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Crecer Sin Esplendor (justicia Poética)

Luis Hernández Mellizo, Algunas cosas crecen sin esplendor, Centro Empresarial Kennedy Cámara de Comercio de Bogotá, 21 de agosto-24 de septiembre de 2010.

Ted Naos diseñó unas tarjetas recortadas con base en los horizontes de ciudades que salen mucho en cine. Luis Hernández Mellizo compró una dedicada a Nueva York. Tiempo después, en el centro de la “Sala de exposiciones-Art Gallery” de la Cámara de Comercio de Bogotá en Kennedy, irguió dos amplios recortes sobre cartón basados en la tarjeta de Naos. El tamaño de estos perfiles permitía que se superpusieran a la vista de los techos de las casas que rodean el edificio donde está la exposición. Ese contraste entre esquemas arquitectónicos fue posible porque nunca se pensó en poner allí una sala de exposiciones y porque Hernández Mellizo aprovechó esa situación para ir en contra de uno de los pilares de la  museografía modernista para lugares de exposición improvisados: impedir que la luz natural entre por las ventanas. Movió los páneles de madera que tapan las ventanas de esa sala, dando la impresión de que la exposición parecía inconclusa. Adicionalmente, disminuyó la temperatura de la sala a  niveles de tortura. Todo parecía mal hecho.  Es más, parecía que el artista apuntaba a consolidar esa idea de desorden e indefinición en su muestra. También había un pino de plástico montado en una perforación de la pared.

A primera vista podría decirse que el artista se refería al público que visita habitualmente esa sede de la Cámara de Comercio de Bogotá, recordándonos que en su mayoría se trata de una comunidad que celebra la navidad añorando los cambios climáticos de fin de año en los países del Trópico de Cáncer. Que pone guata y algodón sobre pinos artificiales y ventanas, pensando en una nieve abullonada y cálida. Que creen (creemos) que “allá siempre nos va a ir mejor” por el sólo hecho de desearlo. Sin embargo, no se limita a aparentar un juicio contra los integrantes de su misma clase social. Al acercarse a ese objeto cambiaba el ángulo visual de la sala y uno dejaba de atender los grandes hitos de la muestra para concentrarse en detalles que el artista puso en los  rincones de la sala: “ladrillos” de cartón que tapaban  una ventana, ramas de plástico metidas entre los huecos de las rejillas de metal. Estos “premios visuales” parecían haber sido abandonados allí como recompensa a quien aguantara más de dos minutos en el lugar. Tras ese descubrimiento el juego consistía en localizar el mayor número de intervenciones, pero estas se agotaban pronto y, de todas maneras, se pensaba en abandonar rápido el sitio: el frío no aminoraba.

Una de las cualidades de este proyecto es su intención de acercar dos escenarios culturales claramente diferenciados en el lugar mismo donde se presentó. La silueta de la “Capital del mundo” recortada contra un barrio de casas construidas a punta de cesantías y liquidaciones salariales funciona como un recordatorio de lo que muchos de nosotros tenemos como idea del futuro: largarnos de este país para buscar fortuna. Inclusive con este comentario, Hernández Mellizo se burla de quienes trabajamos en el campo artístico y creemos que en Nueva York (o en el exterior) podremos realizar nuestros sueños de proyección profesional. Creo que por esto no se abstuvo de mostrar la tarjeta de donde extrajo el paisaje recortado de la ciudad, montándola en una de las paredes de la sala junto a un mapa de Latinoamérica recortado en el cielo de la Nueva York que mostraba  una fotografía de turista (genérica, mal iluminada, improvisada,  emocionada). De otra parte, también juzga las falencias de quien va a una exposición a ver solamente lo que sucede al interior de la sala. Mientras hablaba con él para redondear algunas ideas sobre su muestra, me preguntó si había visto las intervenciones que sobresalían de la fachada sur del edificio, atravesándola. Tuve que decirle que no. El resultado, entonces, tenía que ver con la evidente falta de precisión en mi observación. Algo terrible para quien se precia de ser crítico de arte. Algo que provoca risa y desprecio juntos contra alguien que goza notificando las actuaciones de los demás. Justicia poética.

Guillermo Vanegas

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