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De lo que ha de acontecer Imprimir E-Mail
Wednesday, 15 de October de 2008

De lo que ha de acontecer

Vistazo Crítico a Goya en Bogotá

Hace poco más de un mes se inauguró una muestra en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, que causó mucho interés en el mundo cultural bogotano, no propiamente por su valor artístico, sino por el tratamiento mediático que generó, luego de haberse perpetrado un robo de uno de los grabados perteneciente a la serie expuesta Los desastres de la guerra de Francico de Goya. Tal interés mediático creció cuando uno de los actores (artista) más relevantes del arte contemporáneo colombiano Lucas Ospina decidió -en su estilo habitual escondiéndose tras una máscara o un seudónimo-, atribuirse el robo firmando un panfleto bajo el supuesto comando S-11. El panfleto fue copia exacta del comunicado del ya extinto grupo guerrillero M-19 cuando se atribuyó el robo de la espada de Bolívar.

Hoy el público bogotano respira -así como la directora de la Fundación-, pues el Goya fue encontrado en un hotel del centro de la ciudad y nuestros queridos artistas podrán sonreír de nuevo; “en río revuelto, ganancia de pescadores”, decía mi abuelo Ricardo Palma, frente al Mar Pacífico. Todo parece volver a la normalidad. Las multitudes acudirán a la exposición, ya no a ver el vacío que dejó la obra, pues ese parecía ser el único interés de los visitantes, sino a ver el cuadro plagiado y recuperado por las autoridades policiales en un operativo digno de película donde los ladrones aun siguen libres. Todo esto me hace pensar en algo que ya Walter Benjamin había enunciado en esos terribles años treinta y cuarenta del siglo pasado: la estetización de la política. Nada más grave pudo sucederle a Francisco de Goya, que olvidarlo a causa de una novela policíaca de muy mala calidad por cierto, digna de los peores folletines mexicanos y colombianos de nuestra tele ¿Cómo es posible que ninguno de nuestros avezados críticos, entre ellos el propio Jorge Peñuela y el propio Lucas Ospina, se hubiese detenido por un instante al menos a ver la obra expuesta de Los desastres de la guerra? A nadie le importó. ¿Pues que le va importar al mundo mundíbulo mundano de nuestros élite cultural, un tema tan demodé, si ni siquiera eso parece importarle a nuestros gobernantes? Qué la guerra genera desastres, sí eso es una evidencia pero, ¿a quien diablos le importa? Para la muestra un botón: la exposición de Goya en su esencia pasó desapercibida, como pasa desapercibida nuestra realidad nacional, cuando se mediatiza el fracaso de nuestra selección de football en las eliminatorias al mundial, o cuando se mediatiza el crimen de un infante -atroz por cierto-, en los noticieros (telenovelas informativas).

Todas esas cortinas de humo nos impiden ver de frente y claramente LO QUE ACONTECE. Si en algo hemos de agradecer a los ladrones del Goya, y espero esta afirmación no sea pretexto para una pezquiza en mi nombre por parte de las autoridades, es que han hecho visible, al menos a mis ojos, eso que sucederá, eso que HA DE ACONTECER. Estos plagiarios deberían ser recompensados con el honrable título de curadores de arte contemporáneo. Escogieron una de las obras más importantes de esa muestra, la hicieron visible, pese a su invisibilidad. Todo el mundo, gracias a la multipliciadad de la imagen y la divulgación en los medios de noticias, televisión, prensa escrita e Internet, pudo ver la obra sin conocerla. Muchos profanos supieron alfin quién era ese tal Goya, pintor español atormentado por la guerra. El hacer visible lo que no vemos: ¿eso no es lo propio de una mirada curatorial? Pero surge un problema, ese exceso de visibilidad termina opacando algo, encegueciendonos, como cuando miramos el sol de frente sin gafas oscuras. Estamos obnubilados por esa imagen y olvidamos que se trata de un hombre quien de rodillas y con los brazos abiertos mira hacia el cielo mientras su torso se ofrece al enemigo. ¿Va ha ser fusilado? ¿Va a morir como otros tantos en las imágenes que nos muestra Goya? ¿Por qué mira al cielo? No está propiamente rezando ni tampoco pidiendo clemencia. La expresión de su rostro denota desolación. ¿Qué diferencia existe entre este rostro y el de una víctima de la violencia en Colombia? Si no la saben, miren en los semáforos de nuestras calles y encontraran la respuesta. Pero si no la encuentran, la respuesta es: ninguna diferencia.

