Recientemente leí una investigación de Guillermo Villamizar que me llevó a revisitar la situación que enfrento como artista politizado cuando me inserto en el mercado. Es un buen ejercicio para controlar cada tanto si uno sigue bien o si se está corrompiendo. El artículo se dedica al dinero amasado por la familia Schmidheiny a través de la fabricación de Eternit y su utilización posterior en la creación de la colección Daros dedicada a la colección y difusión del arte latinoamericano.

El dilema presentado por Villamizar es el de si un artista politizado pierde su coherencia ética al aceptar el formar parte de una colección que se basa en dineros de origen condenable.  Para ser justo debo aclarar que el autor me incluye en una pequeña lista de artistas, aunque esto solamente es un dato anecdótico. Lo que sí importa es el dilema, uno que los artistas que somos más concientes de la realidad política (yo podría agregar por lo menos una veintena más de nombres presentes en la colección) enfrentamos todos los días. Es un dilema con el que la mayoría de nosotros ha tenido que lidiar durante toda nuestras vidas.

En principio diría–hablando metafóricamente–que los narcotraficantes de hoy formarán la aristocracia de mañana y que la aristocracia de hoy se originó en los narcotraficantes de ayer.  No sé cuantos cadáveres y cuanta explotación se usaron para construir los cimientos de las grandes fundaciones tipo Ford, Guggenheim, Rockefeller, etc., pero seguramente son suficientes para crear sentimientos de culpa entre sus herederos y justificar así sus intentos de indemnizar a la sociedad. Las especulaciones de George Soros casi lograron la bancarrota de Inglaterra y Alfred Nobel se arrepintió de haber inventado la dinamita. Que yo sepa, casi ninguna fundación filantrópica basada en fortunas de familia se originó con dineros totalmente limpios o llega a medirse positivamente con mis criterios de pureza.

Para peor, estamos viviendo en una etapa de cultura neo-feudal. Los gobiernos, corruptos o desinteresados, dejaron la cultura en manos de las relaciones públicas de las grandes corporaciones y del capricho, gusto y necesidades de los que actúan como nuevos duques y marquesas. Desde la Revolución Francesa hasta la cubana hubieron varios intentos para sacudir y cambiar la estructura social que permite estas cosas y evitar así su recurrencia, pero lamentablemente no tuvieron el éxito soñado. Diría que la situación empeora día a día. Destapar las historias y los entretelones del proceso y del deterioro me parece muy importante y saludable. No me importan los motivos que pueda tener Villamizar, pero su recopilación de datos es muy útil.

¿Que es lo que debemos hacer y no hacer los artistas frente a esta realidad política, social y económica? Creo que estamos viviendo una realidad bastante más compleja que la determinada por el hecho de que una colección fuera fundada por una pareja unos meses antes que la dueña de la colección se divorciara de la mala persona que es su marido. Creo que se necesita una revisión de conciencia bastante más profunda y menos anecdótica.

El problema real no está en la venta de obra a una colección en particular sino en el hecho de que los artistas hacemos obras para vender después que nos educaron profesionalmente para fabricarlas. Y bien o mal, una vez que producimos objetos mercantiles en una sociedad organizada alrededor de la oferta y la demanda el artista tiene muy poco o ningún control sobre los compradores. Por lo tanto es muy difícil, no solamente hacer una lista negra (hay demasiadas listas grises que complican la definición), sino el implementarla.

Claro que en mi caso particular este argumento no me sirve para lavarme de culpa. Muchos de los tratos que tuve con colecciones fueron sin intermediarios.  Cuando por ejemplo hace medio siglo el MoMA me compró obra, yo sabía que la institución fue activa durante la Guerra Fría y promovía su anticomunismo con un dogmatismo inaceptable en el campo del arte. Tuve que evaluar en su momento los elementos positivos y negativos en la transacción. Pude negarme pero decidí aceptar. La cuestión es quien utiliza a quien en estas circunstancias, quien sale ganando y que es lo que significa exactamente aquí el salir ganando. El único juez válido en estas cosas es la conciencia de uno. Sería tonto negar el hecho de que como artistas somos bufones de la corte. Con ese dato aclarado y subrayado, o tenemos que abandonar el quehacer artístico o administrar las risas lo mejor que podemos para que sirvan al bien común. Esta es otra decisión que solamente puede ser dictada por la conciencia personal.

