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Los cafés que murieron el 9 de abril

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Personas conversando en la carrera Séptima entre calles 14 y 15. Foto: Sady Gonzalez. 1947.

En la crónica del siglo pasado y anteriores es poco lo que se habla y menos lo que se destaca acerca de la vida de los cafés bogotanos y más bien se habla de las tertulias aristocráticas y hogareñas donde se discutían y comentaban los sucesos de la época. Casi podría decirse que la corta tradición del clásico café bogotano correspondía a la primera mitad de nuestro siglo. El ambiente político y el estado casi permanente de guerra civil impedía la reunión pública, la tertulia de café, que por ancestro y costumbre, tenía como temas de conversación y de discusión la política local y la literatura social europea, que no podían comentarse abiertamente porque cada gobierno de turno las prescribía del debate, en guarda del orden público, fácilmente alterable por la acerbidad de los interlocutores. En la agonía de la última guerra civil, en la alborada del siglo veinte, nace a la vida el café bogotano, tal como lo conocimos y recordamos. El cachaco bogotano reemplazó al filipichín santafereño y la “Gruta Simbólica” fue el puente de transición entre la tertulia clandestina y el café de tertulia. Pero el café bogotano no alcanzó la altura intelectual ni el ambiente de las tertulias del Café de Levante, de Pombo y de Fornos, matricenses.

Sin embargo, los bogotanos de principios de siglo buscaron la reunión diaria en los cafés de la época, de los cuales se considera hito “Las Botellas de Oro”, que existió en el atrio de la Catedral, hacia la esquina de la calle diez, donde hoy se levanta el Palacio Cardenalicio en la Plaza Bolívar. Allí concurrían los bogotanos parlanchines, los hacendados sabaneros, los políticos beligerantes, a escanciar sus vinos aperitivos, a degustar los coñacs de la época y a “arreglar el país”, como continúa haciéndose en los escasos cafés actuales. Bogotá principiaba en Las Cruces y terminaba en San Diego. Así mismo, los cafés de comienzos de siglo existían entre la calle segunda, donde estaba situada “La Rueda de Ferris” y la calle 26, en la esquina suroriental de la carrera séptima, al lado del Parque de la Independencia, donde quedaba “La Bodega de San Diego”, café, tertulia, restaurante, donde se dieron cita los conjurados del 10 de febrero de 1909 que intentaron el asesinato del presidente, general Rafael Reyes. La carrera séptima, principalmente en la tradicional Calle Real, entre las calles once y quince, fue la sede de los cafés bogotanos que hoy se recuerdan como tradición y ambiente, político, intelectual y bohemio. Los hubo también que actuaban como centro de estudiantes de provincia, que acudían a ellos a calmar el frío con un pocillo de tinto caliente que acompañaba la lectura de textos y ejercicios de tareas. El Café Windsor fue célebre y popular hasta la década de los “treinta”. Estuvo situado en la esquina de la calle 13, con la carrera séptima, en los bajos del Hotel Franklin, donde murió el General Benjamín Herrera. Allí se reunían principalmente los políticos y al mediodía hasta había música para amenizar la tertulia, piano y violín, generalmente, que ejecutaban temas populares del momento. En la calle catorce, pocos pasos arriba de la misma carrera séptima, el Café Riviere concentraba a las horas del mediodía una concurrida tertulia de comerciantes, políticos e intelectuales, a saborear sus deliciosas empanadas humedecidas con sifón y cerveza y a tomar los aperitivos vespertinos, brandy, porque el whisky todavía no había “colonizado a Bogotá”, y algunos a matar el frío con puros anisados de fabricación ya nacional. Los cafés bogotanos, por coincidencia, fueron concentrándose en las cercanías del Puente de San Francisco. El centro vital de Bogotá moraba entre la Plaza de Bolívar y el río San Francisco que canalizado y cubierto, se convirtió en la actual Avenida Jiménez de Quesada, La “zona cafetera” se abrió desde los “veinte” hasta el 9 de abril de 1948, en la cuadra de la carrera séptima, entre calles 14 y 15. Allí nacieron, crecieron, vivieron y murieron el Café Inglés, célebre tertulia política e intelectual por muchos años. El Colombia, el Molino y el Gato Negro. Reunión de escritores, políticos, intelectuales y bohemios, conocidos entre sí pero respetuosos también entre sí, sin mezclarse en sus tertulias, en un Bogotá que defendía su ambiente colonial, santafereño y señorial e intelectual, de la embestida arrolladora de la metrópoli. Mas allá del Parque Santander, que por entonces sí era parque, hacia el norte, sobre el Camellón de las Nieves, solamente se atrevieron a existir tres o cuatro cafés de tradición y nostalgia. La Gran Vía, a mitad de la cuadra entre las calles 17 y 18, en el costado oriental, que vio discurrir la cultura y la bohemia en clásica tertulia a la cual concurrían, entre muchos, el maestro León de Greiff, Eduardo Castillo, César Uribe Piedrahíta, los Zalameas, Felipe Lleras, Emilio Murillo, Federico Rivas Aldana —“Fray Lejón—”, el “chato” Murillo, su propietario y admirador, y donde se despidió de la vida, rubricando su adiós con un disparo, Ricardo Rendón.

