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Doris Salcedo: el buen arte es político

Reflexiones en torno a la guerra y la paz

Tanto la Ley de Justicia y Paz (2005) como la Ley de reparación a las víctimas del conflicto armado en Colombia (2011), conceden una gran importancia, tanto para la rebaja de penas como para los procesos de reparación a las víctimas del conflicto armado interno y a la sociedad en su conjunto, no solo a la “verdad jurídica” sino a la “verdad histórica”. Más aun, la Ley de Víctimas define la memoria como una forma de reparación simbólica y como un “aporte a la realización del derecho a la verdad del que son titulares las víctimas y la sociedad en su conjunto”.

Con el ánimo de contribuir a la discusión pública sobre un problema tan complejo como el de la memoria histórica del conflicto armado colombiano, y teniendo en mente las conversaciones de paz en La Habana, Razón Pública presenta las entrevistas que sobre arte, política, violencia y memoria ha realizado con Beatriz González y Doris Salcedo, los documentalistas Diego García y Bruno Federico, y el productor ejecutivo del programa Contravía, Juan Pablo Morris.

#PolíticaEditorial

Desde febrero de 2017 la política editorial de [esferapública] estará enfocada en propiciar la reflexión en torno al archivo de debates y textos a través de proyecto #LeerLaEscena. Por esta razón, en el portal se estarán publicando análisis de debates, entrevistas y lecturas en voz alta con el ánimo de revisar temas sobre los que se debate reiteradamente (crítica al arte político, el estado de la crítica, especulación y mercado, espacios de artistas, museos y espacios de arte en crisis) y, a partir de esta revisión, replantear formas de discusión, políticas editoriales y, si es el caso, una nueva plataforma para [esferapública].
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6 Opiniones sobre Doris Salcedo: el buen arte es político

  1. carlos salazar 2013/04/21 at 8:22 pm

    Para no perturbar a Carlos Jiménez, no vamos a hacer énfasis aquí en cómo se le quiere dar un carácter “axiomático” a una serie de enunciaciones vagas a las que le falta el desarrollo argumentativo y que por lo tanto terminan siendo solo enunciaciones religiosas, mantras mecánicos de fe y gusto hechos para ser repetidos incesantemente en un rosario sentimental sin ninguna pretensión de racionalidad. El fin de la teoría aquí es el de la fetichización del concepto. La ocultación de los mecanismos de reproducción ideológica mediante el embrujo de la retórica filantrópica llevada al terreno de la poesía y el teatro melodramáticos: “el buen arte es político,” “todo arte es marcadamente ideológico,” son enunciados tan vagos como “la buena música es reggaetón” o “toda mujer es marcadamente hermosa”. Doris dixit.

    No. Lo que es importante aquí es la pobreza del discurso político. Esto es evidencia de, hasta qué punto, ha representado un problema para estos actores antimodernos del arte contemporáneo el haber renegado del metadiscurso político – desde Platón hasta Hobbes, desde Hobbes hasta Marx, desde Marx hasta Adorno – y haber sido criados por los sentimentalizadores y medievalizadores de la cultura política que decidieron abolirlo: los Rancières, los Lévinas, los Celan, las Mouffes y las Bishops. Crecieron siendo adoctrinados en las universidades, las bienales y las revistas con la idea de que antes de Foucault, Derrida y Baudrillard era la oscuridad; cuando probablemente es todo lo contrario. Y ahora se ven a gatas para hablar de ideología o ética. De lo que una lectura como esta queda es el testimonio de la apabullante falta de cultura política, del lamentable manejo de aficionado del tema de la política por el arte político contemporáneo.

    Hay, sin embargo, algo igualmente interesante y es cómo el fin del enunciado ideológico es aquí no decir, ocultar mediante el valor simbólico del concepto de “reparación,” el papel especulativo de la mercancía. El hecho de que la obra del artista político que aquí habla es primeramente – desde su nacimiento hasta su introducción en la corriente social – mercancía. La naturaleza que el capital le ha infringido a la obra de la artista como valor de cambio es tabú. No se menciona. La obra es un objeto místico de reparación, como la cruz, como la hostia, como la indulgencia eclesiástica corporativa que es más que ninguna otra cosa. No una mercancía cruda que simplemente tiene un valor simbólico porque el mercado así lo ha decidido.