El cuadro fue encontrado en una habitación del Hotel Torre Central, en una cama, bajo las cobijas. Nada más evocador que esta imagen: el cuadro “Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer” parece dormir tranquilamente en una hotel capitalino. El sueño se ha apoderado de nuestra época, denunciaba Benjamin en esos terribles años treinta y cuarenta del siglo pasado. “Hay que despertar” decía incansablemente el filósofo judío ¿Será que esas palabras tienen algún sentido hoy en día? El cuadro de Goya, así como el de Paul Klee titulado Angelus Novus, que tanto iluminó a Benjamin, nos responde afirmativamente.

Ahora pienso en qué otras obras hubiesen robado los “curadores de arte contemporáneo” del affaire Goya si hubiesen tenido tiempo. Quizá ese grabado que se titula: “Murió la verdad”, donde el cadáver de una mujer (alegoría de la verdad), es velado, mientras el coro canta preguntándose: “¿Sí resucitará?” La verdad en nuestro país parece haber muerto, con la extradición de los paramilitares a los Estados Unidos con la complacencia de nuestro gobierno, con la mordaja que se le impone a la justicia en nuestro país y, nosotros asistimos a su funeral sin tan siquiera preguntarnos si resucitará algún día.

La obra de Goya expuesta en la Gilberto Alzate Avendaño merece ser revisitada, olvidando por completo el folletín novelesco que nos impidió verla como debe ser vista, folletín atizado, curiosamente por los artistas contemporáneos, que en un exceso de visibilidad y protagonismo, terminaron opacando una de las obras más importantes de la Historia del Arte expuesta en Bogotá, sobre todo por el contexto en que nos encontramos. El destino de las imágenes es aún impre-visible.

Ricardo Arcos-Palma

 

Expediente, intervención de lucas ospina: respuesta al vistazo crítico a Goya

Apreciado maestro Ricardo Arcos. Tiene razón en casi todo lo que usted ha manifestado en su Vistazo Crítico. En nuestra época, un expediente cuelga sobre nuestras cabezas, como espada de Damocles: todos somos culpables hasta no demostrar lo contrario. Cuando el crimen logra desbordar las ficciones de los artistas y amenaza con devorarnos, quedamos sumidos en el miedo y sin terreno firme al cual asirnos para obligarnos a parir un pensamiento. Del secuestro de Goya nada sabemos, excepto que regresó sano y salvo a su casa y que se limpió la imagen de Bogotá como ciudad amante y respetuosa de los imaginarios de los artistas que ya no pueden importunar a nadie. Tiene razón: esa era nuestra preocupación. Como siempre, olvidamos lo que no debemos olvidar: la guerra perpetúa en Colombia.

Usted lo ha recordado oportunamente: murió la verdad. Goya hubiera dicho que el sueño de la verdad produce monstruos y que con los monstruos napoleónicos no se juega; –que ni siquiera los artistas contemporáneos se pueden permitir estas licencias poéticas. Nos diría que la verdad se vuelve un monstruo incontrolable cuando se la dopa. Usted sabe, que los artistas, precisamente, crearon la sátira y la ironía como antídoto contra la tiranía de la verdad dopada. Estoy de acuerdo con usted: la intervención artística de Lucas Ospina provocó un tifón mediático que amenazó levantar todo el tejado de Esfera Pública, construido con tesón y dificultad. La verdad dopada se hizo sentir en el campo de las artes. Algunos estamos recuperándonos del impacto, otros, perturbados por el impacto de algunos editoriales, han buscado otros refugios o aún permanecen silenciados, horrorizados con el poder que ejerce la vida en nuestra frágil psicología artística: el crimen siempre sabe sacar provecho de esta debilidad. Goya pasó sin pena ni gloria por Bogotá. Más que una pena, es una vergüenza, no con Goya ni con los españoles, sino con las víctimas de los desastres de las guerras en Colombia.

