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El día en que Bolivar fue Nelson y la tela nieve

Sumando ausencias, Doris Salcedo. Foto: El Tiempo

Sumando ausencias, Doris Salcedo. Foto: El Tiempo

Hermosamente blanca con una figura solitaria y oscura que se yergue en su centro podría ser una visión londinense de Trafalgar Square, con su tapiz de nieve a los pies de la estatua del invencible Nelson, o al ver al fondo el capitolio podemos recordar un invierno romano en la hermosa Piazza de la República rodeada de sus imponentes columnatas o la inigualable Place Vendôme de París. Pero no es Londres, ni Roma, ni París, sino Bogotá en una plaza que jamás esta tan sola a no ser que la desocupen y la cierren exprofeso, como por ejemplo cuando una artista famosa la convierte en la galería al aire libre más grande del mundo, y no es nieve lo que cubre de blanco la plaza, sino telas. Telas nuevas, compradas o donadas ex profeso para que millones de victimas finalmente puedan hacer su duelo gracias a ese gesto magnánimo de recordar un pequeño puñado de sus nombres una vez más, pues al igual que la nieve en las plazas europeas que se mezcla con el barro de la ciudad, aquí cada sábana inmaculada tiene un nombre hecho de ceniza. Siete kilómetros de telas telas blancas cosidas por ayudantes voluntarios como las de Christo y Jeanne Claude cuando cubrieron un millón de pies cuadrados de Wrapped Coast hace tan sólo 49 años. Por uno y era un homenaje al cincuentenario de tan emblemática obra. Pero esa plaza de la que desplazaron a esos jóvenes indignados, abatidos y frustrados por un esquivo acuerdo de paz que acampaban incómodamente en ella, y que desocuparon de los vendedores ambulantes, y los mendigos para que entusiastas polluelos de artistas cosieran primorosamente tela a tela hasta dejar la plaza en punto de nieve no pudo ser disfrutada así, blanca y pura, por los muchos colombianos que no lograron conocer la grieta, oscura e impura, en la sala de máquinas de la Tate Modern de Londres hace unos años. ¡Es una lástima!

Pero tanto esfuerzo en hacer la plaza nieve no es en vano porque afortunadamente allí estaban los drones y los fotógrafos públicos y privados, y la prensa para que todos podamos ver en las redes sociales las fotos oficiales de la plaza desde el aire, completamente blanca, como Trafalgar Square, como Roma, París o como alguna pequeña postal de Gustavo Zalamea quien siempre imaginó ese lugar con nieve, con mar, con ballenas y hasta con la balsa de la medusa de Gericault. Aunque tengo la tentación de decir que pese a todo fue más obra de arte el abrumador performance de miles y miles de estudiantes que llenaron de blanco esa plaza compartiendo el sueño colectivo de una paz esquiva que no es objetual, que no se vende, que no se subasta y que cada uno llevó luego a su casa con lágrimas o alegría y esperanza. El silencio de esa noche fue la más grande sinfonía coral escrita en América.

Sumando Ausencias, DorIs Salcedo. Foto: Radio Santa Fe

Ahora desde la distancia, al ver los montones de fotos que inundan las redes me pregunto si la maestra Salcedo habrá incluido alguno de mis muertos cercanos que no los alcanzo a leer en los sutiles grafismos. ¿Estará mi prima Norma Constanza Esguerra que fue torturada y desaparecida por el ejercito colombiano cuando la sacaron a rastras del palacio de justicia en 1985? ¿Estará mi prima Tony Vidales violentada y asesinada por la policía en cualquier carretera del Tolima a finales de los ochenta? ¿Estará mi compañero de colegio Juan Carlos Calle secuestrado y asesinado por las Farc? ¿Estará ese estudiante de derecho que corría a mi lado cuando en octubre de 1986 escapábamos de una pedrea en la Nacional y fue alcanzado por un disparo de la policía que lo mató en el acto?  Pero para que sigo recordándolos a todos, son muchos! Y los míos no son más importantes que los de cualquiera. No creo que haya un colombiano que no tenga un muerto al menos que recordar en ésta guerra, así no los sumen en las Ausencias, ni en el tributo del día de hoy. Y hasta mejor, no quisiera pensar en las dificultades económicas de la hija de Norma o su bella nieta al ver subastar en muchos millones de pesos una tela con el nombre de su madre y abuela hecho de cenizas, o incluso ver su nombre borroso y desleído como otra anónima muerte colombiana apuntalando el prestigio de un artista que dicen que ha hecho un negocio de la muerte ajena. Me pregunto si alguien sabe dónde están las cenizas de mi prima muerta. Quisiera saber realmente dónde están. Y No es que desee ser un artista que las use para escribir su nombre en una tela blanca, ni para pintar con ellas un retrato indeleble como hizo Zefrey Throwell con las cenizas de su padre, ni para robarlas de una fosa común y hacerme un pequeño abstracto como el artista sueco Carl Michael von Hausswolff cuando visitó un campo de concentración polaco, o como tantos y tantos que han hecho arte con ceniza. Simplemente quiero ser un ciudadano corriente de esos que siempre sabe a donde están los que se fueron.

Ya mañana nuestro libertador venezolano, inmortalizado por un escultor italiano, en una plaza española, rodeado de arquitectura neoclásica y pastiche francés ya no se sentirá el invencible almirante Nelson sobre su espigada columna, pues no estará rodeado de telas como nieve sino por el multicolor espectáculo  de las carpas desordenadas y policromas de esos que creen que la paz no es una oportunidad para vender sino un logro para conseguir.

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Sumando ausencias, Doris Salcedo. Foto: El Tiempo

Pasada la prensa y la fanfarria, las telas con sus nombres irán seguramente a una publicitada subasta de caridad para beneficio de algunas victimas del mercado del arte y otras de la violencia. Una carátula de Art Nexus recordará eternamente este día del perdón: el emotivo Yom Kippur judío en que nuestra artista máxima y un grupo selecto de sus entusiastas seguidores nos ayudaron a superar el trance fatal en el que vivimos durante tantas décadas con ésta emotiva acción de duelo.

Como tantos colombianos nuevamente me perdí el momento en que se escribió otra línea en la historia del arte. Confieso que no me da lástima del todo habérmela perdido pues seguramente en una sala silenciosa, de aire y luz controlada, por unos pocos dólares de entrada en algún sexi destino cultural voy a poder disfrutar de varias de esas telas sin estudiantes inconformes, sin desplazados echando vainazos, sin la gente que quiso participar y no la dejaron, sin los lagartos de la prensa y sin un Jorge Garzón diciendo que nuestra artista máxima es una oportunista que trafica con el dolor de las víctimas para una oligarquía artística.

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Sumando ausencias, Doris Salcedo. Foto: Andrés Gaitán

Una cierta gratitud me embarga de todas formas con la maestra Doris Salcedo por mantener viva la fiesta al regalarnos la imagen de una plaza nevada de telas el día que Bolívar fue Nelson, pues tras la semana más intensa y emocionante que recuerdo haber vivido en Colombia en años recientes, con el dolor de la derrota aún vivo, había una gran posibilidad que ésta fuera una semana aburrida y anodina como tantas en las que hasta se nos olvida que somos parte de la civilización del espectáculo.

 

Darío Ortiz

 

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