El siguiente texto es la respuesta de Carolina Ponce de León a El pasado en presente (II) de Gina Panzarowsky.

***

1

Heme aquí en el desierto de Sonora al suroeste de los Estados Unidos presenciando emocionada una lluvia torrencial de dimensiones bíblicas. Hay rayos que caen con tal fuerza que, por fracciones de segundo, alumbran por completo un paisaje casi lunar. Es el inmenso desierto de los indios yakis. Jamás he visto algo igual. Para evitar un corto circuito, decido apagar mi computador, cuando de pronto veo que me han llegado vía Facebook, una, dos, tres, cuatro veces y más un link al artículo “El pasado en el presente” de Gina Panzarowsky. Leo los primeros párrafos y zuáz! se disipa la magia. Entra un aire rancio del pasado. ¿Mi primer impulso? Oprimir delete. ¿Quiero gastar tiempo precioso en aras de lograr mayor precisión? No sé, por el momento sólo quiero rendirme al espectáculo que transcurre afuera. Apago mi lap-top y vuelvo a salir al aire libre…

2

No conozco a Gina, por lo tanto acepto de antemano la sinceridad de querer “mirar con mayor tranquilidad los alcances de todo lo hecho por Eduardo Serrano hasta el momento.” Órale pues; no quiero estar prevenida. Me parece algo contradictorio, sin embargo, que inicia su búsqueda de justicia histórica con una cita acusatoria de Eduardo Serrano —“Beatriz es como los vaqueros del cine americano: no perdona.” Parece que él tampoco. Pero dejo pasar la cita junto con el primer párrafo. Resulta un tanto desalentador comenzar una lectura siendo condenada a priori al “pasado obsceno de la crítica” que no perdona y a beber de la “leche amarga cocinada en viejas rencillas.” Sospecho que algo tiene que ver conmigo. Pero, quien sabe, tal vez no.

Apenas comienza la entrevista, el tono se suaviza. Hacen un recorrido por los primeros años de la trayectoria curatorial de ES, su nombramiento como curador del MAM, su visión del museo y de su colección, su paso previo por la Galería Belarca, su relación con Gloria Zea y Marta Traba, y por algunos detalles de los artistas del momento que a el le interesaban… Hasta allí, todo bien. Los Salones Atenas. Bien. Y de pronto surge una pregunta que desvía la conversación 180º. Apenas iban por los 70s y los 80s cuando de repente abandonan ese “mirar con tranquilidad.” El noble propósito de Gina se distrae una vez más y, por ende, los siguientes veinte años de la vida y obra de ES quedan en la oscuridad.

La pregunta: “¿Quiénes trabajaron con usted en el Museo?”

Contesta Eduardo:

“Durante el período de mi permanencia en el Museo trabajaron en la institución Beatriz González, Carolina Ponce, José Ignacio Roca, María Iovino, Carmen María Jaramillo, Jorge Jaramillo y Javier Gil entre quienes han continuado su labor en el medio artístico.

 

(…) todo en el MAM, como es lógico, giraba en torno a las exposiciones. Es decir, aunque no trabajaban en Curaduría, tenían que hacer las visitas guiadas sobre las exposiciones que yo programaba u organizaba, y tenían que apoyarse en los textos que yo escribía, tenían que recorrer las muestras que yo instalaba y encontrarle su sentido y transmitirlo. Tenían que referirse al arte que yo seleccionaba y pensar sobre él, estudiarlo y escribir sobre él. Si se tiene en cuenta que en ese entonces no había más curadores en Colombia y que la curaduría no era objeto de formación académica, no es exagerado sospechar que en algo contribuyó mi labor en su formación y en su idea de convertirse en curadores. (i)

¿Cuál es “ese entonces” en el que no había más curadores? ¿Durante los 20 años de Serrano en el MAM, el único curador que José Roca, María Iovino, Carmen María Jaramillo, Jorge Jaramillo, Javier Gil y yo tuvimos de modelo era Serrano?

