Crítica Laica En Un Estado Laico

-cánones y microcánones-

Probablemente no haya frase que contenga un mayor número de líneas de lectura que una tautología no trivial. En principio, casi reservadas al mundo matemático, o de análisis del lenguaje, generalmente miradas con aversión por la opinión pública, las tautologías son capaces de generar una diversidad muy amplia de experiencias de lectura que se contraponen, por ejemplo, a la precisión de una teoría que se expresa a través de principios inequívocos, de formas gramaticales perfectas, y que puede incurrir en la pretensión, entre otras, de dar cuenta sistemática de la variedad de la experiencia. Por supuesto, el uso del lenguaje, en su forma más pura, es aquel que incurre en un mayor número de fórmulas agramaticales: “preferiría no hacerlo”, es un ejemplo límite de una expresión agramatical, como sería también la expresión, “tengo uno de mas de menos”, para indicar, me hace falta uno. La dificultad estriba entonces en separar la tautología trivial de la tautología no trivial, y lo que parece no trivial en este proceso, es que dicha separación es absolutamente contingente, es decir, no parece ser posible la construcción de una tabla con instrucciones para realizar la clasificación en todos los casos, cada vez que fuera necesario. La tautología no trivial es aquella que no es trivial.

Ahora bien, la Declaración Universal de Laicidad en el Siglo XXI no es una tautología, y a su vez, es no trivial. Descansa en tres principios: en el (edición y cita textual) “respeto a la libertad de conciencia y de su práctica individual y colectiva”; en la libertad del orden político para (edición y cita textual) “elaborar normas colectivas sin que religión o convicción particular domine el poder y las intituciones públicas”; y en (parafraseo personal) la no discriminación directa o indirecta hacia los seres humanos. Estos principios están articulados en cada sociedad particular a través de un proceso de armonización. Si la palabra armonía genera resistencias, puede remplazársele por una expresión más extensa, como probablemente sería poner en operación todos los principios de manera que se generen el menor número posible de contradicciones entre ellos. La contradicción mayúscula sería tal vez la discriminación.

Si bien la palabra canon es potencialmente portadora de resistencias en un sector académico y de la opinión pública, se vislumbra una práctica de arte que trasciende una reciente ruptura del canon y también de las reformulaciones que esa ruptura propuso a partir de los años 60. Se han redefinido no solamente la concepción de obra como objeto caracterizado por una serie de relaciones formales intrínsecas que la crítica podía situar en una relación fija con la verdad, sino también todas las nuevas formas de obra que sugieron a partir de la puesta en crisis del modelo de la modernidad. La expasión de este territorio, o campo expandido del arte, se presenta de manera diferente según se opere desde dentro del campo, o según, como en el caso de la crítica, se quiera realizar un análisis que diera cuenta del comportamiento del campo. Se puede conjeturar que los agentes internos del campo arrastran a una crítica rezagada, que requiere de la enunciación de un nuevo discurso para poder seguir en ejercicio de su función crítica, pero esa conjetura caduca rápidamente. La conjetura que quizás este ensayo no alcance a desarrollar pero que quiere dejar abierta, es que el territorio expandido de la práctica de arte surge de la fusión de estos dos campos: el campo expandido de la práctica de arte y el metacampo de la crítica construido a partir del campo expandido. Entonces crítica y práctica de arte se fundirían en un nuevo territorio expandido, creando un mecanismo inductivo para definir una sucesión infinita de campos.

También se quiere plantear la cuestión de si las prácticas en ese nuevo campo expandido son museificables, y si lo son, si se puede hablar de un museo del metacampo de la crítica que avanza según la redefinición de la sucesión de museos posibles que se ajusta a cada nuevo campo de la sucesión.

La forma más frecuente que adopta esta nueva crítica acorde al territorio expandido –o metacampo crítico- es la de proponer la obra como un resultado de luchas de poder en el marco de relaciones culturales. En tanto el agente de campo redefine continuamente su territorio expandido en el quehacer de cada instante, el análisis de sus efectos es difícilmente sistematizable en el metacampo crítico. En el territorio expandido los agentes operan bajo el esquema de relaciones de posiciones, capitales específicos y trayectorias que desarticulan incluso las prácticas artísticas que florecieron luego de la crisis del objeto de arte según lo concebía la modernidad que hacen difícil pensar que la acción expandida en ese campo expandido pueda seguir siendo llamada obra de arte. Después de la ruptura del canon asistimos a las rupturas de las rupturas del canon y así hasta que no existan cánones, o se acabe el tiempo para continuar con nuevas oportunidades de ruptura. La obra expandida supera el juego de las relaciones de contexto, no son “obras que involucran el contexto”, son obras que son el contexto y la circulación de las ideas que definen el contexto: son prácticas cuya principal virtud y riqueza es, precisamente, la absurdidad de su tautología.

