Villa de Leyva, Los políticos del Arte Político y los artistas

Cinco y treinta de la tarde. Monasterio de San Francisco. Villa de Leyva. Es inusual tanta aglomeración. Algo del sol del día permanece todavía, algo de viento. Sin embargo arriba comienza a brillar la luna implacable. Desde lo alto algunas palomas se asoman para mirar la especie humana. Adosadas a un muro cuerdas de campanas que debieron sonar remotamente a esta misma hora.

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“En el Estado dinámico de derecho el hombre se enfrenta a los otros hombres, como una fuerza contra otra fuerza, limitando su actividad; en el Estado ético del deber el hombre se opone a los demás esgrimiendo la majestad de la ley y encadenando su voluntad. En cambio, en el ámbito en que la belleza imprime su carácter a las relaciones humanas, en el Estado estético, el hombre sólo podrá aparecer ante los demás hombres como Forma, como objeto del libre juego. Porque la ley fundamental de este reino es dar libertad por medio de la libertad.” Schiller, Cartas sobre la educación estética del hombre

Septiembre 27

Cinco y treinta de la tarde. Monasterio de San Francisco. Villa de Leyva. Es inusual tanta aglomeración. Algo del sol del día permanece todavía, algo de viento. Sin embargo arriba comienza a brillar la luna implacable. Desde lo alto algunas palomas se asoman para mirar la especie humana. Adosadas a un muro cuerdas de campanas que debieron sonar remotamente a esta misma hora.

Carrera séptima, entrada a un callejón invisible. Al fondo mi casa enfrentada a la casa de Orlando, el reciclador. Una fábrica de reciclaje a pocos pasos del lugar donde escribo. Enfrentado al callejón un muro que data de 1800, según una placa conmemorativa, debajo las bolsas de basura se acumulan desde la tarde. Más atrás una cruz enorme y negra desacertadamente abandonada detrás del muro. En algún tiempo esto también fue un cementerio y esta cruz debió constituir la señal de algún pabellón para muertos ilustres.

Gentes con corbatas y trajes oscuros. Recuerdo que mi ropa de Bogotá la dejé abandonada en un armario. Aquí esos trajes son inservibles, la arena constante, la brisa que desordena las ropas, el calor. Por momentos me siento de regreso. Son caras en su mayoría de personas mayores, gentes que vienen a pasar su retiro. La burbuja inmobiliaria también es una realidad en este valle de la Villa. Valle de perezosos según nos rememoró un viejo pintor que habita en estas tierras.

Demasiadas corbatas y gris, tacones. Esta mañana policía militar en el mercado. Inusual despliegue de fuerza. Helicópteros.

El gentío se agolpa expectante. Alguien enciende una antorcha. El cielo de esta tarde azul comienza a desgarrarse. Algo de rojo. Algo de una lluvia torrencial que no da curso. El verano continúa aunque ya es casi octubre, debiera ser invierno y hacer frío, el desierto. Inusualmente nadie tiene ruana ni sombrero campesino, nadie que de registro de los habitantes verdaderos de este lugar. Aquí todos de alguna manera somos extranjeros, Turistas. Los lugareños reales se quedaron por fuera del espectáculo.

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Imagino a las mujeres disponiendo de sus mejores galas. Las pocas peluquerías se abarrotaron con estas mujeres que han aplacado el viento con laca artificial. Tacones, zapatos de cuero que hasta hace poco yacían en el último rincón. Y tantos viejos. Tanta gente mayor. Hasta cierto punto tanta decadencia. En estas tierras es posible presenciar la decantación de la especie, proporcional a su riqueza. En otras geografías, el mochilero, el desocupado voluntario que se hace itinerante para tener algo que hacer. Otro turismo. Aquí el turista se asienta para su retiro. Perece aplastado por la inercia.

Abren las puertas gigantescas del templo, unos jóvenes vestidos de época saludan. Debieron ser entrenados días atrás para la ocasión. Un juego de etiquetas descoloridas que disuenan en estas playas, en estos cielos de Boyacá.

Rimax. Cientos de sillas plásticas, algunos reflectores, y al fondo los sonidos de instrumentos de cuerda comienzan a afinar. Un hombrecito de gris nos detiene, las sillas de adelante están reservadas, nuestra curiosidad sólo puede acercarse hasta acá, será difícil observar a los músicos, y rápidamente el bullicio, la sala llena. Así que esta es la sociedad, las altas esferas de esta Villa, de este refugio de una ciudad ya casi insostenible. Bogotá.

