I

 

El año pasado en una cueva de Armenia (Eurasia) se halló el zapato más antiguo del que se tenga registro: 5.500 años. ¿Qué tiene ese zapato que resulta tan conmovedor? Podría decirse que el objeto sobrevivió a su usuario, pero que en ese objeto la humanidad del usuario se hace presente. Eso, tal vez, es lo conmovedor: el zapato contiene una humanidad; algo ausente se hace presente en él. Esto, claro, parece dicho en heideggeriano: “Bajo las suelas se despliega toda la soledad del camino del campo cuando cae la tarde”. Pero quien haya estado en la puerta de un quirófano recibiendo las prendas y los zapatos de alguien amado lo comprende sin necesidad de filosofar. En los zapatos, allí, sin su propietario, se revela una fragilidad: que del quirófano se puede dar el paso hacia “el otro lado”. Con los zapatos en la mano, vacíos, “el acompañante” siente algo difícil de expresar; la humanidad embiste de un solo golpe. En “Zapato de niño”, Kadish (oración por un zapato roto), se dice [fragmento]:

¿Quién te calzó?

¿Dónde está tu hermano roto?

Todavía en las grietas de cuero se esconden

las partículas del humo y el hollín del crematorio.

(…)

Ahora estás allí, breve memoria.

Te contemplo allí, lejos del tiempo pero no de las lágrimas,

en toda tu inocencia, pequeño náufrago.

En el cuero queda un rastro no sólo de la humanidad que contenía sino también de la barbarie de la que fue víctima quien fuera su propietario. Ese es el zapato de la Shoá (masacre, en hebreo). En cambio un zapato detrás de una vitrina (aún sin uso y sin propietario) pareciera no decir nada. Sin embargo, si pensamos en el trabajo que fue necesario para hacer el zapato, si auscultamos en la fantasmagoría que se esconde en el zapato-fetiche como mercancía, otro es el asunto y otra humanidad es la que aparece (http://www.youtube.com/watch?v=cdrCalO5BDs). Detrás de la vitrina también se descubre algo, como en “Zapatos de polvo de diamante” de Warhol -quien comenzó su carrera como ilustrador comercial de zapatos y diseñador de vitrinas-, en esos zapatos, señala F. Jameson, no hay esencia sino superficie externa y coloreada de las cosas, la superficie fetichizada del zapato-mercancía que “debería ser una declaración política poderosa y crítica” (aunque no lo es). Esa declaración es la que realiza la artista uruguaya Andrea Finkelstein por otra vía en “Vidriera de la noche de los cristales rotos” (2007). Unos zapatos en un escaparate en los que no se exhiben las superficies coloreadas sino unos zapatos calcinados, lo que allí se exhibe es el exterminio sistemático. Así como la mercancía se produce en serie el holocausto también es serial. Ésta obra y el poema “Zapato de niño” hacen parte la exposición “Shoá: memoria y legado del holocausto” (MAMBO).

En otra vitrina otros zapatos también se exhiben. Los zapatos que llevó puestos Carlos Pizarro Leongómez durante la campaña presidencial de 1990. Esos zapatos hacen parte de la exposición del Museo Nacional “Hacer la paz en Colombia. «Ya vuelvo», Carlos Pizarro”. El “Ya vuelvo” fue la nota que dejó escrita Pizarro cuando desertó de las FARC; ese “Ya vuelvo” hace reír. En el “Ya vuelvo” que ahora escuchamos se destaca aún más la ausencia del masacrado, quien en su último discurso señaló: “Ofrecemos algo elemental, simple y sencillo: que la vida no sea asesinada en primavera”; el “Ya vuelvo” de ahora hace llorar. Otra Shoá está inscrita en esos zapatos.

