Impopular/popular

Asumo lo impopular que pueda resultar la siguiente idea: la existencia de la cultura no depende de un político ni de un gobierno, ni del actual ni del saliente.

Es responsabilidad del Estado garantizar las condiciones, los planes y las políticas que protejan y hagan viable la conservación y producción de bienes culturales en sus distintos contextos -no porque la cultura dependa de él para existir, sino porque sin esas condiciones se pierde, se deteriora o se le niega a la gente el derecho a producirla y disfrutarla. Que esas condiciones se encuentren en riesgo bajo el gobierno actual es innegable; de ahí la obligación de mantenerse alerta. Sin embargo, es indispensable insistir en que la cultura nunca ha necesitado de un gobernante ni de un gobierno para existir.

La imagen de la cultura en el actual presidente es coherente con su sueño militarista. De ahí la escena de la posesión: quien habla lo hace ante un público obligado a escuchar y a permanecer de pie y en silencio, porque pertenece a una institución que antepone lo uniforme a lo diverso.

Frente a esta versión empobrecida de la cultura, que la confunde con doctrina y uniforma hasta volver anónima la particularidad, existe —y siempre ha existido— lo popular. No como consigna de campaña ni como reiteración de símbolos, sino como una realidad plural que se sostiene desde la necesidad diaria. Atender a la producción de imágenes y de símbolos del actual gobierno es tan importante como producir imágenes y símbolos que los contrarresten.

Llorar a un político, anhelar su regreso o depender de su capacidad de gobernarnos resulta, en el fondo, tan problemático como la escena de soldados que esperan de su líder la orden que les da sentido.