Ejercicios

El paisaje social de la violencia interna se ha convertido en el insumo que alimenta a un sector del arte colombiano, bajo el rótulo de arte político. Uno de sus mejores exponentes acaba de ganar el premio Luis Caballero en su versión 2013.

Si las guerras determinan los cursos de la historia en buena cantidad de casos, la guerra contra las drogas –una agenda impuesta- ha sido un factor determinador de la última modernidad en Colombia. Y atada a este fenómeno, formas establecidas del poder y nuevas formas del poder en Colombia encontraron el oxígeno económico para desarrollar sus diferentes estrategias políticas amparadas en el uso de las armas.

Esta última fase de los ciclos de violencia genera una entrada a la modernidad tardía por fuera de la modernidad dominante, y con toda probabilidad, elabora otras formas de pensamiento diferentes a las narrativas del Atlántico Norte.

La barbarie negativa es la guerra, pero la barbarie positiva es el capital. Y aunque parezca una completa reiteración hablar de barbarie negativa o un total contrasentido hablar de barbarie positiva, existe la posibilidad de que la crueldad de la última guerra que azotó al mundo siga arrastrando su cadáver transformada en otras formas de violencia, como si después de Auschwitz todo hubiera cambiado tan poco.

Existen pocos países en América Latina cuyos agentes dominantes hayan mantenido una línea estable tan apegada al libreto de las políticas de Washington como la clase dirigente colombiana, y presumiendo que el enemigo les podía estar ganando las batallas a finales del siglo XX como fue –verbigracia- la toma de Mitú (Vaupes), había entonces que equilibrar las fuerzas y para ello estaba el Plan Colombia.

Desde entonces, hacer ficción a partir de esta realidad empapada de sangre –como una epopeya severa que había que estetizar- se volvió una condición del arte y ya no son los hechos lo que importa, sino lo que el arte hace con ellos en un mundo soberano –las microeconomías culturales del artista- donde cualquier cosa puede ocurrir.

Catarsis, sublimación, representación de la experiencia trágica, gestos de reparación simbólicos,  reencuentros alegóricos con el pasado para entenderlo mejor, y todas esas buenas intenciones que se le cuelgan al arte, como estrategias redentoras para encontrarle salida a lo que nos oprime, inflando las acciones públicas del arte con el noble propósito de hacer menos pálida la condición humana.

De esta manera el artista, como buen sacerdote que media en estas transacciones, mitifica su figura en el terreno de lo sensible y de aquello que escapa al control del capital, o al menos eso es lo que se cree.

El último gran chamán del arte colombiano se llama José Alejandro Restrepo. Y amparado en estrategias interdisciplinarias, arma unos combos que tienen de todo un poco. Desde textos guiados por una lógica contundente en apariencia, pasando por videos, impresos y dramaturgias que configuran una puesta en escena que podría parecer impecable, como un curso de acontecimientos (happenings) calculados siguiendo el rastro de la realidad.

Sin embargo, la obra de José Alejandro Restrepo conserva elementos de la tragedia griega que no lo llevan hacia el teatro propiamente, sino a estados de representación híbridos en cuanto al medio que los pueda definir, añadiendo unas perspectivas donde se fusiona arte, teatro y filosofía.

Así como existen los violentólogos sociales, el arte cuenta con su violentología sensible, un campo que merece urgente un lugar en la academia bajo el título irrebatible de “estudios estéticos sobre violencia”.

¿En dónde está lo político del arte político? Lo político en el arte es la manera más sofisticada de hacer ficción con las formas trágicas del morir en las sociedades no desarrolladas.

Parece que basta con citar a manera de collage surrealista y mediante diferentes canales, las imágenes de los medios de información que inundan la mente peregrina del espectador mientras digiere la masa informativa, para que el artista cumpla con la cuota que exige lo político en el arte. Lo demás es un buen guisado formalista a partir de la interacción de diferentes medios, incluidas por supuesto, las esperanzadas revelaciones del libreto conceptual de una mente ilustrada.

Es como tratar de convertir un funeral en un carnaval disfrazado de conmiseración ajena o apelando al lenguaje académico de las cosas, la transmisibilidad estética de la violencia.

