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El MAMBO y su falsa apariencia de novedad

Respirar cuesta. La política de lo nuevo -Conservación,  renovación y curaduría oficial en el nuevo viejo Mambo de Bogotá-

 

“Sólo una ruina y el sueño de un arco,

o de una bóveda románica o romana, en un prado donde el sol serpentea

con el calor calmo de un mar,

caída, sin amor, la ruina. Uso

y liturgia, ya extintos totalmente

perviven en su estilo –y en el sol-

para quien sepa de su presencia y poesía.”

Pier Paolo Pasolini, Poesías mundanas

 

Los hechos

Pareciera que definitivamente nuestro destino es esa selva devoradora de lo instituido, no dúctil como la selva de un arte vivo en que uno esperaría poder perderse sin apenas recobrar el sentido de lo ya visto, sino una selva pétrea e inmodificable hasta el cansancio de lo mismo y por lo tanto oficializada y permeada por el estancamiento de lo establecido. También el aire que uno esperaría se renovara. Es sólo apariencia de algo conservado con arreglo a lo nuevo. Viciado por generaciones asentadas a perpetuidad en el viejo poder, se lo hace recircular impunemente con un aire de cínica renovación. Pero los pulmones se estacan y respirar cuesta al ritmo de este nuevo viejo son tan pertinaz y tan barato. Tan desgastado y tan estéril. Y lo comparan con la música, como si de veras llegara una corriente de vivificación al viejo edificio del Arte colombiano.

De la línea al espacio es la  muestra con que se reinaugura el viejo nuevo museo. Curada de la mano del viejo nuevo curador tan omnipresente que ya parece un inmortal como todas las políticas gestadas de la mano de la necesidad de perpetuarse en el poder impunemente. Así que se recurrió a los viejos planos de la fundación original de este vetusto lugar. Los planos de un insigne arquitecto que ha dejado sus marcas en la ciudad. Las marcas que serán siempre preservadas como se espera de toda conservación patrimonial. Que conserva intactos los viejos edificios en procura de poder modelar y detener esa furia nueva que intenta rasgar las viejas piedras.

Ella viste de blanco, impoluta, como la gestión que intenta representar buscando evitar cualquier nefasta referencia al pasado. Se dice contenta por retomar la tarea que le dejó su antecesora quien pasó 47 años sentada en la conducción de los destinos de este viejo espacio. Ahora se trata de poner en órbita otra vez lo que alguna vez estuvo. Lo nuevo. Quizá. La moda. Ponerlo de moda. También es artista,  es escultora. Dirigía hasta hace poco su propia galería. Y dice entender la gestión, la parte administrativa, las nuevas viejas entrañas de la institución del arte.

La filosofía de la positividad. Quedarse enganchado al museo. Cambiar la cara de la institución cultural. Remodelar. Se revisaron los planos para salvaguardar la idea de Museo de Arte Moderno. Se Eliminaron  muros, se quitaron rejas a las ventanas. Se unió el espacio de la tienda al resto del hall de entrada creando un nuevo salón. Se hizo una nueva entrada y una salida como tienen el resto de museos del mundo. Se logró hacer entrar la luz y la transparencia. Porque todo puede verse ahora sin ninguna penumbra.  Una sala  llena de luz,  con vistas a los cerros y monitores  anunciando las exposiciones y las novedades. Un nuevo lugar liso y transparente.

Dicen que parece un nuevo Mambo. Bañado en luz. La renovación consistió en quitar los viejos muros que amurallaban el espacio. En permitir los nuevos rumbos del arte.

1200 asistentes acuden a la reapertura. El Museo no sostenible busca sus benefactores que es como funcionan los grandes museos hoy en día y habría que ponerse en la tarea de rastrearlos y acogerlos en el nuevo viejo lugar. Afuera el nuevo puente desapareció un piso del museo, la antigua sala de cine a donde esperamos tantas veces en la oscuridad ese momento fulgurante en que creíamos que la vida era una emoción duradera. Vendrá otra sala oscura, y la promesa de esa emoción renovada. Y de la fila para entrar a cine, tantas tardes frías. Como una ceremonia que tuvo su final.