 

(…) lo que yo le quiero decir es que ellos, a la persona que vieron actuar como curador en el país fue a mí. (…) Pero dada la pugnacidad que reina en la escena artística nacional no sería extraño que algunos de ellos dijeran que no vieron mis exposiciones, que se tapaban los ojos al entrar al museo para no verlas así, como al pasar frente a las oficinas de la Curaduría para no enterarse de la existencia de ese departamento, que se negaban a leer mis textos y a enterarse sobre las nuevas entradas a la colección, que recorrían el edificio sin mirar a los muros para no percatarse del sentido de las instalaciones y que sus explicaciones sobre las muestras que yo organizaba las inventaban ellos solitos. (risas).”

 

¿Risas? El hombre está declarando que ‘en el principio era Eduardo y sólo Eduardo’ y lo risible es que nadie quiso darse cuenta?

 

Yo no había entendido la metodología que se proponía Gina cuando explicó que se  quedaría “un poco más allá de la anécdota sin olvidar traerla a colación,” en un “punto medio (…) entre el suceso y la investigación.” Deduzco que eso significaba darle el micrófono a Serrano para que él revelara, de una vez por todas, cómo y cuándo se nos agrió la leche. ¿Será que con “mayor tranquilidad” quería decir “sin restricciones, ni comprobación de datos”? ¿Quién mejor que Serrano para interpretar las “debilidades oscuras del temperamento” de quienes estamos en “la otra trinchera”?

Si él lo dice, debe ser cierto.

Pero no es así. Caigo en la tentación de querer refrescar la memoria esquiva de Serrano e ir más allá del venenoso sarcasmo con el que filtra la realidad.

Primera aclaración:

Sobre la caricaturización de mi relación con Beatriz González.

Afirma Serrano:

“(…) su amistad ha permanecido incólume hasta el punto que puede decirse que la una habla por la boca de la otra. Es un ejemplo de lealtad. Claro que a Carolina nunca se le ha ocurrido disentir de las opiniones de su maestra.”

 

Claro, yo sí estaba cerca de Beatriz, pero jamás he sido una vocera de sus posiciones y opiniones. Créanme, no es algo que ella necesite. Siempre la he respetado. He admirado su pasión intelectual por el arte y la historia, su mente inquisitiva y brillante, su humor, su radicalidad política, su idealismo por querer profesionalizar las instituciones con las que se ha involucrado, la generosidad con la que compartió su conocimiento para formar sucesivas generaciones de artistas, curadores, o historiadores del arte, el atrevimiento lúcido de sus teorías culturales, en fin. Tanto! Ella es una mujer y una artista compleja y excepcional. Punto. Tiene razón Eduardo: nunca se me ocurrió disentir de sus opiniones. ¿Que es apasionante? Sí. Intransigente? A veces. Y? Es preferible tener peso en la cola que rabo de paja.

Nunca tomé partido públicamente ni a favor de Beatriz, ni en contra de Eduardo, porque esa guerrita ni me correspondía, ni es una que yo acepto heredar. Ya tenía yo suficiente con la ardua tarea de articular mi propio pensamiento y posiciones en mi trabajo curatorial y en mis escritos, y de pelear mis propias batallas. Al contrario, lamenté públicamente los efectos de esa “guerra” en El Efecto Mariposa:

“las herencias ‘malditas’ que lo condenan (a uno) a estar confinado irremediablemente a una ‘rosca’, la imposible independencia, crearon con frecuencia un ambiente desconsolador, oscuro y malsano.”(ii)

Lo que Serrano ve en BG como lucha por el poder, yo lo veo como un idealismo —militante— de crear instituciones culturales más fuertes y profesionales. Las exposiciones que estaban en exhibición en mi primer día de trabajo en la BLAA eran una de cestería china y otra de facsímiles de cartas de amor de Pablo Neruda. Ambas, muestras de embajada. ¿Cómo fue que la BLAA pasó de ser una sala de exposiciones anodina a convertirse en un espacio importante de arte, e incluso a tener más relevancia que el propio MAM? Hmmmm. Interesante pregunta. ¿No nos merecemos alguito de reconocimiento…por favor?