Dentro del campo expandido los agentes operan como microcuradurías de un museo, una infinidad de curadurías permeables que definen una curaduría tan porosa y horizontal que deja pasar todo lo que estaba sujeto a filtro en el campo restringido, una curaduría que se disuelve despojando al campo de la posibilidad de ser un nuevo lugar para un sistema museal y convirtiéndolo en un archivo que acumula cada nueva experiencia; desde fuera, la crítica intenta acudir a un cruce de conocimientos y saberes para entender los procesos que suceden al interior del campo y comienza a construir una historia de si misma, un saber cultural propio, una articulación con los procesos de la sociología y por decirlo de alguna forma, a confeccionar un reacomodo que permita un museo de la crítica que pueda reponder al campo expandido y en expansión.

Los medios electrónicos aparecen como la más reciente posibilidad de un atentado contra la definición del museo, después del ready made, el fake ready made, y las prácticas derivadas de las rupturas propuestas en los años 60´s caracterizadas por el postulado –acaso la génesis de una ortodoxia contracanónica- de la asociación necesaria entre el significante y el significado en el signo. Sin embargo, como toda ruptura y declaratoria de muerte, es solo una ilusión temporal. Queda abierta la cuestión de fijar algunas restricciones a esta ilusión de la red como atentado final al museo, o al menos, al ejercicio de la práctica museística.

La curaduría sin embargo renace al menos en su forma potencial, no como posibilidad de consignar un registro en archivo mediada por el filtro curatorial, sino como la posibilidad de ejercer un control sobre la información que se transporta en el campo expandido, algo que resulta especialmente sensible en el caso de la red. El museo sin filtro es archivo, pero el archivo puede reacomodarse para reconstituirse en museo.

No hay mejor indicio de la expansión del campo que el requerimiento de cada vez un número creciente de saberes: si antes la obra requería de, por ejemplo, la historia del arte y la estética para su lectura, ahora su análisis requiere del conocimiento de la cultura en un momento específico de la línea de tiempo del campo, así como de la historia de la cultura. De allí que los discursos de la sociología o la antropología no sean sesgos en una micro lucha de poderes dentro de un campo específico (que mira el campo del territorio extendido del arte) sino formas de entender cómo la expansión del campo y la práctica de sus agentes se conciben culturalmente en una lucha de poderes a través de una constante, que podría ser señalada como la lucha contra el canon.

Esa continua lucha contra el canon puede originar diversos tipos de fractura y luego, desde un canon fracturado, diversos tipos de lectura del pasado. El motivo de esta lucha puede ser tal vez señalado como una lucha por el reconocimiento, entendiendo el reconocimiento como el lugar en el que cada quien cree que debe estar en el marco de una comunidad y puede definirse, tautológicamente, como la lucha por el no desconocimiento. Este giro es interesante, pues los sistemas o campos no laicos son en realidad aparatos de producción sistemática de discriminación, y como tal, pueden ser entendidos como regímenes totalitarios (pues un aparato no admite modificación en sus instrucciones, como sí lo admite, por ejemplo, un campo).

Este movimiento de ruptura suele abordarse desde la perspectiva de los estudios culturales –categoría que ha adquirido un tono melodramático-. Según la forma que adopte el discurso cultural, puede tratarse de un caso específico de la teoría de campos (un campo más pequeño que pierde los referentes de sus relaciones con otros campos). Lo que se intenta señalar aquí, es que no parece ser contundente la contradicción de enfoques críticos entre los campos y las teorías proclives a mirar el campo expandido como procesos que son el resultado de mutaciones culturales y al mismo tiempo, origen de mutaciones culturales futuras. Ambas formas críticas pueden reunirse bajo el principio de la no discriminación, es decir, bajo los parámetros de campos laicos.

