La escena del arte contemporáneo colombiano fue definida hace muy poco como una de las mejores del mundo por el curador más poderoso del planeta. La capital del país podrá contar muy pronto con una bondadosa iniciativa: el “BAD”,  Bogota’s Art District. Un proyecto de crowdfunding que está a la búsqueda de confianza inversionista para linkear una zona de la ciudad en vías de gentrificación y convertirla en hub de estéticas y cluster mercantil como lo son los Sohos newyorquino y londinense y el Winwood en Miami.

Pero vientos contrarios amenazan este proyecto, y ya otro curador, conectado a varias de las más importantes franquicias legitimadoras del mundo del arte, anuncia la consolidación de otras escenas en Latinoamérica. Comenta, con la mayor naturalidad, que Guatemala es la revolución del arte contemporáneo del continente y que todo está cambiando.

No podemos dejar pasar esta oportunidad y que de nuevo el arte contemporáneo del país se quede por fuera del slumming de la curaduría y el coleccionismo internacional, todo por el capricho de elegir a un presidente que se quiere reelegir y pasar a la historia enarbolando una bandera que perjudica el arte que distingue a esta nación. ¿Qué será del arte contemporáneo si Colombia está en paz? ¿Que distinguirá nuestra escena de la de otros países? Seremos un Costa Rica más, rico sí en turismo y call centers pero normalito en contenidos e indistinguible del autoexotismo de cualquier otro escenario con la misma medianía tropical.

Como artistas debemos votar por el candidato capaz de agudizar las contradicciones. En Colombia cuanto peor, mejor para los artistas de arte contemporáneo colombiano. Para lo único que sirven las tragedias es para hacer arte y los artistas ayudan a la sociedad a imaginar esos momentos humanos de locura. Tenemos que entender la catástrofe, naturalmente, y para entenderla tenemos que imaginarla, y para eso están las artes imaginativas.

Cada vez que el Estado Colombiano reconoce el conflicto armado muere una obra. El arte contemporáneo colombiano sólo puede hacerse con el enemigo y un arte así, sin guerra, es como una mesa de dos patas. Cada señal de reconocimiento del conflicto y perdón del Presidente hacia las víctimas, cada política agraria eficaz y reforma de representación política cuantitativa, cada informe de Memoria Histórica, cada clase de historia reciente a nivel escolar y universitaria, cada marcha que corona la Plaza de Bolívar, cada norma ambiental y reserva natural que se respeta, cada matrimonio que no sea entre hombre y mujer, cada beneficio en el sistema educativo o de salud, cada paso hacia la legalización de la droga, significa la muerte de un artista de arte contemporáneo colombiano que, ante el protagonismo de los hechos, tendrá que ceder valioso espacio de su opinión iluminada.

En un país que camina hacia la paz ya no podremos ser más santos que los santos, dejaremos se ser los videntes agonísticos capaces de anunciar toda hecatombe inminente. Haremos sí, un arte postconflicto, memorioso, anticuado, viejo, ambiguo, decantado, distanciado pero difícil de mover como contemporáneo. De lograrse un acuerdo de paz y eliminar de la ecuación el pastiche insurgente de mezclar armas y política, en unos años solo quedarán una inmensa minoría de banditas de criminales indistinguibles de cualquier otro ente criminal de otro país, ¿a quién le importa el arte contemporáneo de Bolivia? ¿quién quiere darle otra oportunidad a la escena mexicana? Perú está bien, pero qué bien le haría un poco de inestabilidad, algo en la onda del contrapunto entre Sendero Luminoso y Fujimori que distinga al arte contemporáneo de ese país de la medianía ecuatorial del Ecuador.

Lo preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los artistas contemporáneos que ha dado esta nación quienes ahora, sin pensarlo dos veces, firman misivas pacifistas. Son santistas de ocasión, parecen no darse cuenta que lo que ganan como bienpensantes lo perderán como seres privilegiados y moralmente superiores. No se quejen cuando bajen las ventas, los subsidios, el artwashing, la invitación a ferias y bienales, cuando confundan a los artistas contemporáneos colombianos con panameños y guyaneses. El interés girará hacia Venezuela, Tailandia, Ucrania, Yemen o Corea del Norte.

Mientras más caricaturesco sea el Gobierno, más fluirá nuestro arte, tanto que algunas de las obras, de forma involuntaria, serán hechas por el mismo gobierno. Obras maestras de este estado artístico de opinión son estas tres composiciones, obras de arte bruto producidas por la campaña zuluaguista a la presidencia. Cualquier artista contemporáneo colombiano puede reciclar este material para un trabajo rebosante de ironía:

Los artistas de arte contemporáneo colombiano no vamos engañados a las urnas, no deseamos el fascismo por una tierna perversión de nuestro espíritu gregario. No. La razón por la que votamos por Zuluaga es porque somos singulares, somos un país diferente y queremos seguir siéndolo. Vivimos de luchar contra un enemigo y es natural que nos preocupemos por la salud del adversario. Necesitamos del mal para lucir buenos. Nos urge la fealdad y lo injusto para cultivar con total naturalidad nuestro impulso hacia lo que es justo y bello. De dos males, el peor: con ellos no es posible llamarse a engaños: si hablan de guerra, hacen la guerra; si odian a la oposición, no fingen amarla. Odio, intolerancia y mala ortografía es la característica primordial de la causa del candidato al que como artistas debemos ayudar a elegir —ergo, amor, tolerancia y buena ortografía será por lo que seremos reconocidos en el próximo cuatrenio y, vía reforma constitucional, durante la eterna dictadura del Puro Centro Democrático—.