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ARTNESS. Arco y Política, El Arte Colombiano del Postconflicto

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“Se me puso a escoger entre el Gobierno, con todo lo que yo deseara, y mis ideas. Naturalmente, opté por mis ideas. Resultado: ya no puedo, por ahora, volver” César Vallejo, Carta a Juan Larrea, París, 11 junio 1937

¿No debiera el arte seguir siendo Arte? Ninguna mistificación.

Atrás, anclado en los siglos que nos precedieron, el ansia de los poetas románticos por una fama póstuma, a la que consideraron única posibilidad de una gloria para el poeta. Una fama en que el poeta extinto inimaginara su esplendor. En tanto, su muerte habría sido solitaria, su pasar. Cualquier otra expresión de esa gloria habría sido indigna de vivir. Pero entonces la fama póstuma era a su vez la huella de ese reconocimiento tardío que siempre sucede a contracorriente de su aparición. No es contemporánea, es póstuma. Contemporánea habría implicado numerosas operaciones que socavarían esa gloria postrera. Lo contemporáneo era un fallo, una contravención, un yerro de lo poético en que hacía explosión lo periodístico. La fama, ese motivo tan propicio a la leyenda del marchante de arte, tan romántico dirán, tan inequívocamente una cosa del pasado, una curiosidad.

Perdemos de vista lo que significa la política. Su juego de intereses. Sus dobleces. Por momentos caemos en el juego supremo del arte político, la estilización perversa que la política hace de sus significados, en realidad nos enreda en uno de sus bucles. Inicialmente habíamos advertido, el arte no es la política, pero seguimos el juego y caímos en sus redes. Y así, una vez sumergidos en ese horizonte del arte en que nuestras conciencias quedaron aparentemente en paz con la idea falsaria de un arte comprometido, la política socavó ese espacio para crear sus propios subterfugios.

En la superficie de esa cresta de visibilización de nuestro arte, los artistas políticos que se creyeron su papel sirvieron como vitrinas de esa zona oscura que en realidad constituye lo político, esos movimientos a contracorriente de cualquier opinión pública. El artista siguió el juego, ahora el arte cooptado se transforma en un comodín para movilizar todos los intereses. “Política de la Memoria”, dice un comisario. El arte se hace visible. Y en otro apartado, afín a ese aire jocoso de toda feria, “la tragedia fue que los mafiosos no tuvieron buen gusto”. Nuestro arte se vuelve aceptable, se visibiliza. Alcanzamos la mayoría de edad del arte contemporáneo.

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Es sospechoso cuando los políticos hablan de Arte Político.

De un tiempo para acá la cultura es una cuestión de cifras, su definición y situación, “Madrid se entrega al arte colombiano, medio centenar de actos, 20 exposiciones, 250 artistas, galeristas, críticos, curadores,” etc. Todo Madrid es una inundación del Arte colombiano, de la gestión de un arte que con cifras se hace internacional a punta de garrote publicitario, de titulares impresos en rojo y tricolor. Hasta allí viajó de regreso la famosa Lechuga, símbolo de las riquezas patrias, en esa conjunción también política de Arte y Religión.

“Propiciar un encuentro entre el Arte y los espectadores”. “Colombia: la cultura, su mejor arma para lograr la paz ansiada”. De pronto las noticias del día nos traen un anuncio, y mientras dejamos pasar un día o dos para tomar la decisión de enterarnos cabalmente del suceso en cuestión, el suceso ha tomado una forma periodística desproporcionada y lo que era apenas un nombre comienza a parecerse a una guía turística más, de algún lugar exótico del Sur por descubrir, y nuestra curiosidad o deseo de viaje se transforma en esta ansia difícil de asimilar, porque cuando caí en cuenta ARCO era como una toma pacífica y tendría que recorrer imaginariamente muchos kilómetros y la página en cuestión estaba ya saturada de artículos de prensa y nombres y una acumulación que significaba detenerse y tomar aliento. Sí, la feria comenzó a embestirme como otro registro en que me trueco en un desposeído. Homeless. Huir por el desvío. ¿Exit?

Y por supuesto también esta Flora, esa Flora Artificial que ha dado por legitimarse en nuestra segunda geografía, una más contundente y más real, y cuya consistencia, que comenzó cimentándose en una página y en una callecita de un barrio casi marginal de Bogotá y de la casi olvidada tierra caliente de una rivera del Magdalena, terminó por consistir en este referente, adherido al nombre Colombia, como un logotipo que recordara la bebida más antigua para calmar la resaca del colombiano.