Camino de San Diego, en la esquina occidental de la calle 22 existió desde principios del siglo “el Boulevard”, café restaurante que también tuvo su tertulia característica por muchos años y en el mismo sector, recordado con nostalgia y más cercano en el tiempo, el célebre “Martignon” centro de escritores y periodistas de los “treinta”. El café de la Paz quedaba en la calle doce, unos pasos al oriente de la Calle Real. Punto de reunión de empresarios y políticos fue por mucho tiempo tertulia amable, que contrastaba con los cafés Roma y Niza, más frecuentados por los estudiantes provincianos de la época, ambos sobre la carrera séptima entre las calles 11 y 14, a donde llegaban a “bogotanizarse” gentes emprendedoras del occidente, principalmente de Antioquia y Caldas. El Café de la Paz, después del 9 de abril se trasladó a la calle 19 con la carrera séptima, al lado de la librería que tenían Eduardo Caballero Calderón y el “doctor Merulitas”, de gratísima evocación. El 10 de mayo de 1957, desde el balcón del Café de la Paz, Juan Lozano y Lozano saludó esa mañana el renacimiento de las instituciones democráticas. Pocos meses después el Café de la Paz murió y fue enterrado por la Avenida Ciudad de Lima.

El Café Asturias fue sin duda la última tertulia de los escritores poetas y literatos que marcó una etapa intelectual inolvidable, que hacía puente con “La Cigarra”, tertulia sin café, cigarrería animada por Santiago Páez y punto de reunión de políticos, ex presidentes, ministros, congresistas, en la esquina de la calle 14 con la carrera séptima, con su costado suroccidental donde hoy existe un conocido almacén de departamentos. El Asturias, pocos pasos arriba de la carrera séptima, más al oriente de la que fuera casa de El Tiempo, vio descubrir al “todo Bogotá” intelectual de la década de los “cuarenta”. Allí se conoció la nueva generación que alternaba con la anterior a la cual pertenecen valores tan consagrados como Alberto Angel Montoya, José Umaña Bernal, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Néstor Duque, Paulo E. Forero, Eduardo y Jorge Zalamea, Ignacio Gómez Jaramillo, León de Greiff, Fray Lejón, Luis Vidales, Jaime Ibáñez, Álvaro Mutis, Guillermo Camacho Montoya, Víctor Aragón, Jorge Gaitán Durán, Juan Roca Lemus “Rubayata”, Alejandro Vallejo y una veintena más de nombres gratos e inolvidables. El 9 de abril de 1948, que cambió tantas cosas en la historia, sepultó también la etapa romántica y nostálgica de medio siglo de los cafés bogotanos tradicionales, con sus amables y cultas tertulias, trascendentales e intrascendentes, intelectuales y bohemias. Con el “Café Asturias” murió medio siglo del clásico café bogotano que se añora como perdido y ya jamás recuperable. Porque la transición de la época, la deshumanización de la metrópoli, el desplazamiento ciudadano hacia grandes distancias, la inadaptación, la violencia, la incomunicación, frutos de la civilización y de cambio social, hacen imposible el renacer del café y de sus tertulias, con su concepto prístino.

Hernando Téllez*


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Café La Cigarra. Carrera Séptima con calle 14. Foto: Sady González. 1947.

 

* Publicado en Lecturas Dominicales de El Tiempo, junio 13 de 1976.

