La escucha fue una de las principales formas de trabajo del Ministerio de Cultura en estos cuatro años. Organizó su discurso y una serie amplia de encuentros, mesas y actividades en todo el país. ¿Qué sucedió con los aportes de los artistas y agentes participantes? ¿En qué medida se pueden rastrear en las decisiones que se tomaron? ¿Tuvieron alguna incidencia en casos como el Plan Nacional de Artes Plásticas y Visuales o el Salón Nacional de Artistas?
Sobre estas y otras preguntas conversamos con Elena Salazar, quien entró al Ministerio de Cultura en 2023, cuando las artes plásticas y visuales no eran un grupo sino un anexo a la Dirección de Artes. Formuló una primera fase del Plan Nacional de Artes Plásticas y Visuales desplazándose a los territorios en vez de convocar a Bogotá. Se realizaron encuentros en Popayán, Amazonas, Cúcuta; hubo traducciones a cuatro lenguas. Deja el Ministerio en 2024.
Tercera y última conversación de la serie, después de Alejandra Sarria y Giuseppe Ramírez.
Transcripción
esferapública: Cuéntanos, Elena, cómo fue la experiencia inicial de tu labor en el Ministerio y lo realizado en esos encuentros en diferentes territorios con los que se empezó a dar forma al Plan Nacional de Artes Plásticas y Visuales.
Elena Salazar: Ingresé en 2023 al Ministerio de Cultura, específicamente a lo que en ese momento no era el Grupo de Artes Visuales sino un anexo de la Dirección de Artes. Desde ahí empezamos a pensar qué tipo de políticas públicas necesitaba y merecía el sector de las artes plásticas y visuales.
Las artes plásticas y visuales no tenían formalmente ninguna política pública. Y digo formalmente escrita porque en 2010 –si la memoria no me falla– se hizo un compendio de las políticas públicas culturales, y en él se incluyeron procesos de largo aliento que podían constituirse en política: los salones nacionales y regionales. Ese era el único vestigio de política pública que había para las artes plásticas y visuales. Entendiendo también que había grupos que estaban actualizando sus planes en esta administración, o que se estaban pensando en clave de planes para sus áreas y disciplinas específicas.
En 2023 ingreso a este proceso y ahí es donde empezamos, con Andrés García La Rota —coordinador en ese momento—, a pensar en un plan nacional de artes plásticas y visuales. En mi cabeza, ahí es donde surgen los tres encuentros territoriales. No solamente por gusto o necesidad personal, sino basándonos en lo que planteaba la planeación nacional, el proyecto de gobierno: la descentralización de todo lo administrativo y, en eso, lo cultural. Todavía para esa época el Plan Nacional de Cultura no había salido, luego estábamos atendiendo a otra instancia, más grande que el plan nacional mismo. Se consideraba que el Ministerio de Cultura siempre había planteado formas de vincularse desde la centralización: desde Bogotá, desde Medellín, desde Cali; esencialmente desde Bogotá, en términos de cómo relacionarse con eso que llamamos los territorios.
Viendo esta necesidad, nos planteamos una manera diferente de acercarnos al sector: no que el sector viniera al centro, o sea a Bogotá, sino nosotros, como ministerio, ir a la periferia —la palabra es un poco fuerte—, a las fronteras, a los límites territoriales de nuestro país. También entendiendo que esta administración muchas veces planteó que las fronteras son imaginarias más que sociales. Eso lo vimos claramente en los tres encuentros.
Fueron encuentros que se desarrollaron en el Cauca, específicamente en Popayán, en la Universidad Autónoma Indígena. Ahí congregamos a muchos departamentos, también frente a una dificultad inicial económica: digámoslo claramente, no había tantos recursos para el plan. Entonces elegimos un lugar que no fuera central, como habría sido lo normal –llevar esos encuentros a Cali; decidimos irnos a otros lugares, a otros espacios, y empezar a abrir las conversaciones más allá de nuestro entendimiento occidental de la disciplina de las artes plásticas.
