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El conflicto armado colombiano como problema estético

En Marzo del 2007 estuve en Bogotá. Habían pasado cinco años desde que salí de Colombia. Me entrevisté con algunos amigos y, claro, el tema de la política surgió necesariamente. Camilo, por ejemplo, me explicó que había votado por Alvaro Uribe ya que no había otras opciones: Horacio Serpa todavía contaminado por el hedor del proceso 8000; Carlos Gaviria opacado por su propio “populismo”. Yo había seguido las campañas desde el otro lado del océano sobretodo en forma escrita y, a partir de los diferentes discursos que se movían en la escena política colombiana, me costó entender a que podría referirse Camilo con populismo. La vehemente defensa del estado social de derecho propugnada por Gaviria me parecía precisamente la medicina contra el populismo mientras que la transformación de la democracia colombiana en “tiranía de la mayoría” actuada en el gobierno de Uribe compaginaba mucho más con las tradicionales características de los gobiernos populistas.

Dicho en otros términos, si se entiende con populismo (sin buscar todavía una definición clara, tarea que a muchos ha resultado infructuosa) un fenómeno en detrimento de la democracia, ¿cómo podría el fortalecimiento del estado de derecho, que es uno de los dos pilares fundamentales de la democracia, hacer parte de tal fenómeno?

Por otro lado fundar, como lo hace Uribe, en una guerra interna -que es por definición un estado de excepción- las políticas de un gobierno, ¿no implica por lo menos un necesario relajamiento de la institucionalidad democrática, del necesario equilibrio de sus poderes, de los límites jurídicos que ella impone a la voluntad de sus ciudadanos y sobre todo a la de sus gobernantes?

Lo que me interesa aquí, más allá de temas tan complejos como el populismo, es que mi amigo viera en el discurso de Gaviria un importante peligro para la democracia y en el de Uribe al máximo una política poco nociva. No me refiero aquí a los nexos oscuros (y por ahora sin demostración) que el primero pudiera tener con la guerrilla y el segundo con los paramilitares, sino al hecho de que partiendo simplemente de las propuestas enunciadas por los dos políticos no se explica la imagen que motivó a mi amigo su decisión. Si la imagen de antidemocrático que Gaviria inspiraba a Camilo no se explica, ni por el contenido de sus palabras, ni por sospechas que podrían comprometer las intenciones explícitamente formuladas, ¿entonces en qué se funda?

¿Tienen que ver en esto ciertos regímenes visuales que atraviesan el espacio colombiano y definen los valores que su clase media urbana, por ejemplo, desea alcanzar?

Después de cinco años en Roma el espacio visual bogotano me sorprendió. La tendencia a una cierta limpieza y homogenización del espacio visual se había acentuado desde mi ausencia. Tal tendencia estaba además acompañada por un general sentimiento de “modernización” o “progreso” de la ciudad.

Uno de los hitos inaugurales de esta tendencia fue la llamada Operación Centro de la administración Peñalosa. La transformación de la “Calle del cartucho” en el parque Tercer Milenio fue, tal vez, una de las acciones más apoteósicas de la Operación. La intervención actuada para resolver la dura y compleja problemática social implicada por la existencia de “El cartucho” se ejecutó apoyándose principalmente en la reorganización y purificación del espacio visual. La prioridad de la intervención no fueron los habitantes de “El Cartucho” sino la imagen que la ciudad quería proyectar de sí misma. No se trataba, sin embargo, de una intervención sin objetivos “reales” (sin objetivos que fueran más allá de la “imagen”) pues la justificación principal de la intervención era la creación de espacios en los que el ciudadano pudiese sentirse seguro y como consecuencia desarrollar sentimientos de co-pertenencia, de comunidad. Comunidad de una ciudadanía neutra, entonces, ya que los habitantes del cartucho, debido al modo particular en el que se manifiesta su existencia quedan por fuera de ella.

Esta política estética concentrada en hacer coincidir la apariencia visual del centro con su función simbólica y en restaurar, por tanto, las jerarquías visuales tradicionales (centro-periferia), tiene como fundamento necesario una concepción neutra del espacio público, una idea de espacio público libre de referencias corporales e históricas concretas. El ser humano es integrado en tal política como una especie de accesorio que puede embellecer o afear el espacio urbano volviéndolo más o menos atrayente y no como cuerpo que, habitando, transformando, alimentándose y alimentando, es condición de posibilidad del espacio mismo.