El museo de lo nuevo del arte se reabre con unas mangueras de plástico amarillo que forman una maraña por doquier, y que las llaman la manigua. Como esa selva hoy casi extinta que reaparece de cuando en cuando trayendo esa ansia de la pérdida, cuando ya somos todos rastreables hasta en la selva. -Obra para enredarse y perderse. Que invade. Que es efímera. Porque no hay planos para intentar reproducirla tal cual es en otro espacio-. Pienso en las piezas de plástico desmontadas y apiladas en algún lugar, esperando un deterioro que no vendrá y que tardarán quizá siglos en descomponerse. Se afearán. Se harán todavía más inútiles ocupando infructuosamente un lugar en esta tierra sagrada. Sin traer nada a cambio salvo el de ser una ruina de desecho inservible.

-Sensación de invasión- dice el artista. Y continúa,  -que es efímera,  que se desarma, y se rearma como evocando un azar, que no hay plano, que está  hecha con mangueras que se terminan, que es una manigua de tubos de plástico.  Y que es efímera, que es obra efímera y que uno se pierde-. -Porque no sabe para dónde va. -continúa el curador.

¡Pero uno conoce la ruta de esas pseudo bifurcaciones, son tan predecibles!

-Se trata de unas obras que nacen del dibujo y que luego objetualizan la línea –dice el viejo nuevo curador, con esa certeza de sus años de oficio curatorial, inspeccionando, aleccionando al viejo nuevo artista -Y la vuelven algo físico y concreto  porque se trata de una propuesta de diálogo artístico, la selva se apropia de un piso y las obras de los otros dos artistas de los otros pisos- recalca.

En realidad esas mangueras amarillas expropian toda posibilidad. De lo nuevo. Quedará en cambio sancionada en adelante cualquier ansia de libertad. Para eso lo han traído. A él, representante de la omnipresente oficial curaduría, siempre tras bambalinas, tan sonriente,  sostenido por el poder del arte.

Observo las fotografías en primer plano del día de inauguración. Observo cómo se ofrecen esos rostros tan conocidos. Tan ávidos. Tan abiertamente escuetos. La escena de lo mismo. Tan pornográficamente descarnada en su deseo de exhibir sus perennes credenciales de esa permanencia a perpetuidad.

-Serrano siempre fue un curador preferido por el museo ¡El mambo sigue vivo! -dice Hakim, quién gestiona eficientemente los recursos y sonríe a la cámara y a uno que otro desprevenido que todavía intenta asimilar la vieja nueva inauguración.

-Crear un equipo curatorial potente, una curaduría que no mezcle asuntos políticos, intereses políticos, que se internacionalice. Se eligieron estos artistas por tener propuestas que interactúan con sus visitantes ¡El nuevo Mambo será un arte más incluyente y cercano!-

Lo nuevo encarna el cinismo de lo mismo que ahora muta logrando metamorfosearse en la forma pura de lo nuevo. La institución ha sabido encontrar la manera de permear la vida de tal modo que subrepticiamente la apariencia de lo renovado retorna a las viejas fauces de la institución el botín de la oportunidad que les fue hurtado a los que venían.

Vivimos tiempos cínicos. Los de la política de la conservación, tiempos retrógrados que niegan las corrientes de la vivificación y la renovación, y que harían justicia a los que se quedaron esperando su momento cuando esas generaciones omnipresentes a perpetuidad decidieran claudicar a favor de los que vienen. A favor de aquellos a quienes nunca se les dio un lugar porque no tienen un lugar. Ni lo tendrán.

No se pide la renovación sino la justicia. La renovación es el consumo dispuesto a devorar toda memoria verdadera y necesaria. Se trataría de dejarlos entrar. De verdad. A los artistas. Sin que deban continuar haciendo esa larga fila de espera.

Pasolini me ayuda a pensar un poco en ese problema de lo nuevo, en la conservación de lo nuevo. Ese aire enrarecido de lo nuevo que se traga la vida verdadera, la de los jóvenes del arroyo devorados por el nuevo viejo consumismo que ha institucionalizado todo de tal manera que el futuro se presenta de manera aterradora trayendo los viejos nuevos rostros del poder. De la normatividad a ultranza.

