Las monocromías de Catalina Mejía

En general, no encontramos en esta nominada al Luis Caballero enigmas que espoleen el pensamiento; los estímulos gratuitos y sensoriales a los que somos tan proclives la mayoría de ciudadanos se desvanecen en goce, no logran transformarse en ideas. Aunque son muchas las calidades formales que podemos apreciar en la propuesta de Mejía, estas destrezas no tienen mayor relevancia para el arte contemporáneo si no existe una intelección de la época, así el jurado de selección nos quiera persuadir de lo contrario.

mejia-abrazoVeinticuatro planchas metálicas, unas de acero otras de aluminio, han sido emplazadas en la Galería Santa Fe, dentro del programa de artistas nominados al premio Luis Caballero, en su quinta versión. En medio de la masa fotográfica que agobia a la ciudad, esta muestra de pensamiento artístico es un respiro, una oportunidad para una ciudad masificada mediante diversas estrategias reprográficas, aislada de la palabra que separa y une a unos con otros, una oportunidad, digo, para evidenciar los males de nuestra contemporaneidad, nuestra bestia, como le gusta decir a Agamben. Es deber del artista no cortesano, asir su bestia, su siglo, nos dice el filósofo. Asirla es imponerle su forma desde la sombra que nos proporciona las tradiciones de las artes.

Catalina Mejía elabora la idea Palabraimagen Imagenpalabra en el lenguaje de la pintura ya clásica, aunque ciertamente moderna, atemperada con algo de un aparente conceptualismo apropiacionista. Ha tomado decisiones importantes, más sobre el montaje que para pensar los medios y los signos plásticos. El montaje no es cosa menor en este tipo de retos, como lo es morar en un lugar con el que muchos artistas han luchado para propiciar un diálogo con una entidad sorda. Pero tampoco es el aspecto más fundamental en un estudio abordado desde el pensamiento artístico y que tiene la pretensión de ser lo más avanzado de su época porque logra asirla. Se vuelve el aspecto más importante, sólo cuando el montaje es una alegoría, una estrategia para develar la bestia que nos ciega impunemente.

Mejía mira de cerca los gestos en que se desdoblaron los expresionistas abstractos y sus émulos posteriores. Se apropia de este lenguaje pictórico y lo expande en la Galería Santa Fe. Instaló las planchas en el sector occidental, dejando limpio el muro oriental, de tal manera que cuando el ciudadano o ciudadana entran en la Galería se ven sorprendidos in fraganti, descubiertos y capturados por los reflejos de la presencia metálica, e incorporados finalmente en ella. (El espejo, cuentan las historias de la conquista y la colonia españolas en América, es lo que más atrae al indígena. Una estrategia colonialista que no ha perdido su efectividad).

Las planchas reflectivas han sido intervenidas con propósito pictórico, algunos sectores fueron pulidos para contrastar las tonalidades y los brillos propios del metal con aquellos que el artista saca a la luz de manera artesanal. La naturaleza metálica del soporte impone su ley al entorno, su tono pictórico determina el emplazamiento en general y se expande al territorio de los ciudadanos. El tono acústico es frío y cortante, así la artista se haya empeñado en darle una calidez emotiva arrancada a unos grises hábilmente trabajados. Mejía ha expandido el gris que predomina en sus variaciones monocromas hasta el piso de la Galería y genera un contraste estético sugestivo con el blanco más tradicional de nuestros espacios expositivos. Siguiendo la tradición minimalista, las planchas han sido emplazadas a la altura del espectador, lo cual es un acierto, pues, los ciudadanos experiencian una relación más familiar con la obra, más propicia para el diálogo. Éste se dificulta cuando las obras hacen presencia desde un pedestal, o adosadas a un muro, en el caso de las obras bidimensionales. 

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Esta primera aproximación al emplazamiento metálico de Mejía nos sugiere el lenguaje apropiado para entablar un diálogo con los signos rudimentarios allí dispuestos: machas, chorreones, huellas de raspaduras y pulimentos, la misma presencia del metal con sus brillos y reflejos, entre otros. No obstante, no es mucho lo que estas marcas nos pueden decir, el lenguaje ha sido depurado de manera radical de la función connotativa que tienen los signos, reducido a una función estética, plástica, decorativa, en el mejor de los sentidos. Mejía resuelve entonces guiñar el ojo al conceptualismo. Muestra interés por el libro, por la historia del arte, por los genios de la pintura y la escritura artística, por sus dispositivos de exhibición, y nos plantea su problema: la tensión entre imagen y palabra en el campo plástico, viejo y aburrido problema metafísico. (Había escrito trillado en lugar de aburrido). Para acallar el protagonismo de la palabra en la cultura Occidental, manipula los signos para convertirlos en imagen, para silenciarlos, para vaciarlos de sentido, para disciplinarlos, para colocarlos al servicio de la bestia. Esta acción le permite movilizarlos con libertad, sin otro interés que el estético, que el de producir sensaciones, arrebatos, goces pasajeros, tal y como exige el régimen ilusionista de la sociedad de masas. Mejía realiza reprografías de los lomos de algunos libros sobre artistas o teorías del arte y los dispone con criterios esteticistas, en especial determinados por una preocupación por la composición. En un gesto que recuerda la acción de Johanna Calle, en Laconia, silencia algunos títulos tachándolos con pintura gestual. Acción estética más que política.

