No supe nada sobre este Salón Nacional que acaba de pasar. Aunque he leído lo que otros han escrito sobre el certamen, no logro hacerme una idea clara de lo que pasó entre el sol, las olas y las locaciones de película en las que tuvo lugar el más importante evento artístico del país.

Y ese no saber, sumado a la confusión que han generado en mi cabeza los textos que he leído y las muy pocas opiniones informadas que he escuchado de quienes sí fueron y de quienes no pudieron ir aunque debieron estar allá, me ha hecho preguntarme por qué no sé nada sobre este Salón del que debería saber algo en vista de que, se supone, soy una persona relativamente enterada de lo que ocurre en el medio, en el campo, en la escena artística nacional.

Pero el caso es que no soy el único que no sabe.

He hablado con varios artistas, incluso con algunos de los que participaron en las curadurías regionales y que tuvieron la suerte de no ser descabezados antes de llegar al Nacional; he hablado también con personas que escriben sobre arte y con alguno que otro profesor de alguna Facultad de Arte en Bogotá, y nadie me ha dicho nada real sobre lo que pasó entre las olas y las palmeras. También he estado pendiente de los noticieros, especialmente de las secciones de farándula en las que tradicionalmente se ha publicitado el Salón, pero no he visto ninguna nota sobre Independientemente, la plataforma curatorial que dio nombre a esta versión del Salón Nacional de Artistas.

Y pensando en todo lo que no sé y que ya no supe de este Salón, recuerdo los debates que se suscitaban entre artistas, curadores y público de los Salones anteriores. Recuerdo las peleas por los premios –cuando había premios– y los chismes sobre los agarrones entre curadores y artistas, entre artistas y Ministerio, entre Ministerio e instituciones regionales, entre instituciones regionales y curadores, etcétera. Recuerdo el descontento generalizado por la invitación de ciertos curadores internacionales y el escandalillo por los costos del Salón en Cali. También recuerdo algunas inauguraciones, los corrillos de artistas, las tiendas en las que uno tomaba cerveza o aguardiente con gente desconocida que llegaba al evento desde sitios como Popayán o Villavicencio. Recuerdo –sin que ese recuerdo tenga el tinte de la nostalgia por un mejor tiempo definitivamente pasado– muchas cosas porque las viví o porque alguien que las vivió me contó lo que había vivido.

Sin embargo, parecería que esta vez no hubo nada para contar, porque parecen ser pocos quienes vivieron el pasado Salón y, más allá, tengo la sensación de que no hubo nada para contar porque, sencillamente, no hay nada para ser contado. Un silencio resignado se ha tomado la escena. Una falta de ganas de chismear, de pelear y de contar se ha ido apoderando de un tema otrora tan popular como el Salón Nacional. ¿Quién va a tener ganas de hablar sobre algo que nadie vio y que, cuando se llegó a ver fue a partir de situaciones y de personas que no dijeron mayor cosa? O tal vez sí dijeron, y mucho, pero la película que vimos de todo su hacer y decir nos llegó sin la pista de audio. Tan cerca y tan lejos.

Y es que no basta con los buses cargados de artistas de vocación turística que llegaron a la Costa desde las ciudades grandes para ver la última semana del Salón; no basta con presenciar el cierre de algo, porque los cierres son como agonías en las que se extingue lo que estaba vivo. Es como ir a ver morir a la tía rica a la que nadie quiere, excepto, claro, quienes quedaron en el testamento. Puede que la metáfora sea tragicómica y excesiva, pero me sirve para decir algo más: ¿Se llevó en buses a esos artistas, precisamente a contemplar los últimos resuellos del Salón? Si es así, si hubo en esa decisión una clara conciencia fúnebre planteada desde el Ministerio, bienvenida sea. Bienvenida sea la fortaleza institucional que nos dice que el Salón murió, y que hay que verlo morir para dar fe de una historia importante para el arte nacional. Contemplar esa muerte como la promesa de que algo nuevo vendrá, algo vivo y sin achaques; algo que aprendió de los errores del muerto y que se plantea formas, medios y fines nuevos que superan los alcances de lo que lo precedió. Sin embargo, no creo que ese sea el caso y, en consecuencia, supongo que seguirán saliendo buses en los años próximos, para seguir viendo agonizar a ese Salón cada vez más postrado, cada vez más conectado a sofisticados aparatos clínicos que lo mantienen vivo a punta de cables.

Un Salón al que no van los artistas cuando toca, un Salón al que las curadurías regionales llegan mutiladas, un Salón que no tiene visibilidad en los medios –entendiendo que es para los medios que parecía hacerse últimamente el Salón– dudosamente puede llamarse Salón, pues no es lo mismo el salón que el aula, teniendo en cuenta que un salón requiere de estudiantes haciendo alharaca y guerra de tizas y de profesores intentando construir algún tipo de orden, mientras que un aula sólo necesita de paredes, tablero y pupitre.

Así pues, esta versión del Salón pareció más un aula o, a lo sumo, una reunión de padres de familia, ya que muy pocos parecen haber entrado a hacer desorden o a intentar construir algún sentido visible para quienes tienen o quieren tener vínculos con esas paredes que han terminado definiendo al Salón.

