El «petardo que hay en mí»

La discusión sobre censura y silenciamiento en las artes visuales suele escribirse en tercera persona: alguien censuró, alguien fue censurado. Isabel Cristina Díaz hace algo que pocos se atreven: escribir sobre el silenciamiento desde la posición que puede silenciar.

Adapto la frase que migró desde la caja del cereal al meme para quienes habitan el mundo del entrenamiento físico: «El tigre que hay en ti…», como título para esta pequeña reflexión sobre la identificación con la que solemos vivir los gobiernos en Colombia.

Como parte de la campaña presidencial, la presión sobre la identificación con un candidato pasó —como nunca en esta ocasión— desde la cesión voluntaria del perfil personal en redes, independiente del número de seguidores de esas cuentas, a la identificación con una camiseta o un afiche en la ventana del carro o la vivienda. Ahora que el gobierno empezó, esa identificación —o su absoluta distancia— continúa pasando por las redes a través del uso de símbolos, independiente de la capacidad de nuestros perfiles o de su influencia. Unos y otros, pareciera, seguimos contribuyendo desde nuestros perfiles a la lógica de la campaña, privilegiando la adhesión a un personaje, en vez de unas ideas o proyecto.

Gobernar debería diferenciarse sustancialmente de las estrategias del proceso electoral. Lo que en medio de ese proceso vertiginoso se acepta como normal, ahora debe rechazarse a propósito. Con cuatro años por delante en los que buena parte de esas narrativas oficiales se producirá y multiplicará con ayuda de inteligencia artificial —contenidos sin autoría humana—, el ejercicio de no identificarse mecánicamente con lo que se nos presenta se vuelve más urgente, no menos. ¿Puede ser que superemos la campaña y avancemos hasta una oposición que no suponga identificarme con el otro?

 No la denuncia de la petardez ajena —fácil, casi automática—, sino un ejercicio más incómodo: identificar el «petardo que hay en mí». Porque tomar conciencia de la propia petardez es más difícil que señalarla en los otros. Frente a esto, propongo además otra pregunta: ¿qué tan parecido puedo ser a quien considero opuesto?

 Las formas y los modos de la petardez se esconden en la indiferencia ante la necesidad real del otro, en la discriminación ante formas de pensar, ser y actuar que consideramos opuestas a nosotros mismos. Pero también en toda actitud que busque censurar el pensamiento distinto. Cuando uso mi propio escenario de micropoder para callar al que piensa distinto, al que no está de acuerdo conmigo.

Mi propio escenario público de micropoder es la docencia, y el ejercicio investigativo sobre la historia del arte en Colombia. Ahí también se juega esta petardez: en la tentación de callar, desde el aula, desde el texto crítico o desde la investigación misma, al que piensa distinto. El modo en que ese silenciamiento opera depende del campo o del medio: en redes, lo público puede amplificar hasta el linchamiento o la cancelación; en el aula, en cambio, el silenciamiento pasa por otra vía, mediada por la jerarquía misma de la posición. Abrir canales que difundan voces en contra, que critiquen, que se opongan, que señalen lo que parece opaco, no es solo una necesidad del campo de las artes visuales —es, antes que nada, una pregunta que me hago sobre mi propio uso de ese micropoder.