Hal Foster, la ausencia de un arte vivo

Los días transcurren sin tropiezos para Hal, en las noches alguna escapada a los restaurantes de moda o cualquier otro tic turístico, las arrugas de la ciudad no son tan accesibles y a pesar de poder encontrarlas todavía, no faltará quién intervenga en la ingesta del botín, las enrejadas del centro de Bogotá encontrarán su paralelo en el cuaderno del etnógrafo, la suciedad será otro rasgo previsible…

Colombia ya no es una República Bananera. En la sala impoluta del Banco De la República,  el bastión económico y cultural de Colombia, Hal Foster abre su portafolio de pensamientos críticos, los mismos que han sido diseminados pacientemente en otros rincones de América, de la América Latina. El lenguaje puede ser el mismo en la sala de Bogotá o en Buenos Aires, quizá encuentre todavía alguna resistencia en Bolivia donde sus habitantes desistieron de McDonals y prefirieron las empanadas de siempre, el ingreso per cápita de sus habitantes es demasiado mísero para ingresar en la esfera multicultural. Pero  en Bogotá y en Buenos Aires, en Lima,  se puede apurar una Mc al son de la nueva discursividad. Las calles de Bogotá son sucias y están rotas, pero sus habitantes comprenden de qué trata esta nueva sociabilidad, estamos conectados a pesar del desfalco administrativo. No hay sobresalto en el público, la escena se conecta, los asistentes se encuentran provistos de los aditamentos críticos necesarios, el Banquete es plausible. Los días transcurren sin tropiezos para Hal, en las noches alguna escapada a los restaurantes de moda o cualquier otro tic turístico, las arrugas de la ciudad no son tan accesibles y a pesar de poder encontrarlas todavía, no faltará quién intervenga en la ingesta del botín, las enrejadas del centro de Bogotá encontrarán su paralelo en el cuaderno del etnógrafo, la suciedad será otro rasgo previsible. Las calles de Bogotá estarán muertas ante la mirada taxativa del curador multicultural. La Información se arma de paciencia para  postproducir la suciedad, el vómito y la maldad, nuestra violencia, todavía agazapada en la tierra y en la arena que se cuela por las grietas del asfalto. Un readymade descarnado, apto para el uso y la descarga. Inventariado. Previsible. En su contorsión provocadora y obscena la prostituta hace un guiño, pero todavía hay una grieta, un instante en que el límite pareciera abrirse y poder respirar un aire vivo, es sólo una sensación extrema de momento, un sudor fuera de lugar, casi inédito, entonces ella colabora, participa, se hace promiscua. Está muerta. El la observa como la serpiente observa a su víctima, se da la vuelta, ha obtenido lo que buscaba. Hal Foster rememora la escena del paralaje con cierto rubor, será una anécdota productiva para la próxima charla.

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Claudia Díaz, Noviembre 2011.