A riesgo de parecer inmensurablemente necesario.

Este texto tiene como intención dar memoria a Jhon Jairo Villamil, estudiante de segundo semestre de arte de la Universidad del Bosque, quien murió el domingo 2 Mayo tras haberle sido diagnosticada muerte cerebral el pasado Martes 26 de abril. El diagnostico se presentó como consecuencia de la realización de un performance en la que el estudiante amarró una bolsa plástica en su cabeza hasta que cayó inconsciente y perdió signos vitales.

Debo aclarar que encuentro el hecho alarmante y preocupante. Así, no pretendo buscar culpables o señalizar las decisiones de ninguno de los implicados, de eso se encargarán las autoridades. Mas bien, intentaré con el mayor respeto hacia Jhon Jairo y sus familiares, plantear preguntas sobre las causas del accidente que nos conciernen a todos en el medio artístico y académico. Declaro que cualquier posible lectura de lo ocurrido la dejo al lector, del que espero entienda que lo que me moviliza a escribir el presente no es más que el desconsuelo, tristeza e impotencia que me generó la noticia.

En el medio, entendemos que el performance lleva el cuerpo a sus limites, dejándolo en situaciones de sensibilidad y vulnerabilidad que radicalizan el acto para hacer más contundente el mensaje, la intención o el discurso detrás de la acción. Sin embargo, lo ocurrido en el Bosque más que parecer la radicalización extrema o el acto final, como se suele entender en el contexto del Accionismo Vienes, se nos presenta como un aterrador y suspendido momento de agonía que se dilató a consecuencias inmensurables. Es verdad, los involucrados en el medio entendemos que de alguna forma el cuerpo al límite representa las más variadas afectaciones de las relaciones de poder y que consigue un sin fin de posibles lecturas. Pero ¿Cómo se le explica esto a los inconsolables padres de Jhon? ¿De qué forma se le podría afirmar a ellos que no fue más que un accidente?

No sería demasiado arriesgado conjeturar que un estudiante de segundo semestre se dispuso hasta el final por el arte, que amaba tanto lo que hacía que decidió entregarle a sus compañeros de aula su posiblemente primera y última acción. No lo creo improbable, simplemente las imágenes en creciente tensión me generan tal desasosiego que no me permite si quiera pensar en otra posibilidad más que una cierta falta de cuidado. Cuidado que de ninguna manera podría recaer sobre Jhon y del que afirmo es un error colectivo de enseñanza, que a riesgo de parecer innecesariamente obtuso afirmaré recae sobre cada uno de nosotros.

¿Cuál debe ser la intervención de la academia frente a propuestas de alto riesgo para ejercicios de aula? ¿Cuál es el sentido de seguridad y auto-protección que la academia inculca a los estudiantes? ¿Es necesario tomar medidas preventivas, explicar los riesgos a ser tomados y cuestionar si las razones, intenciones y/o imágenes valen la pena? Si el performance en teoría incita a la participación activa en el mismo ¿Por qué la tendenciosa actividad del público a la contemplación? ¿Será un error en el mecanismo? ¿Era lógico que los demás no hicieran nada?  Ahora mismo todos podríamos afirmar que haríamos algo, pero como dice una colega también performer, el público siempre es nuevo. Yo por mi parte me resguardaría en el aura sacra con el que nos es inculcado el performance, que pareciera concebir las interrupciones como un hecho tan impertinente que probablemente cualquier profesor o alumno se hubiera sentido coaccionado por actuar.

Entonces ¿Existe un entendimiento errado del performance que permite que situaciones como esta sucedan? Lamentablemente, este ejemplo al mostrarse como la voluntad del artista, efecto alegado por la Universidad del Bosque, trasluce un vacío en la formación de los artistas a nivel teórico y práctico. No solo en la institución sino en lo que podríamos llamar niveles más contundentes. Como resultado del performance, solo quedó un video que muestra un riesgo eminente y preocupante, que más que ser señalado como naif, podría cuestionar el modelo de enseñanza del medio performático, su tradición y su presuntuoso afán por hacer del mismo un hecho evidente.

Siento necesario, enviar mis condolencias a la familia y compañeros de Jhon, a los que les pido mantener viva la imagen de su hijo y amigo. Es verdad que soy un tercero, lejano a los hechos, por lo cual me disculpo si es necesario. Y si mi texto sonara descortés o poco necesario me animo a revelar el hecho para que como público y artistas impidamos que se vuelva a repetir. Mis planteamientos no esperan traer respuestas únicas, tajantes o inapropiadas; simplemente como performer lo sucedido me destrozó y consideré que guardar silencio no me permitiría continuar con mi práctica en la que me involucro como artista, académico y pedagogo. Espero el tono sea el indicado para la situación.

¿Es realmente efectivo el medio performático? ¿Es la acción algo que se debe dejar pasar, así esta implique riesgos para el que la realiza o los presentes? ¿la contundencia que delineó este acto sobrepasó la tan señalada línea entre vida=arte para convertirse en arte=muerte?

Jhon Jairo Villamil, paz en su tumba.

 

Carlos Eduardo Monroy Guerrero