En ese encuentro en el Cauca estuvieron Chocó, Nariño, Valle del Cauca y el Cauca mismo; invitamos a otros departamentos para que pudieran centrar la mirada en otra parte, salirse de los zapatos propios y meterse en los de otro. Cada uno está siempre pensando en las problemáticas locales que lo afectan, pero nunca abrimos el espacio y la mirada para ver lo que otros están viviendo. Uno de los puntos que salió desde ese lugar de conversación fue precisamente cómo entendemos la palabra arte y cómo la entienden las comunidades indígenas.
Lo mismo sucedió en el Amazonas, pero ahí hubo otro enfoque más grande. El Amazonas tiene dificultades de conectividad: internet llega, desaparece muchos meses, vuelve a aparecer. También de conectividad terrestre, cómo conectarse entre los diferentes departamentos, incluido el interior del Amazonas. Para eso convocamos a personas de diferentes lugares e incluimos a artistas fronterizos. Es muy fácil encontrar en el Amazonas artistas que son tanto colombianos como peruanos, o tanto colombianos como brasileros, y que tienen unas dinámicas de frontera muy diferentes a lo que nosotros entendemos desde Bogotá y desde lo que entendemos políticamente sobre fronteras.
Ahí tuvimos una dificultad adicional que ya veníamos tratando en el Cauca. Se me olvidó decirlo: como estábamos en la universidad y teníamos visitantes de diferentes comunidades indígenas, la universidad nos acompañó en la interpretación y traducción de lo que planteábamos en las conversaciones a la lengua de ellos. Porque lo que nos interesaba era eso: nosotros asumimos que la lengua de Colombia es el español. En el Amazonas el número de lenguas es absurdo, y el relacionamiento con el español es diferente: el entendimiento, la comprensión, la forma en que ellos tienen que traducir para que los entendamos.
Esas son las cosas importantes que encontramos en la parte sur colombiana. En el último encuentro, que fue en Cúcuta, lo que planteábamos era precisamente esa frontera con un país que en un momento fue hermano —gemelo, de alguna manera— y del que las dificultades políticas nos separaron. A la hora de la verdad, muchos de los artistas locales en Cúcuta, en Norte de Santander, en Santander, en Arauca, tienen relaciones muy cercanas con Venezuela, anteriores y actuales.
Esa era una de las preguntas: cómo hacemos para que este tipo de planes disciplinares –en un espacio disciplinar donde yo digo que estamos en la poscontemporánea, en términos de tiempo y espacio– cómo podíamos empezar a hablarnos en términos de disciplina cuando las artes plásticas, en las comunidades indígenas que son más o menos el 4,4% de nuestra población, no son consideradas arte sino vida misma. Cómo podíamos vincular eso a un proceso misional desde un ministerio.
Por eso empezamos con esos tres encuentros. Nuestra proyección era incluir San Andrés y Providencia —en ese momento era importantísimo, por lo que venía del gobierno anterior: la reconstrucción de la isla y el olvido de ese espacio insular nuestro por parte del ministerio y de las entidades públicas—. Teníamos pensados otros lugares donde pudiéramos empezar a abarcar el país desde el borde y traerlo hacia el centro: no en términos de sacar a la gente, sino de traer ese conocimiento al escritorio y, desde el escritorio, empezar a darle forma.
Ese fue el planteamiento de 2023 y parte de 2024. El plan no siguió: cambio de ministros; cambio de enfoques ministeriales; el foco se movió al Plan Nacional de Cultura y a la actualización de la Ley General. Los planes no quedaron como primera opción, también por recursos, porque se decidió que debían ir hacia otras acciones. Yo salgo en 2024 y la situación quedó ahí.