Sin duda, este acontecimiento artístico será de interés para los historiadores. Más que un profesor, como insisten en presentarlo los medios masivos de comunicación, Lucas Ospina es un artista de nuestra época; es decir, como usted y como yo, hacemos parte de una tradición de pensamiento artístico que se inicia con las vanguardias históricas del siglo XX, las cuales, recuerde, se mostraron refractarias a todos aquellos dictados que provenían de las instituciones artísticas comprometidas con la campaña de egoísmo económico iniciada desde ese entones por el capital. Expediente, como llamo a esta intervención de Ospina, en mi opinión, intentó mostrar que los rostros compungidos de las élites artísticas y académicas, de las cuales hacemos parte, frente a los horrores de la guerra, no son más que una mascarada, que son sólo lágrimas de cocodrilo. Sabe el artista que ninguno de nosotros hemos hecho lo suficiente para terminar la barbarie de nuestra larga noche septembrina.

Nos disgusta sobremanera que hayamos sido timados por el artista, esto es lo que molesta al espíritu racionalista que cree poder anticiparlo todo; cuando el arte incursiona en la vida procedemos a sacarlo a patadas: la vida mata al arte: el arte es un enemigo para la vida. Pero, maestro Arcos, ¿no ha sido el arte siempre un bello engaño? ¿No ha sido esta la virtud, la belleza, lo que le ha permitido acercarse a la verdad para despertarla de sus letargos inducidos? ¿Osaremos culpar al artista porque se atrevió a pintar unas uvas de manera tan real que algunos pájaros hambrientos rompieron sus picos cuando quisieron picotearlas? ¿Tal mal estamos? El artista sólo es culpable, por, en su consternación, haber reducido su intervención artística a ser una parodia similar a aquellas que se realizan en la televisión local, una payasada, cuando era algo mucho más interesante para el arte contemporáneo y para nuestras esperanzas de una sociedad menos cruel.

Contrario a su propósito, creo que Ospina hizo más por Goya en Bogotá, que cualquier comentario nuestro sobre el particular. Por supuesto, hubiéramos esperado más reflexión sobre los horrores de las guerras que destruyen a Colombia. Pero, ¿qué más podemos decir sobre estas guerras? Usted lo ha dicho descarnadamente: ¿a quién diablos le importan? ¿A los artistas? ¿Qué pueden decir los artistas contemporáneos sobre las guerras nuestras que, con creces, no sepamos ya nosotros? En mi opinión, muy poco, a no ser que como Ospina, vuelvan a hacer uso de su imaginación y decidan salirse de la Escuela de Ingeniería Estética en que se convirtió para algunos artistas la práctica artística contemporánea. Eso que usted hoy afirma oportunamente es lo que nos planteó Ospina con su intervención artística: no sigamos siendo hipócritas trayendo exposiciones sobre Los Desaparecidos y Los Desastres de la Guerra, para simular ante los extraños que yacemos compungidos ante el dolor de aquellos que han sido tratados con crueldad extrema, cuando en verdad hacemos muy poco en nuestras prácticas cotidianas para acabar con lo que alimenta todas nuestras guerras. Ospina sabe, que el propósito de estas exposiciones es que el Estado, todos nosotros, tengamos la oportunidad de lavarnos las manos en la jofaina reluciente de las artes. Pues, si su interés fuera hacer cesar la guerra, con seguridad, las élites colombianas haría mucho tiempo le hubieran ofrecido a su pueblo un camino serio hacia la paz.

