Coalición de Trabajadores Artistas (intermezzo)

Mientras que discutimos si las obras de artistas políticos son desactivadas por que la Fundación Daros Latinomérica (u otras fundaciones privadas o públicas) las compran, el arte político simplemente se hace y nos muestra cuán desenfocada está la mirada de nuestros mosqueteros que no tiene en cuenta la precariedad de la mayoría de los artistas de hoy (sean políticos o no)…

ctamanifestación
Fotografía Andrés Bueno

Mientras escribía la segunda parte de «Mosqueteros, hegemonía, instituciones«, Andrea Aguía me dio a conocer su proyecto CTA (Coalición de Trabajadores Artistas) y me pareció que reseñarlo podía ser un buen intermezzo en mi escritura.

El objetivo del proyecto coincide con su nombre: se trata de crear una coalición de trabajadores-artistas (había escrito «sindicato» pero Andrea me explica que prefiere el nombre coalición que no connota, como lo podría hacer el de sindicato, una estructura vertical-jerárquica). Andrea nos propone abandonar la subjetividad romántica del genio artista y reconocer que los artistas somos obreros culturales, mano de obra que circula al interior de un sistema que, por definición (por definición, pues se trata del sistema capitalista neoliberal), buscará disminuir el costo de dicha mano de obra y apoderarse de la plusvalía que ella produce.

Aunque dicha subjetividad romántica haya sido criticada con fuerza en el siglo pasado ésta parece seguir funcionando (pero obviamente vaciada de su fundamento transcendente -el genio como potencia natural) y alimentando los mitos que el mercado construye al rededor de la figura del artista. De un lado, el artista parece obstinarse en percibirse a sí mismo como un ego-autor; sea que ingenuamente crea en su «talento» o en el trabajo concienzudo, o que, menos ingenuamente, confíe en su capacidad para las relaciones sociales, esta posición de ego-autor hace que los artistas lleguen al mercado laboral como mano de obra atomizada: divididos y enfrentados en competencia unos contra otros. Nada mejor para un sistema cuya norma es maximizar los beneficios (económicos) y minimizar los costos; costos que incluyen justamente la mano de obra que el artista ofrece. La lógica sugiere que ante el capital sería mejor negociar unidos (razón por la que el capital lo primero que intenta es dividir cualquier sindicato, o impedir su existencia).

De otro lado, esta subjetividad romántica divide a los artistas en dos clases bien separadas, el precario y el que se «montó». El precario se la pasa en el rebusque cultural recogiendo las migajas que le suelta el sistema. El que se «montó» de repente se cree el cuento -o se comporta como sí lo creyera- que el reconocimiento que recibe de la parte de ciertas instituciones lo transforma en una especie de rey Midas y entonces se cree -o se comporta como sí se lo creyera- que sus pocos meses de trabajo (perdón de genialidad artística) producen millones de dólares. El capitalista que invierte en el «talento» del que se «montó» tal vez no crea en este mito, pero él sí que debe comportarse como si fuera verdad si quiere especular con dicho «talento». Obviamente, todos sabemos que son pocos los artistas que se «montan» y que si ello no fuese así el negocio no sería bueno para el sistema. Parece ser entonces que la subjetividad romántica es uno de los mitos que más benefician al sistema y más esclavizan a la mayoría de los artistas.

Andrea Aguía critica entonces la idea de que el artista sea un obrero emancipado. Y tiene razón, el obrero emancipado no puede ser alguien que se la pasa viviendo del rebusque cultural. El artista contemporáneo es más bien uno de los ejemplos más logrados de la flexibilidad que el neoliberalismo exige del trabajador.

