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Intercambio

 

Medio de transporte habitualmente utilizado por egresados universitarios para surcar el horizonte e ir a especializarse en entidades extranjeras de educación superior. Imagen tomada de edunews colombia

Dos amigos sostienen una charla virtual donde tratan de convencerse que en este país sí vale la pena, o no, estudiar un postgrado en teoría de arte (historia del arte) o con efectos en el campo artístico (filosofía, estética, estudios culturales). Sin comentar las profundas desviaciones ontológicas que sufren aquel o aquella que se dedican con exclusividad a una esfera del universo intelectual, hay algunos temas que estos dos amigos discutieron y que quizá sirva mencionar. Mientras uno decía que el conocimiento que se produce/consume aquí es “de mentiras”, derivacionista e irrelevante; el otro se basaba en la misma afirmación para indicar que habría entonces bastante por hacer. Mientras uno comentaba lo difícil que era endeudarse estudiando afuera para volver a trabajar en funciones-basura, pues debía pagar el favor –en algo que dio en llamar “servicio militar académico”-, el otro destacaba las virtudes de aquellos (pocos) países donde la educación ultrasuperior es subsidiada.

La primera distinción podría comprenderse mejor observando el siguiente esquema. Por más paranoico que suene, ya hace algún tiempo un grupo de gente en una ciudad europea decidió que el sistema universitario debería ser (más) productivo. Universidad-empresa bautizaron al engendro, y sus cualidades serían las de

a) Reducir los beneficios universales que otorgaba el saber universitario adquirido (“¿Pagaste bastante por aprender filosofía o Ciencias Humanas? De malas, la inversión no se reflejará en tu salario. Debiste haber escuchado a tu familia y meterte a ingeniero”);

b) Investigar solamente a condición de generar réditos (“¿Luego de que entraste a trabajar a esta universidad quieres estudiar lo que te dé la gana, por que sí y quizá sin llegar a ninguna parte? De malas, nadie te patrocinará semejante majadería experimental”);

c) Hacerlo en instituciones administrativamente debilitadas (“¿Cree que por trabajar en una oficina de servicios generales de una universidad tiene garantizado algún beneficio laboral? De malas. No.”; “¿Crees que te mereces un buen salón para dictar tu clase? De malas, tampoco.”)

Para nuestro contexto, lo último, la imposibilidad de una estabilidad laboral, es una bonita distopía a la que un inteligentísimo expresidente colombiano contribuyó con denuedo. Las otras dos cosas resultan más bien complicadas de entender, pues ¿cómo tener una institución universitaria fuerte, que genere beneficios económicos a largo plazo y atraiga masas ávidas de conocimiento? No se puede negar que en este país funcionan programas de maestría en los que trabajan docentes altamente especializados. Tampoco que dichos programas tienen procesos de admisión rigurosos. Sin embargo, al entrar en la cuestión de cruzar los resultados de las ecuaciones:

(Equivalencia de esfuerzo académico/efectos en la sociedad), ó

(Resultados de grupo-de-investigación-avalado-por-COLCIENCIAS/beneficio social),

la retórica termina dándole la razón a aquel –y la expresión no es una contradicción- populismo tecnocrático que, descaradamente, levantará su dedo para decir “he ahí un desperdicio de inversión”. Hablemos de artes visuales. En el hipotético caso de que uno logre meterse de lleno en una universidad (es decir, con un contrato de los que garantizan 14 salarios al año, salud y jubilación), debería esforzarse por producir conocimiento. Pero en el caso de la producción artística el asunto no es tan fácil, pues resulta casi imposible convencer a las instancias de apoyo que sirve de algo patrocinar inversiones de dudoso retorno, como la experimentación visual. Es decir, ¿hay un ítem que permita acceder a patrocinio –público o privado- para investigar un tipo de producción visual que no produzca recursos inmediatos? Y si lo hay ¿cuántos ítems  adicionales hay que entregar  para “garantizar” la viabilidad del proyecto? Pregúntenle a quienes enuncian con orgullo en sus hojas de vida que tienen, conforman, crearon, conviven, con un grupo de investigación avalado en COLCIENCIAS. Pregúntenles de verdad.

