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“¿Y el Serrano? ¡Ahí!” (Diatriba) Imprimir E-Mail
Thursday, 15 de November de 2007

“¿Y el Serrano? ¡Ahí!” (Diatriba)

“¿Y el gringo? ¡Ahí!”, era una de las frases que usaba el satirista Jaime Garzón para terminar algunos de sus relatos cómicos. Otra de las cosas que le oí decir a este artista, en una entrevista, antes de ser asesinado, fue que uno de los problemas de Colombia era que nadie llamaba las cosas por su nombre. A raíz de los señalamientos precisos que han hecho Andrés Matute y Camilo Ordóñez sobre el Premio Francés de Artes Plásticas del programa cultural Francia en Colombia, vale la pena parafrasear la misma afirmación de Garzón pero adaptándola al contexto de la gestión cultural colombiana: “¿Y el Serrano? ¡Ahí!”.

Serrano, o Eduardo para llamar las cosas por su nombre, fue uno de los jurados del premio, pero su colaboración, o colaboracionismo para usar un término que puedan entender los francófilos, no se limita a su labor como jurado pues también funge como curador en el programa de exposiciones de la Alianza Francesa y, ¿quien quita? tal vez sea unos de los “cerebros” que redactó tan mediocre convocatoria —y perversa como lo señalan con precisión la Malicía Indígena y Machete antihéroe de Matute y el Liberté-Egalité-Fraternité de Ordóñez.

Escribir sobre Eduardo Serrano, o contra Eduardo Serrano, parece ser deporte de la crítica de arte nacional; en un texto algo viejo Bernardo Salcedo hacía mofa de cómo vieron a Eduardo Serrano, por allá a finales de la década de los ochenta, visitando sistemáticamente los anticuarios de Bogotá para comprar pinturas de paisajes de la Sabana; todo eso a sabiendas de que el precio que se pagaba por estas obras iba a subir luego de la exposición La escuela de la Sabana —que Serrano mismo organizó cuando ejercía como curador en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (el mismo fenómeno se repetiría años después con las pinturas de Carlos Jacanamijoy, sólo que esta vez las pinturas no salían de anticuarios sino, casi frescas, del estudio del pintor e iban, bajo el brazo de Serrano, a la China, cuando Serrano oficiaba en la Cancillería, o a la casa de algún coleccionista que, sin alejarse demasiado de la selva de concreto o sin ingerir sustancias alucinógenas, tuviera la necesidad de acercarse al maravilloso mundo inflacionario del Yagé). Se puede seguir trazando un prontuario de Eduardo Serrano a través de los comentarios dispersos, velados, directos e indirectos que hicieron Beatriz González, Álvaro Medina o Germán Rubiano, pero es Carolina Ponce de León quien más alto pone la marca en esta justa deportiva y en su análisis sobre la crítica de arte en Colombia, que salió publicado en su libro El Efecto Mariposa, le dedica a Serrano un subcapítulo que titula Serrano brevemente y retrata al gestor cultural en la posición justa que sus ideas le merecen.