Me habría gustado imaginar una revolución ese día de la reapertura del nuevo viejo Mambo, una revuelta en que las fuerzas vibrantes del arte se agolparan a sus vidrieras reclamando la entrada que les será negada en adelante, saldría el viejo curador con sus ímpetus de monarca caduco, pero esa fuerza de veras vital y renovada le abuchearía en coro pidiendo su salida. En cambio nada sucede salvo el viejo nuevo coctel inaugural de siempre. Los mismos cientos de invitados, enconsertados en sus credenciales y en sus galas,  que se sienten otra vez favorecidos por la buena fortuna de haber clasificado a la ocasión. Las viejas nuevas fotos de las poses y las sonrisas. El conformismo de siempre.

Se nos somete a presenciar un escándalo, pero en silencio, nadie dirá nada, nadie dice nada. Seremos nuestra propia voz silenciada ante el escándalo de esta nueva falacia.

Hay rabia. Debe haber rabia en el Alma de todo verdadero artista. En las cicatrices de su rostro y de su piel herida.

Los tiempos de lo nuevo son los tiempos de la inercia. La constatación de lo ya inamovible  de los que vienen a quedarse para siempre.

 

Política de lo nuevo, conservación y renovación

El nuevo Mambo es el viejo nuevo Mambo. Una fuerza que malversa el presente para suplantarlo con la apariencia de la renovación.

El museo que se postula como lo nuevo es un oxímoron, un estado de cosas agudo y punzante,  fofo y tonto.  Lo nuevo viejo que viene a deslumbrar con su falsa apariencia de novedad. El espejo, apenas un abalorio que se lleva todas nuestras riquezas. Una respuesta cínica a la renovación y al cambio de aires. Necesarios. Y que se constituyen en la espera. De lo nuevo. Que será falaz.

Lo nuevo conserva lo central, lo que ha de conservarse y perpetuarse. La autoridad que busca legalizarse manifestando su deseo de novedad.

Lo nuevo como el dogmatismo fosilizado que se presenta renovado en la idea de luz, y de un arte abierto a las perspectivas de los nuevos tiempos. Contemporáneo.

Lo nuevo contaminado que hace impensable el paraíso de la manigua y de la selva, de lo incontaminado por esa elocuencia burguesa y consumista que todo lo permea y lo transfigura.

Lo nuevo borra la historia y crea su propia versión de los hechos, así ese largo pasado del museo se renueva para organizar otro largo momento que se quiere otra vez nuevo y otra vez original, pero que en realidad reproducirá ese largo cansancio del que no es posible desprenderse.

Lo diverso es dejado en la trastienda en una espera que jamás será llamada a las filas del presente porque precisamente eso nuevo es la ley sin admisión de la diversidad. Del verdadero escándalo que renovaría esos viejos nuevos aires de la ley.

Lo nuevo como consagración de lo institucional niega cualquier evidencia de lo contradictorio, que se haría necesario para alcanzar esa vivacidad. De lo contrario la fuerza de lo nuevo es tan sólo una repetición realizada bajo apariencia.

Así la institucionalización desdibuja lo nuevo y lo transforma en lo mismo al que se  obliga a mirar con la luz de la novedad.

Lo verdaderamente nuevo habría de necesitar una zona de vértigo en tanto nada podría posicionarse, nada podría adquirir la forma de una institución, se necesitaría en cambio estar en ese riesgo permanente de lo que cambia, de lo que está sujeto al fluir de la vida y de la realidad verdadera.

Lo que tenemos en cambio es la fosilización de lo nuevo, apenas una apariencia, un leve barniz que adorna la ideología y que le impide renovarse, y estar verdaderamente expuesto con todas las consecuencias que traería esa exposición que no se aferra a nada, ni a ley ni a institución ni a ideología salvo la de su propia y necesaria vivificación. Lo nuevo total será entonces mártir porque rehúsa entregarse a la institución que viene a marcar su destino y a detener esa fuerza propulsora que lo llama hacia adelante. Aquí lo nuevo tendría esa apariencia pero su movimiento sería el del letargo de los privilegios y el anquilosamiento de lo llamado a representar a las instituciones y a la ley. Con el supuesto compromiso de estar representando a la historia.