En diciembre de 2024 se realiza un encuentro sobre el Salón Nacional en la Universidad Javeriana. Ahí vuelve a aparecer el planteamiento del plan, y suena redundante porque muchos de los invitados a esa reunión habían participado en los encuentros. Preguntaron qué pasó con esos encuentros, qué pasó con el plan, dónde están los documentos que se habían subido a la plataforma –porque había una plataforma para eso. El ministerio en ese momento, y el grupo de Artes Visuales, plantearon que la plataforma había tenido un hackeo, que se había desmontado todo y se estaba volviendo a montar. El caso es que hoy no están los documentos que incluían la relatoría de esos encuentros –presenciales, pero también los virtuales que tuvimos con lo académico y con los agentes de la circulación de las artes. Se hicieron también las traducciones en su momento a diferentes lenguas; si la memoria no me falla, hicimos en nasa yuwe —se me van las otras—, fueron cuatro lenguas. Y eso quedó ahí.
Esa pregunta queda, porque uno de los centros de esas tres conversaciones fue precisamente el Salón Nacional y los Salones Regionales: hacia dónde iban, cómo, si vamos a seguir con el salón del siglo XVIII o qué tipo de salones vamos a tener, por qué eran importantes esos salones hoy, sobre todo desde el enfoque de esta administración. Ahí hay un silencio grande, y hasta este año, en junio, volvimos a saber que el plan estaba saliendo y se publicó.
Desde el comienzo de esta administración, con Patricia Ariza, se plantearon mesas de escucha y mesas de trabajo. Uno sabe que en esas mesas se toman apuntes, y en algunos casos se comparten esas relatorías con los participantes; en otros no se vuelve a saber qué pasó, o si sirvió para tomar decisiones o para definir un plan a corto o mediano plazo. Aun así, y a pesar de los quiebres, es claro que hubo énfasis en el territorio. Con Giuseppe Ramírez, en la conversación que publicamos hace una semana, hablamos de eso: a pesar de los cambios de ministro hubo un énfasis sostenido en lo macro, aunque en lo micro se perdieran cosas. ¿Cómo lo ves tú? ¿Se logró algo de lo que se pensaba inicialmente?
Elena Salazar: Sí, se logró algo de lo que se pensaba inicialmente. Yo soy muy partidaria de esa administración, de ese nuevo enfoque, y de muchas de las acciones que se generaron. Si hacemos un recuento de lo que se hizo, este ministerio hizo demasiadas cosas. Veníamos de unos ministerios en los que también se hizo, pero no en esa cantidad ni con esa voluntad de abarcar. Una de las cosas importantes de esta administración fue que no nos quedamos con cuatro departamentos: hubo una insistencia en llegar a los 32 departamentos, a los 1.103 municipios. Hubo una intención, y muchas de las acciones se llevaron a cabo.
Sin embargo, desde ese estar de acuerdo con una postura política, uno también debe ser autocrítico. Y en esa autocrítica el ministerio tuvo muchas falencias. Muchas falencias en términos de tiempos de ejecución, por dificultades que se le presentaron a quienes entraron a manejar el ministerio: personas amarradas a otros gobiernos que no permitieron que se generaran ciertas cosas. Mucho de eso le costó a Patricia Ariza el haber tenido que salir; no porque ella no quisiera, sino porque no hubo facilidad para solucionar.
Ella tenía un enfoque muy de ir a las regiones, de escuchar a los que nunca habían sido escuchados. Por eso empezamos a tener relaciones con los artistas de calle, con los muralistas, con los grafiteros; los urbanos empezaron a tener mucha cabida y mucha resonancia al interior del ministerio, porque son acciones artísticas que no estaban consideradas como arte dentro de la división disciplinar que tiene el ministerio. Eso es uno de los puntos muy favorables, también en términos de empezar a ver qué somos realmente desde las artes plásticas y qué somos en términos de arte en Colombia, porque tenemos esas reglas institucionalizadas de afuera.
