El artista y curador William Contreras escogió el texto Contra la cultura. Una entrevista [en extenso] a Bernardo Salcedo para esta nueva entrega de #LeerLaEscena. Con el apoyo de una obra de Carlos Alfonso. Aquí algunos fragmentos de la entrevista:

Visitamos en su estudio del Bosque Izquierdo de Bogotá al artista y escultor, Bernardo Salcedo, para preguntarle acerca de temas de la actualidad. Salcedo, bisnieto del ex presidente colombiano Eustorgio Salgar, y a quien su padre —un famoso médico bogotano— rapaba la cabeza cuando perdía una materia en el colegio, entendió que la única forma de exorcizar sus demonios y fantasmas infantiles era a través del arte, del humor sangriento y de la diatriba. Salcedo es una personalidad que reafirma cada vez esa reciente sentencia de un conocido político colombia­no según el cual es muy raro encontrar gente con carácter en nues­tro país. Porque precisamente Bernardo Salcedo es esa rara excepción, no solamente en el ejercicio de su lúcida obra plástica, sino también en sus juicios periódicos sobre la realidad de nuestra cultura.

¿El arte es una práctica solitaria?

Ser solitario es un romanticismo impracticable. De la capacidad de entrega de uno hacia otra persona, de­pende la capacidad de expresarse de uno. Cuando esto falla, el arte se vuelve pragmático; excesivamente racionalis­ta. Cuando el artista no tiene capacidad de manifestar amor, se refugia en la razón, que es el mejor vehículo para aclimatarse a la muerte. Hay mucho qué pensar. Para que las manos trabajen es necesario hacernos un lavado de cerebro constante. De otro modo, es muy difícil ser claros, comunicar algo, volvernos un medio de información. Esa es nuestra tarea: un diálogo. Sin duda, es el fin del mundo. Menos mal. La gente dejará de pensar en el mundo. Eso era una locura. Nadie puede tener conciencia de una es­fera en su totalidad, eso es un principio de la geometría del espa­cio. Ahora que parece haberse acabado el mundo, nos queda la alentadora perspectiva propia, la única verídica. Casi todo el mundo está convencido de ser un perfecto volumen, pero la realidad es sólo lo que podemos ver. Nadie puede ser abso­lutamente consciente de totalidad alguna. Si, por ejemplo, usted está casado hace diez años, o más, puede estar seguro de que no conoce a su mujer, pues siempre la ha visto de frente, o de lado, o por detrás, pero jamás totalmente.

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¿Qué piensa de la polémica que se ha armado por los desfalcos de fondos que ha detectado una auditoria fiscal al Museo de Arte Moderno de Bogotá?

Aquí no les interesa edu­car a la gente para que entienda las cosas, sino polarizar todo. Todo quieren volverlo bipartidista; decirle a la gente: usted, está en con­tra de Coca Cola o en pro de Pepsi. No tiene sentido. Por eso en el caso de Gloria Zea yo detesto las gaseosas. En Venezuela no hay una Gloria Zea sino seis o siete y coexisten todas sin que la estabilidad democrática sufra mengua. Aquí las peleas son de barrio. Los de la cien contra los de la veintiséis, son la gallada de Gloria contra el clan de los Iregui. Nada se ha sofisticado. Somos un país pobre. No me interesan ni la sociedad actual ni la pasada. Vivo contento, me parece que todo lo que estoy viviendo está bien. Co­lombia no puede ser distinta ni el mundo puede ser distinto de lo que es. Simplemente, uno debe vivir y trabajar, no pretendo cam­biar nada. Mi arte es para recrearme, no estoy enviando mensajes. Hay gente que puede leer en mi obra crítica, ensoñación, eso es válido, pero ninguna de esas interpretaciones me impulsan a ha­cer mis cosas.

¿Cuál es la razón para que los homosexuales manejen y dirijan las galerías de arte? ¿Acaso tienen más sensibilidad que los heterosexuales?

Esos son temas que trató en los años 50, Pedro Restrepo Peláez. Es muy raro que el Ministerio de Cultura, que es un organismo que influye en el arte e indirectamente en las galerías, no haya editado aún ese volu­men.

Entrevista completa aquí