¿Por qué digo que este proyecto es un buen intermezzo? Porque mientras que discutimos si las obras de artistas políticos son desactivadas por que la Fundación Daros Latinomérica (u otras fundaciones privadas o públicas) las compran, el arte político simplemente se hace y nos muestra cuán desenfocada está la mirada de nuestros mosqueteros que no tiene en cuenta la precariedad de la mayoría de los artistas de hoy (sean políticos o no). Es probable que una parte importante del mercado artístico global se interese hoy en día en alguna forma de arte político (pero como decía en la primera parte de «Mosqueteros…» creo que se trata más de un interés en una cierta «estética» que en la crítica que puede estar detrás o no de dicha «estética») pero no porque los artistas precarios se interesen en problemáticas políticas van a encontrar un camino libre de obstáculos para encumbrarse hacia el éxito mundial. Eso es un mito. Y como vemos con la propuesta de Andrea, se pueden proponer todavía obras que dificultan la propia absorción por el mercado, lo que significa que es importante continuar investigando el modo en que la obra en sí puede resistir, incluso a pesar del artista mismo.

En cuanto a las condiciones del trabajador-artista, yo propondría un sistema mixto entre el que hemos dejado instalar y el que funcionaba por ejemplo en la ex-Yugoslavia, donde los artistas eran funcionarios del estado y como tales tenían garantizado un salario mensual digno. Habría que reflexionar sobre los modos a través de los que dichos funcionarios presentarían el resultado de sus investigaciones artísticas a la sociedad y con cuál frecuencia. Por demás ello no impediría que los artistas vendieran su obra o sus servicios como sucede hoy, pero, incrementando sus ganancias se incrementaría el porcentaje de impuestos que tendrían que pagar. Si me preguntan cómo se financia este sistema, la respuesta es que en Colombia el capital paga pocos impuestos. Es necesaria y urgente una verdadera reforma tributaria de tipo progresivo.

Bueno, basta con mis elucubraciones, los dejo con Andrea para que presente su proyecto:

Diseño de logo Carlos Umaña
Diseño de logo Carlos Umaña

Agradezco a que me hayas invitado a hablar contigo. Me presento como una de las artistas precarias que mencionas. La idea con este proyecto era un poco, gritar mi inconformidad frente a la condición del artista-trabajador, diferente decir, mi inconformidad frente al trabajo artístico, porque aquí se seguiría dando más importancia al trabajo que a la persona. Lo planteé en un momento en que me encontraba sin trabajo, y pensando como siempre la relación entre arte y política. Si alguien me preguntara cree que el  arte es político, diría, no, no existe el arte político, o al menos son pocos los ejemplos y otros de los comúnmente conocidos los que refieren al arte político. Lo que sucede con el arte mal llamado político es como Gustavo lo señala, la pieza de arte, eso que se exhibe, y que entra en la mecánica del “espectáculo” cumple con una “forma” social, tiene una formalidad que responde a temas sociales, y eso claro que lo heredamos del romanticismo alemán, es decir, de Kant cuando habla que un juicio estético es la representación empírica de la FORMA de un objeto (§31 Crítica del Juicio). Cuál sería esta aproximación al objeto, al mundo desde el arte, si miramos el efecto del concepto de genio y de obra en Kant sino el formalismo al que llegó el arte abstracto, y como una prolongación a lo que ha llegado el arte político estetizado. El asunto es cómo hacer arte sin alejarse del mundo, sin caer en el mutismo y estado de éxtasis del genio del romanticismo, y al mismo tiempo provocar un cambio, lo que se traduce también en cómo hacer que el artista sea reivindicado en la sociedad, que la sociedad vea su labor como algo que la constituya esencialmente y no como un organismo parasitario que tenga sus momentos de gloria en la empresa del cine y del espectáculo. Hacer arte en el mundo, está relacionado con la división entre lo privado y lo público a la que las artistas mujeres (dentro de lo que signifique occidente) se aproximaron en los 70´s con nuevos lenguajes, es decir, está en poder volcar el lenguaje artístico al espacio público (lo que automáticamente significa también al ámbito privado). Es por eso que la CTA se plantea en el espacio público, en la calle, y en este caso, en ese atisbo de libertad, o al menos de subversión del orden cotidiano que son las manifestaciones sociales (lo que también ocurre en las performances en espacio público).