Pero si hacemos un recuento hoy: se hicieron actividades importantes y no las amarramos de manera que puedan ser permanentes, que efectivamente sean acciones que no puedan ser configuradas de otra manera, o borradas del panorama, por administraciones distintas. En ese sentido, como institución nos faltó una visión amplia de lo que en política somos, y de que la cultura hace parte de esa política. Fuimos muy románticos, muy paternales. Está muy bien, está lindo, pero lo misional debe pensar también en el otro sentido, y eso nos hizo falta un montón.
En eso, específicamente en el Salón Nacional y en el Salón Regional, yo tengo muchas preguntas. Es maravilloso un cambio de pensamiento sobre el Salón Nacional, pero todavía es un poco insípido, no quedó claro para el común de los artistas hacia dónde va ni qué era lo que quería. No está dentro del plan nacional, y tampoco hay una línea de cómo hacer los salones regionales que van a quedar para ser desarrollados por la nueva administración que entra el 7 de agosto. Ahí puede haber una ruptura clara de lo planteado —que tampoco fue claro en términos de sector— y eso nos puede costar un retroceso o una invisibilización permanente.
¿Qué cosas crees que pueden pasar en la próxima administración, o preverse con lo que han publicado?
A mí me preocupa mucho todo lo que se realizó en el grupo de artes plásticas y visuales, porque nada de eso tiene sustento, ni siquiera el plan. Es un primer documento que a la hora de la verdad no está apalancado ni amarrado con absolutamente nada. Puede terminar siendo un saludo a la bandera.
Era un lugar muy importante para que el sector entendiera hacia dónde se estaba planteando una visión desde las artes plásticas y visuales como nación, en la que cupieran no solamente las artes occidentales, el arte contemporáneo, sino otras formas. Era el lugar para poder hablar, para ampliar la conversación sobre las prácticas artísticas: todo esto que está sucediendo, donde no necesitas obras, donde los procesos también son importantes. Pero eso no está protegido en términos de derechos culturales. Los derechos culturales, en términos de la UNESCO, están planteados en el beneficiario, en el consumo, y de ahí se pega la economía naranja, las industrias culturales y creativas; los artistas creadores quedan totalmente desprotegidos.
Tal es el caso de los estímulos, de los que dijeron que eran un gasto asistencialista. No es un gasto: es una inversión social, es un motor económico. Ahí está la escuela itinerante, que era un principio importante para empezar a gestionar esas pedagogías y metodologías específicas de las artes plásticas en los territorios, más allá de la centralización. Pero no tenemos nada que proteja esa escuela.
En términos de ministerio, los estímulos son otra cosa que puede ser administrativa. Lo vimos en esta administración, y estoy de acuerdo y no: Bogotá salió de la posibilidad de participar en estímulos ministeriales, entendiendo que Bogotá tiene una capacidad enorme de recursos para el fomento, como lo llama el distrito –en el ministerio no es específicamente eso–. Pero tampoco salimos de ahí para que los recursos llegaran a las regiones. Es entendible, pero tampoco es chévere: Bogotá, a pesar de que tengamos recursos como gobierno local y porque tenemos el interés de destinarlos a la cultura y las artes, no puede ser penalizada por ello.
Me preocupa que los estímulos se vean más reducidos para las artes plásticas. Vimos que subieron los estímulos en términos de territorio, pero bajaron mucho en términos de creación, investigación y circulación. Me preocupa que los estímulos como los conocemos desde el ministerio pierdan fuerza y recursos frente a entregarlos ahora a CREA en términos de industrialización, lo que nos pone como sector de artes plásticas y visuales en un lugar muy desfavorable, porque claramente no somos industria. Por ahí estamos en un terreno gris.
Tú has estado muy atenta a estos procesos, has trabajado dentro de cultura, conoces bien lo que está pasando allí. Varias personas con las que hemos conversado dicen que hay que defender lo que se ha conseguido. ¿Cómo ves esa defensa: como voces aisladas, que ha sido un poco siempre el caso en las artes visuales, o como algo relacionado con una agrupación, un colectivo, distintas voces? ¿Qué se puede hacer, qué estrategias posibles ves para empezar a defender esos procesos y que no se pierdan?