    El papel que cumple el discurso artístico es el de fetichizar la mercancía. El sustento de la teoría no es la búsqueda de la iluminación – aunque la mímica es impecable – sino la voluntad de plusvalía mediante la publicidad filantrópica.

    Parece una ironía traviesa de la historia del metadiscurso marxista para con la artista que, en El Capital, Marx use la mesa como ejemplo de objeto fetichizado:

    “A primera vista, una mercancía parece ser una cosa trivial, de comprensión inmediata. Su análisis demuestra que es un objeto endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas. En cuanto valor de uso, nada de misterioso se oculta en ella, ya la consideremos desde el punto de vista de que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas, o de que no adquiere esas propiedades sino en cuanto producto del trabajo humano. Es de claridad meridiana que el hombre, mediante su actividad, altera las formas de las materias naturales de manera que le sean útiles. Se modifica la forma de la madera, por ejemplo, cuando con ella se hace una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, una cosa ordinaria, sensible. Pero no bien entra en escena como mercancía, se transmuta en cosa sensorialmente suprasensible. No sólo se mantiene tiesa apoyando sus patas en el suelo, sino que se pone de cabeza frente a todas las demás mercancías y de su testa de palo brotan quimeras mucho más caprichosas que si, por libre determinación, se lanzara a bailar.” Marx. El Capital. Libro primero. El proceso de Producción del Capital. Sección Primera. Mercancía y Dinero. El carácter fetichista de la mercancía y su secreto. 1867

    Así, la reparación simbólica es lo que es: solo la transferencia de la sacrosantidad autoritaria de la propiedad privada. No es una reparación. Es una celebración pública para darle valor a una mercancía.

    Mientras las víctimas no cesen de ser embrujadas con el incienso intoxicante de la idea de que un objeto fetichizado para el mercado por medio de la retórica filantrópica corporativa va a ser parte de su recompensa, nunca van a tener paz. Y lo que es más grave, aceptar una obra que las invoca como capital reputacional para incrementar su valor de cambio, objeto que como si fuera poco nunca van a ver porque está en una colección privada o un museo. Mientras esto suceda solo están pasando de una forma de abuso a otra. No es suficiente ser abusadas por la guerra. No. Aún tienen que estar dispuestas a ser abusadas mediante la estética que ha hecho de la guerra su alimento y su prosperidad.

    O probemos en el otro lado del juego a ver si la artista acepta ser recompensada por su obra en el mercado con un acto simbólico como un concierto, una medalla o poniéndole su nombre a una calle o una escuela de Bellas Artes. No. Veríamos su furia imperial. La reparación simbólica es para los de ruana y ahí está el arte para asegurarse de que así sea.

    • Carlos Salazar 2013/04/24 at 8:43 pm

      Una breve adición al comentario en honor al contexto político de la entrevista. La Fundación Razón Pública, el canal que realiza la entrevista, es aliada de la AVINA de Schmidheiny en la Mesa de Diálogo Permanente para la Minería como queda patente en la página de AVINA sobre Industrias Extractivas que tiene un enlace directo a la página web de Razón Pública. Pero éste tema es más de Guillermo Villamizar y por lo tanto con una breve alusión basta. http://informeavina2012.org/espanol/industrias.shtml
      https://twitter.com/RazonPublica/statuses/141643557667745792

  2. G.P.V 2013/04/22 at 12:58 am

    Dice Carlos Salazar (nombres propios en Mayúsculas por favor): “Así, la reparación simbólica es lo que es: solo la transferencia de la sacro santidad autoritaria de la propiedad privada. No es una reparación. Es una celebración pública para darle valor a una mercancía.”

