Impacto e imagen sobre Nueva York

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Cuando se es aficionado con obsesión a los cambios inmensos y las rutas impredecibles de la fotografía contemporánea, el International Center of Photography de Nueva York no siempre presenta exhibiciones en esta dirección, y es posible, como en este caso, que se encuentre con una exposición de los clásicos de la historia de la fotografía como Henri Cartier-Bresson, Brassaï, André Kertész y Man Ray mostrando la fotografía surrealista que se hacía en los años veinte y treinta en París. Estas imágenes ya han sido publicadas hasta la saciedad y una exposición más ya no presenta interés, además en Nueva York no se puede perder tiempo en cosas ya vistas. Lo que sí es imprescindible del ICP es su tienda de libros, donde no sólo esta lo clásico, sino toda la gama de novedades y rarezas de la fotografía actual.

Sin la intención de entrar a las salas de exhibición, y ya al interior de la tienda, se observaba una mesa que mostraba el catálogo, un libro y unas postales de un artista fotógrafo que desconocía por completo: Miroslav Tichý  (pronunciado Míroslav Tiki, según se podía escuchar en un video que también se presentaba). Parecían unas fotografías borrosas, un poco primitivas y una versión más de las fotografías experimentales del siglo XIX que también ya están re-vistas. En la medida que se fueron sucediendo las páginas del libro que hojeaba, primero fue lo intrigante de la obsesión temática que se centraba únicamente en la mujer, después la coherencia total de la visualidad que presentaban todas las fotografías, y en determinado momento, la concepción serial que tenían las fotografías, descartaba cualquier visión ingenua o primitiva de lo real. Era nítido que había que entrar a ver la exposición.

Al iniciar el recorrido todo ocurre de sorpresa en sorpresa y de sobresalto en cada una de las obras. Las fotografías son borrosas, desenfocadas, con manchas abiertamente notorias, algunas parcialmente rotas, otras resaltadas en sus bordes con trazos de lápiz, las rasgaduras abundan y la óptica en general se puede catalogar de deficiente. Pero el escepticismo dura muy poco, inmediatamente uno se siente ante algo excepcional, y en vez de protestar por la transgresión inusitada de toda la historia de la fotografía, se pone de lado de esa desobediencia. Inmediatamente las imágenes muestran que no es una infracción deliberada a las normas, sino que la violación de esos preceptos ocurre por un deseo infinito de plasmar la belleza del mundo y de los seres que lo habitan. El espectador se hace cómplice porque el encuadre es fresco y natural. Es claro que Tichý no levantaba la cámara para mirar por el visor, la dirigía donde el mundo sucedía sin más: “mostrando lo que sucede cuando nada sucede”. Esta fue la única frase que me interesó de las insoportables guías pedagógicas que no dejan ver nada en los museos actuales.

¿Cuál es la diferencia entre una obra borrosa que conmueve el alma y otra que también es borrosa pero pasa desapercibida? En las fotografías de Tichý las imágenes son borrosas; en las que no despiertan interés, no es que sean borrosas, es que quedaron así. Una cosa es que una cosa sea así, y otra cosa es que quede así. El mundo que captura Tichý más que real parece evocado, más que cierto parece soñado, más que verdadero parece ideal. Tichý es platónico hasta los tuétanos y de ingenuo no tiene un ápice. En la morada subterránea en forma de caverna que describe Platón, ¿qué pasa cuando el encadenado que sólo veía sombras está libre y ahora puede mirar de frente la luz y los objetos de los cuales antes solo veía sombras proyectadas? Platón responde: “a causa del encandilamiento sería incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes” (515c). Ese encandilamiento está en las fotografías de Tichý, ese resplandor enceguecedor se posa sobre los cuerpos de todas las mujeres que plasmó, donde parecen seres alados, almas en pleno, antes de precipitarse al abismo que constituye la carnalidad, la cárcel del cuerpo.

Miroslav Tichý nació en 1926 en Kyjov, Moravia, República Checa. Estudió en la Academia de Artes de Praga, pero cuando el régimen comunista se instauró en 1948 y cambió las modelos desnudas de la escuela por fornidos trabajadores de overol, Tichý se devolvió a su natal Kyjov, se aisló por completo,  y recuperó en sus periplos diarios de 100 fotografías por toda su pequeña localidad, a las mujeres que el régimen le había arrebatado. La película que acompaña la exhibición es tan impactante como las fotografías. Miroslav aparece con un abrigo raído, las fotografías están en el piso en una especie de hibernación que el polvo les proporciona. El que hoy es un héroe local, antes era un viejo loco que caminaba con una cámara hecha de trapos viejos y que todo el mundo creía que en medio de su locura simulaba tomar fotografías.

Pero las sorpresas no terminan. Cuando uno gira para pasar a ver más fotografías expuestas, en una urna herméticamente sellada, aparecen las cámaras de Tichý: son hechas de retazos, de tubos de papel higiénico, de tapas de botellas. Aún así, tienen una presencia deslumbrante: las esculturas blandas de Oldenburg parecen un juego de guardería. En el video, el crítico suizo ya fallecido, Harald Szeemann se pasea por una exposición de Tichý, y mirando uno de sus desenfoques, dice con humor: “es un magnífico Richter.” Otra curadora agrega: “Haacke queda como un principiante.”  Las afirmaciones de Tichý son tan genuinas como espeluznantes. “A nadie le importa lo perfecto”. “Para hacer algo interesante tienes que tener una cámara mala”. “¿Cuarto oscuro? Para qué, la noche es mi cuarto oscuro.” Obviamente son afirmaciones sólo válidas para una interpretación del mundo tan inédita como la de él, y de una falta de prejuicios arrasadora.

Todas las fotografías, realizadas entre 1960 y 1980, tienen un pequeño cartón que las enmarca y, aunque a primera vista parece un gesto intrascendente, es un hecho importante de su obra. Tichý les ponía cartones de colores, les hacía guardas, volutas y diseños personales a cada una de sus fotografías. Claramente no lo hacía para exhibirlas, era un gusto que se daba a sí mismo. Si uno observa en detalle y con detenimiento, se da cuenta que el pequeño marco tiene una relación formal con la fotografía que resalta. Cuando le preguntan si le daría “placer” hacer una primera exposición individual en Zurich, contesta que “placer” es una palabra efímera y no importante para él, además a quién manifestaba su deseo de comprar un lote de sus fotografías, con una maliciosa sonrisa lo envía al Louvre donde él cree se puede conseguir arte.

Finalmente, un hecho decisivo en sus imágenes, y que ya se había mencionado, es que son tomadas con cámaras rudimentarias hechas por él. Generalmente el desacople de un lente que genera borrosidad es logrado con un movimiento del objetivo, en Tichý es la visión que tiene la cámara hecha a mano. Por eso lo que inicialmente parece un error, termina siendo la coincidencia total entre pensamiento y captura, o lo que es lo mismo entre idea y técnica. La imagen es para Platón una pérdida de ser de segundo grado, porque se aparta doblemente de la idea que es para él la verdad. Tichý no pretende mostrar el mundo, es platónico porque lo devuelve al mundo de las ideas, dejándonos una inquietante pregunta que le crea a su obra una total contemporaneidad: ¿qué es lo real?

Luis Fernando Valencia

*Pueden verse fotografías de Tichý en www.tichyocean.ch