Avisto la guía, Tejedores de agua y se nos promete algo así como un entrecruzamiento entre Arte y Cultura. Entre Arte y Diseño y Cultura. Canastos, telas, guadua, maderas, oros, perfectibilidad. Pero algo se resiste, el entrecruzamiento es precisamente esta vitrina, estas cajas de curiosidad en que un curador administra un patrimonio sonámbulo. Y si el nombre es consecuente, Flora Artificial, como en las páginas de Mutis, tendremos que imaginar el verde verdadero y la consistencia real. Sí, la Colombia de hoy, la de ARCO, son estas páginas promocionales, estos mapas y guías y plegables, estas escarapelas sonrientes y positivas. El turista, inmerso en esas guías y en esas ferias, acostumbrado a cotejar, no notará la diferencia y hará caso omiso de la verdad, esa verdad llamada Colombia que poco a poco se recubre con un vidrio. La vitrina Colombia.

Los ríos que ya desvían su curso por la sangre y los muertos que se acumulan en sus riberas. Ríos extintos que acaso se rememoran sólo en un manual de escuela, el río y sus afluentes. Los barcos inexistentes. Los planchones con sus maderas al sol en espera de algún pequeño automóvil que todavía se atreve a deambular por estos parajes olvidados. El innavegable Magdalena. La Feria inventa un país, lo hace creíble. Y el país existe. Tan consistente como la arquitectura fantasmal de esos blogs noticiosos que me prometen esparcimiento cultural mientras apuro mi desayuno.

Me pregunto si hay escándalo, si todavía hay ocasión para la sorpresa.

La Feria cumple el sueño del taxidermista y la realidad es un patrón, un álbum de fotografías, las descripciones precisas de un análisis cabal.

De lo que se trata es de la superación del conflicto armado en Colombia y de la violencia. ”La paz se toma la palabra” “La búsqueda de un país diferente”, se nos asegura que ahora estamos en el postconflicto.

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¿Y la otra Bogotá? “Bogotá capital del Arte” el bus rojo insignia, el emblema de una movilidad ilusoria, de un transporte integrado que supervive como una laminita de chocolate Jet para la colección del album de una ciudad que no existe.

Imposible hacer un recuento, por definición una Feria es un espacio inabarcable, la imagen de un mapa esquemático en que una ciudad es habitada por el arte, o por otra situación, subterfugios. Entonces no bastan las palabras, ninguna narración podría dar cuenta de los hechos, las reseñas aproximan sus historias y las crónicas, otro tanto hacen las fotografías de moda , los noticieros, pero el hecho es que la Feria real se queda sin registrar, en realidad se trata de un hecho imaginario levantado en el plotter de una oficina turística. Un cuadro de rutas en que acaso pudiera discernir una posibilidad real para mi visita. La Feria es inabarcable, sus dimensiones desbordan este recuadro en que se reseñan esquemáticamente los títulos y horarios y en que de un vistazo fugaz uno podría hacerse una visión rápida del asunto. Me recuerda la frustración de los bogotanos durante los bianuales festivales de teatro Iberoamericano. Era casi una quimera intentar cubrir todas las funciones o al menos las más prometedoras; uno se quedaba con un pedacito que iba señalando en el cuadro con un lápiz de color. Sin embargo era posible de lejos ver hordas de asistentes que se las ingeniaban para cubrir varias funciones en un solo día, y así el teatro se transformaba en una ansiedad. En una alimentación en que apenas se podía digerir, en un acto caníbal. Algunos preferían desistir, ignorar los programas y anuncios que daban cuentan de todas las maravillas que en un mismo evento y en un mismo tiempo visitarían por una única vez nuestra ciudad. Y entonces perdíamos la oportunidad y nos privaríamos de ver y nuestro desfase cultural era otra vez irremediable.

Toda feria es un despilfarro.

Podremos cubrir con crucecitas rojas nuestro mapa-cuadro y alcanzar pletóricos de dicha el día noveno de esa naturaleza nominal. Pero entonces habrá ocurrido un sortilegio porque el recorrido nos hará divagar en el tiempo cuando no hemos hecho otra cosa que habitar espacios. Espacios del Arte.

Y luego de tantas tribulaciones Colombia desembarca en Madrid.

Hipótesis, el arte, la posibilidad de un arte, podría dar cuenta de la salud de un país.

Políticamente hablando, ese arte garantizaría el que se trata de una Democracia en que sucede y se hace posible el ejercicio pleno de la libertad de imaginar y de crear. La libertad de creación hace plausible la posibilidad de un país, de una Democracia que privilegia la vida, el arte es importante porque certifica esa garantía. Y esa garantía crea la posibilidad de otros juegos en esa Democracia, sus intercambios, sus agenciamientos, su capacidad para invertir, su seguridad.

El Descubrimiento de América, La Expedición Botánica, debieron dar cuenta de esa salud política en que la decadente España podría volver a su lugar y posicionarse otra vez como una monarquía real.

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Lo que está en juego es la supuesta especificidad del Arte.

El papel que tendría el arte en su manera de proporcionarnos un cierto sentido o conocimiento de la realidad. De tal manera que a través de ese conocimiento podríamos inferir ciertas cosas convenientes o no sobre el estado de salud política de una supuesta Democracia. Es en atención a ese valor conocimiento como el arte se hace interesante, como el arte pasa a ocupar el centro de atención de la política de estado.