    Señor Salazar, su comentario luciría más si no tuviese que urdir una escabrosa teoría sin mayor sustento que vapulear enunciados sencillos como “todo arte bueno es político”, resoplando nombres de Francia y citando un tramo de El Capital harto conocido por su ineficacia y desconocimiento de la dialéctica hegeliana pura. Enunciados entonces, tan injustos en su reducción, como vapulear su comentario entero merced a que ud ha dicho “la reparación simbólica es lo que es”, o el pleonasmo “sacro santidad”. En cualquier caso, yerra usted en condenar estos actos simbólicos como procesos capaces de recuperar precisamente una porción de la realidad que el capital especulativo traga: el patrimonio cultural, el patrimonio simbólico, o lo que es más emic, EL ESPÍRITU DE UN PUEBLO, hegelianamente entendido. Todas estas variables que le confieren identidad a una nación, devorados en nuestro caso por el capitalismo y la guerra, requieren una recuperación estética, pues lo que está hecho con estética (o simbolismos) solo puede repararse con estética. A una víctima, ud no puede echarle un pedazo de tierra y girarle un cheque, esto no entra en el terreno emotivo que ha sido violado y que necesita reparación para la víctima. Su suposición aceptaría que un muerto se paga con cheques. Ciertamente no con arte solamente, pero si esta disciplina no fuera necesaria, hubiese desaparecido hace mucho tiempo, precisamente por esa lógica mercantilista que tanto condenan del capitalismo, y que según sus razonamientos, concluyen que solo lo que tiene valor de capital es valioso y tiene derecho a existir, no así el arte, por ejemplo, de la tauromaquia, el performance o el grabado con tinta.

    Me molesta profundamente la inclusión de Celan y Lévinas en un enunciado suyo donde yerra al poner el artículo “los” hablando de singulares como el poeta o el filósofo, Ambos, por judíos y por sobrevivientes de campos de concentración, precisamente ejemplifican nuestra posición: no son ni mercadores de su propia desgracia, ni vendieron sus historias trágicas como pornomiseria, aunque si me lo pregunta tenían todo el derecho de hacerlo. No voy a usar el estúpido modismo de la “katarsis”, solo diré que un humano ha de actuar en consecuencia de su historia siempre. La única salida lógica para un poeta salido de un campo de exterminio, era reformar el mundo a través de su poesía, y Celán lo logró, y jamás ganó una sola moneda con ese trabajo, pues sabrá ud que antes de suicidarse en las aguas del Sena, vivía desde hace años en un cuarto más bien modesto. Lévinas, entre tanto, solo tuvo como salida lógica intentar darle una respuesta a una pregunta terrible, ¿por qué? Y lo hizo haciendo un programa ético en el que por encima del pensamiento político encontraba reconciliación con quienes exterminaron a 6 millones de sus hermanos, pues incluso esos nazis también eran “l`autre”. Hablamos entonces de historias particulares de la reconciliación después del desorden de la violencia, como actos no sometidos a la especulación del capital, y sin embargo necesarios para equilibrar la cordura del mundo. Eso, si me permite, también es política, una más pura.

    Entonces, imaginando ud la impertinencia de los trabajos de Doris Salcedo y de Beatriz González, yerra al conferirles un sesgo oportunista. Sería bueno que revisara la concepción del arte de otro judío político, Walter Benjamin. Si lo entendiera, sabría distinguir entre el arte contaminado de capitalismo, y el arte de verdad: el primero está sometido a la lógica de la producción y de la reproducción, pierde su esencia al convertirse en producto reiterado, pues se instrumentaliza y se convierte en vendible-comprable. El segundo, cumple la función del arte real: iluminar una zona de la realidad que cosa alguna podría iluminar, entender, esquematizar, y ofrecer en una forma aceptable socialmente mediante la estética. Cuando Doris Salcedo contrapone el arte a la barbarie, la barbarie incluye todos esos juicios e instrumentos del capital.

    Da la impresión que su molestia viene de no incluir en la reparación simbólica ciertos discursos izquierdistas. Por cierto, la cita de Marx no condena la instrumentalización del arte, apunta precisamente a lo contrario: la condena radica en suponer que una mesa está atravesada por discursos metafísicos, cuando realmente fue fabricada para ser mesa. Marx denuncia la falsificación del simbolismo, o mejor, el simbolismo incorrecto. En el arte, si el simbolismo es incorrecto, el arte no ocurre; viniendo al cuento, creo que sería natural aceptar que este par de mujeres saben lo que hacen. Doris Salcedo, apiñando una cantidad de sillas sin explicación racional, o Beatriz Gonzales, pintando a una madre que llora porque su hijo ha sido reclutado en el ejército de Colombia para la guerra, dan noticias de la guerra y su rechazo de una manera más eficaz que la de cualquier discurso izquierdista. Cordial saludo.