#PolíticaEditorial

Desde febrero de 2017 la política editorial de [esferapública] estará enfocada en propiciar la reflexión en torno al archivo de debates y textos a través de proyecto #LeerLaEscena. Por esta razón, en el portal se estarán publicando análisis de debates, entrevistas y lecturas en voz alta con el ánimo de revisar temas sobre los que se debate reiteradamente (crítica al arte político, el estado de la crítica, especulación y mercado, espacios de artistas, museos y espacios de arte en crisis) y, a partir de esta revisión, replantear formas de discusión, políticas editoriales y, si es el caso, una nueva plataforma para [esferapública].
12.164 consultas

5 Opiniones sobre Los cafés que murieron el 9 de abril

  1. Gabriel Merchán 2009/08/15 at 9:56 pm

    Al igual que lo sucedido despues del 9 de abril*, cuando los gobiernos sucesivos -Mariano Ospina, Laureano Gómez, Rojas Pinilla- censuraron los medios de comunicación e hicieron todo lo posible por eliminar los espacios de debate, otro representante de esta clase política busca restringir la libre opinión en los foros de Internet. A continuación adjunto un proyecto de ley actualmente en curso:

    Presentan proyecto de ley que exige identificación plena de foristas en páginas en Internet

    Bajo el título “libertad de opinión con responsabilidad”, el senador conservador Luis Emilio Sierra Grajales, presentó un proyecto de ley que restringe la libertad de las personas a opinar en los espacios virtuales de los medios de comunicación.

    Sierra propone que cada persona que quiera opinar en los espacios de los medios de comunicación en Internet deba registrarse previamente con su nombre y número de cédula.

    El proyecto del congresista ordena a los medios de comunicación que establezcan mecanismos de verificación de la identidad de quienes opinan la veracidad de esos registros, y los convierte en “responsables solidarios” de “las infracciones de este precepto”.

    El proyecto de ley que radicó Sierra en el Senado expresa en su articulado lo siguiente:

    Proyecto de Ley de libertad de opinión con responsabilidad:

    “Artículo primero.- En beneficio del derecho constitucional a la libertad de expresión, toda persona es libre de opinar en los espacios virtuales que para tal fin los medios de comunicación han facilitado en sus portales de noticias.

    “Artículo segundo.- En aras de la responsabilidad que implica el ejercicio de todo derecho, aquel ciudadano que desee registrar su opinión en los espacios habilitados para este fin, deberá identificarse plenamente con su nombre y número de cédula.

    “Artículo tercero.- Los medios de comunicación serán responsables de establecer los mecanismos que garanticen en sus formularios de participación la veracidad de los registros y por tanto serán solidariamente responsables en caso de infracción de este precepto.

    “Artículo cuarto.- La presente Ley rige a partir de su promulgación y deroga todas aquellas normas que le sean contrarias”.

    fuente: El Espectador

    *afirma Hernando Tellez en este artículo sobre los cafés: “…no podían comentarse abiertamente porque cada gobierno de turno las prescribía del debate, en guarda del orden público, fácilmente alterable por la acerbidad de los interlocutores.”

  2. Maria Posse 2009/08/16 at 7:38 am

    ….será para que lo persigan a uno por la opinion que se da. El anonimato en algunos contextos garantiza la seguridad (a todo nivel) en un mundo globalizado donde la informacion y el libre flujo de ésta permite a uno precisamente elegir, escoger, lo que es en sentido estricto el ejercicio de dicha libertad. Entonces según este proyecto de ley ya no seremos sujetos “afectados” sino números y códigos de identificación condenados a ser perseguidos por nuestras opiniones. ¿opiniones = ideologìas? qué peligro. Me imagino que también habría que esperar tres dias hábiles para que la opinión sea aprobada. Qué horror.

  3. Fernando Araujo 2009/08/16 at 1:03 pm

    Entonces llegaron ellos, recordaba poco antes de morir Germán Espinosa. Llegaron ellos con sus revólveres de cañón largo, sus vestidos de paño oscuro y sus corbatas ladeadas, e irrumpieron en El Automático como solían hacerlo en los lugares donde se reunían los artistas, porque los artistas, decían y aseguraban “los Pájaros”, eran conspiradores, siempre arrastraban ideas peligrosas. Aquella noche de marzo de 1954 dispararon al techo y se largaron en interminables arengas contra las izquierdas y los poetuchos. Espinosa los vio. Tembló. Dijeron que lloró. León de Greiff también los vio, pero en vez de callar intentó insultarlos. No lo dejaron. La vida, su vida, era más importante que sus bravuconadas, más allá de que él escribiera y declamara “Cambio mi vida, vendo mi vida, de todos modos la llevo perdida”.