Ahora, una de las cosas que exigen quienes decidieron hacer de la universidad una empresa, es la de extender los resultados de un programa de estudios un poco más allá de las fronteras donde se ubica su sede. Entonces los índices para publicaciones universitarias, los medidores de citación, el censo de premios y distinciones de quienes trabajan allí, etc., pasan a ser variables importantes. Así, continuando con las artes visuales y afirmando que hay algunos trabajos artísticos o editoriales colombianos indexados en bases de datos internacionales; respecto a lo demás cabría preguntarse si ¿hay investigaciones universitarias en artes visuales del país que resulten significativas para la esfera intelectual del resto del mundo? Ó ¿cuál es el intelectual de las artes visuales locales más citado fuera del país –por gente distinta a sus conocidos-? Ó ¿Por qué se lo cita? ¿Por alguna investigación o proyecto realizado o por los amigos que tiene? ¿O por lo mala gente que es con quienes considera jerárquicamente inferiores? Ó ¿Porque repite la misma clase desde hace dos décadas?

La situación es interesante, pues vemos que nuestras universidades se hallan metidas de lleno en la implementación del Tratado de Bolonia, pero al mirar la plata blanca que cuesta hacerlo dentro de nuestras facultades de arte –o que ni siquiera se ha invertido o que difícilmente hará parte de las actividades de proyección de decanaturas y cuerpos facultativos-, no hay ni una conciencia clara de lo que cuesta hacer ese cambio ni, por el contrario, hay voces contrarias a su aplicación. Resultaría millones de veces más interesante conocer una propuesta alternativa a la homogenización de Bolonia, surgida de alguna facultad de artes colombiana. Pero, por favor, la cosa apenas está en hacer bien la tarea y pasar de agache. “Asumir un bajo perfil” dicen los periodistas: crear publicaciones, indexarlas prontamente, tratar de que todos los profesores tengan maestría, contratar de tiempo completo a algunos, decir que se financia la investigación trayendo profesores de universidades extranjeras, hacer fiesta cuando un egresado –de entre mil- se vincula con un proyecto museístico o una bienal extranjera.

Lo del servicio militar académico. Bien es sabido que no hay nada gratis en esta vida, mucho menos si se trata de educación universitaria. Y si uno mendiga un préstamo o busca una beca estatal o de financiación mixta, quizá, probablemente, en algún momento, deba pagar. Chévere que la especialización fuera gratuita, que como en países interesados –ellos sí, realmente interesados- en estimular la formación universitaria productiva y no empobrecedora la cosa no costara y que la retribución apuntara a la posibilidad de crear beneficios medibles en el contexto social. Que le quitaran la palabra a los tecnócratas-populistas que acusan a la inversión en artes como un patrocinio de individualidades que le salen carísimas a quienes las apoyan (sus padres, sus países, sus empresas).

De otra parte, que una persona acepte presentarse a una beca sabiendo que debe volver y emplearse en labores que probablemente no resulten tan dignas con la altura intelectual que adquirió por fuera, o que acepte un préstamo en pesos para pagar una deuda en dólares o euros y luego, cuando llegue, empiece a quejarse porque le toca hacerlo, la cuestión no es tan difícil: se aceptó un trato inequitativo, se aceptaron sus condiciones ¿por qué no cumplirlo?

El pragmatismo de este proceso no es necesariamente deseable, muchos lo sabemos. De ahí que también resulte interesantísimo  preguntar por qué no se generan alternativas de parte de tantos Doctorandos o Mágisters agobiados por labores ignominiosas como contestar el teléfono, ir a reuniones inútiles y ver gente pelear por el presupuesto de tableros y pupitres, y estando ansiosos por cada nombramiento burocrático, en vez de hacer la-gran-investigación-curatorial-que-los-pondría-finalmente-en-el-foco-internacional-y-así-terminar-tratabajando-en-la-Tate.

Colombia no es tan aburrido. Cierto, y cuando uno al fin puede largarse y vuelve, compara. Y de pronto, muy de pronto, encuentre que hay cosas que aquí funcionan peor de lo que deberían. Una de ellas, el sistema universitario de postgrados. Pero de ahí a ponerse en la situación de víctima ante un proceso de financiación oneroso hay un trecho que valdría la pena discutir, para incluirlo, por ejemplo, dentro de los alcances de la reforma educativa que ahora mismo se está discutiendo y que en abril de 2012, si se sigue el cronograma del Ministerio de Educación, se volverá a proponer.

PD: Un saludo a la MANE, ¿Ya saben qué hacer con el desinteresado apoyo que les brindaron desde IDARTES? ¿Ya están seguros de que esta invitación no fue un poquitito oportunista? Sean felices, por favor, y no desfallezcan.

 

— Guillermo Vanegas