La ciudad es entonces proyectada hacia el futuro (hacia el Tercer Milenio) gracias a la simple cancelación de un pasado oscuro doloroso y percibido como bárbaro.

La política del distrito reprodujo en este modo la lógica colonial de la modernidad que guió el nacimiento de la misma Bogotá: los fundadores europeos demolieron la realidad de los “bárbaros del nuevo mundo” (como los llamaba por ejemplo Francisco de Vitoria) y construyeron en su lugar una ciudad renacentista – terreno propicio para que pudiese germinar la semilla de la civilización (europea) – expeliendo la barbarie más allá de los límites urbanos y ocultando de este modo que esa ciudad sería hecha posible y alimentada por la alteridad que confinaba fuera de sí.

Es importante aclarar que con lo anterior no se desea criticar el que la planeación urbana y el urbanismo en general hagan parte de las políticas que guían el gobierno de la ciudad sino plantear una reflexión sobre el modo en el que los regímenes visuales instaurados en Colombia en su modernidad colonial se transforman para poder mantenerse al interior del nuevo espacio “postmoderno” mundial -pero en todo caso colonial- en el que que la estetización de la vida cotidiana parece ser profunda.

Con frecuencia el conflicto armado colombiano ha sido visto como un fenómeno especialmente rural. Sin embargo, si consideramos que en la América Hispana el campo nace en función de la ciudad tendríamos que preguntarnos si la violencia desatada en los campos colombianos no está relacionada con una violencia de estilo urbano menos evidente pero no por ello menos terrible. En lugares como “El cartucho” la continuidad entre estos dos tipos de violencia se hace manifiesta. Muchos han señalado el Bogotazo (momento en el que se podría situar el inicio mítico de una guerra civil ya en acto) como una de las causas del lento deterioro que vivió el centro de la capital y que permitió la transformación del barrio Santa Inés en “El Cartucho”[1]. No se reduce a lo anterior la relación entre “El Cartucho” y el conflicto armado colombiano. Que haya sido el Bogotazo u otra cosa a crear la grieta en el centro, lo importante es que esa grieta se llenará y se mantendrá abierta gracias a los mismos recursos que han mantenido el conflicto armado: de un lado una población que excede los proyectos modernizadores de la nación (y aquí no es tan importante distinguir la iniciativa pública de la privada pues uno de los presupuestos -más ideológico que crítico- del estado liberal es que la iniciativa privada es benéfica para toda la comunidad) y del otro lado una economía que por necesidad[2] tiene que ser ilegal y que va a alcanzar su condición óptima gracias a la droga. La droga, más que una mercancía es el capital óptimo, por eso ella termina por substituirse al dinero y por reciclar a todo excedente del proceso económico legal, incluso el cuerpo del indigente mismo. La economía de la droga es, entonces, un momento reclamado por el capital en general ya que solo a través de esa el capital puede llegar a su capacidad reproductiva óptima que hace parte de su definición. En otras palabras, la economía de la droga logra incorporar en el proceso de transformación del capital incluso aquello que la economía legal se ve obligada a dejar de lado – su residuo, su exterioridad. No es por tanto, una casualidad que el conflicto sea más brutal allí donde se ubican los cuerpos considerados marginales a la economía legal, cuerpos considerados inútiles a la reproducción del capital, como los cuerpos de los indigentes, de los toxicómanos, de los indígenas o de los afro-descendientes, cuerpos que parecen bloquear la incorporación de ciertos lugares al ciclo reproductivo del capital (es éste además, el límite interno al proyecto mismo de la guerrilla en Colombia, pues su rebelión perpetua contra el capital no puede sostenerse sino aprovechando en modo eficaz los recursos que a ella le quedan a disposición: los cuerpos y las materias que la economía legal no logra incorporar. Sin embargo de este modo la guerrilla se transforma en el complemento mismo del capital, en su mano derecha). No se trata entonces de lugares marginales, si no más bien centrales: son los lugares en los que el capital negocia con su propia sombra; lugares en los que el choque de lo lícito con lo ilícito no solo no logra desactivar la lógica auto-referencial del aparato productivo mundial sino optimizarla. Una de las asociaciones criminales más poderosas del mundo, la `ndrangheta, ha probablemente descubierto una gran parte de la cartografía de estos lugares. No es de extrañar entonces que la familia Mancuso – una de las principales familias mafiosas en Calabria – se diera el lujo de disponer de un ejercito paramilitar en América Latina gracias a sus relaciones con Salvatore Mancuso, ex-comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia. La desgracia de regiones como Colombia o el sur de Italia está en ser atravesadas por las placas tectónicas del sistema mundo.

