¿Qué nos ha pasado?

¿Qué ha pasado con esa ilusión que nos hacía recorrer el mundo para ir a una inauguración de una bienal, de una feria, de un artista? ¿Qué ha pasado con el arte, con la crítica, con las ferias, con las galerías, que han dejado de apasionarnos, que ya no nos movilizan, que ya, si digámoslo de una vez por todas: nos aburren?

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Se acerca el fin de año y más que una lista de las exposiciones más (o menos) relevantes, vale la pena hacerse la pregunta que se hace Rosa Olivares, que en esta resaca post-boom, viene bien a la escena del arte local.   

Esta es una pregunta que se hacen todas las parejas cuando ya las cosas pintan mal. Es decir, cuando se ha acabado la historia de amor que los unió, aparentemente para toda la vida. Pero inevitablemente llega un momento en que se preguntan qué les ha pasado, dónde fue esa pasión, esa atracción animal que no podían ignorar. El tiempo, se responden tristemente. La vida cotidiana, el aburrimiento. El tiempo y la monótona repetición de cada día. De cada noche. En el mundo del arte tanto la repetición como lo mínimo, definen corrientes estéticas, la performance (la acción) también… sin embargo últimamente tanto artistas como galeristas, coleccionistas, críticos, habitantes del mundo del arte me repiten sistemáticamente la misma pregunta ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué ha pasado con esa ilusión que nos hacía recorrer el mundo para ir a una inauguración de una bienal, de una feria, de un artista? ¿Qué ha pasado con el arte, con la crítica, con las ferias, con las galerías, que han dejado de apasionarnos, que ya no nos movilizan, que ya, si digámoslo de una vez por todas: nos aburren? Posiblemente sea el tiempo, la repetición, el hacer cotidiano lo inesperado. Posiblemente sea eso. Posiblemente también sea esta crisis que ha llegado y se ha quedado ya al parecer para siempre entre nosotros haciéndonos a todos cada vez más difícil cumplir con nuestros deseos. Naturalmente es algo que solo les pasa a los que llevan muchos años dedicándose al arte en cualquiera de sus posibilidades, no a los más jóvenes, a los que acaban de entrar en este territorio, todavía ilusionados con su propia pasión, todavía enamorados de tanta belleza, de una belleza cegadora que posiblemente solo ellos sean capaces de ver.

Las cosas han cambiado, y tal vez donde más evidente resulta es en las galerías de arte, que ya no son más esos lugares donde sucedían cosas, donde estaban los artistas, donde nos encontrábamos. Posiblemente todos hemos cambiado, y ahora el mercado está más en primera fila, y por eso las revistas han desaparecido o han quedado relegadas a un capricho de un editor resistente, de unos jóvenes caprichosos, trampolín para nuevos curadores, para viejos coleccionistas. Son otras cosas, y los críticos y los escritores se parapetan en blogs y webs de dudosa importancia y alcance inverosímil. El panorama ha cambiado y los que no tienen una economía fuerte tienen galerías que parecen tiendas de ultramarinos vacías y con humedades en el sótano. Antes sabíamos que lo realmente importante podía suceder en cualquier sitio, ahora sabemos que lo único que importa sucede lejos, en lujosas salas de Nueva York, Zurich o Londres, en elegantes despachos en los que se habla en inglés. Los que estábamos aquí antes de que todo cambiara recordamos la ilusión, la pasión. Los que han llegado después sólo conocen esta ansiedad, esta necesidad de ser, de estar. Cuando se acaba la pasión siempre queda su huella, su memoria, el problema es cuando la pasión es sustituida por la eficacia, la rentabilidad y el éxito. Un éxito evidentemente fútil.

Los artistas sufren este cambio parapetados en sus estudios, detrás de su obra, una obra que no solo no van a vender, posiblemente nunca, sino que muy posiblemente no puedan exponer en museos, ni en lugares de cierta importancia. A ellos se les niega no ya la posibilidad de vivir de su obra, sino la simple existencia como artistas. Quedaran como los poetas, con los manuscritos en un cajón. No hay espacio para tantos artistas, para tantos pintores (¿a quién le interesa hoy un pintor que no haya triunfado ya, que no se mueva en el mainstream como pedro por su casa?), hay que seleccionar y toda selección significa una exclusión. Y las obras naufragan como refugiados de un país destruido en aguas de nadie, a la deriva, sin nadie que las mire, ni que las compre, ni que escriba unas líneas de ellas. ¿Qué nos ha pasado que no le importamos a nadie? Las instituciones y el mercado, el poder político y el poder financiero, se han quedado con todo, y ya no queda lugar para la pasión, tal vez no quede tampoco espacio ni para la belleza ni para la inteligencia. Otra pregunta clave ¿Qué hemos hecho mal para llegar a esta situación?

 

Rosa Olivares*

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publicado en Exit

*Crítica de arte, periodista y editora de Exit

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