Lo nuevo que no admite ningún escándalo, ningún desarreglo de su legislación y que se crea leyes para respaldar a perpetuidad su conservación,  no es otra cosa que el poder que busca lo institucional que habrá de perpetuarse incólume sin que ningún aire renovador pueda permearlo ni pueda introducir algún leve matiz de los acontecimientos del presente real y verdadero.

Lo nuevo se ofrecería abiertamente sin ninguna reserva, sin mediar en ninguna consideración que lo asegure y lo consolide como lo que ha de permanecer o lo que ha de servir de modelo o de norma para un futuro.

Así entrevisto, lo nuevo no consolidaría nada, nada habría de seguirle porque se sabría escandaloso e irresistible, es decir sería lo llamado a contrarrestar cualquier intento de posicionamiento. De institución o de ley.

Habría así una contradicción entre este nuevo viejo museo y el deseo de escándalo que caracterizaría lo nuevo, aquí en cambio de escandalizar al buen burgués se busca la adhesión del benefactor, encontrar al benefactor será la ideología que logre sostener al nuevo viejo museo como institución, lo nuevo en cambio se desligaría de cualquier pretensión que lo lleve a depender de los dictámenes de ese benefactor que busca conservar su posición en el museo al cual quiere representar con sus beneficios y sobre el que en adelante arrojará su padrinazgo y su legado.

El escándalo en cambio estaría en dirección contraria a ese museo que busca no arrojar al abismo nada sino precisamente salvaguardarlo todo de esa pérdida y de esa permanente exposición, conservándolo, porque conservar implica salvaguardar del peligro y del riesgo de cualquier exposición, de cualquier escándalo, de cualquier desprotección y desnudez verdadera. La conservación es ese manto institucional que cercaría cualquier pretensión creando las condiciones de la preservación. De la inmutabilidad a perpetuidad. Lo que garantizará a futuro la real conservación de los nombres y sus improntas salvaguardándolos del anonimato del devenir.

Por eso el museo, este nuevo museo es un mausoleo, un cementerio, una tumba. Y no la fragilidad de quien contempla a solas y en peligro.

El museo de lo viejo nuevo será necesario para cobijar esa clase del espectador promedio que busca lo nuevo sin escándalo, accesorios de moda pero sin el desorden del desajuste y de la falta de normas que impedirían la catalogación y el posterior deseo de coleccionismo que coronaría todo su esfuerzo por aburguesar la acción un tanto perturbadora de ese arte todavía sin freno que habrá de ser aconductado por las leyes de la conservación futura.

Así no habría experimento, el nuevo viejo orden no quedaría expuesto al desequilibrio de una experimentación desmedida e imprevista. Lo viejo nuevo es aún más caduco y sin ninguna esperanza porque consolida la vieja nueva ideología del burgués que quiere hacer pasar su anquilosamiento por los aires renovados de un viejo nuevo edificio con pretensiones de haber ingresado finalmente en la contemporaneidad. Pero que se transforma en apenas un enunciado de ese ingreso, que es apenas un balbuceo que  busca encajar en la historia.

El viejo museo representa y trae consigo los valores de la traición, por eso es un sarcófago en que el arte perece, si se considera arte a esa fuerza viva que anunciaría los nuevos tiempos. Estos viejos nuevos tiempos son en cambio los de la traición al arte. Y sellan en los viejos nuevos muros toda pretensión de verdadera renovación. Se trata de una muerte prematura que viene a instalarse como un vicio del que será imposible encontrar resistencia.

La conservación de los viejos nuevos ideales del arte busca consolidarse como una institución transformada en museo, es la garantía de una homologación necesaria que preservada intacta en ese deseo de conservación,  evitará cualquier filtración del riesgo y de la experimentación.