Pero si nos preguntamos qué ha hecho posible lugares como “El Cartucho” o las miles de masacres cometidas en Colombia, una parte de la respuesta debe involucrar los regímenes visuales que han atravesado el país, ya que la eliminación sistemática y reiterada de cientos de cuerpos requiere de una previa invisibilización de su existencia. Esta previa invisibilización es lo que permite que para la opinión pública tales crímenes no tengan relevancia.

Una genealogía de tales regímenes visuales debería comenzar con la empresa colonial española, pues es entonces cuando lo visual se somete a lo que podríamos llamar razón escritural. Si en algún modo el actual conflicto armado es la evolución del que protagonizaran personajes como Laureano Gómez – heredero directo de la Regeneración – la razón escritural es central en esta historia; se recuerde que la Regeneración no fue cosa de terratenientes sino de letrados[3].

La conciencia proyectante del monarca castellano se hace visible a través de la escritura: redactando las leyes de las que deberá nacer el nuevo mundo. Pero este acto de escritura no se concretiza solo como escritura alfabética sino en la construcción de las ciudades. La corona castellana dedica una gran parte de su labor legislativa al diseño de las ciudades, buscando con ello no solo una acelerada urbanización sino la unificación del espacio americano a partir de la repetición de los mismos principios (sobre esta unificación estética se apoyará en gran parte la unificación lingüística, religiosa e institucional del espacio americano). Ciudad y letra en Hispanoamérica forman una pareja indisoluble pues no solamente se escriben mutuamente sino que su unión es la condición de lo que en “verdad es” (pues su unión encarna la voz del monarca que en su momento no es otra cosa que la voz de Dios es decir la manifestación de aquello que se considera la razón de ser de las cosas). Unificar no es homogeneizar; lo que se hace a través de esta pareja (ciudad y letra) es distribuir[4]la diferencia originaria (aunque contingente) “europeo-indio” en el espacio, asociando lo europeo a lo bueno, lo bello, lo verdadero, lo divino, etc. El indio existe, es necesario, pero es un “fantasma”, un cuerpo sin espíritu, ni bello, ni verdadero, ni divino. Es en este sentido que lo indígena es invisibilizado; hace parte del orden de lo quimérico. Es importante aclarar que a este régimen visual-escritural no se opone la oralidad: precisamente la centralidad de la escritura en el régimen visual es que es voz organizada – hay entonces un tipo de habla que es escritura alfabética – que se propaga y reproduce visualmente[5].

La estetización de la vida cotidiana – la vida colonizada por la belleza – no es entonces un fenómeno nuevo propio del mundo contemporáneo; lo “nuevo” es que a reproducir lo bello, bueno y verdadero no es ya la escritura alfabética sino la imagen óptica (que por otra parte no se opone a lo escrito si no que lo engloba y readapta su lógica).

Hace unos meses Alessandro Benetton se entrevistó con Alvaro Uribe Vélez y confirmó la elegancia del presidente. Agregó que para él “la elegancia es cuán cómodo te sientes con tu manera de vestir, y cuán cómodo te sientes vestido así interactuando con el mundo que te rodea”[6]. Mi amigo Camilo eligió a Uribe porque su imagen se compenetra perfectamente con el mundo postmoderno colonial colombiano. Que el presidente sea malhablado (“le voy a dar en la cara marica”) hubiera aterrado a los contemporáneos de Nuñez para los que lo gramatical era bueno, bello y verdadero. Hoy solo nos da de que hablar. Pero permitiríamos que nuestro presidente se vea como un indio, como un Pancho Villa, como un africano o como un Rom?