    Unas noches después, recordaba también Espinosa, otro “pájaro” masacró a un tipo en otro café, El Santafereño, porque le había ganado una partida de billar. Le metió 13 disparos. Esperó a que se lo llevaran, con la pistola en la mano y un cigarrillo sin encender en la boca, pidió algo de comer, y una hora más tarde continuó jugando.

    “El régimen —de Rojas Pinilla— se apoyaba en aquellos sayones, vestidos de civil, que merodeaban por los cafés, y cuando pescaban alguna conversación contra el gobierno, secuestraban a los imprudentes para meterlos luego en un helicóptero y arrojarlos desde el aire en plena selva”, escribiría Espinosa en sus memorias seis años atrás, allí mismo donde relató su primer encuentro con De Greiff en El Automático. “De Greiff, como todo el país letrado lo sabía, frecuentaba el más prestigioso de los varios cafés literarios de la ciudad, bautizado El Automático y sito en la Avenida Jiménez con carrera quinta.

    Cuando Espinosa llegó, pasadas las seis de la tarde, acompañado de su amigo Hernando Chaves, a quien le dedicaría 20 años más tarde Los cortejos del diablo, el poeta aún no había aparecido. “Pero mientras consumíamos el primer aguardiente en una de las mesillas, fue haciendo aparición por la puerta, altivo, impresionante, señorial como era. Se quedó de pie en la barra y tanto Chaves como yo no hacíamos sino observar, embebidos, sus menores movimientos. No había sospechado yo que su tipo fuera tan marcadamente nórdico”. De Greiff fumaba, casi sin intermitencias, en una boquilla muy larga, de marfil, que según opinaba Espinosa, lo hacía aún más extravagante de lo que era. “En ocasiones, el poeta lucía también un gorro ruso de piel de nutria, de esos llamados kulpaks”. Con el gorro o sin el gorro, pero siempre con su pitillera de marfil, León de Greiff era el dueño y el centro de El Automático.

    Quien quisiera hacerse un sitio en sus mesas, debía pasar por la aprobación del poeta. Espinosa, como tantos otros escritores e intelectuales de la época, Luis Vidales, Germán Arciniegas, Jorge Zalamea, Luis Tejada, por ejemplo, lo idolatraba. Cuando Espinosa se le acercó con sus esmirriados pasos de mozalbete de 15 años, le habló de sus gustos, muy lejanos al grupo de los piedracelistas, y De Greiff “se manifestó acorde”. Luego se sentó en su mesa habitual, sacó un cuaderno y se puso a escribir sus lacerantes versos, hasta que aparecieron “los Pájaros”.

    El Automático había comenzado a nacer 16 años atrás con el arribo medio invisible de un caldense cuyo nombre, Fernando Jaramillo, pasaría a ser inmortal, como su café. Era cacharrero, vendía balines para escopetas, hacía negocios por donde iba, pero ante todo, le gustaba el arte, las pinturas sobre todo, aunque admitiera que no sabía nada de nada. Su instinto y su amistad con De Greiff, a quien no dejaban ingresar al café con su boina, lo hicieron recolectar unos cuantos pesos, 250 mil para ser exactos, para comprar un viejo café, el Felixerre, que con el tiempo se transformó en el Fortaleza, y allí se inició la historia.

    Como lo relataría el cronista Felipe González Toledo, sus elecciones por y con el arte empezaban con un sencillo y tajante “Eso me gusta porque sí”. “Es ese el concepto de Fernando Jaramillo —recordaba González— al referirse a un bejuco de Ómar Rayo o a un óleo de Orlando Rivera. Y su concepto no puede ser más honrado ni más desprevenido. Una docena de cuadros escogidos, obras de Pedro Nel Gómez, de Ignacio Gómez Jaramillo, de Rivera y de Grau, bien dispuestas en los muros que encierran su intimidad familiar, atestiguan la afición de Jaramillo por la pintura, pero mejor la atestigua el favor que le han merecido, aun en el campo personal, todos los artistas que frecuentan su café en la Avenida Jiménez”.