  3. Carlos Jiménez. 2013/04/22 at 7:18 am

    Carlos, no temas, no me has ¨ perturbado ¨ con el vertiginoso resumen que has hech de las declaraciones de Doris Salcedo en esta entrevista y ni siquiera porque en el mismo hayas demostrado una falta de la indulgencia con las contradicciones e inconsistencias de su discurso con la que sin embargo has tratado las contradicciones en el tuyo. Porque ya me contarás tu, qué significa citar como si fueran una fuente de inspiración homogénea a volver a pensadores tan dispares y francamente contradictorios entre si como Hobbes, Marx y Adorno.O pasar por alto que el caracter de teología política secularizada que Carl Schmidt le atribuye al pensamiento politico moderno. O,ya metidos directamente en tu argumentación, que en un momento de la misma atribuyas con Marx el caracter fetichista de la mercancia precisamente a su insersión en el mercado y en otro lo atribuyas a ¨ la retórica filatantrópica corporativa¨ Pero no es esa falta tuya de indulgencia con lo que son mas que unas declaraciones improvisadas – aunque ciertamente reveladoras, no lo te lo niego – lo que realmente me preocupa o me ¨ perturba ¨ como dirías tu. No a mi lo que ahora me preocupa y me ha venido preocupando de has tejido en torno ala obra de Doris Salcedo es su caracter radicalmente moralista. El moralismo de quien considera que el capitalismo es el mal y que cualquiera acción que suponga implicarse con él es por eso mismo condenable. Como si fuera posible hoy día y aquí y ahora vivir por fuera del capitalismo, como si no fuera ya no solo un modo de producción, tal y como lo interpretó y analizó Marx, sino una forma entera de vida, como lo señaló precozmente Max Weber. Ya no hay ¨campo socialista ¨, ya no hay alternativa eficaz al capitalismo por mucho que en Ecuador y en Venezuela sus gobiernos se proclamen socialistas, cuando en la realidad son gobiernos keynesianos que adoptan medidas a favor de las mayorias populares que les estan vedadas a los gobiernos de estricta observancia neo liberal. Y ante esa situación queda la posibilidad de aceptarla o de refugiarse como los monjes de clausura en un convento ¨aislado del mundanal rüido ¨ o refugiarse en los paraisos artificiales que ofrecen los psicotropos o las religiones. Olvidándo eso si que las papas y las yucas son tan mercancías como la cocaína, los escapularios y las misas de difuntos. Y que por serlo,tienen el mismo caracter fetichista, de ¨objetos sensiblemene suprasensibles¨, conceptualizado por Marx. Pero otra cosa y muy distinta es que el capitalismo, capaz de ser hegemónico a escala planetaria como efectivamente lo es, sea homogéneo.Al contrario, la sociedad capitalista esta desgarrada por todo tipo de antagonismos y contradicciones como lo demuestra, ya no la historia, sino la lectura diaria de periódicos cargadas de conflictos, insurrreciones y guerras que no parecen tener fin, por mucho que os hombres de paz y de buena voluntad se lo propongan. Y a a ese ámbito de conflictos y contradicciones pertenecen tanto la voluntad de quienes quieren cubrir con un manto de olvido y silencio las verdaderas dimensiones de la guerra sucia que desde hace ya demasiado tiempo padece Colombia y la de quienes pretenden que se recuerde a las víctimas y por lo menos se las repare simbólicamente mediante tumbas y oraciones fúnebres. Cierto, los ataudes y las tumbas son mercancias, asi como los trajes de luto, las misas de difuntos, los cirios e inclusive los responsos. Pero la constatación de esa obviedad no anula la voluntad de quienes – insertandose en la tradición de honrar a los muertos que ciertamente es mas antigua que el capitalismo – ni es suficiente motivo para descalificarla y, menos aún, despreciarla.
    Y el mundo del arte, sus escenarios privilegiados, sus mecanismos de legitimación, su mercado específico, no es ajeno a la conflictividad inherente al capitalismo actualmente hegemónico. Porque como sabe cualquiera que no sepa sino eso, en este mundillo nuestro no coinciden los intereses de los artistas con los de los directores de museos, ni los de estos con los criticos de arte, ni los de los criticos de arte con los historiadores y los filósofos del arte. Y con frecuencia los intereses mutuamente contradictorios de todos estos agentes no coinciden con quienes no son siquiera coleccionistas sino especuladorles financieros que, angustiados por el caracter tan extraordinario como volatil de los beneficios del capital financiero, compran obras de arte porque las consideran bienes tangibles que, por serlo,tienden a impedir que sus ganancias desaparezcan literalmente en el aire de un día para otro. Y es en este medio, así de conflictivo y contradictorio, que actuamos quienes consideramos que es legítimo que los artistas pueden criticar con su obra al capitalismo, a pesar de que lo hagan en un escenario en el que domina la lógica del capital e incluso, a pesar de contar con el patrocinio no de un gobierno democrático sino de una multinacional. Si una multinacional subvenciona proyectos artísticos lo hace actualmente por el interés de mejorar su imagen corporativa y/o por presumir de responsabilidad corporativa, pero no veo la razón por la que un artista critico de la sociedad de la que se beneficia con creces esa multinacional, tenga porque negarse a aceptar esa subvención. La multinacional gana con esta transacción evidentemente, pero también gana el artista que puede realizar una obra crítica y gana el público o los aficionados al arte que pueden confrontarse con esa critica.