La CTA se proponía como una coalición que saliera junto con las manifestaciones sociales del momento. Estuvo entonces, con la marcha contra la violencia contra la mujer el 11 de noviembre del 2013 (apoyada por la Secretaría de la mujer de Bogotá), la marcha del 13 de diciembre por la defensa de las garantías democráticas en Bogotá, una acción el 11 de diciembre en la Plaza de Bolívar que estaba habitada de gente por la coyuntura que generó la revocatoria del Alcalde Mayor de la ciudad, y un comunicado generado en el “espacio público virtual” de los Matinés Dominicales del MAC (Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá) el 1 de diciembre. La Coalición de Trabajadores Artistas (CTA) pretendía inicialmente congregar a artistas a que contaran su experiencia como trabajadores y realizaran marchas junto con las movilizaciones de grupos sociales del momento. Saldrían a las calles con estos movimientos con pancartas propias de la coalición para la reivindicación de sus derechos, los que se consignarían en un manifiesto de la coalición, o mejor en un pliego de peticiones. Las manifestaciones de los integrantes que se unieran a las marchas serían libres. Esta convocatoria que se dio a través de una base de datos de correos electrónicos de artistas, personalmente y por las redes sociales, no tuvo una respuesta masiva, así que salimos dos o tres personas a marchar (en su turno, Andrés Bueno, Liliana Caycedo y Carlos Umaña).  Estas primeras acciones (junto con el comunicado y la acción en la Plaza de Bolívar) se platearon como “actos fallidos”, actos solitarios que reclamaban a la comunidad una inclusión de una colectividad (los artistas) que se daba a través de una sola persona. Ahora la CTA por un hecho fortuito, a través de Ricardo Arcos Palma ha encontrado eco en un grupo de “trabajadores culturales”  que busca la reivindicación del artista-trabajador.

 La CTA no es una propuesta para poner precio a las obras de arte. No es una discusión sobre el valor de la producción de un/a artista. Es una discusión sobre los derechos del artista como miembro activo de una sociedad. Ser miembro activo significa, reconocer que el artista está inserto en la dinámica de un sistema capitalista, con los rasgos capitalistas neo-liberales que tienen ahora los países Latinoméricanos. No se trata aquí del problema de la alienación del sujeto frente al producto artístico que cobra un valor en el ámbito del comercio del arte. Se trata de los derechos básicos de un artista productivo dentro del sistema. El/la artista como integrante de la sociedad tiene derecho a la vivienda, a la salud, a la conformación de una familia (si así lo desea, y como entienda que sea el núcleo familiar), al esparcimiento, a la independencia financiera y estabilidad económica. Si está dentro de un marco social determinado  la mano de obra  debe ser cobrada según su trayectoria personal para poder asegurar su independencia financiera. Alguna vez oí nombrar a Luis Mellizo (artista colombiano), que el artista era un obrero emancipado, y me gustó que usara la palabra “obrero”. No sé si sea emancipado, de todas maneras está bajo la dinámica de un modelo económico, y eso lo explica mejor Gustavo. El artista puede entrar en este sistema en tres ámbitos: como dependiente del asistencialismo estatal, que se traduce en apoyo a la actividad artística a través de las convocatorias estatales o distritales, como gestor cultural en el que se circunscribe a las dinámicas de los espacios culturales independientes y/o vinculadas al sector público local, distrital o nacional, como docente.

No conozco ningún artista que trabaje en actividades que no estén ligados al sector cultural, por ejemplo, que trabaje como corredor de bolsa o como abogado y en su tiempo libre se dedique al arte plástico, visual, de nuevos medios o performático; lo que sí se ha dado en otros campos como la literatura. Esto por la particular “naturaleza” de este tipo de arte, pues exigen de la manifestación matérica de un proceso de trabajo, estado interno, crítica, reflejo de la autobiografía personal que transforme o habite un espacio. Así el/la artista más que un objeto de mediación para sí mismo, que es lo que experimenta en términos “formales” el/la artista Performer@ o performista, es ante todo una persona que se circunscribe en un sistema económico y que tiene derecho a ciertas garantías básicas para seguir operando. No estamos hablando aquí de distinguir el buen artista del mal artista, es decir una distinción entre arte de élite y otro tipo de arte, en el que el arte de élite tiene un pago mayor que el valor de la producción, sino que todo artista tiene un papel social que debe ser pagado según el coste de la mano de obra. Adrian Piper con razón dice “Habitualmente, el sistema capitalista gira en torno a la obra; mantiene al artista solo secundariamente y, con frecuencia, insuficientemente” (Adrian Piper. Desde 1995)