Gustavo Sánchez-Velandia


[1] Se trata sin embrago de una controvertida hipótesis. Se vea por ejemplo: www.agenciadenoticias.unal.edu.co/nc/detalle/article/62-anos-despues-de-un-mal-llamado-bogotazo/

[2] Por necesidad, pues sus principales actores, por diferentes razones, se han puesto fuera del orden considerado legal – guerrilleros, “habitantes de la calle”, traficantes, etc.

[3] “En términos generales, el proyecto político de la Regeneración, encabezado por Rafael Núñez, quiso pacificar a una nación fraccionada por su geografía y sus luchas partidistas durante el siglo XIX. En 1886, bajo la presidencia de Rafael Núñez, pero bajo la retórica de Miguel Antonio Caro, se concibió una nueva constitución para el país que lo unificaría bajo los dos elementos comunes a todos los colombianos: la religión y la lengua. Desde 1884 hasta 1930 el partido conservador mantuvo la hegemonía absoluta. Un hecho que sobresale es que casi todos los presidentes, desde Rafael Núñez, pasando por Miguel Antonio Caro, José Manuel Marroquín y Marco Fidel Suárez, eran hombres de poca fortuna, no poseían tierras y no tenían poder militar en sus regiones. Habían hecho sus méritos políticos más que nada como letrados, como poetas, gramáticos y latinistas.” Erna Von der Walde, “Realismo mágico y poscolonialismo: construcciones del otro desde la otredad” en Teorías sin disciplina (latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate). Edición de Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta. Miguel Ángel Porrúa, México, 1998. (www.ensayistas.org/critica/teoria/castro/walde.htm)

[4] y llevarla a un nivel ontológico, volverla cuestión de ser, hacerla fundamento de los modos de existencia.

[5] Es necesario decir que esta razón escritural es también dominio sobre la escritura, es decir que toma como modelo racional de trazar el mundo – de entrelazar el pensamiento a las huellas de nuestra actividad – la escritura alfabética, reduciendo entonces también las posibilidades de darse de la escritura misma y negando el alcance cognitivo-teórico del mundo gráfico-pictórico de los pueblos amerindios.

[6] http://www.elespectador.com/impreso/articuloimpreso168449-colombia-una-gran-sorpresa

El conflicto armado colombiano como problema estético.

En Marzo del 2007 estuve en Bogotá. Habían pasado cinco años desde que salí de Colombia. Me entrevisté con algunos amigos y, claro, el tema de la política surgió necesariamente. Camilo, por ejemplo, me explicó que había votado por Alvaro Uribe ya que no había otras opciones: Horacio Serpa todavía contaminado por el hedor del proceso 8000; Carlos Gaviria opacado por su propio “populismo”. Yo había seguido las campañas desde el otro lado del océano sobretodo en forma escrita y, a partir de los diferentes discursos que se movían en la escena política colombiana, me costó entender a que podría referirse Camilo con populismo. La vehemente defensa del estado social de derecho propugnada por Gaviria me parecía precisamente la medicina contra el populismo mientras que la transformación de la democracia colombiana en “tiranía de la mayoría” actuada en el gobierno de Uribe compaginaba mucho más con las tradicionales características de los gobiernos populistas.

Dicho en otros términos, si se entiende con populismo (sin buscar todavía una definición clara, tarea que a muchos ha resultado infructuosa) un fenómeno en detrimento de la democracia, ¿cómo podría el fortalecimiento del estado de derecho, que es uno de los dos pilares fundamentales de la democracia, hacer parte de tal fenómeno?

Por otro lado fundar, como lo hace Uribe, en una guerra interna -que es por definición un estado de excepción- las políticas de un gobierno, ¿no implica por lo menos un necesario relajamiento de la institucionalidad democrática, del necesario equilibrio de sus poderes, de los límites jurídicos que ella impone a la voluntad de sus ciudadanos y sobre todo a la de sus gobernantes?

Lo que me interesa aquí, más allá de temas tan complejos como el populismo, es que mi amigo viera en el discurso de Gaviria un importante peligro para la democracia y en el de Uribe al máximo una política poco nociva. No me refiero aquí a los nexos oscuros (y por ahora sin demostración) que el primero pudiera tener con la guerrilla y el segundo con los paramilitares, sino al hecho de que partiendo simplemente de las propuestas enunciadas por los dos políticos no se explica la imagen que motivó a mi amigo su decisión. Si la imagen de antidemocrático que Gaviria inspiraba a Camilo no se explica, ni por el contenido de sus palabras, ni por sospechas que podrían comprometer las intenciones explícitamente formuladas, ¿entonces en qué se funda?