  4. Juan Angel Italiano 2013/04/25 at 5:14 pm

    mmm…los puntos de vista son muy interesantes y los comentarios otro tanto, pero mi aporte va por el lado de que me parece ya, a esta altura del partido hablar de “buen arte” que a su vez implicaría un “mal arte”, es una discusión sin sentido. Una obra puede estar bien echa, puede ser novedosa o podríamos hablar de hasta “original” si quieren, pero dar una patente de pertenencia, ya es otra cosa. Además “político”, asumo que el término es usado para esa obra que tiene un grado de compromiso con la sociedad. Asumamos que en aquel viejo libro de Dorfman y Mattelart: “Para leer el Pato Donald” quedó más que claro que el arte de Walt Disney (en ese estudio) es un arte político disfrazado de entretenimiento y de cultura de masas. Entonces pregunto ¿también es un buen arte? Toda obra comunica, establece un diálogo, el discurso siempre tiene una finalidad. Pero “bueno”, “malo” me suenan a “me gusta” o “nomegusta” así, dicho todo junto y rapidito, como un niño con berrinche. Otra vez al principio, la temática de esta entrada hace reflexionar, pensar, hay un arte político que me gusta, agrada y comparto, me embeleza y me hace pensar. El retrato de Dalí de la sobrina de Franco, es una obra política, que claro, no comparto. Pero no diría que es “mal arte”. Daría una chorrera de epítetos denotativos sobre Franco, Dalí y la mar en coche. Pero digo, todo ok, pero hay miradas que le restan seriedad a las cuestiones de fondo.

  5. Guillermo Villamizar 2013/04/26 at 8:32 am

    El arte es también un objeto cultural que puede ser producido por instancias que trascienden al artista y su época, frente a la tradición que se invoca para hablar del arte como una esfera autónoma que señala los valores y tensiones de un tiempo determinado. No es solo el reflejo incondicional de la mirada del artista sobre la realidad, las que determinan las trayectorias del discurso artístico, sino las pautas que la realidad impone las que señalan esos trayectos cuando se definen a partir de agendas pre fabricadas en instancias que traducen la sensibilidad neoliberal. El artista ya no es un productor… el artista es una realidad producida por estructuras superiores.

    El pretendido agenciamiento que busca el arte político en sus micro masas de consumidores no es más que una inversión paradójica del estructuralismo que desarrolla el mercado. Este mercado que se constituye en el punto de encuentro entre el arte y el dinero ha sido en los últimos años el lugar predilecto que ha desarrollado el capitalismo neoliberal para construir su propio agenciamiento cultural. Es decir, las coyunturas simbólicas que desarrolla el artista están supeditadas a un orden superior determinado por el mercado, como probablemente no se había visto en ninguna época de la historia del arte occidental, en sus relaciones con el poder económico y aquellos que lo detentan y lo ejercen.

