cómo se financian las actividades?

La mayor cantidad sale del subalquiler de estudios de trabajo y de eventos, y siempre está mediado con canjes y alianzas.

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Enbajada
Calle 24 # 5 – 75 Piso 2
Bogotá

Imágenes de @enbajada_


*La noción de infraestructura se propone aquí en varias acepciones. La primera, la del artista como infraestructura, que propone Damien Davis para nombrar a quienes abren el lugar donde otros exponen, publican o se encuentran. La del sociólogo y urbanista AbdouMaliq Simone, que escribió sobre las personas como infraestructura cuando la material no existe. Y la de la crítica e historiadora Marina Vishmidt, que acuñó «crítica infraestructural» para ampliar la crítica institucional hacia las condiciones materiales del arte contemporáneo, que entiende la institución como reserva de recursos por la que se compite.