Una vez los ciudadanos y las ciudadanas hemos completado el recorrido a que nos tienen habituados los artistas en la Galería Santa Fe, procedemos a preguntar: ¿dónde está la bestia? ¿En dónde quedó nuestro siglo? ¿Qué siglo habita el pensamiento de Mejía? ¿Sus bestias han dejado de ser bestias que ya no las podemos ver? No hay la menor evidencia al respecto. No obstante, estas preguntas no son pertinentes: Mejía no tiene un interés crítico en sentido contemporáneo: sus preocupaciones son plásticas y si hay críticas son autoreferenciales.

En general, no encontramos en esta nominada al Luis Caballero enigmas que espoleen el pensamiento; los estímulos gratuitos y sensoriales a los que somos tan proclives se desvanecen en goce, no logran transformarse en ideas. Aunque son muchas las calidades formales que podemos apreciar en la propuesta de Mejía, estas destrezas no tienen mayor relevancia para el arte contemporáneo si no existe una intelección crítica de la época, así el jurado de selección nos quiera persuadir de lo contrario.


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POSDATA REITERANTE AL JURADO DEL LUIS CABALLERO

El prestigio del jurado de selección para esta versión, nos hacen prever que en esta oportunidad este jurado en algún momento se manifestará sobre el por qué unos artistas están y otros no. ¿Quiénes son lo que no están? ¿Por qué no están? ¿Porque las propuestas no son tan avanzadas como el pensamiento que implementan los jurados en su curaduría? ¿En verdad este jurado de selección es una curaduría disfrazada? Las curadurías agrupan los pensamientos de los artistas en torno al interés del curador, los artistas están a su servicio. Al contrario, los jurados deben comprender, resaltar y potenciar  los intereses personales de los artistas. De esta manera responden a los intereses del arte y los artistas.

Ahora, ¿quién responde por el interés público de nuestra ciudad? Pregunta superflua: lo público en nuestro país no tiene dolientes. Insisto, estoy seguro de que este jurado no padece el síndrome del conductor de bus público bogotano, cuya patología afecta a toda nuestra burocracia. No se quedarán con las vueltas que deben retornarnos a los ciudadanos y ciudadanas de Bogotá. Insistimos en reclamar las vueltas, así los conductores se despeluquen. La querella estética inactual planteada por Andrés Matute recientemente, nos obliga a considerar, precisamente en este momento, el si es aplicable a un jurado estético que opera en un campo esencial y positivamente político, el que considere por escrito algún impedimento ético, si se le llega a presentar, el que responda los requerimientos que en razón de sus responsabilidades le reclama la ciudadanía bogotana, una ciudadanía que se resiste a que los recursos e intereses públicos se conviertan en botín para feudos aristocráticos: sociales, académicos y artísticos. ¿Haber compartido intereses empresariales y profesionales en conjunto, no inhabilita éticamente a un jurado que haya compartido estos intereses con alguno de los artistas cuyo trabajo ha de juzgar?

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POSDATA REITERANTE PARA LA DOCTORA ANA MARÍA ALZATE RONGA:

La V versión del premio Luis Caballero ha sido mordisqueada, empobrecida por los administradores de los recursos de las ciudadanas y los ciudadanos bogotanos. ¿Para dónde emigraron estos recursos de la capital sonámbula? De nueve proyectos que fueron presentados en la IV versión –ocho nominados y una mención–, pasamos a seis nominaciones. ¿Tan pobre es la producción plástica colombiana? ¿Pobre en cuánto a qué? Dudo mucho que así sea. Ahora, ¿cuántos nominados tendremos para la VI versión? ¿La proyección son cuatro? ¿Por qué no tenemos un segundo jurado  que sirva de contraste para evaluar los artistas nominados y corrija los sesgos y excesos pseudointernacionalistas del jurado de selección? ¿La intención –¿perversa?– es que la endogamia académica termine por asfixiar este lugar para la libertad que podría ser el Luis Caballero?


Jorge Peñuela

4 comentarios

El arte en Colombia es excelente, como por nombrar una Doris Salcedo.
El problema es que los jurados y los críticos se quedaron en la caverna, firmando papeles.

Creo que Milton tiene un muy buen punto ahí… No creo que el señor Peñuela haya entendido o, más bien, creo que jamás le dijeron que hay distintas maneras de enfrentar las cosas. Si alguien decide enfrentar «la bestia del siglo» (como la llama con un tono grandilocuente que no viene al caso) con el simple hecho de ignorarla, creo que también es una manera válida de hacerlo. Pero, claro, es lógico, a un crítico que le gusta hacer ruido, porque eso es lo que hacen las palabras confusas y las preguntas retóricas que Ud. usa en su artículo, no se le puede pedir que se sienta a gusto con una obra que tiene como propósito eso mismo, decir poco. El goce estético no tiene nada de malo en medio de las obras tan malas con las que uno generalmente tiene que lidiar en los espacios expositivos de esta ciudad.

¿En qué quedamos?
¿Es o no es, más importante, el emplazamiento de las planchas que la búsqueda de una propuesta plástica?
Le aconsejo informarse del proceso pictórico de Catalina Mejía en los últimos veinte años.