Jorge Peñuela

 

Respuesta a Jorge Peñuela

Estimado Jorge Peñuela, si es cierto el arte por fortuna no es nada serio y también sabemos que es un engaño. Engaño el orinal de Duchamp, paradigma del arte contemporáneo, cuando en 1917 él “engañó” al jurado de premiación del cual hacía parte. Engaño también el de Zeuxis y Parrhasios como usted lo dice. Eso nadie lo discute. Como tampoco discuto el acto de Lucas Ospina, con el cual todos nosotros nos hemos divertido mucho; a quien no creo que le haya divertido es al mismo artista pues hacer frente a la REALIDAD, con jueces y todo a bordo y la policía pisándole los talones, no debe ser muy divertido que digamos. “Cuando la comedia se convierte en tragedia…” yo ya había leído esta frase antes. Lo que si dije, estimado Peñuela, en mi anterior intervención, es que todo ese despliegue mediático, frente a un hecho jocoso e insignificante, como el “el chiste” de Lucas Ospina sobre el Goya robado, se convirtió en el cerilla que dejó escapar una espesa humareda que nos impidió ver la exposición de Goya y realizar un ejercicio crítico. Si cierto sobre Goya se ha dicho bastante, pero creo que es labor de la crítica, labor que tanto usted como yo pretendemos ejercer, decir algo. Asi de simple, una exposición que vuelvo e insisto es pertinente para el contexto en el cuál vivimos, pues como usted bien lo dice parafraseando a Goya “el sueño de la RAZÓN produce monstruos”.

El gesto de Lucas es importante eso no está en discusión, la parodía, el panfleto, la burla y el chiste también lo son, ya Jaime Garzón nos dió muestras brillantes al respecto y el propio Ospina lo ha hecho en este espacio de Esfera Pública, con sus innumerables seudónimos. Pero de ahí a que ese gesto sea tomado como una obra de arte.. bueno tendremos pantalla de internet para discutir sobre esto en otro momento. Mi crítica va al despliegue medíatico que se le da a un hecho, lo cual termina opacando lo que en realidad debemos ver. Lo acontecido terminó reduciendo la obra gráfica de Goya en el pretexto de una telenovela de muy mala calidad. Frente a las preguntas que usted hace estimado Peñuela, le hago otras a manera de respuesta: ¿Tenemos que negar exposiciones de estas como los Desaparecidos (MAMBO) o Los desastres de la guerra de Goya (Alzate Avendaño) bajo la excusa que tenemos suficiente violencia en nuestro país y que en realidad son los políticos que deben solucionar eso? Claro que no. Cuando en esas dos exposiciones yo ví a varios estudiantes de colegio y personas que no tienen nada que ver con el mundo mundibulo mundano del arte, al cual usted y yo pertenecemos (así nuestro fuero sea académico) creo que hay una verdadera labor pedagógica que insiste que el arte no solamente es divertimento. No logro imaginarme ni por un instante a Goya haciendo sus grabados pretendiendo engañarnos y tomándonos del pelo, como si puedo verlo riendo cuando pintó a los Reyes de España para quien trabajaba. Lucas nos ha hecho reír mucho en este espacio de Esfera Pública, reducido por los medios de comunicación, a un espacio donde se hacen parodías y chistes. Pero les recuerdo que el mismo Ospina también nos ha hecho pensar mucho de una manera muy seria y contundente.

