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Los bronces del escándalo

El escándalo de los bronces reclamados por el gobierno chino puso los ojos sobre la subasta de Yves Saint-Laurent y Pierre Bergé. ¿Cómo fue ese día?

Ricardo Abdahllah*
París

El pasado 25 de febrero una delegación china se reunió, más o menos espontáneamente, al fondo del Grand Palais de París, acondicionado por Christie’s como la sala de subastas de la colección de arte de Yves Saint-Laurent y Pierre Bergé. Los recién llegados eran estudiantes, empleados de las sedes parisinas de sus compañías y miembros del cuerpo diplomático. “Estamos aquí para hablar de política —me dijo un estudiante chino—. No estaríamos quejándonos si en lugar de permitir su venta, el Estado francés decidiera exponer ese tesoro en un museo”. Pero el Estado francés anunció, días antes, que no intervendría; que la cabeza de rata en bronce que aparecía en la pantalla a las 8:00 de la noche y la cabeza de conejo que le siguió, se negociaron legalmente varias veces desde hace un siglo. “Estoy dispuesto a entregar las cabezas de bronce a China a cambio de que respeten los derechos del hombre, den libertad al Tíbet y reciban al Dalái Lama”, dijo Bergé a los medios.

Y sus palabras estuvieron a punto de crear el enésimo incidente entre los franceses y el gobierno de Pekín, que aún no perdona las cuatro veces que “su” llama olímpica fue apagada a su paso por la capital francesa. También aumentaron el interés en los bronces. Por esa razón, el precio base de las dos piezas fue el único que se mantuvo en reserva. “Comenzamos en 10 millones de euros”, dijo el curador. Bergé miraba la escena desde un salón adjunto. Sabía que ninguna de las cincuenta piezas que vendrían después llamarían tanto la atención. Ni siquiera el minotauro griego en mármol que durante tres días dio la bienvenida a los compradores, y que durante tres décadas estuvo en el jardín del apartamento de la rue de Babylone en el que Bergé y Saint-Laurent vivieron desde 1972. “Cuando nos mudamos allí, los muros estaban vacíos”, ha dicho Bergé con frecuencia. El plural esconde que Bergé coleccionaba arte desde antes de conocer a Saint-Laurent. El diseñador tenía 21 años y trabajaba para Dior. El empresario cinco años más, y olfato para los negocios. Fue él quien consiguió la financiación para la creación de la marca YSL y quien comenzó a llenar los muros. Inspirados por otros coleccionistas, como el también modisto Jacques Doucet, Bergé y Saint-Laurent se llamaban desde cualquier lugar del mundo para contarse que habían comprado un objeto solo porque les gustaba o habían ganado la subasta de una colección particular.

En cada soirée, los invitados, que incluían a Nancy Sinatra y María Callas, descubrían que quedaba menos espacio. Todo parecía pertenecer a un museo distinto: desde el diente de narval junto a las puertas del jardín del minotauro hasta el Matisse solitario en uno de los muros. Una escultura de Brancusi y un torso romano dominaban los salones. El hecho de que el Sillón de los dragones de Eileen Gray se haya vendido por 21 millones de euros sirve como prueba del valor que había alcanzado la colección cuando Saint-Lau- rent murió y Bergé decidió que los muros volverían a quedar vacíos. Solo conservó los retratos de Warhol, y los libros, que incluyen el manuscrito de Nadja y un ejemplar de Madame Bovary dedicado por Flaubert a Víctor Hugo. Límites de la Ciudad Prohibida “Todos los tesoros de nuestras catedrales no igualarían este museo de Oriente”. La cita es, precisamente, de Víctor Hugo. Y habla del Antiguo Palacio de Verano, cuando visitó las ruinas que dejó el paso de las tropas francobritánicas. Una de las construcciones más notables del Palacio era la Fuente Zodiacal, donde doce esculturas en piedra con cabezas de bronce, que representaban el horóscopo chino, funcionaban en sincronía con el paso del día. Cuando en 1860 los soldados del emperador Xianfeng ejecutaron a veinte prisioneros, incluido un corresponsal del Times, 3.500 soldados ingleses y franceses entraron al Palacio como represalia y tomaron lo que pudieron antes de incendiarlo. Desde finales de los noventa, el regreso de las doce cabezas de la Fuente ha sido la misión número uno del Fondo del Patrimonio Nacional, una agencia estatal china creada para recuperar los objetos de arte sacados del país. Cinco de las cabezas han regresado. El grupo inmobiliario China Poly adquirió las de Mono, Tigre y Buey. El millonario Stanley Ho las de Cerdo y Caballo. Aunque no se ha hecho eco oficial a los rumores que circulan en internet en el sentido de que algunas de las cabezas faltantes podrían estar en las cavas del British Museum o del Louvre; esos rumores dan una idea de lo que las esculturas representan para el orgullo nacional.

Cai Mingchao tiene más aire de karateka que de millonario. Viste discreto y aparece poco en la televisión, pero los conocedores del mercado de arte no pueden ignorarlo desde que pagó 15 millones de dólares por una estatua de Buda que entregó a Pekín. Como todos los posibles grandes compradores, tiene línea directa con los comisionados de Christie’s, que durante la subasta ocupan una cincuentena de teléfonos a ambos lados de la nave del Grand Palais. Las condiciones son conocidas, el cliente tendrá siete días para pagar y añadirá al precio de venta un 12 por ciento, la ganancia de Christie’s. Al contrario de lo que se cree, nadie está legalmente obligado a pagar lo que ha ofrecido. Como las deudas de juego, las de subasta son sobre todo una cuestión de honor. Diez minutos antes de las 8:00 de la noche, dos cadenas de televisión china transmitieron en directo. Los radiadores que cuelgan del techo parecían por fin calentar el aire y los compradores, que le daban al Gran Palais un ambiente de hipódromo, se quitaban sus abrigos. Después del anuncio del precio inicial de la cabeza de rata, las ofertas se concentraron en dos teléfonos. Una hora más tarde, la colección privada más importante de Francia dejaría de existir. El comisario miró a la mujer que sostenía uno de los teléfonos. “¿Su cliente sube la oferta?”, preguntó. Nadie en la sala sabía que Mingchao estaba en el otro, que estaba dispuesto a pujar también por la segunda cabeza. Él estaba seguro de que ninguna cifra sería comparada a su oferta. Además él no pensaba, en todo caso, pagarla. “¿Sube la oferta?”, repitió el comisario. La mujer negó con la cabeza. “Entonces la adjudicaré por 15.700.000 euros”, sentenció. Luego levantó el martillo y lo sostuvo en el aire por unos segundos como si todavía algo pudiera pasar. El sonido del golpe contra la madera quedó retumbando contra los muros del Grand Palais. Las cabezas fueron vendidas. Pero nadie pagaría por ellas. Cinco días después Mingchao dijo: “Es lo que cualquier patriota chino habría hecho”. El gobierno de su país no aplaudió el gesto argumentando que “deja en mala posición a los compradores chinos”. Mingchao se salió con la suya.

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