¿Tienen que ver en esto ciertos regímenes visuales que atraviesan el espacio colombiano y definen los valores que su clase media urbana, por ejemplo, desea alcanzar?

Después de cinco años en Roma el espacio visual bogotano me sorprendió. La tendencia a una cierta limpieza y homogenización del espacio visual se había acentuado desde mi ausencia. Tal tendencia estaba además acompañada por un general sentimiento de “modernización” o “progreso” de la ciudad.

Uno de los hitos inaugurales de esta tendencia fue la llamada Operación Centro de la administración Peñalosa. La transformación de la “Calle del cartucho” en el parque Tercer Milenio fue, tal vez, una de las acciones más apoteósicas de la Operación. La intervención actuada para resolver la dura y compleja problemática social implicada por la existencia de “El cartucho” se ejecutó apoyándose principalmente en la reorganización y purificación del espacio visual. La prioridad de la intervención no fueron los habitantes de “El Cartucho” sino la imagen que la ciudad quería proyectar de sí misma. No se trataba, sin embargo, de una intervención sin objetivos “reales” (sin objetivos que fueran más allá de la “imagen”) pues la justificación principal de la intervención era la creación de espacios en los que el ciudadano pudiese sentirse seguro y como consecuencia desarrollar sentimientos de co-pertenencia, de comunidad. Comunidad de una ciudadanía neutra, entonces, ya que los habitantes del cartucho, debido al modo particular en el que se manifiesta su existencia quedan por fuera de ella.

Esta política estética concentrada en hacer coincidir la apariencia visual del centro con su función simbólica y en restaurar, por tanto, las jerarquías visuales tradicionales (centro-periferia), tiene como fundamento necesario una concepción neutra del espacio público, una idea de espacio público libre de referencias corporales e históricas concretas. El ser humano es integrado en tal política como una especie de accesorio que puede embellecer o afear el espacio urbano volviéndolo más o menos atrayente y no como cuerpo que, habitando, transformando, alimentándose y alimentando, es condición de posibilidad del espacio mismo.

La ciudad es entonces proyectada hacia el futuro (hacia el Tercer Milenio) gracias a la simple cancelación de un pasado oscuro doloroso y percibido como bárbaro.

La política del distrito reprodujo en este modo la lógica colonial de la modernidad que guió el nacimiento de la misma Bogotá: los fundadores europeos demolieron la realidad de los “bárbaros del nuevo mundo” (como los llamaba por ejemplo Francisco de Vitoria) y construyeron en su lugar una ciudad renacentista – terreno propicio para que pudiese germinar la semilla de la civilización (europea) – expeliendo la barbarie más allá de los límites urbanos y ocultando de este modo que esa ciudad sería hecha posible y alimentada por la alteridad que confinaba fuera de sí.

Es importante aclarar que con lo anterior no se desea criticar el que la planeación urbana y el urbanismo en general hagan parte de las políticas que guían el gobierno de la ciudad sino plantear una reflexión sobre el modo en el que los regímenes visuales instaurados en Colombia en su modernidad colonial se transforman para poder mantenerse al interior del nuevo espacio “postmoderno” mundial -pero en todo caso colonial- en el que que la estetización de la vida cotidiana parece ser profunda.

