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Amazona. Viaje de ida

Los indios llaman “yawar mayu” a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre.

Los ríos Profundos, José María Arguedas

 

Barichara.  Hace poco estaba dormida bajo un toldillo esperando que fueran las 9.30 de la noche para ver Amazona. He ido saltando de rumbo en rumbo casi sin poder detenerme. Ahora por fin estoy otra vez de regreso. Recordando. Parándome en este momento para mirar atrás. Los ríos profundos de una existencia. Mi madre. Y todas esas mujeres que he conocido y que ya no están. Y que quizá debieran estar todavía si hubieran acordado consigo mismas, el ser ellas.

Pasé por Bogotá tan rápidamente que no pude ver Amazona.

Días atrás mi hermana menor me escribió hablándome de ella. Mi hermana con la que hablo tan poco y a la que nunca veo. Y sin embargo algo indeleble permanece intacto entre nosotras. Y ahora ella quería expresármelo hablándome de Amazona.

Sentí su temblor. Su estremecimiento era una alerta a no dejarla pasar. Esa vida de una mujer a la que una hija llama después de los años, Amazona. Como si urgiera la necesidad de hablar de ella, de mostrarla a otras hijas y otras madres, y a otras mujeres, a otros hijos y compañeros y hombres, a otras soledades, a otros que necesitan explicar, hablarse. También la urgencia propia de rendirse a la verdad, una urgencia con la que en esta oscuridad habremos de insistir hasta hacerla probable.

Ella me habla. Y se queda impregnada en esa canción de su voz y su guitarra que incesantemente escucho mientras escribo. (Amelia). Que ella canta y canta en mi memoria. Ahora ha vuelto a cantar hilvanada en estas entrecortadas sombras de todos esos fragmentos de imagen que retuve y que se remontan en esta página como fotogramas inacabados de otras imágenes que vienen a sumarse, y a subrayarse en mi recuerdo fugaz de esa ráfaga de imágenes de Amazona.

Porque no fueron las reseñas ni los premios que ha recibido lo que me incitó esa urgencia. Sino esas palabras, de ella, de ellas,  madre e hija, palabras que me traían de regreso tanta historia común ahora que va sobrevolándonos este continuo vital en que ya somos sólo voces perdidas en la virtualidad de medios que de cuando en cuando nos traen a la memoria los afectos.

Tengo que bucear por sobre el ruido para poder escuchar. La inclinación de esta iglesia que ha sido escogida como escenario de este festival (Festiver, 7mo Festival de Cine Verde de Barichara) acentúa el vértigo de todas estas revelaciones que voy teniendo en la penumbra. El plano de la iglesia se inclina, es una línea inclinada desde su parte más baja en la puerta hasta llegar a la cima, el altar. Yo estoy a mitad de camino  hacia ese punto de ascenso, esa cima en que se encuentra la pantalla de proyección que va vertiendo su luz sobre mi ser en penumbra.

La película me golpea duramente. No es sólo el audio que tormentosamente se pierde sin dejarme oír esa voz en off que necesito discernir. Es mi propio ruido interno. Marejadas de voces regresan tocando la imagen que veo en frente mío y que se superpone sobre mi propia película. Porque al final ser espectador de cine nos convierte en una suerte de creador a la sombra de esa película que va tomando forma adentro y que despierta ese arsenal interno de imágenes antiguas que creíamos inaccesibles y perdidas. Sucede que regresan, cuando en un instante de visión de esta película que tengo en frente, este momento en que las mariposas se posan fantasmagóricamente en ese cuerpo que habla a la orilla del río,  la imagen confluye en el todo de ese caos interno mío del que voy haciendo mi propia edición, mientras se cuela el ruido, y la inclinación parece profundizarse y las sombras de esta iglesia se hacen aún más densas y terribles.

Así como ahora, mientras escribo,  la contundencia de esta montaña que es como un inmenso animal dormido, se interpone a mis palabras; la montaña que comienza a reverdecer trayendo la ilusión de algo vivo, lugares verdes a donde regresarán  los pájaros que habían desaparecido.

Los  pájaros se suspenden en este aire buscando altura. Pero las ramas de hace un tiempo fueron cortadas y los pájaros deben sobrevolar sin poder detenerse un rato a descansar. Quizá nos miren desde arriba en su equilibrio perdido mientras insisten en buscar la rama que ya no está, el árbol amigo. Ayer me di cuenta cómo llegaban al árbol del Parque Nariño, cómo esa gruesa palmera se iba llenando con el estrepito de cantos, cómo los cantos se iban aquietando hasta que la tarde se volvía oscura y todo se hacía quietud y silencio. Como estas sombras de la sala oscura.

