Pocos días después del temblor ocurrido en Ciudad de México el pasado 19 de septiembre me encontraba en un simposio titulado “Voces, imágenes y memorias: México-Colombia (1980-2017)”. El simposio, como era de esperarse, resultó accidentado. Después de transcurrida la primera media jornada se discutió si debía o no continuarse con el encuentro. Por un lado, los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se habían declarado en para activo y nuestro simposio se estaba realizando, precisamente, en las instalaciones del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM; por otro lado, algunos participantes consideraban un sinsentido teorizar y conferenciar mientras la ciudad se encontraba en emergencia. De continuar, se decía, estaríamos declarando la normalidad en el contexto del desastre. Finalmente, se “desinstaló” el simposio y se instaló lo que terminó denominándose “Brigada de Pensamiento de Emergencia”. Sin quererlo, las voces, las imágenes y las memorias -el nombre del simposio-, se habían activado antes de su instalación.

Tres meses atrás había visitado el MUAC y en el recorrido desordenado que hice terminé ingresando por la salida de la exposición de Jill Magid titulada “Una carta siempre llega a su destino”. Hasta entonces no sabía quién era Magid ni conocía el debate que suscitó su propuesta. Cómo no sabía de qué se trataba y cómo había ingresado por el final y como no sabía quién era Luis Barragán, en mi completa ignorancia me senté a ver el video con el que culminaba la exposición. Las imágenes me sorprendieron: una exhumación en la que extraían del cofre mortuorio las cenizas de lo que fuera un cuerpo y, en su lugar, se depositaba un caballito dorado ¿A quién pertenecían las cenizas?, me preguntaba: ¿un estudiante?, ¿un sindicalista…? Al mismo tiempo recordaba lo que hace cuatro años el crítico chileno Justo Pastor Mellado decía sobre la utilización de huesos en la propuesta de Carlos Castro para el Premio Luis Caballero: “No quiero hablar de eso, me parecería bastante violento (…) hay ciertas literalidades que son insoportables ¡Lo lamento! (…) en países como los nuestros donde hay un dolor extremo con la pérdida, con las desapariciones, trabajar con los huesos requiere de una delicadeza particular (…) cuando veo obras de esta naturaleza me paralizo”. Es decir, cuando en Latinoamérica se remueve una tumba, no solo se remueven restos o cenizas sino que al mismo tiempo se remueve la memoria sobre las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones, los cuerpos sin nombre que son sepultados como NNs. No era un azar que sin saber yo quién era Barragán identificara esos restos con un estudiante o un sindicalista (y redacto esto el 2 de octubre, día en el que se conmemoran los 49 años de la masacre de Tlatelolco: más de 300 muertos, 700 heridos y 5.000 estudiantes detenidos). Y ahora que transcribo la declaración de Mellado no me resulta sorprendente la valoración de Juan Villoro sobre la propuesta de Magid: “No se puede ignorar el contexto de violencia social en que ocurre esta trama. En la irresponsable lógica mercantil de Jill Magid, las fosas comunes que se abren a diario en México deberían ser vistas como joyerías”. Eso hace ya tres meses. Volvamos al temblor a partir de una inquietante y bella reflexión de Derrida, “¿Cómo no temblar?”, que cito en extenso:

“Sabemos lo que es el terremoto en sentido literal; y luego, hay un terremoto figural (…) Pero lo que querría mostrar para terminar es que el terremoto como figura no es una figura, y dice algo esencial con respecto del temblor. El terremoto como figura no es una figura entre otras. ¿Qué quiere decir esto? Hay un texto de Celan, un poema de Celan que recientemente me interesó mucho, que dice “Die Welt ist fort, ich muss dich tragen”: “El mundo ha partido, yo debo cargarte”. Cuando he tratado de interpretar este verso que desde hace años me fascina, he insistido, por una parte, en el hecho de que en el momento en el que ya no existe el mundo, o que el mundo pierde su fundamento, donde ya no hay suelo —en el terremoto ya no hay suelo ni fundamento que nos sostenga—, ahí donde ya no hay mundo ni suelo, debo cargarte, tengo la responsabilidad de cargarte porque ya no tenemos apoyo, ya no puedes pisar un suelo confiable y por lo tanto tengo la responsabilidad de cargarte. O bien, cuando ya estás muerto —y es pues un pensamiento del duelo, otra interpretación—, cuando ya no hay mundo porque el otro está muerto, y la muerte es cada vez el fin del mundo, cuando el otro está muerto, debo cargarlo según la lógica clásica de Freud según la cual el llamado trabajo de duelo consiste en cargar consigo, en ingerir, en comer y en beber al muerto, para llevarlo dentro de uno. Cuando el mundo ya no existe debo cargarte, es mi responsabilidad ante ti: es pues una declaración de responsabilidad hacia el otro amado”.