La ruina en cambio permanece insoslayable e intocada, incontaminada de cualquier preservación que busque conservarla. En ese estado de ruina se vive la desertificación, un presente que no logra inyectarse de vida y al que no asiste la historia y por eso se encuentra estéril y abandonado en su infértil inmediatez y fragmentación. Tampoco hay público ni diálogo con el público una vez que el viejo nuevo museo ha defraudado ese vínculo y lo ha perdido. Quedan sólo los miles de visitantes que pasarán sin dejar ningún rastro salvo el de las cifras que engrosarán los viejos nuevos marcadores del éxito.

Quedará la espera de un artista que escandalosamente se presente trayendo como traía el poeta esa fuerza sacra que nadie quiere mirar. Una fuerza que se armará contra tanto pragmatismo. Y que vendrá a reivindicar esa ruina que no es lo nuevo ni lo viejo sino la historia de un sobreviviente de tanta mezquindad. Quizá de ese artista que no fue. Ese artista es el mártir que canta Pasolini en su poema. Aquél que sabe de la ruina. Aquél que sabe la historia. Y que se alza contra ese desierto de la desertificación del presente. Del viejo nuevo curador. Del viejo nuevo museo. De la institucionalidad transformada en instalación. De la instalación homologada. De la imposibilidad de comunicar. De la pérdida de todo sentido en esta avanzada niveladora.

Son épocas de la desilusión. Y del envilecimiento.

Algo debía empezar y no comienza. Sino que continúa sin que la historia de veras suceda.

 

“Arde una primavera ya sin vida.

Aburrido, o conmovido, yo escribo

en hojas donde cándida persiste

mi envejecida adolescencia…”

Pier Paolo Pasolini, Del diario

 

Claudia Díaz,  8 de marzo del año  2017

 

***

 

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5.587 consultas

Una opinión sobre El MAMBO y su falsa apariencia de novedad

  1. Helmut Rico 2017/03/11 at 1:06 pm

    Opinión sobre: – Respirar cuesta. La política de lo nuevo -Conservación, renovación y curaduría oficial en el nuevo viejo Mambo de Bogotá-