Tal vez solo los artistas de la Costa Caribe y el equipo curatorial del Salón podrían dar una opinión informada sobre lo que ocurrió en este certamen pero, en vista de que hubo muy pocas posibilidades de hablar con ellos debido a la distancia geográfica y a la falta de espacios de interlocución y a lo caro que se pone el turismo playero en temporada alta, todo lazo con la realidad del Nacional terminó roto para quien está lejos.

Gracias a los viajes que he hecho como tutor de los Laboratorios de Investigación-creación del Ministerio de Cultura he tenido la oportunidad de hablar con varios artistas de provincia, algunos de ellos participantes en los distintos Salones Regionales y, la mayoría entre estos, no participantes en el Salón Nacional. Estos artistas, en general, se muestran descontentos y, sobre todo, tan confundidos como yo por lo que ocurrió, o más bien por lo que no ocurrió en el Salón. Y lo que ocurrió es que los artistas no están o, más bien, no estuvieron allá y, por consiguiente, no vieron sus obras montadas, ni hablaron con otros curadores, ni escucharon al público, ni fueron entrevistados para algún programa de Señal Colombia, ni tomaron cerveza con otros artistas, porque muy pocos fueron y tomar cerveza entre pocos y entre los mismos resulta muy aburrido, sobre todo a orillas del mar.

Creo que con los curadores pasó lo mismo, a pesar de que la ministra dijo que el Salón era ahora más de curadores que de artistas, pero creo que la exhibición de unas curadurías regionales a las que hubo que echarles cuchillo por presupuesto y espacio no es compatible con esa idea de un “Salón de Curadores” pues, ¿qué curaduría es una en la que lo curado termina amputado?

Con la cosa así, es difícil pensar en el Salón como algo vivo para los individuos y las comunidades que viven de y en torno al arte, individuos y comunidades que, si tengo algo de razón, en esta ocasión no han sido más que cuerpos ausentes. Por más experimentos formativos que se hagan con niños y niñas de escuelas públicas en la Costa Norte, por más que se invite a grupos de vecinos en barrios y pueblos cercanos a las sedes de exhibición, debe tenerse en cuenta que el actor y el público primordial del Salón es la gente que vive del arte, la que ocupa su tiempo haciendo arte, pensando en arte o exhibiendo arte, sin que importe si hablamos de pintores de bodegones, de colectivos de intervención social o de genios del posconceptualismo. Un Salón de Artistas, por más pretensiones de inclusión social que tenga, no es equiparable a un Carnaval de Barranquilla en el que solo se necesitan maicena y ron para pasarla bueno. El Salón tiene lógicas implícitas, narrativas sutiles e ideas que sólo pueden dar frutos en medio de la discusión, de la participación y de la puesta en dicho o en entredicho que hacen las personas que forman parte del campo. El Salón, más que una gran curaduría centrada en ejes temáticos (Bicentenario o Independencia, economía o micro-organismos y un largo etcétera) debería ser un espacio abierto, un lugar para poner a hablar y a escuchar a quienes hacen, a quienes organizan, a quienes escriben. Más allá de las exposiciones, de las estrategias y las multiplataformas, más allá de las pujas de poder y de los embelecos de artistas específicos, de curadores específicos y de instituciones específicas, el Salón, o lo que sea aquello en lo que ojalá se convierta, debería pensarse como un lugar en el que puede hacerse algo, en el que puede afirmarse algo, y en el que se puede participar –de cuerpo presente y junto a otros cuerpos presentes– de lo que se ha hecho y de lo que se ha pensado. Un carnaval de Barranquilla sin comparsas no es un carnaval de Barranquilla, si es que quisiéramos hacer una analogía entre el Salón y esa tendencia cada vez más fuerte de pensar en el arte como un espectáculo cultural.

Un espectáculo cultural que, creo, le está llegando a pocos y a un costo alto. No en vano se ha visto como, en el último par de años, a medida que el Salón crece, el portafolio de estímulos del Ministerio se va poniendo flaco.

¿Podemos imaginar un país sin Salón? ¿Podemos pensar que esta tradición, esta Marca Registrada, como lo define Beatriz González, ha cumplido su ciclo y debe ser reemplazado por otro tipo de mecanismos, por un conjunto de procesos menos centrados en la ambición de lo espectacular y menos asediados por el fantasma tembleque de la contemporaneidad y del prestigio? Quizás es tiempo de devolverse y, tras tanta grandeza, pensar en lo simple y en lo real que implicaría la oferta de oportunidades y espacios para dejar hacer, para dejar pensar y para dejar discutir en un entorno libre de retóricas, de ejercicios de poder y de temas impuestos según los criterios de pertinencia que surgen de instituciones y curadores cada vez que hay una fiesta patria, cada vez que se ponen de moda lo relacional, lo poscolonial, lo altermoderno o lo social. De repente llegó el momento de desmontar la entelequia de la posproducción, de apagar los efectos especiales y de más bien ponernos a pensar que somos un país menos bonito que su Salón de Artistas y que, en tanto ese Salón se ve tan distante, tan sofisticado y tan ajeno, resulta no siendo Nacional. De repente es hora de ver que somos feos y simples, pero que somos de verdad y que estamos aquí, juntos, dándonos en la jeta o dándonos la mano, pero dándonos parejo.

Víctor Albarracín Llanos

Bogotá, enero 17 y febrero 12 del 2011*

*Esta es una versión revisada, puesta en pretérito y un poco más larga de un texto que circuló al final del 42 Salón Nacional de Artistas a través de una cartillita publicada por Helena Producciones.