No pasemos por alto que los artistas políticos en muchos casos hablan desde la experiencia indirecta de la tragedia que relatan. Son los mejores haciendo observación participativa a distancia, como estudiantes aprendiendo las virtudes de ser médico por correspondencia.

Una de las líneas argumentales de Restrepo es la iconografía católica y su aparato político –la iglesia- buscando desmitificar sus elaboradas maniobras para construir su imperio del control espiritual -guía la mente del consumidor y controlarás lo que compra dicen los gurús de la publicidad. En otros casos, son los rostros y las imágenes de la violencia que se irradia por doquier siempre medio ocultas, medio evidentes.

Restrepo está interesado en deconstruir las finas piezas que como una delgada fibra de asbesto, integran los mecanismos del poder a la instrumentalización de las imágenes que producen el mito, la religión y las dictaduras del control social. No sólo son políticas letales que aíslan y excluyen espiritualmente, sino que matan físicamente.

Y sin embargo, para derruir estos mitos, el artista crea otros mitos. Frente a ellos el crítico cultural debe intentar razonar.

Sobra decir que todo este collage surrealista y fragmentario teatralizado en los recintos de la cultura local (una sala de teatro adscrita a una empresa que ha monopolizado el discurso del teatro en  Colombia durante los últimos años) es la expresión pública de un sistema del arte –bien engrasado- frente a la violencia en Colombia, por medio de un artista ampliamente integrado al establishment, con representaciones meridianamente apocalípticas suspendidas en el punto donde la resistencia del público podría volverse añicos. Eso no se puede tolerar.

Al fin y al cabo se trata de construir un nombre, un prestigio, un éxito si queremos llamarlo así.

No hablamos de un outsider, sino del productor amigable con el medio ambiente cultural cuando de poner a pensar y suspirar a la galería se trata, enmendando el horror en un pastel digerible para las lúcidas mentes del pequeño universo intelectual bogotano.

Y la pregunta que sobrevive es ¿se cumple esa promesa? No veo esto muy claro y lo que queda es solo una estela de imágenes que el espectador recompone en su aparato sensible, que apelan más a lo poético (esa cosa tan etérea y vaporosa cuando de entender lo real se trata –por ejemplo, una masacre de campesinos indefensos) que a un sentido razonado que contribuya a dilucidar la máquina de la barbarie que crea la guerra.

Estoy por pensar que un mejor creador es Hollman Morris y su colectivo interdisciplinario de artistas del Canal Capital, que con sus extraordinarios programas de televisión ayudan a entender todo esto mucho mejor, y que José Alejandro Restrepo se ha convertido en un buen prestidigitador multifuncional que echa mano de toda esta oferta narrativa y visual para ponerla en una balotera, y extraer de ahí divertidos números que poco y nada contribuyen a desenmarañar lo que nos pasa; solo sabiamente actúan para arrancar suspiros “conceptuales” entre el público. No pienses tanto, la vida es terriblemente miserable y aquí te ofrezco la pócima para que consueles tu alma enferma –parece ser la consigna. Y al final de la función, la vida sigue igual.

La lógica del horror solo provoca entretenimiento en el arte, cuando los nodos que la configuran permanecen en la oscuridad. Si la belleza es la verdad, esta está en deuda, excepto entre sus coleccionistas.

 

Guillermo Villamizar

 

PD:

Facebook

En días pasados Jairo Valenzuela expresó su satisfacción por el premio otorgado a José Alejandro Restrepo, mediante un comentario que puso a circular por Facebook, donde escribió: Muy contento por el Premio LUIS CABALLERO otorgado a José Alejandro Restrepo, muy merecido! UEPA JE!

Jairo Valenzuela y su galería son proveedores diligentes de la colección del Banco de la República. Existe información donde aparece que Valenzuela Klenner y Cia Ltda ha vendido video instalaciones al Banco por $34.980.000.oo y $69.3600.00.oo. Estoy seguro que después del premio, el alegre galerista podrá pujar más alto, aquí y en el mercado internacional del arte político, al fin y al cabo ese nicho hay que abastecerlo, en la medida que la inoperancia política del arte político lo convierte en una atractiva mercancía.