En el año 2007, son escasos los cuestionamientos que Eduardo Serrano recibe, es más, día a día obtiene más encargos, comisiones y adhesiones que son un signo claro de aprobación —sobre todo institucional. Tal vez la ausencia de dudas sobre su labor se deba precisamente al poder que Serrano ha concentrado: además de formar parte de los comités de curadores, jurados o gestores de la Alianza Francesa, tiene vínculos fuertes con la Cámara de Comercio a través del programa Arte Cámara y Artbo. También, luego de la salida de Beatriz González, se ha visto vinculado al Museo Nacional donde organizó la predecible ¿Se acabo el rollo? Historia de la Fotografía en Colombia (decir que la “curó” sería darle a la curaduría un mal nombre). En ese mismo museo montó la muestra necrológica La era Negret (decir “exposición” sería darle a la museografía un mal nombre)  y donde su ingenio como montajista consistió en agrupar las obras como si se tratara de la sección de verduras de un supermercado y, por ejemplo, al lado de una escultura de Negret escribió en un letrero bien grande y llamativo una palabra sugestiva: “Maíz”. Entre un listado, tal vez más largo, vale la pena mencionar a una institución entre otras: la recién empoderada Fundación Gilberto Alzate Avendaño donde Serrano forma parte de la junta directiva y su nombramiento, al leer el decreto 592 de 2006, parece ser vitalicio y lo pone a la misma altura de Guillermo Páramo Rocha, rector de la Universidad Central (ver http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=22520). A esto se suman sus actividades dentro de lo que algunos han llamado como el fenómeno artístico N.ART.CO (Nuevo Arte Colombiano) donde a través de Galerías como La Cometa y Montealegre ha puesto sus servicios al público interesado, casi con la misma facilidad con que da declaraciones a cuento periodista se las pida (se dice que los periodistas encargados de las noticias culturales en el periódico El Planeta, perdón, El Tiempo, tienen el número de Eduardo Serrano en discado automático directo). Eduardo Serrano tiene una actividad mental continua, apasionada, versátil pero, para un lector atento al contenido, su práctica es del todo insignificante.

Pero así es la vida y se me podría ir la existencia entera en seguir con esta diatriba, o caricatura, con otras anécdotas; o tal vez otros se animen a echarle más leña, y hasta gasolina, al fuego; y así, en este circo, veremos arder a Eduardo Serrano y pensaremos junto a Salcedo, Medina, Rubiano, Ponce de León (y ahora Ospina), que nos hemos ejercitado en este deporte nacional y que nuestra sátira le dará a la nuevas generaciones un ejemplo y que cuando a ellos les llegué su turno, bien sea con Serrano o con los Serranos del futuro, los nuevos críticos podrán sumarse a la brigada moral del arte, y disfrutar del poder del pueblo, en esta esfera o picota pública donde caen cabezas y cuerpos, ante un público extasiado por la acción de este rastrillo que mezcla la guillotina con la silla eléctrica.

Pero no, no tengo nada contra Eduardo Serrano, al menos como persona: me parece un tipo amable, jovial cuando cuenta anécdotas pintorescas sobre la historia social del arte y me gusta cómo su rapidez para hablar denota cierto carácter apasionado que él mismo condimenta con un picarón acento costeño. Su risa me gusta.

No, mi diatriba contra Serrano es contra los que escogen a Serrano y cómo lo hacen no por lo que él hace sino para emparentarse con su autoridad. Ellos, los que dirigen nuestras instituciones, cobijan su pereza mental bajo el aura de poder que irradia este gestor cultural; mi diatriba es contra todos aquellos que le encargan curadurías o le piden textos y declaraciones y que luego, cuando todo ha sido consumado, no responden ante la tozudez de los hechos que demuestran cómo la astucia de Serrano se ha visto de nuevo excedida por la tarea encomendada y un mundo de posibilidades se cierra —por ejemplo, luego de la malograda ¿Se acabo el rollo? Historia de la Fotografía en Colombia ¿a qué curador le van a dar el dinero, el espacio y el tiempo para hacer lo que esa exposición no fue capaz de hacer? A ninguno, simplemente le van a decir que esa exposición y los libros sobre la fotografía en Colombia ya los hizo Eduardo Serrano: ¡Se acabo el rollo!

Mi diatriba va contra los dirigentes de las instituciones culturales pero también contra todos esos artistas que conociendo el juego de Serrano lo usan así como él los usa a ellos, en una manguala que sólo tiene una consecuencia, un estado de pobredumbre que no es ni económico ni moral, un continuado descalabro estético que repercute en una pobreza generalizada que sólo afecta una cosa modesta pero que, lo siento, me parece fundamental: el lenguaje.

 

¿Qué culpa tiene la estaca si el sapo salta y se estaca? Dejemos a Eduardo Serrano quieto.

 

—Lucas Ospina

 
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