La Curaduría En Crisis

En su última versión, la atípica bienal Manifesta tuvo lugar en Cartagena y Murcia (España) y se propuso como objetivo abordar los actuales límites entre Europa y el Norte de África, así como sus interrelaciones con la zona del Magreb. Estuvo a cargo de varios colectivos curatoriales que planteaban un diálogo con la región en el sentido social, patrimonial y político.

La curaduría es una actividad relativamente reciente que, en cuatro décadas ha realizado un ciclo de surgimiento, esplendor, saturación y ahora mismo vive unos momentos de confusión y cuestionamiento. Surgida paralelamente a las prácticas de los años 60 y 70 (con Harald Szeemann como uno de los primeros referentes), la figura del curador vivió en los 80 y 90 un momento de protagonismo absoluto. Es entonces cuando se profesionaliza y surgen los programas de formación en curaduría.

Iniciada en el año 1996, Manifesta, la bienal europea de arte contemporáneo ha cumplido este año su octava edición. Dado que desde sus inicios se ha autoproclamado como un «experimento con metodologías y modelos curatoriales innovadores», un repaso por su historia y, especialmente, la de sus curadores puede convertirse en ilustrativa de esta evolución de la curaduría y de su crisis actual.

La primera edición de Manifesta tuvo lugar en Rotterdam en el año 1996. Sus curadores fueron Katalyn Neray, Rosa Martínez, Viktor Misiano, Andrew Renton y Hans-Ulrich Obrist. Es decir, una suma de perfiles internacionales e independientes que han ido repitiendo en bienales y grandes eventos. Manifesta 1998, que se celebró en Luxemburgo, sirvió de plataforma a la carrera internacional de sus curadores Robert Fleck, Maria Lind y Barbara Vanderlinden.

La rueda de prensa de Manifesta 3, en Ljubljana, en la que sus cuatro curadores, Francesco Bonami, Ole Bouman, Maria Havajová y Kathrin Rhomberg, no accedieron a sentarse en la misma mesa para defenderla, evidenció el fracaso del experimento de formar un equipo curatorial aleatorio y de orígenes geográficos diversos. En su cuarta edición, Manifesta aterrizó en Frankfurt y sus curadoras, Iara Boubnova, Nuria Enguita Mayo y Stephane Moisdon-Trembley trabajaron más unas directrices de consenso que de debate intelectual. En la edición 5, en San Sebastián (2004), el equipo curatorial se vio reducido a dos, Massimiliano Gioni y Marta Kuzma, que parecieron desarrollar dos Manifestas paralelas que cruzaban sus caminos puntualmente.

Manifesta se trasladó a Nicosia en el año 2006 con vocación de incidencia real en el contexto, a partir de la propuesta de crear una escuela de arte, es decir, que el paso de Manifesta en Nicosia significara sentar unas bases para empezar a trabajar en arte. Los problemas políticos y de división del país obligaron a cancelar la propuesta y no deja de ser curioso que en la página Web de Manifesta (http://manifesta.org/manifesta-6/) figure como «cancelada» y no aparezcan ni siquiera los nombres de los curadores.

Anselm Franke/Hilla Pelleg, Adam Budak y Raqs Media Collective fueron los curadores de Manifesta 2008 en Trentino, Alto Adige. Y este año, que se ha celebrado en Murcia, tres colectivos forman esta curaduría tripartita, que en realidad ha generado tres exposiciones independientes. Alexandria Contemporary Art Forum, Chamber of Public Secrets y tranzit.org son los nombres de los tres colectivos con miembros repartidos casi entre los cinco continentes en un ejemplo supremo de deslocalización.

Pero lo más preocupante es la manera en que estos colectivos se definen y plantean sus propuestas. Transzit.org, por ejemplo, se presenta como «un colectivo de unidades de producción cultural autónoma». La opacidad de su lenguaje y la acumulación de tópicos y lugares comunes de su discurso queda muy bien reflejado en el reportaje sobre Manifesta realizado para el programa de televisión Metrópolis.

Las ocho ediciones de Manifesta ofrecen un buen mapeo de la evolución de la curaduría, desde la ubicuidad y la intensidad de Obrist hasta la actual disolución de la autoría, de la ubicación y parece que también de las ideas. Demasiados códigos aprendidos y poca visión. Demasiada autoreferencialidad. El foco ha pasado a ser la proyección profesional y no tanto la visión y el riesgo. Si a esto añadimos la sobresaturación de profesionales y de «curadores internacionales» y la contención de las instituciones en sus programas, ¿cuál es el futuro de la curaduría independiente? Podríamos aventurar que repensarse, investigar a fondo, plantear cuestiones relevantes, apostar más por el contenido y por el rigor y menos por las estrategias de networking. Acercarse a otras disciplinas, explorar formatos y otras formas de comunicación y, desde luego, olvidarse de la autoreferencialidad. Lo dicho, reinventarse o morir.

Montse Badia

publicado por A Desk*