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Todavía no nos dan el programa, en las ventanas rejas ordinarias simulando una cruz. Se parecen a las rejas de los hoteles ordinarios en los extramuros de la ciudad. Originalmente debieron ser armaduras de madera, pesadas hojas en sus goznes. La nave es simple como toda la arquitectura colonial de este lugar, ningún interés verdaderamente relevante.- Gente perezosa-, nos recuerda el pintor viejo, -fundó la Villa-. No lo reconocemos entre estas gentes, debió olvidar deliberadamente la fecha del acontecimiento, habrá de estar en su casa, listo para salir, como todos los días antes de que oscurezca.

Aquí todo es impuntual, todos llegan tarde, nada comienza a la hora fijada, el murmullo crece, las gentes se miran intentando reconocerse, es la ocasión del reconocimiento. De verse y notarse. De saberse saludado. El juego de la provincia, de este ser provinciano. Afuera el gran mundo, el mundo de verdad, si es que alguna vez habrá tenido lugar.

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Predomina el negro, también el blanco, predomina la sobriedad, y las carteras, que en estas circunstancias de provincias son inútiles. Nada para mostrar, nada para comprar, salvo el café y las tortas, dulces, mucho dulce. Pululan las pastelerías, y las ventas de artesanías, ruanas, mochilas, nada realmente singular. Nada salvo el blanco repetido de todas estas fachadas, el orden, la pulcritud, el todo contenido en este país de violencia extrema, la seguridad, la Ley, una suerte de corral para los años finales de la existencia. Para los años sin decoro de la vejez extrema. Las calles están adoquinadas con piedras de río y caminar es casi ridículo, sobre todo si no se es del lugar, las que nacieron aquí si caminan con habilidad, a pesar de los tacones, en eso se puede reconocer a los nativos, los demás trastabillamos, los demás siempre seremos extemporáneos, una suerte de saqueador de ciudad, alguien ajeno, un expedicionario que ansía un poco de silencio, alguna puesta de sol grandilocuente como esta, que ocurren bajo este cielo inmenso.

Ninguna librería, nadie compra libros, salvo algunas pastelerías y restaurantes que se han sumado a una campaña de lectura que alguien debió organizar, que tuvo su momento pero que ya declina, en mis tardes de no hacer nada, ojeo los libros que encuentro en una caja puestos a disposición para el que quiera, la arena se cuela en los márgenes, el papel absorbe el polvo. Son libros que nadie necesita, títulos comprados de prisa en algún aeropuerto, sobras, los restos de un naufragio cultural.

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El Monasterio de San francisco ocupa la mitad de esta manzana, desde esta plazoleta hasta arriba donde contra la carretera se levantan los muros de una construcción en ruinas, desde afuera es posible divisar los escombros y los materiales abandonados que la Empresa de Acueducto de aquí ha ido acumulando con los años, luego una fachada sin pintar donde detrás de una reja suena ininterrumpidamente una música indiscernible. Presumo que es el cuarto del vigilante y que habrá de dejar su radio mal sintonizado todo el día, como única compañía, enfrente la entrada al callejón, y esa cruz terrible que me pasó inadvertida la primera semana. Como aquí funcionó un cementerio, debieron enterrar a alguien importante a sus pies.

Al llegar a este pueblo regresé a la Biblioteca que funciona en un ala del claustro, luego de dos años la Biblioteca seguía intacta, la misma destrucción, el mismo abandono. Una funcionaria con bata blanca detrás de un escritorio, cientos de fichas para clasificar, multimuebles de metal como estanterías, libros viejos, deslucimiento general, oscuridad. Tras unas latas que intentaban cubrir el vacío, las fachadas de alas abandonadas de este edificio. En otro socavón la sala de computo, la sala de investigación, maquinaria electrónica inservible donadas impunemente por alguna empresa que deduciría algunos impuestos con esta acción. No había lugar para dejar la colección, empaqué los libros con la idea de traerlos a estas tierras, materiales que registran las violencias, libros coleccionados pacientemente, pacientemente consultados, algún día ella partió y los libros quedaron a la deriva. Mi casa es pequeña no podría albergarlos. Entonces pensé en la donación. Pero es inútil. Imaginé su deterioro. Su muerte. Yacerían en algún sótano en espera de la luz. Quizá nadie volviera a abrirlos. No quise abandonar tus libros. La funcionaria displicentemente recorrió su territorio, -tendrían que ser libros en buen estado, nuevos- me dijo. Bastó su corpulencia para entender, y la Biblioteca fue otra vez cárcel, un verdadero lugar de clausura. Gris destrucción. El desparpajo de nuestra ignorancia.