Aunque suene cursi decirlo, sí, creo que Beatriz ha trabajado para crear una sociedad mejor. Para mi, ahí radicaban las diferencias entre ellos. Tan apasionado el uno como el otro, la diferencia fundamental era de orden ético —la ética de cómo, para qué y para quién cada uno entendía la razón de ser de su trabajo. Desafortunadamente lo que pudo ser un debate importante, se convirtió en una guerra. Entre ellos.

 

Segunda aclaración:

Acerca de mi papel en la controvertida inauguración de la nueva sede del MAM en 1985.

Dice Serrano:

“Después llegó el momento en el que se iba a inaugurar el nuevo edificio del Museo de arte Moderno y Gloria le dijo a Eduardo Ramírez Villamizar que se inauguraría con su obra (…) Yo no estuve muy de acuerdo con esa decisión y le dije a Gloria que me parecía más conveniente hacer una muestra colectiva representativa de lo que era el arte colombiano en ese momento y enseguida sí, hacer la muestra del maestro Ramírez.

 

(…) cuando (Gloria) le comunicó la nueva decisión, el maestro entró en cólera, y se retiró de la institución indignado. Beatriz González renunció en solidaridad (…), y por supuesto, también se fue Carolina. La verdad es que a nadie se le hubiera ocurrido que sin Beatriz, Carolina se hubiera quedado.

 

(…) Beatriz y su discípula pusieron el grito en el cielo. ¡Qué falta de respeto para un artista de la categoría del maestro Ramírez haberle pedido que pospusiera su muestra un mes! (…) ¿Acaso los artistas no dan a cada paso muestras de su genialidad? ¿Acaso no se trata de seres superiores? De seres iluminados? De personas infalibles?

 

(…) Beatriz y su obsecuente vocera aprovecharon la situación para poner a algunos artistas contra el MAM, para convencerlos que el atrevimiento de haber querido aplazar la muestra de Ramírez no era sólo contra Ramírez sino contra toda la especie artística y contra su altísima dignidad de genios…

No, Eduardo. No es cierto. Yo ya no estaba ahí. Yo me fui del Museo en Mayo de 1982, tres años antes de la inauguración de la nueva sede del MAM. En cambio, Beatriz permaneció en el MAM más de un año después de mi partida (no sé por cuánto tiempo pues yo estaba entonces viviendo en París, totalmente ajena al origen del “affaire Serrano/González”.) Así que nunca puse el “grito en el cielo” y mucho menos en defensa de la “superioridad, genialidad, e infalibilidad del artista”… Qué acusación y caricatura tan ridícula! Señor curador, ¿dónde en mis escritos se atisba, así sea un poquito, que yo sostenía una visión tan absolutista y darwiniana de los artistas?(iii)

Tercera Aclaración:

Acerca de dos “piedras y las faltas de rigor” en mi libro, El Efecto Mariposa.

 

Dice Gina:

“Las piedras y las faltas al rigor (sería mejor decir “fuego enemigo de alta intensidad”) de Carolina Ponce contra ES en el mencionado libro son varias y quiero invocar tan solo dos para cotejarlas con la contra respuesta de ES y evitar añadirle más fuego a este infierno –según Eduardo- como ejemplo (…) de que algunos curadores (todos, diría yo) sobreponen al temple de sus convicciones las debilidades oscuras del temperamento.”

Primera “piedra”

Gina me cita: “Después de las series de televisión de Marta Traba, han sido pocos los programas dedicados al arte en este medio, salvo excepciones como “Arte y parte” a finales de los años setenta, dirigido por Fausto Panesso, o a finales de los ochenta, “Ojo al arte” del MAM y “Primera fila”, dirigido respectivamente por Lina Botero y Pía Barragán. (Pág. 246).

 

Responde Eduardo: “Fui investigador y conductor entre 1995 hasta 1999 de “El Taller del artista”, una serie para televisión presentada por Audiovisuales donde quedaron registrados los pensamientos de los artistas a finales de siglo XX en 75 capítulos.”

Gina pregunta:  “¿es deliberada la omisión de Carolina?”

