Florecita rockera en el museo: una exposición en diferido

Esta exposición parece un salto en el tiempo. Hay una sensación de diferido, como si esta exposición se hubiera hecho hace más de 20 años y se repitiera hoy con pocas variaciones, es decir, con cierto credo de finales de los ochenta: la hibridación cultural en el contexto de la globalización que permitió no sólo comprender rasgos característicos de la cultura contemporánea sino jugar creativamente a partir de los cruces entre lo local y lo global, lo popular y lo urbano, etc. Los profetas latinoamericanos de tal credo fueron García Canclini, Martin-Barbero, Sunkel, entre otros. Sin embargo, después de la mezcla festiva de los signos (por ejemplo, una pila de llantas que sirve como pedestal para vírgenes tatuadas –una de las posibles variaciones en la exposición), después de la fiesta, llegó la resaca.

roquera

Entre el 15 de febrero y 15 de marzo se expone en el Museo de Artes Visuales de la UJTL “Ruiseñora: fuego y canto” de Andrea Echeverri, más conocida como cantante pero formada como artista plástica con una especialización en cerámica. La exposición es rica en texturas, materiales y colores. Una fiesta de lo popular, podría decirse, ambientada con cultura pop. Sin embargo, es una fiesta controlada, evidentemente disciplinada por el cubo blanco. Aquí es inevitable no percatarse del desfase entre la exhibición y lo exhibido: por un lado, el barroquismo de las piezas (en lo individual pero también en conjunto -son demasiadas); por el otro, el ascetismo con que se exhiben: todas las piezas colgadas o arrinconadas contra la pared, como si de pinturas convencionales se tratara. Pero como no son pinturas sino piezas que bien podrían encontrarse en San Victorino o el Museo del Tequila, la impresión que queda, tan pronto se accede al espacio, es que aún no han organizado la exposición, y apenas recién, se han desempacado las piezas. Pero el asunto va más allá de lo curatorial.

La exposición está acompañada por videos musicales de Atercipelados y Andrea Echeverri, pero este acompañamiento parece más promocional, narcisista y autocelebratorio que vinculado a una propuesta plástica. Ahora bien, cuando se vincula, lo hace de manera negativa o burlona: un coro monótono y cansino nos exhorta a que miremos la esencia y no las apariencias; sin embargo, mientras se recorre el espacio es inevitable no pensar que lo que allí está colgado y apeñuscado, es todo, en su conjunto e individualmente, accesorio y sustituible, es decir, cualquier cosa menos esencial; más bien aparente, simulado, cosmético y superficial, y en muchos casos, simple basura travestida de bonitura, y no cualquier tipo basura sino basura indestructible (llantas de carro, por ejemplo) aparentemente redimidas por el toque (y retoque) mágico de la diva: la salvación de la basura por el arte, etc.

Esta exposición parece un salto en el tiempo. Hay una sensación de diferido, como si esta exposición se hubiera hecho hace más de 20 años y se repitiera hoy con pocas variaciones, es decir, con cierto credo de finales de los ochenta: la hibridación cultural en el contexto de la globalización que permitió no sólo comprender rasgos característicos de la cultura contemporánea sino jugar creativamente a partir de los cruces entre lo local y lo global, lo popular y lo urbano, etc. Los profetas latinoamericanos de tal credo fueron García Canclini, Martin-Barbero, Sunkel, entre otros. Sin embargo, después de la mezcla festiva de los signos (por ejemplo, una pila de llantas que sirve como pedestal para vírgenes tatuadas –una de las posibles variaciones en la exposición), después de la fiesta, llegó la resaca. Tal vez quien mejor la procesó fue García Canclini, quien se percató de que la hibridación festiva y el multiculturalismo incluyente ocultaban lógicas de exclusión estructurales: diferentes (culturalmente), pero desiguales y desconectados (social y económicamente). La exposición de Echeverri es Multi, antes que Inter-cultural. Y lo “inter” supone conflictos, resistencias y negociaciones. Lo “multi” en Echeverri, por el contrario, es mixtura e hibridación no reflexiva, naive, es decir, una exhibición de piezas que elimina el conflicto subyacente en la hibridación mediante la estrategia del sincretismo cosmético, una estrategia propia de la industria del entretenimiento. Valga decir que como entretenimiento funciona, es decir, en la exposición de despliega un goce que, en todo caso, no es diferente al que se despliega en los museos temáticos o en los parques de diversiones.

 

Elkin Rubiano