“Si expresas lo que está dentro de ti, lo que expreses te salvará. Si no expresas lo que está dentro de ti, lo que no expreses te destruirá”.

—Versión de una frase del evangelio apócrifo de Tomás

LC Mujer

¿Por qué Luis Caballero dejó de pintar mujeres? “Por su inclinación sexual” es la respuesta habitual. Dejó de pintar mujeres porque le gustaban los hombres. Es cierto, el arte es para hacer lo que a uno le dé la gana, y a Caballero le dio la gana dibujar hombres porque le gustaban, tal vez por el amor, tal vez por el deseo. Sin embargo, basta con volver a mirar sus dibujos del comienzo, en sus primeras exposiciones, para encontrar mujeres, pero en esos cuerpos evadía las caras, los rasgos precisos, definidos, los detalles, como si cada persona estuviera encerrada en un empaque que impidiera ver ojos y uñas, como si todos tuvieran un forro. Son choques de parejas, composiciones de figuras que no se comunican, bultos aislados, que parecen estar encerrados en la mortaja de su propio cuerpo.

Cualquier persona que haya dibujado sabe que dibujar caras, pies y manos es difícil, se puede hacer monigotes, muñecos de palitos y bolitas, pero cuando se trata de darle carácter a un rostro o a un cuerpo, se necesita precisión en los rasgos y proporción en los detalles. Hasta para crear monstruos se necesita belleza, incluso poesía. Quizá a Caballero, al comienzo, no le salían tan bien las cosas. De pronto, como algunos estudiantes luego del servicio militar del modelo, también evadía los pormenores de la fisonomía.

Tal vez Caballero no tenía confianza sobre lo que hacía, o si la tenía, estaba todavía hipotecada con lo que los otros esperaban que él hiciera, con lo que su época demandaba, y se dedicó a hacer experimentos con el espacio, con los formatos, con los fondos, con el color pleno, con instalaciones de cuadros —que incluso le trajeron nombre, ventas y premios—, pero en su fuero interno, el problema y el reto de la forma seguían sin resolver.

Toda persona es hija de su tiempo, pero no quiere ser devorada por la época. Es posible que Caballero haya comenzado a separarse de las imágenes que se hacían en ese momento con el sombreado, con el estudio de la luz y del volumen corporal. Caballero ya tenía clara la distancia que había en sus cuadros entre fondo y figura, sus escenarios eran llanos con montañas apenas delineadas o áreas neutras de color. En los contornos de las figuras había una cartografía detallada que le servía para mapear los meridianos, paralelos y rutas de la geografía humana. Se podría pensar que más allá de las constelaciones de los conceptos o de la prueba reina de querer pintar la luz, bajo estos códigos gráficos solo estaba la angustia de la influencias, de querer devorar a los pintores de una o dos generaciones anteriores, a los que les robó la concisión para cruzarla con los pasos de baile de ascensiones y descensos del arte de varios siglos atrás. Sin embargo, cuando Caballero comenzó a desdibujar el contorno de los cuerpos para hacer el efecto de una sombra entró a otro lugar. A medida que las fronteras de las siluetas se llenaban de ese trazo roto e imperfecto, la convención que era método y obligación comenzó a cobrar otro sentido dentro de las figuras. Al sombrear daba volumen al sexo, perfilaba el relieve de las nalgas, las medialunas del pecho, pero una vez las líneas entraron a detallar la superficie quebrada de la caja de las costillas, el valle punteado y quebrado de la espalda o la dura tensión de los músculos de la entrepierna, la línea cobró su fuerza, liberó su expresión, y obligó a que las mujeres salieran de escena. Una vez Caballero descubre el carácter de su línea, en la potencia concentrada que quería darle a sus composiciones ya no cabe la mujer. En arte siempre habrá que renunciar a algo.

Caballero siguió con sus clases unipersonales, robando de aquí y de allá, trabajando para unos pocos buenos amigos, haciendo ejercicios de rostros, pero dejándole las caras a los retratos que hacía por curiosidad, amistad o encargo. En sus dibujos y pinturas, el ejercicio se centraba en el cuerpo. La concentración pasó al interior de la figura. La iluminación fue solo una disculpa para generar trazos y más trazos, uso la línea, el manchón, el borrón, el mugre, la grasa, el trapo, el accidente, para pintar la luz que le pega a un cuerpo. Caballero avanza como un ciego llevado por otro ciego, el ojo o la mano se turnan en su ceguera, el análisis antecede a lo verbal, cuando el artista se detiene a pensar lo que acaba de hacer, ya su arte ha ido y vuelto.

Paralelo al dibujo estaba la pintura, y el interés tampoco estaba en la cara, que ocultaba o dejaba bocetada en escorzo, para que no se robara la atención pues todos somos narcisos y el rostro ancla la mirada. El interés está en el cuerpo, en el color de la piel, en manchas sobre manchas, donde a veces el contorno desaparece y un golpe de sombra y luz marcan zonas para crear efectos plenos de volumen. Hay varias series de pinturas donde el dominio del volumen del cuerpo manda, donde pareciera que la realidad pintada es la de un espejo turbio y velado cada vez más verista, más cercano a la realidad de un ojo sin miopía o al de un “filtro artístico” en una cámara fotográfica.

Y justo en ese momento, cuando parece que el artista ya sabe pintar muy bien, cuando tiene más de cuatro décadas encima y la universidad de la vida decide darle el título de maestría y se anuncia un doctorado predecible, Caballero inventa un ejercicio sencillo para entorpecerse: hace y expone una serie monotipos. Entinta un vidrio y con una estopa y disolvente remueve zonas en golpes medidos, luego pone el papel encima, pasa todo por la prensa, y levanta el positivo para ver qué sobrevive. Esta técnica invita al error, al azar y a la ceguera, a dejar de ver para poder volver a ver y, en efecto, este ejercicio autoimpuesto, como tantos otros, con sus aciertos, dudas y fallas, le permitió a Caballero escapar de la cárcel del estilo y volver a recordar su pulsión por lograr una imagen que no se pierda en las trampas efectistas del volumen y el automatismo virtuoso de la técnica. Eso fue hace 20 años, justo cuando el artista empezaba de nuevo bajo este comienzo auspicioso, bajo esta purga que prometía renovar su juego y todos los juegos.

LC Monotipo

[Texto escrito para la exposición Luis Caballero: in memoriam 1943-1995 en la Galería El Museo)