Dejaremos de lado este impase sin lugar a dudas. Lo recordaremos como algo jocoso pues el “chiste” de Ospina en verdad creó algo, más allá del nubarrón, y que gracias a usted lo he podido ver: al menos hemos hablado de Goya así sea por los laditos, y eso ya es algo. Otra punto a favor de Ospina y el de los medios de comunicación, es el haber hecho circular la imagen del grabado robado hasta el hastío, dejando esa imagen en una opacidad insonsable donde ya no hay nada que ver: destino implacable de las imágenes mediatizadas. Mientras todo esto acontece, lo invito -y a todos los esferistas-, a la inaguración de la I Cátedra Franco-Colombiana de Altos Estudios, Arte, Cuerpo y Pensamiento, en homenaje a María Teresa Hincapié que se inaugura mañana 16 de octubre a las 5:00 p.m en la sala de conferencias del León de Greiff de la Universidad Nacional. Y a propósito de Hincapié, y creo usted está de acuerdo esto, ella fue una artista que miraba la realidad de otra manera; con menos humor digamos, de una manera más grave, como el mismo José Alejandro Restrepo y Doris Salcedo. Para reir tenemos tiempo, para reflexionar muy poco.

Ricardo Arcos-Palma

 

Un académico escandaliza a la ciudad

... Otros cuantos escándalos sexuales o de exhibición pública de los genitales han seguido en la ciudad: la bajada de los calzones del rector de la Universidad Nacional, Antanas Mockus en 1993 en plena conferencia plenaria del auditorio Leon de Greiff, gesto que todavía recuerdan los ciudadanos cuando asocian a Mockus con la imagen de Bogotá. Acción iconoclasta no sólo contra una izquierda solemne y gritona que no daba la palabra, sino  que armó un escandalo moralista que incluye las alturas del mismo presidente de la república, señor Cesar Gaviria, quien le pidió la renuncia por semejante grosería. Esto dio lugar a un estupendo graffiti por la verdad que enrostra:

“Mientras el país se derrumba al presidente le importa un culo”.

Armando Silva*

“DESATAR PASIONES CIUDADANAS”

Entrevista con Armando Silva**

 

Pregunta Maria Elvira Ardila, curadora del MamBo :

Es extraño pensar que uno de los imaginarios que destaca este proyecto de Imaginarios Urbanos en Bogotá ocurre con la inesperada intervención de Antanas Mockus al bajarse los pantalones y mostrar su trasero en presencia de un auditorio que le impedía hacer una alocución  como rector de la Universidad Nacional? Significa algún desatar ciudadano? Cómo se dan esos desates ?

Responde Armando Silva, filósofo, semiólogo, y creador del proyecto de imaginarios  urbanos de donde se expone el material de la exposición “Desatar pasiones ciudadanas”:

Sí, el rastreo de ese acontecimiento me lleva a revelar un elocuente graffiti de 1993, antes que se pensara siquiera que Mockus pudiese ser Alcalde de Bogotá: Con tanta sangre y al país le importa un culo. Es el momento en que se  baja los calzones y después de esta acción es electo en 1995, lo cual me hizo pensar que ha sido el performance más desencadenante que se ha hecho en la Bogotá moderna. En ese momento, vaticiné en mi columna de El Tiempo (Ciudad imaginada) que se trataba de un verdadero  “alcalde imaginado” y que gobernaría con fantasías y otros desenfrenos lúdicos. Desde ahí se desata toda una simbología del culo, que apoyado en una mirada psicoanalítica significaría una  psicología residual y contestaría, que va contra lo establecido, fantasioso y loco, por mirar el mundo desde atrás. Pero lo importante como acontecimiento estético y político es que ese gesto iconoclasta lo ubico como el inicio de lo que se llamará “el milagro bogotano” cuando la ciudad entra por una senda de creatividad, de reconocimientos colectivos, de esperanza por todo lo que pasó, desde la baja significativa de muertes violentas hasta el gran desarrollo de su economía. Comenzamos a vivir un mundo imaginario y Bogotá despunta a crecer orgullosa de su futuro. Desde ese momento, se inicia un desencadenamiento de miradas a la ciudad, de estudios, de proyectos ejecutados que dejaba atrás esa otra ciudad provinciana y premoderna representada en el alcalde de entonces, señor Jaime Castro que incluso tuvo la osadía municipal cambiarle el nombre a la ciudad por el colonialista de Santa Fé. La teoría de los imaginarios aplicada a Bogota comienza a tener fuerza y va pegada al fenómeno de las alcaldías Mockus-Peñalosa-Mockus, un proceso que coincide con la publicación de mi libro Bogotá Imaginada (Taurus,  2003), que de alguna manera reconoce el fin de esa aventura creativa.