II


¿Qué tienen en común Lennon, Galileo, J.F.K., la bomba atómica, el David, un chip, la Estatua de la Libertad, Einstein y un helicóptero militar? Aparentemente nada. Sin embargo, estas imágenes  dan la entrada a la exposición  “Shoá: memoria y legado del holocausto”.  Con música electrónica (festiva) y  bajo la exhortación “¿De qué somos capaces los seres humanos?” comienza el recorrido de “Shoá”;  la respuesta que se esperará  del público es: “De creación y de barbarie”. El “Imagine” de Lennon, presente en la exhibición, se tropieza con la lapidaria sentencia de Th. Adorno: “Después de Auschwitz no es posible seguir escribiendo poesía”. Entre esos dos polos se estructura “Shoá”: entre la creación y la barbarie, entre la oscuridad y la luminosidad. La narración propuesta mediante los archivos visuales y los relatos, es la siguiente: antecedentes del antisemitismo, persecución, destierro y aniquilación, liberación y nacimiento del Estado de Israel. El montaje busca que el espectador no sólo se informe sino que experimente un estremecimiento a lo largo del recorrido. Los antecedentes y la persecución son presentados en un ambiente gris; los campos de concentración y de exterminio se relatan en líneas rojas que se extienden por túneles negros hasta culminar en la aterradora cifra de 6.000.000; luego, unas luminiscentes imágenes publicitarias que claman por la coexistencia preparan el tránsito hasta llegar a la blancura del nacimiento del Estado de Israel. Fin del relato. Relato ideológico, sin duda (después de la blancura del nacimiento no aparece ninguna negrura…). Sin embargo las imágenes expuestas son, recordando a H. Arendt, “ …instantes de verdad… surgen de repente, como un oasis en el desierto. Son anécdotas y en su brevedad revelan de qué se trata [a falta de la verdad]”. Así, Auschwitz no es ni inimaginable ni indecible, como lo quiso ver el esteticismo místico de lo sublime (Lyotard, por ejemplo). Ahora bien, si el propósito de la exposición es principalmente divulgativo, la propuesta expositiva es bastante pesada: la oscuridad, aunque busque construir el ambiente hostil correspondiente a la brutal historia contada, resulta hostil con el público al dificultar la lectura de una exposición básicamente textual. Aunque se indique que la exposición además de divulgativa es interactiva y multimedia, esto prácticamente no se ve. Finalmente si el objetivo principal es divulgar, debe decirse que, por ejemplo, History Channel lo ha hecho de modo bastante eficaz vía infoentertainment; de hecho muchas de la imágenes de la exposición son extraídas de History Channel, si bien  con menos calidad en el registro y con poca comodidad para la recepción.


III

 

Aunque ubicada en sala “Ideologías, arte e industria” del Museo Nacional, “Hacer la paz en Colombia. «Ya vuelvo», Carlos Pizarro” no es una exposición propiamente ideológica. Reconstruye a partir de objetos, discursos, imágenes, audios y archivos de prensa una parte de la historia de Colombia: el nacimiento del M-19, los complejos procesos de paz, la amnistía, la contienda política por vía democrática y el asesinato. Si bien el eje narrativo de la exposición es la vida y muerte de Pizarro este no se construye de modo hagiográfico, pues la biografía de Pizarro se inserta en un proceso histórico más amplio en el que hay una multiplicación de voces. Siendo así, la exposición busca borrar la estrecha lógica belicista de amigo-enemigo o el relato falseado de los vencedores que hacen recordar la sentencia de Benjamin según la cual No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie”. La exposición del Museo Nacional es admirable no sólo por dar cabida a una historia prohibida en un contexto conflictivo como el nuestro sino también por contar la historia de otro modo. Muestra de ello es la reconstrucción de los hechos del Palacio de Justicia en el que todos los actores están presentes: los nombres de todas las personas asesinadas, desaparecidas y muertas en combate; los testimonios en audio del magistrado Alfonso Reyes Echandía -que por vía telefónica y en vivo y en directo ya sabe que serán masacrados- y del coronel Luis Alfonso Plazas Vega: “¡Aquí defendiendo la democracia, maestro!”; igualmente, los objetos destrozados que dan cuenta de la toma y la retoma: una greca, un extintor, una máquina de escribir y un monumento decapitado en el que crece la hierba.

 

Cuando visité la exposición un grupo de estudiantes de aproximadamente 12 años estaban allí; conocen, por los medios, las imágenes del Palacio en llamas. Allí, en “Hacer la paz en Colombia”, los hechos se narraban de manera diferente. En medio de los lamentables acontecimientos relatados me alegró saber que otra historia puede ser contada y construida. La exposición estará abierta hasta el 27 de marzo. Elkin Rubiano