Elena Salazar: Creo que lo principal es la colectividad. Este es el sector más separado y menos colectivo; hay otros, pero este es el más separado, y por sus dinámicas: nosotros somos creadores individuales, o a duras penas hacemos unos colectivos, pero de gente que se conoce desde siempre y trabaja junta. No somos de armar red. Por eso hemos tenido veinte mil inicios de sindicato y nunca ha aparecido. Hasta ahora hay uno que ha permanecido, a duras penas. No somos dados a la colectividad.
Esperaría que un momento que puede ser crítico para las artes plásticas genere ese tipo de articulación, no en términos de política misma, sino de protección de lo que tenemos y de lo que nos hace sector. Una de las cosas que protegíamos dentro de los encuentros era precisamente el Salón Nacional y los regionales, por el tiempo que llevan. Uno siempre que llega quiere organizar la casita, pero la casita ya tiene unas bases y unas cosas interesantes, que podemos reformular, revisar, actualizar, remasterizar. Es importante ese tiempo que lleva construyendo sector.
Creo que es el momento de proteger lo que hay. Proteger un documento de política que, a pesar mío, no me termina de gustar, pero es un inicio, es un inicio, es una posibilidad de actualización a futuro. Es una línea difusa para mí, pero es una línea que no teníamos. Así como soy crítica, invitaría a tomar eso que hay con todas sus dificultades, con todo lo bueno y lo malo que pueda tener, pero a entenderlo y a saber cómo podemos agrandarlo, afianzarlo y hacerlo nuestro.
Es muy difícil —y lo hablo desde la función pública— ejecutar desde acá, con las pocas posibilidades que hay, cosas que el mismo sector no siente propias, que no defiende, a las que no propone mejoras, sino que solo recibe un dedo juzgador de la crítica. La crítica está muy bien, pero aprendamos a hacerla. La crítica a este plan fue que se terminó haciendo a las carreras. Entiendo para qué: para tenerlo. Pero pudo haber sido un proceso mucho más incluyente y fructífero, que no se pudo hacer por diferentes imposibilidades.
Bueno, tenemos un documento. Una de sus falencias va a ser la socialización, porque la gente no lo conoce. Al no conocerlo no hay apropiación; al no haber apropiación, no hay salvaguarda. Lo mismo con el Salón Nacional y el Salón Regional: queremos que eso pueda ser protegido por nosotros. La estrategia es la unión del sector. Es bien difícil tenerla, porque tenemos nuestras dinámicas al interior, pero creo que ponernos en los zapatos de todos los que hacemos parte de ese ecosistema de las artes plásticas, una lucha de todos por el bien común del sector, es lo único que hay.
Muchísimas gracias por este espacio. Que nos quede en la cabeza lo que ya tenemos, porque es lo único que tenemos realmente.
Elena Salazar es artista plástica, gestora cultural y articuladora de políticas públicas con una trayectoria interdisciplinar de más de 25 años. Egresada de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia (2003), complementó su formación con un DES en Moda y Creación de la Universidad de Lyon 5 y una Maestría en Artes Plásticas y Visuales de la UN.
Su mayor incidencia se centra en la gestión pública y cultural, donde ha acumulado más de 15 años de experiencia en entidades del sector cultural tanto a nivel nacional programadora del Museo Nacional de Colombia, y su conocimiento en política sectorial la llevó a ser asesora para la creación del Plan Nacional de Artes Plásticas y Visuales (PNAPV) en el grupo de Artes Plásticas y Visuales del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y desde el gobierno local desempeñándose como Coordinadora de Artes Plásticas y Visuales de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (FUGA) y en la Dirección de Fomento de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, donde actualmente , lidera la estrategia Proyectos en Red, redefiniendo el fomento cultural a través de la asociatividad y la colaboración sectorial.