Cuando Lucho Garzón es electo Alcalde de Bogotá lo que ocurre es  como un llamado a lo real…. la “realidad social”, se instala otro imaginario, y su discurso se va a referir a una Bogotá de los pobres, de marginados, de hambre. No es que antes se desconociera estos hechos, sino que estábamos en ese mundo fantasioso y desde allí crecía la gran urbe de sueños que se hacían realidad, la educación ciudadanas, grandes bibliotecas, el aumento de los espacios públicos, el Transmilenio…pero todo fue desencadenado desde el culo publico de Mockus que literalmente desató esta pasión por la ciudad. Sin la bajada de sus calzones y sin que los medios no lo hubiesen registrado por TV, nunca habría sido alcalde. La ciudadana en su capacidad de burla, ironía y contestación popular, le robó ese gesto al profesor e instalador performativo y lo convirtió en bandera contra un sistema politiquero incapaz y comenzó a cambiar su urbe de modo colectivo. Se consolida así una fuerte alianza entre academia y gestión pública que va a continuar con el siguiente alcalde

( …)

Qué son  pues los imaginarios?

Los imaginarios urbanos hoy los entiendo como una teoría del asombro social, como lo definí para mi libro-catalogo de la Fundación Antoni Tapies (Actar, Barcelona, 2007). El imaginario tiene una doble naturaleza: la del pensar y la del querer, la del conocimiento y la de la emoción. Había planteado en la primera edición del  libro de los Imaginarios urbanos (Tercer Mundo,1992) donde puse a circular por primera vez  el termino ( imaginarios urbanos) que estos estaban vinculados con el deseo y que por tanto los enmarcaba dentro de algunos planteamientos dominantes de Freud sobre los objetos del deseo, pero pensándolo como objetos de una colectividad y no individualmente. Ahí nació la figura del fantasma urbano. Pero esta pregunta me la he vuelto hacer y pensé que lo que yo había intentado era una epistemología ciudadana; sin embargo ese episteme no se sostiene solo como el hecho de conocer, sino que he de agregar otra vía, la de los afectos. Entonces he concluido que los imaginarios tienen que ver con el conocimiento, dentro de un  alto componente estético.

Aún así no se puede decir que lo que producen los ciudadanos en estado imaginario sea arte, pero si existe una función estética dominante, en el sentido del filósofo kantiano J Mukarovsky, y funcionaría así: uno está en un estado imaginario cuando está bajo la condición de asombro. Hay hechos  que arrojan una mayor capacidad  imaginaria, de tal manera que cuando ocurre un ataque como el del 11 de septiembre en el World Trade Center, después de 6 años seguimos mirando los clips que lo recrean y seguimos asombrados,  es como una ficción-realidad, lo seguimos admirando como un hecho imaginario al que difícilmente le damos crédito como realidad. Cuando Ingrid Betancourt fue liberada por el gobierno  colombiano en julio del 2008, los espectadores de los medios lo creían? Acaso lo creen hoy? Fíjese cuantos esfuerzos de distintos columnistas- y no solo por sospechas de manipulación política, sino por estar bajo un estado estético dominante-, por probar que no fue así…que fue un rescate pagado, que un montaje. La misma Ingrid no lo cree y se ha refugiado en una mística mariana…lo que ya había iniciado en su largo encierro. La realidad imaginaria es difícil de aceptar. La muerte no es acaso lo más real de las experiencias humanas y al mismo tiempo la que menos soportamos como real? Lo real desata nuestras conmociones más complejas.

(….)

Dices que los imaginarios desatan pasiones, explícame esto.