    Si el arte político cumpliera su promesa de reivindicación social que hace, terminaría enfrentado a ese mismo sistema del cual depende, motivo por el cual los artistas políticos negocian este dilema ingresando inevitablemente a un mercado que no los toma en serio más que por la capacidad que tienen de aportar a una cuota de mercado que calcula, rentabiliza y culturaliza con eficiencia los aportes que le hacen al mismo. De esta manera el artista político se hace chic.

    Estas tesis que tanto preconiza la organización de Schmidheiny, como el desarrollo sostenible y la responsabilidad social corporativa son la máscara que ha inventado el neoliberalismo para bendecir su vieja prédica: acumulación de capital mediante la privatización y la mercantilización de cada aspecto de la naturaleza, desde moléculas hasta montañas, desde tejido humano hasta la atmosfera de la tierra (1). El papel del arte y los artistas de esta colección es ofrecer los instrumentos culturales para legitimar este proyecto. Mediante la puesta en escena de estos discursos políticos en el campo del arte, sus arremetidas son neutralizadas por el poder del gran capital para construir estos mega escenarios de la domesticación del disenso, y esto es posible, en la medida que estos mismos discursos responden a una política contra cultural blanda.

    Nada mejor para aparecer coherente frente a la opción verde, que respaldar un arte que se muestra contra cultural en apariencia.

    La insistencia de esta y otras organizaciones en el desarrollo sostenible y en la coordinación de esfuerzos por conservar y regenerar los recursos naturales se inscribe en unas nuevas políticas del desarrollismo ambiental del capitalismo contemporáneo, que buscan la bancarización de este sector, como un activo que hay que salvar no para protegerlo, sino para comercializarlo (2). Las causas que defienden la conservación de la naturaleza terminan alineadas con la hegemonía neo liberal. Este mismo fenómeno se repite en el arte político contemporáneo, que apoyado en causas aparentemente nobles, termina replicando la lógica neoliberal, es decir, su más banal comercialización de las causas que dice defender, y más grave aún, como sistemas de legitimación de aquellas políticas superiores adscritas a los patrones que financian este tipo de manifestaciones artísticas.

    Igual situación se presenta cuando hablamos de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), que se ha convertido en el caballito de batalla por parte de las corporaciones, como una táctica para crear nuevas maneras de vender más bienes y servicios, bajo la apariencia de un marketing cultural que asocia estos productos con causas nobles, y si son ambientales o integran políticas de ayuda a los sectores sociales menos protegidos, mejor aún.

    Un fuerte crítico de esta tendencia es Subhabrata Bobby Banerjee, quien asegura que lo que está en juego no es el efecto que la responsabilidad social tiene sobre la sociedad, sino en las implicaciones estratégicas y económicas que esto tiene para las corporaciones (3). Esta vuelta “moral” se ha convertido en la nueva manera de legitimar los tradicionales procesos de acumulación de capital (IV).

    El asunto más importante a tratar entonces, es dilucidar esas relaciones complejas que se dan cuando hablamos de arte político e instituciones privadas, mediante ese juego de tensiones que quieren y buscan provocar los artistas que se alinean en un sector de la sociedad que asume una posición crítica frente al orden establecido, cualquiera que sea la manifestación de ese mismo orden en el plano político, social, económico o cultural. Y especialmente analizar el control económico, que deviene en control político, sobre la agenda intelectual de estas actividades artísticas como lo señala Petras.

    ¿Es sólo un acto desprevenido de filantropía y mecenazgo desideologizado, lo que guía al proyecto Daros Latinamerica Collection?

    (Extractos tomados del texto “Informe Daros parte II” de próxima publicación en Esfera Pública”)

    (1) McAfee, Kathleen. Selling Nature to Save It? Biodiversity and the Rise of Green Developmentalism. Enviroment and planning D: Society and space. 17 (2): 133 – 154.

    (2) Ibid.

    (3) Banerjee, S.B. 2007. Corporate Social Responsibility: The Good, the Bad, and the Ugly. Northampton, MA: Edward Elgar.

    (IV) Boltanski, L. and Chiapello, E. 2005. The New Spirit of Capitalism. London: Verso.