¿Qué es lo que remueve este temblor? Dos relatos me han llamado la atención. El primero tiene que ver con el modo de enterrar a los muertos y el segundo con las mujeres costureras muertas tanto en el temblor de 1985 como en el de ahora. Cuando acontece un desastre de grandes magnitudes, por obra de la naturaleza, por obra humana o por su combinación (la corrupción en la construcción de edificaciones en este caso), un problema urgente es qué hacer con los muertos. Más de 10.000 en 1985. En situaciones como esas se imposibilita la realización de los ritos fúnebres de manera debida. Ante tal cantidad en tan poco tiempo la solución práctica es depositar los cuerpos en fosas comunes. Uno de los sepultureros de la fosa común del Panteón Civil de Dolores, recuerda: “En total se abrieron 15 o más, que yo recuerde; en ellas caben más o menos entre 100 y 120 cuerpos. Es decir que se enterraron un aproximado de 1.600 víctimas del terremoto (…) se iban acomodando como iban llegando: a lo largo o atravesados, como cupieran”. Y uno de los sepultureros de la fosa común del Panteón de San Lorenzo Tezonco de Iztapalapa relata algo semejante con el entierro de 1.155 cuerpos a los que deben sumarse otros 800 identificados pero sin reclamar que fueron enterrados en otra fosa común. Sin posibilidad de ritualizar de manera individual cada muerte, el estadio de beisbol fue utilizado como morgue y “sala” de velación simultáneos. Más de 2.000 cuerpos pasaron por allí. Muchos recuerdan las pilas de cuerpos congelados en el estadio y las hileras de féretros en su prado. Lo que fuera el estadio-morgue-sala de velación hoy en día es un centro comercial. Parece que las cenizas fúnebres convertidas en diamante por Jill Magid resonaran en esta trasmutación urbana ¿Qué pasó con lo que debió convertirse en un lugar sagrado? ¿Qué es lo que remueve el temblor de 2017?

El segundo relato, la otra memoria que se ha activado, es el de las mujeres costureras muertas en el 85 y el 17. Mujeres trabajando en condiciones precarias e ilegales que pagaron con su vida formas brutales de explotación, sin prestaciones sociales, en edificaciones no aptas para el trabajo industrial: “Muchas murieron porque para evitar robos, los jefes cerraban la puerta con llave y no pudieron escapar”. Se ha dicho que en el reciente temblor, además de las mujeres que murieron en el interior de la parte visible del edificio, casi cien mujeres murieron sepultadas en un sótano, mujeres indocumentadas que trabajaban de manera ilegal bajo condiciones de esclavismo en una fábrica de Chimalpopoca. Y aunque esto último no parece un hecho confirmado, es decir, la existencia del sótano, el área de lo que fuera la fábrica se convirtió rápidamente en un memorial. El último día de la “Brigada de Pensamiento de Emergencia” el tema del sótano salió en la discusión. Sin tener certeza sobre sobre el hecho alguien señaló que más allá de la existencia o no del sótano era clave analizar lo que las narraciones construyen. Como tal posición no resulta convincente, y teniendo en cuenta que no apareció ninguna evidencia física del sótano, ni por parte de los especialistas ni de los rescatistas ni de los voluntarios, que con toda la fe creían en su existencia, solo cabe especular sobre la aparición de esta imagen ¿Qué es lo que remueve este temblor? ¿Qué es lo que finalmente retorna? ¿Es un azar que circule colectivamente la imagen de un sótano, precisamente de un sótano con mujeres sepultadas? ¿No es acaso metonímicamente el sótano la imagen de esas sepulturas que en el pasado no pudieron ser, de esas muertes que no quedaron adecuadamente simbolizadas? ¿Y no son el inmediato memorial y las ofrendas un intento por pagar las deudas no saldadas con las muertes del pasado? ¿No es evidente que con este temblor retornaron los muertos de 1985?

 

Elkin Rubiano