Un amigo mío me llama para reprocharme el hecho de que yo tenga un espacio para escribir acerca de la actividad teatral en Colombia “y me limite a hablar bien de los montajes”. En otras palabras, a mi amigo le parece (y no es el único, se los aseguro) que escribir “bien” sobre la actividad artística, no es hacer crítica. La crítica tiene que engolosinarse en “hablar mal” o, de lo contrario, no se justifica. La revista cultural “El malpensante”, para no ir más lejos, organiza un evento anual en el que su lema promocional es “pase bien, hable mal”, estableciendo como gancho publicitario el hecho, palabras más palabras menos, de que “se va a rajar” de lo divino y de lo humano. El año pasado participé en dos conversatorios de dicho festival y asistí a una decena de eventos de la programación oficial y, en realidad, poco “se habló mal” y el público coincidió en que casi todo el mundo “pasó bien”. Pero me sigue rondando en la cabeza la llamada de mi amigo. ¿Tengo que hablar mal de los montajes teatrales (o de los conciertos, o de la ópera, o del ballet) para estar haciendo una crítica efectiva?

En primer término creo que, con el hecho de “estar hablando bien” de los espectáculos que se presentan en Colombia, de alguna manera, estoy “hablando mal” de nuestra prensa escrita que se limita a registrar de refilón lo que sucede en nuestros teatros y en nuestros espacios artísticos. Quiero decir que el hecho de darle importancia a algo que no se registra, estoy evidenciando que los medios omiten la reseña, la reflexión y la guía inteligente de los espectadores. O sea que “hablar bien” también tiene su lado, si se quiere, “subversivo”. De otro lado, siempre me ha parecido injusto el equilibrio entre la actividad de quien comenta un trabajo artístico y del que la realiza. El artista se convierte en una suerte de gladiador, expuesto a la picota pública por el hecho de atreverse a montar, a escribir, a pensar durante meses o años un producto artístico. El crítico despacha el trabajo con un comentario escrito a la carrera o, peor, con unas estrellitas que “califican” los esfuerzos. Y hasta allí llegan los montajes. “Es la ley de la vida”, se me dirá. Pero no siempre las leyes de la vida son justas.

Hace poco, el artista (y porqué no, el crítico) Lucas Ospina escribía, a propósito de la película “Los viajes del viento”: “La crítica generada por la película ‘Los viajes del viento’ de Ciro Guerra puede ser de dos tipos: sensiblera o malparida”. Y tiene razón. Pero no sólo acerca de la película colombiana. Creo que el maniqueísmo del público se limita, necesita de lo pasional o de la mala leche para poder expresarse acerca de cualquier trabajo artístico. En mi caso, procuro irme por el lado entusiasta (se me va la mano con mucha frecuencia, lo reconozco) y prefiero no referirme a los montajes que no me gustan. Claro que me gustan las diatribas. Me siento tentado a recurrir a ellas con mucha frecuencia. Pero, en este momento, me parece mucho más importante compartir con los lectores mi entusiasmo sobre las obras o los espectáculos que me conmueven, antes que deleitarme con el deporte favorito de los colombianos: comer prójimo.

Anoche (escribo el 11 de junio de 2009), para no ir más lejos, estuve en las antiguas instalaciones del Matadero Distrital (conocidas también como “la Duanilla de Paiba”), ruinas en las que, según cuentas, se construirá en un futuro, ojalá próximo, las nuevas instalaciones de la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. Anoche, en una actividad multidisciplinaria, músicos, artistas plásticos, bailarines y actores se unieron para crear una serie de acciones de gran impacto. A pesar de las condiciones, a pesar de que se les robaron todas las instalaciones eléctricas, a pesar de la hora y del partido de fútbol de la Selección Colombia en la televisión, los cientos de testigos que nos dimos cita en el Matadero nos sorprendimos en estas laberínticas ruinas, convertidas en un escenario de múltiples lecturas. Jóvenes actrices vestidas de negro gritaban nombres de seres desaparecidos. Una pantalla de video, colgada en una pared descascarada, mostraba imágenes de la matanza de Tlatelolco, emparentada con los “falsos positivos” colombianos. Una cantante, en medio de los asistentes, entonaba una melodía que parecía venir del purgatorio. Un vendedor de bebidas aromáticas se confundía con las sombras de los asistentes, que nos perdíamos entre los cuartos con hamacas azules, bailarines estáticos pintados de blanco, carniceros que cercenaban un cuerpo inerte o huesos y botas de caucho colgando del aire. Toda una aventura entre macabra, divertida y fascinante.

¿Debo engolosinarme en “acabar” con la experiencia? En absoluto. Me parece mucho más importante destacar este acontecimiento único e irrepetible, valorar cómo en el antiguo matadero ya no se mata sino que se reflexiona, informar que en la calle 13 con carrera 34 cientos de personas se reunieron a una hora absurda para conmoverse con los riesgos inesperados de las manifestaciones artísticas. Ahora bien: existe también la posibilidad de saltar, como el niño de “El nuevo traje del emperador” y gritar que nada de eso es Arte y que el Matadero Distrital no es más que un paisaje en ruinas del que se “aprovechan” un grupo de mal llamados artistas para hacer de las suyas. Y despachamos el acontecimiento y nos sentimos muy inteligentes y valoramos nuestra audacia y condenamos a la Facultad de Artes de la Universidad Distrital a que se tambalee. ¿Triunfamos? Para nada.

Prefiero, por consiguiente, aferrarme a mi espíritu positivo (que cada vez más escasea) y concluir estas líneas manifestando mi profundo y real entusiasmo al ver cómo la naturaleza y el desastre se pueden unir, de manera inteligente, con la sensibilidad, el riesgo y la provocación. El mundo no está, ni estará, por lo visto, nunca, como para ponernos a criticar artistas y conducirlos sin vaselina al escarnio de los escépticos o llevarlos con artículos de afán, cómo no, al matadero.

Sandro Romero Rey

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