El problema por lo tanto es mucho más general que la relación que alguien pueda tener con una colección. Uno de los nudos aquí está en si los artistas que estamos en una colección tenemos que cargar con la culpa de su historia financiera.  O sea, si al aceptar que se nos compre la obra nos estamos convirtiendo en cómplices de su pasado y avalamos los crímenes cometidos.  La respuesta a esto no es simple y supongo que varía según los casos. De caso en caso podemos sentirnos bien, incómodos o culpables. Si una compañía tabacalera que a sabiendas sigue matando gente con sus cigarrillos quiere usar su colección de arte para quedar bien en sus relaciones públicas, tengo problemas. Si un narcotraficante o sus herederos se arrepienten del pasado y quieren cambiar de rumbo ético y hacer un bien público, creo que hay que pensarlo un poco y no simplemente rechazarlo.  Pero al final todas estas decisiones no son ni absolutas ni generales. Se hacen de acuerdo a si uno puede dormir con la conciencia tranquila o no y para eso desgraciadamente no hay recetas claras y uniformes.

No es éste el único dilema que enfrentamos como artistas. Si hay que juzgarnos hay una enorme cantidad más de material disponible y la situación es mucho menos acartonada que una simple venta de obras. La vida de una obra o de un texto contestatario es mínima y luego de un ratito lo único que queda son objetos de consumo. La sociedad fagocita esas cosas a una velocidad que siempre supera nuestro poder de creación. Es así que cada paso que di en mi biografía vino torturado con dudas tales como: Con esta venta llené una cuota étnica y no una de calidad. Con esta otra venta inflé el ego fanfarrón de alguien y mi obra no importa. Con esta clase formé a un alumno que cuando se gradúe va a embromar al prójimo. Con esta charla le presté un viso intelectual a una empresa comercial ignorante y explotadora. Con esta participación le presté un lustre progresista a un reaccionario enemigo, o permití que una organización dogmática y cerrada se presente como tolerante. Con esta invitación de una universidad privada traicioné mi fe en la educación pública gratuita. Al exponer en un espacio que cobra por la entrada negué mi creencia en que el arte es un bien común. Y puedo seguir hilando dudas infinitamente.

Y luego están las otras dudas, más profundas, como las que se relacionan con la autoría individualista: Esta obra ¿la hice porque verdaderamente necesité hacerla o porque pienso que se puede vender?¿Realmente creo en esto o lo digo porque se espera que lo diga? Con esta otra obra, ¿me estoy repitiendo o estoy contribuyendo algo? ¿Estoy trabajando para los demás o para mi ego y para promoverme? ¿No será presuntuoso que me exprese públicamente? ¿Tengo algo que decir verdaderamente? ¿Me estaré prostituyendo? ¿Esto es una pedantería o algo útil? Con este juicio ¿estoy construyendo o destruyendo?  Al denunciar algo ¿estoy denunciando o explotando el dolor ajeno?¿Por qué yo y no otro?

 

Mi biografía, como todas las biografías honestas de mis colegas, no es una historia de logros sino una de contradicciones y metidas de pata. Pertenezco a una generación maniquea y por eso estas dudas resultan aún mucho más dolorosas que para alguien más joven. Las cosas, en mi juventud, eran buenas o malas. Hoy las cosas buenas siguen siendo más o menos buenas y las malas han empeorado. Pero uno descubre que, como decía mi padre, no solamente hay grises entre los extremos sino también en los extremos. La gente mala es capaz de arrepentirse y la buena se puede corromper. La tarea entonces–eso que podemos llamar la militancia–es lograr que los malos se arrepientan y que los buenos no se corrompan. Por eso es tan importante revelar historias verdaderas. Pero hay que tratar de hacerlo sin establecer conexiones falsas que nos distraen del enemigo o lo simplifican.

 

Luis Camnitzer