Con frecuencia el conflicto armado colombiano ha sido visto como un fenómeno especialmente rural. Sin embargo, si consideramos que en la América Hispana el campo nace en función de la ciudad tendríamos que preguntarnos si la violencia desatada en los campos colombianos no está relacionada con una violencia de estilo urbano menos evidente pero no por ello menos terrible. En lugares como “El cartucho” la continuidad entre estos dos tipos de violencia se hace manifiesta. Muchos han señalado el Bogotazo (momento en el que se podría situar el inicio mítico de una guerra civil ya en acto) como una de las causas del lento deterioro que vivió el centro de la capital y que permitió la transformación del barrio Santa Inés en “El Cartucho”[1]. No se reduce a lo anterior la relación entre “El Cartucho” y el conflicto armado colombiano. Que haya sido el Bogotazo u otra cosa a crear la grieta en el centro, lo importante es que esa grieta se llenará y se mantendrá abierta gracias a los mismos recursos que han mantenido el conflicto armado: de un lado una población que excede los proyectos modernizadores de la nación (y aquí no es tan importante distinguir la iniciativa pública de la privada pues uno de los presupuestos -más ideológico que crítico- del estado liberal es que la iniciativa privada es benéfica para toda la comunidad) y del otro lado una economía que por necesidad[2] tiene que ser ilegal y que va a alcanzar su condición óptima gracias a la droga. La droga, más que una mercancía es el capital óptimo, por eso ella termina por substituirse al dinero y por reciclar a todo excedente del proceso económico legal, incluso el cuerpo del indigente mismo. La economía de la droga es, entonces, un momento reclamado por el capital en general ya que solo a través de esa el capital puede llegar a su capacidad reproductiva óptima que hace parte de su definición. En otras palabras, la economía de la droga logra incorporar en el proceso de transformación del capital incluso aquello que la economía legal se ve obligada a dejar de lado – su residuo, su exterioridad. No es por tanto, una casualidad que el conflicto sea más brutal allí donde se ubican los cuerpos considerados marginales a la economía legal, cuerpos considerados inútiles a la reproducción del capital, como los cuerpos de los indigentes, de los toxicómanos, de los indígenas o de los afro-descendientes, cuerpos que parecen bloquear la incorporación de ciertos lugares al ciclo reproductivo del capital (es éste además, el límite interno al proyecto mismo de la guerrilla en Colombia, pues su rebelión perpetua contra el capital no puede sostenerse sino aprovechando en modo eficaz los recursos que a ella le quedan a disposición: los cuerpos y las materias que la economía legal no logra incorporar. Sin embargo de este modo la guerrilla se transforma en el complemento mismo del capital, en su mano derecha). No se trata entonces de lugares marginales, si no más bien centrales: son los lugares en los que el capital negocia con su propia sombra; lugares en los que el choque de lo lícito con lo ilícito no solo no logra desactivar la lógica auto-referencial del aparato productivo mundial sino optimizarla. Una de las asociaciones criminales más poderosas del mundo, la `ndrangheta, ha probablemente descubierto una gran parte de la cartografía de estos lugares. No es de extrañar entonces que la familia Mancuso – una de las principales familias mafiosas en Calabria – se diera el lujo de disponer de un ejercito paramilitar en América Latina gracias a sus relaciones con Salvatore Mancuso, ex-comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia. La desgracia de regiones como Colombia o el sur de Italia está en ser atravesadas por las placas tectónicas del sistema mundo.

Pero si nos preguntamos qué ha hecho posible lugares como “El Cartucho” o las miles de masacres cometidas en Colombia, una parte de la respuesta debe involucrar los regímenes visuales que han atravesado el país, ya que la eliminación sistemática y reiterada de cientos de cuerpos requiere de una previa invisibilización de su existencia. Esta previa invisibilización es lo que permite que para la opinión pública tales crímenes no tengan relevancia.

Una genealogía de tales regímenes visuales debería comenzar con la empresa colonial española, pues es entonces cuando lo visual se somete a lo que podríamos llamar razón escritural. Si en algún modo el actual conflicto armado es la evolución del que protagonizaran personajes como Laureano Gómez – heredero directo de la Regeneración – la razón escritural es central en esta historia; se recuerde que la Regeneración no fue cosa de terratenientes sino de letrados[3].