El Arte Político es la manera en que una política establece una cierta mirada sobre la realidad. En un principio esa política consistió en la visión descarnada de un país azotado por la violencia, en aras de generar un sentimiento compasivo; superado el momento de crisis, la política ve con urgencia la necesidad de mostrar una realidad postconflicto que suscite otra mirada, la de la confianza, la de la seguridad, la del atractivo creciente de un lugar.

El Arte colombiano contemporáneo derivaría de una democracia así, saludable. Ese es el relato mayor que el arte colombiano viene a pronunciar en esta feria. Un arte que reconquista con creces a sus antiguos comisarios.

En el fondo su devenir como Arte Político es la tragedia de una esencia en cuestión siempre en estado gaseoso, quiso ser político y se volvió panfletario, fue panfletario y se transformó en político. Es político y mutó hacia lo programático, etc.

Aparentemente el Arte Político sería una afirmación política de un compromiso, pero en realidad y esta es la paradoja, en esa afirmación se juega el más maquiavélico de los roles políticos. El de la mistificación, un Arte Político que no produce nada, ninguna acción real sino únicamente la complacencia con un estado de cosas en que se cree estar generando una transformación de la realidad. El Arte perpetúa esa cómoda interpretación pero además, participa del rol de ser portador de una buena conciencia, los tiempos difíciles pasaron y ha llegado la calma.

En el Arte Político no nos desplazamos hacia otro punto de vista, hacia una perspectiva en que podamos situar nuestra realidad, en general seguimos arrellanados en nuestro cómodo sofá de la buena conciencia mientras degustamos las novedades creativas de un país que hace esfuerzos titánicos por traer las muestras y avalorios que habrán de encandilar una vez más a los mercaderes del futuro. Ya no los espejos ni las cuentas de colores, sino los canastos y telas, y residuos de algo extinto. Nuestra cultura, un país que de ser vergonzante, comenzó a transformarse en una pasión. Ya no queremos ser gringos o extranjeros sino orgullosamente colombianos. Arte espontáneo. Tierras, ríos y café, utensilios, esmeraldas indígenas. Acciones de una guaquería denegada que hoy se transforma en un arte de dignificación de nuestra tradición. Un viaje por el río a contracorriente. Una aventura.

Víctimas de un engaño el arte viene a susurrarnos una canción para nuestras atemperadas conciencias, que el arte no es un lujo, que el arte es libre, que existe la libertad, que existe el arte, la posibilidad del arte, y todos esos tópicos en que se nos confunde la conciencia y en que en letargo, nos divertimos como trásfugas de exposición en exposición. Y todo es risa. Diversión. La seriedad es cosa del pasado.

Debiéramos sospechar de un Arte Político en que lo político es el centro de su quehacer estricto.

No es obvio que un arte en que lo político es su centro no es un arte político sino una política que juega a hacernos creer que se trata de arte. Sin distancia alguna vamos agarrando pueblo y eso vende. En lo sucesivo. Las playas impolutas de la expedición. Ninguna suciedad, ningún gamín, ni desplazados, ni sangre. Pasada la página del desconsuelo, las riveras del Arte Político parecen querer alentarnos con otras geografías del Sur. Y las creemos y las hacemos posibles para nuestro futuro viaje turístico.

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Cuando la política es todavía más subterránea.

Porque el Arte no es serio. Es tan trivial como un fugaz estado en una red social.

La red de las relaciones públicas da paso al inspector, al comisario que ya no puede insuflar su cura. Entonces la curaduría se desvanece y el arte se pierde.

“La labor parricida de los fundadores posmodernos fue magnífica, pero el parricidio produce huérfanos, y no hay jolgorio suficiente que pueda compensar el hecho de que los escritores de mi edad hemos sido huérfanos literarios a lo largo de nuestros años de aprendizaje. En cierto modo sentimos el deseo de que algunos de nuestros padres vuelvan. Quiero decir, ¿Qué nos pasa? ¿Somos una panda de nenazas? ¿De verdad necesitamos autoridad y límites? Y, claro la sensación más inquietante de todas es que gradualmente comenzamos a darnos cuenta de que, a decir verdad, esos padres no van a volver nunca. Lo que implica que nosotros vamos a tener que ser los padres.” David Foster Wallace, Conversaciones con David Foster Wallace. Pálido Fuego, Málaga, 2012, pág. 86.

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Claudia Díaz, febrero 2015

2.080 consultas

Una opinión sobre ARTNESS. Arco y Política, El Arte Colombiano del Postconflicto

  1. Guillermo Villamizar 2015/03/01 at 12:25 am

    Claudia, en verdad, es un texto extraordinario. Faltaba la voz de una mujer como tú, para que ponga en tela de juicio a los machitos que escriben una historia muy, muy mala.