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Recuerdo que en este Monasterio funcionó alguna vez El Colegio Verde, una de las primeras entidades oficiales que abordaba el problema ecológico. Pero el asunto es casi parte del olvido, es difícil imaginar que por estos corredores abandonados funcionó algo parecido. Alguien contaba con ironía por esos años que su directora colgaba sus Christian Dior de una puntilla. Intento imaginarlo. Tampoco encuentro alguna placa que de testimonio de esa entidad, algún afiche, algún archivo que dé cuenta de las innumerables investigaciones que se hicieron desde aquí.

El cura camina abriéndose paso entre la multitud. Esta aglomeración resulta artificial para un pueblo donde todos se reconocen y saben quiénes son fácilmente. Donde es imposible pasar desapercibido. Perderse en el anonimato de la multitud. El cura camina entre su faldón de padre de clausura, parece un disfraz más como el que llevan los anfitriones del evento. Y se aproxima y solemnemente pronuncia las primeras palabras. Se da comienzo al relato, también entrecortadamente ensaya una oración, y rememora la evangelización, rememora atrás, los primeros tiempos de esta Villa. De golpe, un indígena atraviesa el recinto, cientos de ojos lo acompañan, insolentemente se acerca a una mujer, puedo reconocerla, también ella lleva su disfraz de ropas campesinas, y un gorro de paño como el que usan las mujeres del campo, creo que es actriz o directora de teatro, o algo así, un exponente de las culturas, de las tierras que se arrastran hasta acá, buscando todavía algo qué hacer, huyendo de la ciudad, pero buscándola, en este reconocimiento tardío.

No hay lugareños, pueden contarse rápidamente los pocos que pudieron concursar. Las gentes de acá permanecen afuera, excluidas del protocolo, en las veredas expectantes los padres de estos niños cantores que han venido hasta acá para cantar en alemán. Oda a la Alegría. Schiller pensaba que el arte podía ennoblecernos. La gritería de esas vocecitas aumenta y por un momento Beethoven nos vivifica demoliendo estas máscaras, disolviendo los afeites, las palabras vacías. La Política.

Nadie invitó a los padres de estos niños, debieron preparar sus vestidos diligentemente, debieron comprar zapatos y medias blancas, debieron oír el desarrollo de esos cantos en las montañas, cuando iban comenzando a entonar, a entrar en la música.

Cientos de niños se pierden en las veredas con sus violines al hombro, y dan ganas de llorar.

Las notas se extienden por estas montañas impenetrables, los tambores resuenan en las tardes, alguien murmulla, también los pájaros se ponen a escuchar. Sonidos nuevos. Música. Partituras. Las caras de esos niños tras las partituras. Entonan su canto a la alegría y por momentos cesa. Cesa la indiferencia.

Detrás del altar el coro, los niños, delante la orquesta. Y enfrente nosotros. La Curiosidad. Quedarse atónito ante la belleza. Por un momento se abre el silencio verdadero y llega la música. Por un momento algo solemne se dibuja y neutraliza nuestra insolencia.

Es tarde, los niños debieron fatigarse esperando el comienzo. Detrás del micrófono siguió la tanda de discursos después del cura. El alcalde, los representantes, los funcionarios, la cultura, la política, el ministro, el sequito de políticos, los acompañantes, los curiosos, la maquinaria estatal.

Los discursos se suceden sin interrupción, el programa solo anuncia un repertorio musical, en cambio esta perorata inútil socaba nuestras energías. También nuestra verdad. Nuestra credulidad. El templo es una ruina, la restauración real solo abarca este único recinto terminado después de 20 años de intervención. Detrás de estas puertas la destrucción, el frío de un patio abandonado. Y la Historia prosigue, los anales de esta historia oficial que debemos retener en esta fatua conmemoración.