    Con el grato gusto de conocer por primera vez su Blog, de descubrir que hay estos espacios para la reflexión y contraposición formativa sobre el arte en Colombia, me permito comentar y dejar mi opinión frente al artículo que muy posiblemente les dé nuevas opiniones y visos de una persona que recién se arroja de la academia al gremio creativo del país.
    Debo decir que es un artículo voraz que me inquietó cada vez más en la medida en que terminaba cada párrafo porque me confirmó, le agregó nuevos puntos de vista a lo que había visto, y también me ofreció puntos con los que no necesariamente estuve de acuerdo. Visité el museo el día de la inauguración y los aires animosos sin duda me hicieron convencer de la nueva visión de la institución. Lo anterior a partir de la apertura hacia la intervención del puente de Mazzanti, la instalación invasiva de los tubos amarillos, la renovación de la marca MAMBO con gestos gráficos contemporáneos, entre otras cosas. Sin embargo, sí me cuestioné frente a la escogencia de los artistas, más que todo por Olga de Amaral y Jim Amaral, artistas a mi concepto modernos (aunque no sé si ellos se denominen así o no, pero a mi concepto lo son) porque si se trataba de ser contemporáneos y actuales, éstos artistas no eran entonces lo ideales; luego vi que había habido una intención en lo expuesto por parte de Olga para ser invasiva y permitir que los espectadores tuvieran contacto con sus piezas, y me dije: -“está bien”- también con Manigua, obra de Cárdenas, que me pareció en general bien intencionada.
    No obstante, lo que pensé y opiné fue que sin duda no era una visión totalmente renovada; sino que era más bien transicional; pues tenía un pie en lo moderno y uno en lo contemporáneo, y estaba bien, porque al fin y al cabo eso es el tema en todos los campos artísticos en Colombia desde la academia hasta las instituciones de siempre, pues desafortunadamente la inyección económica del país no ha hecho que sea contundente el inicio de una nueva etapa en el arte sino que más bien esto ha sido un arrastre que poco a poco se ha venido gestando con galerías nuevas e independientes, con vientos de intereses en un Diseño “cool”, “mediático” y “fotografiable-o de buen registro” conectado directamente al Boom de las redes sociales (esto por parte de gente que ha activado ésta economía naranja con su visión estética y/o de negocio), pero también sin duda por programas que sí han buscado nuevos horizontes, tal el caso de algunas escuelas de Arte y Diseño de Colombia que han entrado justo esta semana en Rankings de los mejores programas en el mundo; y es que sinceramente, “lo moderno”, “la revolución industrial” y el arte desde los oficios ya está obsoleto, y sería el colmo si no somos conscientes de ello. No podemos mentirnos, al decirnos que lo moderno fue el boom en el mundo, y en Colombia, no hemos podido salir de nombrar a Salmona como nuestro más grande y mejor arquitecto, porque es que además tampoco lo ha habido, las bases y preceptos modernos son tan fuertes en nuestras bases actuales que no hemos podido hacer algo mejor, tanto desde lo discursivo como desde lo factual – Hacemos entonces una exposición que se llama “De la Línea al espacio”- porque es que el punto y la línea sigue vivo en nosotros, no hemos podido salir de lo moderno.
    Y es que como bien lo dice Claudia Díaz, si rompían la Institucionalidad se podía perder el apoyo, estamos amarrados porque no hemos podido cambiar de mentalidad, y porque básicamente las personas consolidadas en el gremio son dinosaurios modernos que siguen pensando lo mismo, la escuela de Arquitectura y Diseño de los Andes este año tuvo que cambiar su decano porque mientras que una carrera hablaba del Diseño holístico, con nuevos campos como el Diseño de Servicios, de Experiencias, de Información e Interactivo, con forme otras escuelas del mundo en el mismo campo, la carrera de Arquitectura sigue haciendo maquetas de cubos de cartón mientras que en otras partes del mundo se imprimen modelos en 3D de edificios que se mueven y tienen preceptos totalmente distintos a los modernos.
    En fin, todo será un proceso; con las cosas que no concuerdo es en primera instancia con la satanización sobre Claudia Hakim, pues sabiendo que viene de la galería NC y el trabajo tan maravilloso que se ha venido haciendo desde la apertura de ésta galería, y el que se sigue haciendo ahora con la disposición de Claudia Segura en la curaduría de nuevas exposiciones. Claudia Hakim no puede ser una persona apegada a lo viejo, pues la misma Hakim fue quien puso esta mente brillante y abierta a cargo, y sólo una mente lúcida confirma su lucidez cuando contrata a otra persona lúcida. No creo que ella esté obsoleta, que siga creyendo en el arte de antaño, es visionaria, lo que pasa es que NC y el Mambo son dos instituciones muy diferentes, por tanto su dirección no puede ser las misma. El cambio ha de ser progresivo y esperemos que efectivamente nos alejemos de la seguridad institucional para dar espacio a artistas contemporáneos ávidos, que sepan romper esta sombra sobre la que estamos, que inspire otros campos del arte o inclusive venga de otros campos como del diseño o la arquitectura, sin ninguna barrera, alguien que rompa el código y el estancamiento en lo que lo posicionado vive, mentes como la de Antonio Caro que irrumpan lo estático como alguna vez lo hizo para ahora ser reconocido; y estoy seguro de que las hay, y que las habrá, y tendremos que darle luz a éstos. En otra instancia con la cual tampoco estoy de acuerdo, es la crítica a la decisión arquitectónica para enterrar el piso del auditorio, suena nostálgico cuando propiamente se critican las miradas al pasado. Considero y le otorgo a Mazzanti una validez a su propuesta sí bien al haber tapado este piso, puso sobre él, en un gesto de remembranza un auditorio al aire libre, totalmente público y permeable para ver proyecciones sobre la fachada norte del Mambo.
    Habremos entonces de seguir pedaleando, de seguir integrando las artes en torno a un discurso fluido, poroso y contemporáneo, una búsqueda por una identidad que se valga de eso pasado para hacer presente y futuro, pues nacidos ya estamos. Solo queda no aferrarse al pasado y cambiar poco a poco permitiendo que nos influyan nuevos pensamientos sobre el hacer que den cuenta de nuevas realidades que vivimos y habremos de buscar vivir como mentes que siempre están mutando.