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Venecia: el discurso es que no hay discurso

Una imagen describiría muy gráficamente lo que es esta edición de la Bienal de Venecia: una gran mesa de trabajo desordenada en la que podemos encontrar material muy diverso. La imagen la proporciona el propio comisario, Daniel Birnbaum, en su breve texto del catálogo. Un escritorio donde se van acumulando sucesivas etapas e intereses que a veces se bifurcan y, en otros casos, han quedado ahí por pura casualidad o indolencia. Es decir, esta bienal es el resultado de lo que no ha ido a la papelera, a los archivos o a la estantería. Es lo que por un motivo u otro ha quedado en el escritorio ocupando espacio, haciendo montones irregulares.

Birnbaum dice que para hacer una exposición grande no se necesita un plan maestro. Acabáramos. Ahora sí se comprende la sensación de ausencia de cualquier indicio de discurso visitando el Arsenale y el Palazzo delle Exposizioni. El discurso es que no hay discurso. La idea es que no se necesitan ideas. A no ser que tomáramos las tres palabras claves del texto de Birnbaum como placebos: «bricolaje», «pintura» (sin fin) y «pluralidad». Ahí es nada. ¡Vaya trío calavera!, ¡menuda enjundia! El problema, entonces, de este profesor-rector universitario es que tendría que haber ordenado la mesa de trabajo a tiempo.

Pequeño caos.
Las ideas e inspiraciones -sigue afirmando- le vienen desde muchos lugares. Vaya novedad. Y en su mesa -alegoría de esta bienal- se confunden un libro de Neruda con otro de Nelson Goodman o con un catálogo de una exposición de 1969, junto a papeles, información sobre artistas, tarjetas de embarque o recibos de hoteles. Este pequeño caos, dice, es lo más cercano a un master plan. Y así le ha ido.

Pero como tiene cara de buen chico, entran ganas de ayudarlo y empezar a ordenarle la mesa o la exposición, según se mire, haciendo conjuntos, clasificando unas cosas con otras, puesto que con el ajetreo que conllevan las grandes muestras, se le ha ido mezclando todo al pobre. Así, en el Arsenale, junto al buen arranque con Lygia Pape, tendría que haber unido el Tomás Saraceno del Palazzo delle Exposizioni y haber fichado el túnel de Zilvinas Kempinas del pabellón de Lituania: un buen conjunto de instalaciones de geometría sensible. Junto a ellos -y sin ser exhaustivo-, bien pudiera haber ido alternando las piezas sobre lo pictórico y el color de Cildo Meireles, Sherrie Levine o Wolfgang Tillmans, junto al vídeo de Baldessari, la película de Gutai, la vidriera de Spencer Finch o las Yelow Movie de Tony Conrad. Así, podríamos ir continuando con el «bricolaje» acumulativo de Yona Friedman, Falke Pisano, Pascale Marthine Tayou o Bartolini; con las piezas sobre la luz (Chu Yun, Sunil Gawde, Pae White o Haegue Yang); con las obras fílmicas de Simon Starling o Rosa Barba; las vídeo-instalaciones de Joan Jonas o Keren Cytter; la intervención sonora de Roberto Cuoghi o la ópera abstracta de Cerith Wyn Evans? Es decir, material había, y no es cuestión de que las obras no tuvieran un buen nivel, sino de ausencia del más mínimo discurso expositivo.

Aviso a navegantes.
Ahora sabemos, por consiguiente, que esta bienal puede servir para futuros comisarios: con la mesa -las ideas-, mejor ser ordenados o hacer una limpieza a tiempo. A la sección oficial le falta, por tanto, un hervor, una vuelta de tuerca, un poco más de reflexión sobre ese ausente plan maestro. Y eso que las claves las tenía ahí delante, sobre la mesa -quizás enterradas entre tanto desorden-, en el libro de Goodman (Maneras de hacer mundo, Visor, 1990) y, sobre todo, en el catálogo de la exposición de 1969 titulada Poetry Must Be Made by All! Transform the World!, en el que, según sus palabras, se yuxtaponían políticas radicales con arte vanguardista. Es tan necesario empezar a «hacer mundos», otros mundos, que no se puede perder el tiempo, quizás atolondrado por el cambio de veduta, de Fráncfort a Venecia; o quizás todo se deba a algún tipo de enamoramiento -de ahí la poesía de Neruda sobre la ya famosa mesa de trabajo.

Pero la Bienal de Venecia no es sólo la sección oficial, sino también los pabellones nacionales, y este año hay suerte con un buen número de propuestas destacables, como las de Fiona Tan, por Holanda; Steve McQueen, por Gran Bretaña; Roman Ondák, por Chequia y Eslovaquia; Mark Lewis, por Canadá; Gusmão + Paiva, por Portugal; y, por supuesto, Bruce Nauman, por Estados Unidos, con triple exposición en el pabellón norteamericano de Il Giardini, en Ca?Foscari y en la Università Luav ai Tolentini.

Lo que nunca debió ser.
Respecto a España, no merece mucho la pena detenerse para hacer sangre con un pabellón muy mal resuelto que nunca debió ser para Miquel Barceló. Este artista tiene su lugar en el mercado y en la política, pero no en el aprecio crítico. Si esto último es lo que buscaba en Venecia, el efecto ha sido justo el contrario. Sólo cabe esperar que esta situación vergonzosa sirva de punto de inflexión para Exteriores, para que empiece a trabajar desde ahora mismo para la próxima edición con criterios profesionales y a partir de las Buenas Prácticas.

Por último, es necesario señalar que no hay que hacer mucho caso de las leyendas urbanas que circulan sobre exposiciones o pabellones repartidos por la ciudad. Lo más sonada en esta ocasión ha sido la extensión de un rumor que decía que la exposición en el Palazzo Fortuny no te la podías perder. Las colas -pura y burda estrategia de marketing que se utiliza con demasía en esta bienal- y recomendaciones de gente respetable así parecían indicarlo. Sin embargo, si deciden ir a Venecia, huyan de ella como de la pólvora: es rancia, muy rancia, y cursi, muy cursi. Aunque, como dice Birnbaum, «algunas veces los grandes incentivos vienen de lugares y fuentes que parecen misteriosos, de cosas que uno no entiende muy bien». Aunque, visto cómo le ha ido al comisario, mejor pasar página o proponerse ser de ahora en adelante más ordenado con la mesa de trabajo. Por si es ahí donde reside el problema.

Juan Antonio Álvarez Reyes

Visto en ::salónkritik:: Originalmente en | abc.es | ABCD

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Una opinión sobre Venecia: el discurso es que no hay discurso

  1. Traplev 2009/06/18 at 10:36 am

    Todo lo contrario, creo que en este artículo se ve el problema de no haber discurso o un gran plan maestro. Veo talvez como una quiebra de las convenciones de las grandes exposiciones tener un discurso y una gran idea para ejemplificar la curaduria. La idea de un escritório desordenado está buena y el texto del catálogo (segun se dice aqui), me parece un buen pretexto para hacer simplemente aparecer la producción artística segundo las ideas dispostas en un “acumulo de ideas de hacer mundos”

    Gracias por las informaciones y los principios para enpezar a pensar otras lógicas de partida para exposiciones…