Carolina responde: Gina no quiere “añadirle más fuego a este infierno” pero enseguida me acusa de sobreponer “al temple de (mis) convicciones las debilidades oscuras del temperamento.” ¡Ay! eso dolió. Pero bueno, para despejar sus dudas, aquí va: el ensayo al cual hace referencia se titula “La Crítica de Arte en Colombia, 1974 – 1994.” Repito: 1994. La serie de televisión que condujo Serrano comienza al año siguiente.

Segunda “piedra”

Gina extrae algunos pasajes de mi libro para que Serrano responda. Esto me da un poco más de pereza refutar pues tendría que citar casi todo mi ensayo sobre la crítica.

El reproche que me hacen tiene que ver con que acusé a Serrano de “dar amparo” a artistas tan disímiles como Antonio Caro y Darío Morales. Y aunque, ni siquiera me estaba refiriendo directamente a él en ese segmento del ensayo, Serrano lo toma personalmente y responde:

“Con respecto a “darle amparo” a las obras de Caro y simultáneamente a las de Darío Morales no me parece que haya nada extraño en cuanto a que, en los primeros setenta, las dos representaban movimientos de vanguardia, innovadores, que implicaban un rompimiento con lo predecesor.”

Serrano sugiere que yo tal vez era más ecléctica que él, pues mostré artistas modernos, premodernos, no tan modernos y modernistas en la Luis Ángel.(iv) Sí. Está bien: un punto para Eduardo…y otro para Cantinflas! Siempre, como la mayoría de los curadores que conozco, he tenido un gusto muy amplio. En música por ejemplo voy de Yuri a María Callas pasando por Tom Waits. Pero… es que yo no sugiero, en ningún momento, que considero incongruente que un crítico tenga intereses eclécticos o que dé “amparo” a la vez a artistas tan disímiles como Morales y Caro. Sería absurdo. Me refería a “dar amparo” a un nivel teórico, en otras palabras a “contextualizar” la obra de artistas tan disímiles bajo un solo canon, por ejemplo lo “novedoso,” sobre todo cuando se usa exclusivamente década tras década.

En el caso de Serrano: en los ensayos y comentarios que publicó con ocasión de los Salones Atenas y de la Bienal de Bogotá, él se limita sistemáticamente a nombrar y celebrar “lo innovador” y punto. Ésa es su única “contextualización.” Eso me parecía conceptualmente débil…y me sigue pareciendo.

Para muestra, un botón:

“El arte colombiano es variado, serio y estimulante. Me refiero, por supuesto al arte de los jóvenes quienes han superado el apabullante provincianismo de sus antecesores para adentrarse en territorios creativos que resultaron realmente imprevisibles. Se trata de un arte más emocionante y profundo que el de décadas pasadas, resultando especialmente grato comprobar su frescura e infinita capacidad para moverse de un concepto a otro y de un valor al siguiente, sin que sus autores se sientan responsables por los limitantes requisitos de un determinado lenguaje (…)”(v)

Me pregunto: ¿Más emocionante que la obras de los artistas “vanguardistas” de décadas pasadas que él antes había respaldado? ¿Acaso se volvieron provincianos con el tiempo? La novedad por la novedad: eso sí que es un precepto modernista.

Cuarta y última aclaración:

Sobre la necesidad de asimilar la producción artística nacional a los movimientos internacionales.

Pregunta Serrano:

“(…) eso de situar la producción artística nacional dentro de un campo supuestamente internacional ha sido una tradición de la crítica latinoamericana de todos los tiempos, inclusive de ahora. ¿O es que el conceptualismo, la posmodernidad y la contemporaneidad son categorías artísticas originarias de Colombia?…”

Para Serrano, “situar” se limita simplemente a una clasificación estilística. Beatriz es pop, Cárdenas es pop, Morales es hiperrealista, etc. A mi personalmente, no me interesa ese tipo de clasificación. No sólo me parece tonto, sino equivocado. Los contextos culturales no son iguales (por allá “la sociedad del consumo”, por acá la sociedad del “con su mismo…”) Para Serrano, parece ser suficiente saber que le dio el pop a Beatriz González y qué tomó ella de él, estilísticamente. Yo doy por sentado que el arte viene del arte.  Me apasiona más pensar en cómo ella lo hizo “suyo”, qué apropió del pop y cómo lo subvirtió.