Las sombras de la iglesia también traen tormentas. Recuerdos  que son como tormentas. La sala es densa. La iglesia.  La noche de esta iglesia se hace mi propia noche. Como la quietud de los pájaros en el momento en que se apaga la luz de la tarde. Ahora que está oscuro llega el recuerdo. Recuerdo mis  reclamos a su ausencia (la madre es quien se ausenta). Recuerdo también a mis  hermanos. Me recuerdo siendo su hermana mayor. En cierto modo fui casi su cercana (como si hubiera sido otra madre). Una hermana mayor con la que irse por las montañas,  para resguardarse bajo los árboles y para soñar que se trataba de un refugio que nadie más andaría. Detrás de nosotros tres iban los perros y hasta creo ver al gato amarillo, el gato tiznado de carbón que se empecina siempre en regresar a pesar de haber sido decretado indeseable. Se lo pone en una vieja lona (el padre es quien lo ordena) y se lo lleva a kilómetros de distancia para desorientarlo y hacerle imposible su regreso a casa. Pero el gato regresa y nos alegra con su obstinada perseverancia.

Un día me fui. Unos necesitan irse otros se quedan y regresan siempre al punto de partida como el gato amarillo. Hay quien se va. Hay quien se bifurca. Hay quien tiene su viaje de ida. Otros se quedan, otros se sacrifican. Cada decisión es única. Insondable. Precisa. Es lo que tenemos. Nuestra obstinada atención al deseo. Líneas escritas en esa sustancia indeleble de la vida. Líneas argumentales que no pueden cambiarse a menos que se distorsione el recuerdo y se troque la verdad. Busco mi  propia bifurcación. Caminos en que quizá no vuelven a tocarse las rutas que alguna vez fueron comunes y los caminos se distancian irremediablemente de ese común punto de partida.

En las tinieblas me confronto con mis sombras, alguien hablará de culpa. Alguien proferirá la necesidad  de decir ciertas cosas que alguna vez son necesarias decir, alguien buscará pedir perdón, alguien querrá decir su confesión. Alguien hablará de las heridas de los hijos. Ella permanece en cambio siempre en penumbra. La madre. La sombra. Una herida invisible.

Como si adivináramos en ese ser familiar un personaje desconocido. Un extraño sin nombre al que un día descubrimos. Alguien más. Con un rostro y con una historia.

Ella tan diametralmente opuesta y tan otra. Se necesita una cura a esa alteridad radical. Algo que suprima esa angustia. Así que el ser madre es el gran anatema de nuestra cultura. Patriarcal. Porque siendo madre se traza el camino que esa alteridad debiera seguir para definirla. La mujer sin hijos es por tanto una anomalía. Algo que no se realiza. Y ella madre debe seguir siéndolo en toda su vida y en todas las acciones y relaciones que emprenda. Ella es como un fantasma sin carnalidad al que se acostumbra a ver como una función y de la que jamás vemos su rostro ni su cuerpo. Un fantasma sacrificial. Sin deseos.  Su libertad es su sacrificio. Lo que entrega dejando de ser. Hay que suprimirla haciéndola madre y virgen. Ese punto extremo que no se comprende. Todavía. Y que ni la misma mujer se atreve a abandonar porque se impone como su consigna.

Y sin embargo ha de ser  misterioso ese momento en que se es un medio para alumbrar la vida.

Pienso en mi madre, pienso en los hermanos, pienso en las carencias mutuas. Pienso en esa inercia de madre que hace inamovible su partida. Mujeres que nunca tuvieron sus propias vidas.  Tantas que no se fueron y guardaron esa esperanza. Luego murieron sin poder dar un verdadero curso a esa vida.

Sé que están entre el público de esta sala. Ahora ellos también se miran en cada fotograma de la película, como mirarse en un espejo que se abre en la oscuridad. Llevan a su pequeña hija, sé que viajan con ella  a todas partes. La historia con la pequeña  también irá tomando su propio curso.

¿Quién acunará tu vida si no tú? Un río seco. Un desierto.

Amazona. El curso de ese río es una cinta caprichosa.

 

Claudia Díaz, octubre 2017

 

Amazona. Dirección,  Clare Weiskopf.  Producción,  Nicolas  van Hemelryck. Guión, Clare Weiskopf, Nicolás Van Hemelryck, Gustavo Vasco. Director de fotografía, Nicolás van Hemelryck. Intérpretes, Clare Weiskopf, Valeria Meikle , Diego Weiskopf, (Machica, la gata).  Duración: 82 minutos. Estreno,  2016. País, Colombia.

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