    Su café, decía González Toledo, heredó las sutilezas y el buen gusto de su antecesor, pero Jaramillo le imprimió su personalidad, aquella mezcla que sabía manejar según las circunstancias y los personajes, porque callaba cuando era menester hacerlo y hablaba cuando la ocasión lo requería. Muchos años más tarde, incluso mucho tiempo después de que en el 65 Jaramillo lo vendiera por 350 mil pesos, y de que pasara a otra sede, y de ahí se trasladara a un diminuto local en la 18 con octava, Jotamario Arbeláez escribía que “El Automático ha sido siempre una zona de tolerancia poética y de allí han salido escritores, poetas, pintores, y músicos, tan borrachos para sus casas como gloriosos para la inmortalidad”.

    La lista comenzó con De Greiff, con Tejada y Rendón, pasó por Espinosa, por Vidales y Juan Lozano, se detuvo en García Márquez y en Mutis, y continuó con Gonzalo Arango y los Nadaístas. Todos dejaron su espíritu ahí, aunque ese espíritu oliera y tuviera tufo a aguardiente. Y todos, alguna vez, contaron alguna anécdota nacida, esculpida y mitificada desde sus mesas.

    Personajes de café

    Luis Tejada Cano
    Cronista, periodista y político liberal antioqueño. Aprendió a leer entre las páginas de El Espectador, fundado por su primo Fidel Cano en 1887, donde después publicó su primera columna en 1917. Sus escritos se destacaron por ser de ‘avanzada’ y registrar la modernización del país.

    Ricardo Rendón
    Retratista y caricaturista implacable. Sus primeros dardos los lanzó desde la revista ‘Panida’, de Medellín, que pretendía renovar al arte y la literatura, por aquel entonces tan rígidos. En 1918 empezó su colaboración para El Espectador en Bogotá. Rendón fue crítico implacable de un gobierno cada vez más desprestigiado.

    Germán Arciniegas
    Tal vez el historiador más leído en el siglo XX. También fue periodista e investigador, con una inclinación hacia la anécdota, la calidad narrativa, la sociología, el pensamiento político y la búsqueda del conocimiento de la gente común. Multifacético como el que más, Su libro ‘Entre la libertad y el miedo’ fue prohibido en diez países.

    Luis Vidales
    Poeta, ensayista y político. Vidales, Tejada y Rendón se conocieron en el café Windsor, donde se reunían Los Nuevos, un grupo de intelectuales de comienzos del siglo XX que reprochaban la inmunidad de la literatura de la época a todo intento de inquietud renovadora.

    Jorge Zalamea Borda
    Escritor y diplomático bogotano. A la tierna edad de los 16 escribía críticas teatrales en El Espectador. Sus cuentos y reseñas los publicaría luego en la revista ‘Cromos’. También formó parte de las tertulias del grupo Los Nuevos en el café Windsor de Bogotá. Era el más joven del grupo.

    Fernando Araujo Vélez
    Publicado en El Espectador

  4. Carlos Jiménez 2009/08/17 at 5:37 am

    Estoy leyendo con placer esta secuencia de textos dedicados a la historia de los cafés bogotanos, y por esa misma razón, es decir por el placer que proporciona la nostalgia, sugiero una incusión en el libro de Lino Gil Jaramillo -otro caldense- ‘Barba Jacob: el hombre y su máscara’. Sus iluminaciones sobre los cafés y la vida literaria bogotana de los años 30 y 40 son apasionantes.

  5. Gustavo Niño 2009/08/17 at 10:41 am

    Una precisión: En el artículo de Fernando Araujo Vélez, publicado además en la versión impresa de “El Espectador” el siguiente párrafo menciona a algunos de quienes asistieron a El Automático

    “La lista comenzó con De Greiff, con Tejada y Rendón, pasó por Espinosa, por Vidales y Juan Lozano, se detuvo en García Márquez y en Mutis, y continuó con Gonzalo Arango y los Nadaístas.”

    Parte de la información es errada pues tanto Luis Tejada como Ricardo Rendón, murieron en 1924 y 1931 respectivamente. Recordemos que El Automático es uno de los pocos cafés que surge después del Bogotazo (1948)
    Pilas Fernando para la próxima.
    Cordialmente
    Gustavo Niño