3

Ya para cerrar.

Dice Gina:

“En mi caso personal –como mujer- me asalta un irrefrenable don maternal por ver a todos quienes escriben y hacen arte en Colombia viviendo en santa paz (…)”

Si se trata de disipar esta guerra imaginaria, propongo que dejemos de verla como tal. La “crítica joven y no tan joven” como dice Gina, no está alineada por trincheras heredadas o imaginadas. Tampoco necesita ser rescatada por su sentido maternal. No necesito de las diatribas entre Eduardo Serrano y Beatriz González para “ubicarme”. Tengo una diferencia intelectual y profesional profunda con él. Y es la mía. Pero también reconozco y admiro la visión y osadía de Serrano por haber mostrado obras tan controvertidas como la del semen de Miguel Ángel Rojas y por haber lanzado la carrera de tantos artistas de esa generación. Pero, ¿dónde cabe esto en una discusión tan polarizada?

Me llaman la atención dos generalizaciones que hace Gina en su artículo; cito:

 

  1. algunos curadores (todos, diría yo) sobreponen al temple de sus convicciones las debilidades oscuras del temperamento.

 

  1. no me hago muchas ilusiones cuando la verdad viene de la mano de un productor de ficciones como es el caso de todo artista.

Wow! ¿Quién se salva de estas afirmaciones?

Ni el artículo de Gina, ni éste apagarán las “llamas del infierno.” La única manera de hacerlo es convencernos de que no existen. Abandonemos la mitología de los Serranistas versus los Gonzalistas para así no seguir perpetuando una justificación tan circular que para nada sirve. No hay trincheras. El mundo del arte no es blanco y negro. Ni tengo “vástagos; ni les lavé el cerebro para que perpetuaran mis ideas e intereses; tampoco son ellos tan pusilánimes como para no poder trazar sus propios recorridos. Cambio de rollo! Hay diferencias y afinidades genuinas que distinguen a cada uno de nosotros. La cultura es ecléctica. Somos complejos y contradictorios. Déjenos andar sueltos, independientes, caóticos, porque sólo así podremos crecer, mamá.

P.S.

Está no es una declaración de guerra, Gina. A pesar de todo, sigo confiando que usted escribió su artículo en buena fe, así como yo el mío.


1 Todas las negrillas en el texto son mías.

(ii) Carolina Ponce de León. El Efecto Mariposa / Ensayos sobre arte en Colombia 1985-2000, p. 239

(iii) Si mal no recuerdo, la queja de los artistas con el MAM tenía que ver con el cuidado (o descuido) de sus obras en la colección del Museo. Valdría la pena averiguar directamente con los artistas que firmaron “la carta” —un memorial de agravios en contra del Museo— en que consistía su protesta. ¿Quién mejor que ellos para aclarar esas dudas?

3 “…ella, una y dos décadas más tarde, cuando ya se habían decantado los parámetros o propósitos de los movimientos modernos, mostraba ( o “les daba amparo”) en el Banco, donde ella era Directora de Artes Plásticas, a obras de orientación pre-moderna como las de Caballero, a obras claramente modernistas en ese entonces como las de Luis Luna, o Luis Fernando Roldán y a trabajos conceptuales como los de María Fernanda Cardoso. La obra de José Antonio Suárez tampoco me parece un dechado de modernidad, y mucho menos de contemporaneidad tratándose de dibujitos de pequeñas dimensiones y vocación realista, en tanto que la de Laignelet en esos años, cuando pintaba vestidos de toreros y de mujeres era de clara intención modernista, pero ella no tenía empacho en mostrarlos en la misma institución que presentaba, por ejemplo, a Caro.”

Eduardo Serrano. Tomado de Gina Panzarowsky, “El pasado en el presente”(ii), Esfera Pública, Julio 2009.

 

(v) Eduardo Serrano, encuesta realizada por Adriana Alfaro a cinco críticos de arte, “Un oficio espinoso“, Lecturas Dominicales, EL TIEMPO, Feb. 2, 1992.