Dentro de todos los desastres que parecen acumularse día tras día en las noticias, ya sean en forma de escombros, cenizas, lodo y, sobre todo y más tristemente, cadáveres, hay una noticia que, si no fuera por la visibilidad que buscan las redes sociales, donde fue publicada, seguramente habría pasado sin pena ni gloria. Un post en Instagram del 30 de agosto de 2026, hecho por la oficina de diseño llamada deconama.estudio, que según su página web “combina funcionalidad, historia y estética”, mostraba cómo en uno de sus últimos proyectos “tumbaron” las escaleras que hacían parte del diseño original de una de las obras del maestro Rogelio Salmona. Según explican en el video, el “oscuro” apartamento necesitaba, además de una habitación más amplia, destruir las escaleras originales para, como dice la voz en off, cambiarlas por unas escaleras “más livianas, contemporáneas”. El argumento sigue con que entre los materiales seleccionados está el vidrio, que “conecta los espacios”. (Aquí cabe preguntarle a la diseñadora: ¿qué hace entonces una escalera si no es conectar?). Parece, por lo que nos cuenta esta voz en off, que con esto el apartamento se sentiría “mucho más luminoso, abierto y ligero”.
Si bien este post no es diferente a tantos otros en los que se promociona algún tipo de servicio en poco más de un minuto, es en este corto tiempo un profundo campanazo de cómo las academias de arquitectura están fallando a sus egresados, enseñando más a hacer publicidad a partir de eslóganes vacíos que a hacer una reflexión profunda sobre la práctica. Una práctica que solía basarse en el intenso reconocimiento del entorno, del contexto; que se hace a partir de una preocupación auténtica, sensible y profunda por lo que significa el oficio de construir.
Esta desfiguración, no sólo de una escalera sino, por lo que se alcanza a apreciar en el video, de una obra de Salmona, me hizo recordar su legendaria rebeldía en el estudio de Le Corbusier, aquel arquitecto suizo que llegó a Bogotá en 1947 y que luego participaría en el diseño para la capital colombiana de lo que se conoce como el Plan Piloto para Bogotá. Al igual que en otros de sus planes, como el Plan Voisin para París, la ciudad existente era confrontada con un ideal moderno de transformación, circulación, apertura y luz. Para Le Corbusier, la Modernidad —otra palabra que seguramente en su cabeza significaba algo parecido a lo que la contemporaneidad significa para los diseñadores de hoy— implicaba una nueva manera de habitar. Dentro de su discurso, tanto en sus planes para ciudades como en sus edificios, sus “máquinas de habitar”, las ventanas, la posibilidad de abrir las vistas y permitir la entrada de luz en los espacios son claves a través de toda su obra, donde la relación con el exterior es fundamental.
Pero esta visión tiene raíces profundas. La idea de la entrada de luz como alegoría, pero también como prueba física de desarrollo, viene de una larga tradición del urbanismo muy anterior al mismo Le Corbusier. Ya el barón Haussmann, en su transformación de París llevada a cabo entre 1853 y 1870, abre grandes avenidas y ejes visuales que “bañan” de luz las fachadas de los edificios aledaños. Esta idea trajo consigo un mayor uso del espacio público, pero también condenó a parte de la población que vivía en estos lugares a moverse lejos de los centros. Podríamos decir que cada acción de iluminar tiene siempre un lado oscuro.
Pero es que la luz funciona así: algo iluminado intensamente deberá, por lógica, producir una sombra igual de intensa. Así, quien maneja bien la luz sabrá trabajar con sombra y penumbra, algo que el maestro Salmona sabía hacer como sólo los grandes lo hacen. Dentro de sus cualidades está ese manejo de la penumbra, de la luz que anuncia desde lejos una secuencia de espacios que se irán abriendo a quien se adentra en las entrañas de sus edificios, con circulaciones extensas, con espacios que invitan a la contemplación, con cambios de altura que desarrollan una narrativa en el habitar: de espacios recogidos a salones imponentes, esquinas más calmadas y llegadas monumentales a patios que suenan con una palmada.
La arquitectura debería ser para todos, aunque entenderla no sea una obligación. Lo que trae a debate este acontecimiento, que seguramente se ha producido infinidad de veces sin que nos enteremos —otras sí, aunque nadie o pocos protesten—, es que quien no sabe apreciarla sienta que su poder adquisitivo le da derecho a actuar sobre ella por encima del derecho de otros a poder disfrutarla. Algo que nos recuerda lo que sucede con los bosques, las quebradas, los animales, y en general el mundo que nos ha sido entregado para vivir sobre él, pero que no nos da derecho a destruirlo. Aquellos que desde sus megayates creen tener el derecho de tapar el horizonte en la vista en una playa y que, si pudieran, seguramente taparían también un eclipse de sol.
Roberto Uribe
Berlín, 2 de septiembre de 2026