La conciencia proyectante del monarca castellano se hace visible a través de la escritura: redactando las leyes de las que deberá nacer el nuevo mundo. Pero este acto de escritura no se concretiza solo como escritura alfabética sino en la construcción de las ciudades. La corona castellana dedica una gran parte de su labor legislativa al diseño de las ciudades, buscando con ello no solo una acelerada urbanización sino la unificación del espacio americano a partir de la repetición de los mismos principios (sobre esta unificación estética se apoyará en gran parte la unificación lingüística, religiosa e institucional del espacio americano). Ciudad y letra en Hispanoamérica forman una pareja indisoluble pues no solamente se escriben mutuamente sino que su unión es la condición de lo que en “verdad es” (pues su unión encarna la voz del monarca que en su momento no es otra cosa que la voz de Dios es decir la manifestación de aquello que se considera la razón de ser de las cosas). Unificar no es homogeneizar; lo que se hace a través de esta pareja (ciudad y letra) es distribuir[4]la diferencia originaria (aunque contingente) “europeo-indio” en el espacio, asociando lo europeo a lo bueno, lo bello, lo verdadero, lo divino, etc. El indio existe, es necesario, pero es un “fantasma”, un cuerpo sin espíritu, ni bello, ni verdadero, ni divino. Es en este sentido que lo indígena es invisibilizado; hace parte del orden de lo quimérico. Es importante aclarar que a este régimen visual-escritural no se opone la oralidad: precisamente la centralidad de la escritura en el régimen visual es que es voz organizada – hay entonces un tipo de habla que es escritura alfabética – que se propaga y reproduce visualmente[5].

La estetización de la vida cotidiana – la vida colonizada por la belleza – no es entonces un fenómeno nuevo propio del mundo contemporáneo; lo “nuevo” es que a reproducir lo bello, bueno y verdadero no es ya la escritura alfabética sino la imagen óptica (que por otra parte no se opone a lo escrito si no que lo engloba y readapta su lógica).

Hace unos meses Alessandro Benetton se entrevistó con Alvaro Uribe Vélez y confirmó la elegancia del presidente. Agregó que para él “la elegancia es cuán cómodo te sientes con tu manera de vestir, y cuán cómodo te sientes vestido así interactuando con el mundo que te rodea”[6]. Mi amigo Camilo eligió a Uribe porque su imagen se compenetra perfectamente con el mundo postmoderno colonial colombiano. Que el presidente sea malhablado (“le voy a dar en la cara marica”) hubiera aterrado a los contemporáneos de Nuñez para los que lo gramatical era bueno, bello y verdadero. Hoy solo nos da de que hablar. Pero permitiríamos que nuestro presidente se vea como un indio, como un Pancho Villa, como un africano o como un Rom?

Gustavo Sánchez-Velandia


[1] Se trata sin embrago de una controvertida hipótesis. Se vea por ejemplo: www.agenciadenoticias.unal.edu.co/nc/detalle/article/62-anos-despues-de-un-mal-llamado-bogotazo/

[2] Por necesidad, pues sus principales actores, por diferentes razones, se han puesto fuera del orden considerado legal – guerrilleros, “habitantes de la calle”, traficantes, etc.

[3] “En términos generales, el proyecto político de la Regeneración, encabezado por Rafael Núñez, quiso pacificar a una nación fraccionada por su geografía y sus luchas partidistas durante el siglo XIX. En 1886, bajo la presidencia de Rafael Núñez, pero bajo la retórica de Miguel Antonio Caro, se concibió una nueva constitución para el país que lo unificaría bajo los dos elementos comunes a todos los colombianos: la religión y la lengua. Desde 1884 hasta 1930 el partido conservador mantuvo la hegemonía absoluta. Un hecho que sobresale es que casi todos los presidentes, desde Rafael Núñez, pasando por Miguel Antonio Caro, José Manuel Marroquín y Marco Fidel Suárez, eran hombres de poca fortuna, no poseían tierras y no tenían poder militar en sus regiones. Habían hecho sus méritos políticos más que nada como letrados, como poetas, gramáticos y latinistas.” Erna Von der Walde, “Realismo mágico y poscolonialismo: construcciones del otro desde la otredad” en Teorías sin disciplina (latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate). Edición de Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta. Miguel Ángel Porrúa, México, 1998. (www.ensayistas.org/critica/teoria/castro/walde.htm)

[4] y llevarla a un nivel ontológico, volverla cuestión de ser, hacerla fundamento de los modos de existencia.

[5] Es necesario decir que esta razón escritural es también dominio sobre la escritura, es decir que toma como modelo racional de trazar el mundo – de entrelazar el pensamiento a las huellas de nuestra actividad – la escritura alfabética, reduciendo entonces también las posibilidades de darse de la escritura misma y negando el alcance cognitivo-teórico del mundo gráfico-pictórico de los pueblos amerindios.

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