1 comentario

Interesante texto estimado Gustavo. Hemos tenido la fortuna de ver a Andrea Aguia en las calles y en La Plaza Pública, sobre todo al final del año pasado cuando miles de ciudadanos manifestamos nuestra preocupación por las medidas del Inquisidor-Procurador en contra del Alcalde Gustavo Petro. La CTA, una iniciativa estético-política de la artista Andrea Aguia, ya cuenta con el apoyo de un grupo de Trabajadores de la Cultura (artistas, gestores, docentes, etc).

La Coalición de Trabajadores Artistas, con un apoyo colectivo real del movimiento “Artistas e Intelectuales por la Paz y la Defensa de la Democracia y la Cultura”, se convierte desde ahora en la abanderada de una serie de reivindicaciones que contemplan el bienestar social, el reconocimiento de la labor artística digna como cualquier otra. Los Artistas (escritores, bailarines, actores, músicos, plásticos etc), que se reconocen en la CTA consideran su profesión como un verdadero trabajo. Por lo tanto sus reivindicaciones se enmarcan dentro de los derechos fundamentales de los ciudadanos contemplados en la Constitución Política de Colombia: el ARTICULO 25 de la Constitución dice: “El trabajo es un derecho y una obligación social y goza, en todas sus modalidades, de la especial protección del Estado. Toda persona tiene derecho a un trabajo en condiciones dignas y justas.”

Sin embargo bien sabemos que este derecho actualmente no es asumido por parte del Estado, pues los Artistas (un gremio amplio) no son considerados TRABAJADORES. Y es aquí donde el texto de Sánchez-Velandia aporta a la reflexión. Sus empleos en contados casos como la docencia, se enmarcan dentro del la precariedad económica. Consolidar un movimiento amplio para exigir mejores condiciones laborales pasaría por el necesario reconocimiento de la labor artística como una labor profesional dentro de una sociedad democrática.

¿Sería impensable concebir, una remuneración adecuada por el trabajo del artista que no entra en los circuitos comerciales del arte? Hay casos reales como en Francia por ejemplo, donde la categoría de “intermitente de espectáculos” cobija a un sector amplio de trabajadores de la cultura. Y ese estatus les garantiza en el presente una serie de ayudas económicas que les permiten vivir dignamente y a futuro acceder a una pensión.

En conversaciones con Adriana evocamos a Lucas Ospina quien en una ocasión planteó la pertinencia de las Escuelas de Arte. En efecto su idea, aunque muy controvertida, plantea algo que toca de lleno el compromiso social de las Universidades que gradúan una cantidad considerables de artistas, los cuales no encuentran en su gran mayoría un lugar laboral en la sociedad, por la simple razón que su labor sigue siendo considerada, una especie de divertimento. La vieja idea que el arte pertenece a la esfera de lo suprasensible, hace que se le siga considerando un bien suntuoso (mercancía) y no una actividad liberal que permite a los artistas inscribirse dentro de la sociedad. La proliferación de ferias comerciales en el país, demuestra en efecto que si el artista no entra dentro de este circuito, su marginalidad es evidente.

Fernando Pertuz con su activismo, ha planteado en varias ocasiones que el arte debe tocar la realidad. Y aquí de una u otra manera la acción de CTA genera esa cercanía. Jorge Peñuela a insistido a su vez, que el arte es un asunto de ciudadanía, lo que implicaría un verdadero compromiso político lejos de las poses del “arte comprometido”. José Orlando Salgado y Magali Reales se han planteado también la posibilidad de pensar artísticamente, la labor del artista como una labor necesaria en la construcción del tejido social. En definitiva, la CTA de Adriana Aguia, es una respuesta a la indiferencia estatal frente a la situación laboral del Trabajador Cultural. Para terminar los esperamos hoy viernes a las 3:40 en la Estación Museo del Oro para presenciar la acción de la CTA.

Imagen tomada en la Plaza de Bolívar el 14 de diciembre del 2013.