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El ocaso de las bienales

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Hace dos meses, los teóricos Hal Foster y David Joselit se encontraron con más de trescientas personas para discutir sobre lo que llaman «estéticas recesionales»: los efectos de la crisis en el sistema-arte, su producción y consumo, sus instituciones educativas y sus formas de mostrarse. Entre las cinco preguntas que armaban el coloquio, una candente: ¿Acabará estallando también el boom de las bienales globalizadas?

Por enésima vez, el medio era el mensaje. Y puede que la respuesta: Foster y Joselit hablaron en X, un espacio artístico no lucrativo que okupa, durante un año, el almacén industrial de Chelsea que fue la sede neoyorquina de la Fundación DIA hasta su mudanza extramuros en 2003. El plan original de DIA y de algún promotor-lince fue convertir la finca en lofts de lujo y galerías de arte (¿o era al revés?). Pero la crisis se adelantó y les dejó sin inquilinos. Ahora X organiza exposiciones low cost, ciclos de cine y encuentros de emergencia en un sitio cuya historia recentísima (y rapidísima) es toda una metáfora de la situación económica y artística mundial y del juego de cintura que tendrán que recuperar instituciones y artistas anquilosados tras años de dinero fácil.

Incluidas, claro, las bienales. Una etiqueta que en los últimos diez años ha dado pie a fenómenos muy distintos en formato, intenciones y calidad: en realidad, lo único que todas han tenido en común ha sido la bianualidad… O ni eso, si metemos en el saco trienales o documenta de Kassel.

El privilegio de los pioneros.
El modelo original y «heroico» de la Whitney, Venecia o Sao Paulo aprovechó casi hasta los noventa los privilegios de ser pionero. Con poca competencia, atrajo una atención exclusiva de entendidos y medios que, después, con la proliferación bienalística mundial, resultó (para bien o para mal) inimaginable. Dedicados a robar como fuera unos minutos de cobertura mediática, alguno de estos eventos híbridos derivaron hacia el cajón de sastre o la «bienal-fiestón» que medró y petardeó por todo el mundo. El dinero, público o privado, no fue problema: pagaban los dictadores con ganas de lavar la cara a su régimen; las constructoras con planes para prestigiar pelotazos inmobiliarios; las megacorporaciones que pulían su imagen y desgravaban; los alcaldes y concejales y políticos locales (a veces muy locales) con la vista puesta en un turismo «cultural» y «de perfil alto» que llenase hoteles, restaurantes de fusión y tiendas de marca.

Recetas de libro.
Bienales con aspecto -y corazoncito- de feria, operaciones de marketing urbano y receta de libro: mézclese dinero público y espónsores privados sin mirar mucho de dónde viene el dinero; llámese al comisario de moda con agenda voluminosa; móntense unas buenas fiestas e invítese a la gente adecuada; póngase publicidad en las revistas del ramo. La bienal estaba armada, y, mal que bien, salía adelante.

El decepcionante Grand Tour europeo (Venecia-Kassel-Münster) de 2007 y el oriental de 2008 (Singapur, Gwangju, Shanghai, Sydney y Yokohama) quizá hayan sido el último gran despliegue de este tipo de migraciones artísticas. Ahora las cosas han cambiado, los grifos se cierran y pinta mal para ese modelo improvisado que ni aportaba mucho al lugar donde aterrizaba, ni dejaba rastro al cerrar sus puertas -o tras la fiesta de apertura. A veces ha tenido incluso el efecto perverso de vampirizar dinero para inversiones en educación y formación de estructuras culturales estables: las sustituyó por la vía rápida y eclipsó los planes para instituciones duraderas pero menos llamativas.

Es una crisis amplia y contradictoria. El viejo formato prestigioso y sesudo de Sao Paulo, por ejemplo, también se resiente: el año pasado Ivo Mesquita, su director, dejaba casi vacío el pabellón de Ibirapuera y convocaba encuentros y debates para reflexionar sobre el futuro de las bienales (y también para hacer virtud de la necesidad: el presupuesto público se redujo brutalmente). Y, sin embargo, el año antes, y un poco más al sur, la joven Bienal del Mercosur en Porto Alegre absorbía al público extranjero y los grupos de museos que dejan de ir a Sao Paulo. Se labraba un perfil más business y contaba con el apoyo de los empresarios del rico sur brasileño.

Quizá eso quiera decir que sobrevivirán las bienales más parecidas a ferias y apostaderos para cazatalentos, frente a las de mayores ínfulas especulativas y teóricas. Puede ser: los patrocinadores privados, que escasean, elegirán sin duda las primeras. Y, por otra parte, hace ya tiempo que un sector amplio de público ve en la bienal de turno un gancho turístico y espera encontrar en ella más «impacto» y diversión parquetematizada que verdaderos espacios de reflexión.

Posibilidades ambivalentes.
Hablando en X, Foster veía en esta recesión posibilidades ambivalentes para las bienales. Según él, algunas desaparecerán sin más, agostados los fondos. Pero también invitaba a tener en cuenta que a menudo los booms dan lugar a fenómenos e infraestructuras que sobreviven tenaces a la situación que las vio nacer: Venecia, sin ir más lejos, es un ejemplo de manual. Nos recuerda que, más allá de una situación económica o histórica concreta, hay otras razones (y el orgullo patrio no es la menor ni está tan obsoleto como se quiere pensar) que toman el relevo y dan aire a los eventos de este tipo.

Por otra parte, el ethos mundial post-crisis y post-Obama ha cambiado. El sistema del arte -y las bienales con él- podrían estar en busca de nuevas razones de ser: en el nuevo clima moral, el dinero público y los patrocinadores privados -los que quedan- procuran limpiar una imagen elitista y buscar, de veras o de mentirijillas, objetivos formativos, «útiles» y de contenido «social». Rechazan la imagen frívola de un mundillo artístico alejado de la dura realidad, y las nociones más o menos encubiertas del arte por el arte se sustituyen por profesiones de fe en el cambio social. En el peor de los casos, edificantes y hasta filantrópicas a la antigua usanza.

Está por ver si el modelo bienalístico -y el mundillo que lo alumbró e impulsó- podrá respirar en el nuevo aire de los tiempos. Foster y Joselit no pudieron rematar vaticinios, porque su charla acabó abruptamente: el desmayo aparatoso de uno del público obligó a desalojar la sala.

Javier Montes

publicado por ::salónKritik:: / Originalmente en | abc.es | ABCD

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