Antes había artistas buenos y artistas malos, así de sencillo era. Ahora, en cambio, hay artistas buenos y artistas contemporáneos. Es simple: ya no hay malos artistas, si no te gustan es porque “no entendés”, o porque te quedaste en “el pasado”.

Joseph Beuys enseñó que pelar una cebolla puede ser una acción artística, con ello habilitó que cualquier acción puede ser arte. Por eso, hoy, todos somos artistas. Y gracias al reciclaje contemporáneo del ready-made de Marcel Duchamp, lo que designemos como arte será arte.

Es indispensable que otros crean que el arte es arte y estén dispuestos a hablar y escribir de él, para que, fatalmente, un tercero lo financie con plena satisfacción. Declarar que algo (cualquier cosa) es arte te hace artista; paradójicamente, aceptarlo, promocionarlo y pagar por eso, también te hace artista. El marchant toma la obra y le da el valor de mercado, mientras que el crítico de arte le da el “valor teórico”.

Para cerrar este círculo virtuoso está el comprador, que al adquirir la obra se transfigura en un sujeto contemporáneamente moderno y actual. Por eso, el coleccionista también se convierte en un artífice más del objeto; sin su inversión la obra nunca hubiera trascendido como arte, por eso el comprador forma parte esencial en el montaje de esta parodia. Coronando este andamiaje está el precio, cuanto más alto mejor, es la legitimación de la obra: si es cara, sin dudas es arte.

Nunca hubo tantos artistas, hoy hay más artistas vivos que los que existieron en toda la historia del arte. Ser artista está de moda. Y como cualquier moda es probable que un día de estos se acabe.

Mientras tanto, los artistas quieren ser millonarios y los millonarios quieren ser artistas. Los curadores quieren ser artistas y los artistas quieren ser curadores. Todos quieren ser todo, pero por sobre todo quieren ser artistas, puesto que hay algo que tienen los artistas que no tienen los millonarios ni los curadores.

El problema es que nadie sabe qué es.

:

Eduardo Iglesias

 

publicado por Revista Ñ