Hay imaginarios donde hay más producción de afectos y de pasiones, por tanto, el amor es un gran productor de imaginarios, porque el amor es emoción, igual que los miedos, los odios, los anhelos. Los imaginarios serían teorías de los afectos ciudadanos y el título que se le da a esta exposición: desatar pasiones ciudadanas tiene que ver con eso. Cuando uno ama deja de producir un juicio crítico sobre el sujeto que ama, sencillamente estás en un encantamiento, estas dominado por un fantasma. Desatar es liberar energía, fuerzas, acciones. Los imaginarios pueden llegar “torcidos” desde gestos individuales y liberar pasiones políticas optimistas como lo dije de Mockus y sus calzones abajo. Pueden generar instropecciones como los de la fe religiosa en el caso de la liberación de Ingrid y luego en cadena no sólo hizo arrodillar a las fuerzas armadas, protagonistas de su suerte, ente la TV para darle gracias a Dios por su libración, sino que luego el presidente  de los colombianos y el de la corte suprema también contagiados se arrodillaron para pedirle a Dios la reconciliación. Y así puedo segur. La liberación de Ingrid desató pasiones religiosas alrededor de la fe en Dios y como se muestra en la exposición  se encarnan ( atributo central de los imaginarios ) poses establecidas en las iconografías precedentes. Pero también se puede desatar  miedos, guerras, valores. Las bolsas de valores son un verdadero laboratorio de imaginarios. El temor a una guerra hace doblar el precio del petróleo y al otro día  escurrirse  porque la TV anuncia que las circunstancias bélicas desaparecieron. Vivimos una época de contagio, no contacto, donde los signos explotan y nos hacen explotar. Este es el desencadenamiento de los imaginarios en las sociedades del conocimiento. Los imaginarios se constituyen en visiones cortas el mundo.

En estado imaginario las certezas se desvanecen, el sujeto no se reduce al conocer  (como proyecto positivo de la ciencia) se amplia la incertidumbre y se reorganiza, diría que estéticamente, la mirada ciudadana. Esto mismo ocasiona una fusión y es la identificación del sujeto con su objeto. El sujeto en estado imaginario está en su deseo. Pero, bien sabemos,  los deseos, no se expresan de modo causal y consecuencial sino que son parte de su misma lógica arrebatada  pues “el deseo se nutre ampliamente de sí mismo como deseo” y paradójicamente significa la falta de objeto concreto, tiene sus propios ritmos que suelen ser independientes de los del placer obtenido. De hecho, no tienen ningún objeto, como explican los analistas ,en todo caso ningún objeto real; a través de los objeto reales, que siempre son sustitutos y por  esto desplazados e intercambiables socialmente, se persigue más bien un objeto imaginado. De este modo, digámoslo, el deseo implica demanda de lo social, lo que puede estar en el orden simbólico, pero  el deseo como lugar psíquico se mantiene reactivando  el orden imaginario. Significa el devenir de los sujetos como pasión y de ahí sus desatarse socialmente y su extrema localización en la vida urbana. La teoría de los imaginarios corre en contravía de la globalización social, si bien existen, claro, imaginarios globales ( tal cual lo mostré en la Bienal de Soa Paulo) .

Por todo esto digo que en los imaginarios se estudian las subjetividades ciudadanas y las luchas por imponer deseos colectivos. La realización estética de una colectividad conlleva así a una producción de subjetividad social. Los croquis mentales donde se expresan los imaginarios actúan como estrategias de representación  que contagia el uno al otro . En nuestro caso nos ocupamos de aislar para comprender esos croquis. Pero esto será muy distinto la estetización de la sociedad, como lo haría la publicidad, a la dimensión estética de los imaginarios donde se acude a la subjetividad ciudadana, a la aspiración colectiva por otro mundo posible y por esto la conexión entre imaginarios y futuro. (…)

 

 

* Del libro Bogotá imaginada; ( Bogotá, Taurus, 2003)  parte II: Ciudadanos, capítulo “Erótica trasera”, Pag 170

**con motivo de la exposición que realiza actualmente en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

 

 
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