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La música es solo un decorado. Decoración. Algo que puede dejarse en la trastienda. Y sin embargo, de pie, sabiendo que se halla ante lo inconmovible ella pronuncia su breve discurso, tiembla su verdad amortiguada por el eco todavía perceptible de la Política. Hacerse una voz. Hacerse con su instrumento y con su voz un hombre libre. Nos habla de inclusión social, las barreras sociales caen, los niños campesinos entonan el lugar, la tarde del despliegue político parece disolverse. Disuelven esa espesura hasta la conmoción. El instante se hace trascendental. Sublime. Por un momento el poema, el sol de un posible. Un nuevo día. El maestro mueve sus manos para esos ojos sedientos. A pesar del cansancio las vocecitas comienzan su acción. Por más de una hora oyeron el discurso y estuvieron a punto de expirar. Y el funcionario seguía y su voz adormecía nuestra espera. Y ni siquiera nuestra tímida protesta intimidó su sed política, y nos inundó. Perecimos brevemente aplastados por la mentira.

Final de la música, cesar de la solemnidad. Cesar de la magia, los músicos niños, los jóvenes se retiran. El centro de la escena es un vacío. La política implacable retoma su lugar, entrada de los músicos, los verdaderos, profesionales de la música vestidos con trajes de época, ingresan entre la multitud todavía sedienta. La música se abre, esta vez la verdadera. Debí imaginarlo y salir. Evitar participar en el engaño. Porque empezaba otro concierto y el acto protocolario tomaba posesión. Y Beethoven se disolvería y pese a la emoción se transformaría en una anécdota de niños cantores, se haría esta emocionalidad penetrante en la que se busca tamizar la seriedad de un Arte que se levanta libre sobre esta multitud de curiosos.

Entonces comienza otro concierto y no acertamos a desenmascarar el engaño, la manipulación.

Hace tiempo que los niños abandonaron esta sala y corrieron a buscar a sus padres perdidos tras las montañas, hace tiempo que estos espectadores se acomodaron en sus sillas y presenciaron esta representación. Entonces el Arte Político borra al Arte. Y lo sucedido es solo un acto de conmoción voluntaria. Tras las montañas como siempre el pueblo permaneció rezagado y nadie lo supo. La política con su malabares pudo esta revolución. Ginastera fue diluyéndose hasta traslaparse en las notas de un invierno conmovedor de Vivaldi que improvisados hombres cultos podían tararear ostensiblemente y acompasar con sus rodillas. Luego la clausura. Las fotos de ocasión. El vino y las viandas acostumbradas. Cientos de copas, pasabocas, desperdicio.

Caminan en silencio, la niña con su violín al hombre, el director cabizbajo abrumado por la emoción y la rabia. Más adelante nuestro joven amigo, un violín que subsiste tras el mostrador. Y sin embargo la risa. La alegría. En breve se hará noche total y podrá descansar.

“Estoy casi inactivo, ¿Por qué? Me resulta difícil decirlo. Estoy de mal humor y muy descontento. No queda ninguna pulsación del entusiasmo anterior. Mi corazón se ha encogido y las luces de mi fantasía se han apagado. Es sorprendente, casi siempre que me acuesto y me despierto me acerco a la decisión de una revolución. Necesito una crisis, la naturaleza prepara una revolución para renacer.” Schiller, Obras y Cartas.

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Septiembre 30

Un incendio descomunal comienza a arrasar las montañas de Villa de Leyva, se oyen apenas dos voces de sirenas provenientes de unos carros de bomberos a los que han alertado los vecinos. Ningún helicóptero hace presencia. Recuerdo que el sábado sobrevolaron infatigablemente estos cielos para custodiar a los invitados de honor que se hacía presentes para la reinaguración del Monasterio; ministros, el gobernador, el alcalde, los funcionarios del Ministerio de Cultura. Ahora el fuego avanza destruyendo el escaso bosque que ha logrado sobrevivir a devastaciones anteriores.

Octubre 1

Un helicóptero comienza a sobrevolar tímidamente, el viento arrastra la ceniza y un olor insoportable se esparce por el Valle.

Para Tomás Ojeda y Claudia Calderón, directores de la orquesta sinfónica juvenil, Escuela de Música Santa María de Leyva.

Villa de Leyva octubre 1 de 2014

(fotos Rodrigo Fernández Bahamón)

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