Dar cuenta del campo es funcionar como agente en un campo crítico que contiene al campo expandido del arte (un metacampo). Los agentes del campo expandido del arte, que se encontraría en un nivel inferior, son lo que en el campo reducido (antes de su expansión) se llamarían artistas. Su trabajo ya no es ni siquiera adelantar obra que involucre o “tenga en cuenta” el contexto, sino el modelado del conjunto de todas las relaciones del campo y la puesta en circulación de los relatos que se construyen al interior de ese campo: no hace obras que involucren el contexto, su práctica se aplica exclusivamente a moldear contextos de relaciones para futuras relaciones de contexto, y lo hace básicamente articulando mecanismos moderados de circulación de las ideas, casi sin tocar la materia, o redefiniendo la materia como aquello que puede ser pensado, es decir, una construcción mental. La idea de la circulación y la reflexión sobre las formas y parámetros en que se realiza esa circulación es probablemente la noción más recurrente en este territorio expandido.

En la forma más límite de una aproximación cultural, los móviles objetivos para dictaminar la trayectoria de un agente de campo serían continuos replanteamientos sobre la distribución del poder y la forma en que la circulación de ideas puede replantear su configuración, por ejemplo, para construir poderes que operen según el principio de una armonía laica, es decir, poderes que no encierren potenciales de discriminación. Repensando las relaciones como consecuencia inevitable de su posición específica, de acuerdo a un capital específico y obedeciendo a las dinámicas objetivas del campo, extienden permanentemente sus fronteras. Su acción, explicada desde esta teoría, tiene necesariamente que mirar a aquel que es el dictador, es decir, quien dicta todas las reglas, al campo social que contiene a todos los otros campos: el Estado.

La desintegración del canon puede tomar varias formas. Todo canon pasado se propone como elemento de violencia y discriminación. Aquel que no se ve reflejado en el canon, es dejado a un costado de los procesos sociales importantes, pero aún mas grave, se aplica en su contra una discriminación que afecta el acceso a una posibilidad de seguridad y estabilidad material. La ruptura del canon ofrece mayores oportunidades para actuar de acuerdo a las posibilidades de libre ejercicio de conciencia: aparentemente, la ruptura del canon aporta elementos para un ejercicio laico del poder del Estado, aunque, según se adopte una u otra vertiente de la ruptura del canon, puede no ser así.

Una posible desintegración del canon es aquella en donde las poblaciones descanonizadas buscan asociarse en función de elementos de identidad. Cuando se examina la identidad, se impone la definición por tautología: la identidad es la ilusión de tener identidad. Al mismo tiempo debe estar constituida a partir de elementos comunes a todos los miembros que componen una “opinión pública”, de forma tal que su elementaridad debe reducirse a ilusiones de cohesión fácilmente discernibles, como una bandera, un símbolo patrio, o en una identidad de microcanon. El resultado es que estas poblaciones se reúnen en torno a los elementos comunes de su propia identidad, o ilusión de identidad, a lo cual se accede solamente acusando las diferencias con otras poblaciones, es decir, mediante un proceso de reinstauración de un canon más pequeño aplicable a una colectividad más pequeña, que no logra resolver el principio de la no discriminación, principal objetivo de una condición laica. Estos cánones de menor dimensión que el canon original pueden ser denominados microcanones. El problema cultural para el agente del territorio del arte expandido se hace ahora más evidente, pues no solo debe luchar para romper los cánones de la modernidad, sino que debe hacerlo de forma tal que en su ruptura no obtenga una sucesión de cánones más pequeños.

La identidad, sin embargo, parece inevitable frente a una exigencia transnacional de compatibilidad cultural. Nada podría ser mas conveniente a un sistema de utilidades que la producción seriada que se deriva de tener poblaciones con idénticos hábitos de consumo, de manera que las empresas que proveen los bienes o servicios tendrían resuelto el problema de la eficiencia en la producción del bien (o diseño del servicio), así como todo lo concerniente a los inventarios y la distribución. Tal vez pueda existir una oposición a esta tendencia de origen netamente económica si, en lugar de afirmar los elementos de la identidad, se vuelve la cuestión hacia los hábitos de consumo, los costos ambientales y el respeto a todas las formas de vida.

El principio que domina la laicidad es el de la no discriminación. Sin embargo, en la instauración de los microcanones, la no discriminación queda solo parcialmente resuelta para quienes participan de la misma ilusión de identidad: quienes no participan de esa ilusión, deben someterse a un microcanon extraño, o apartarse enteramente de la posibilidad de una convivencia y establecer un espacio de no discriminación bajo su microcanon específico. Al establecer los derechos de las minorías suceden dos cosas contracontracanónicas: primero, se excluye del goce de esos derechos a quienes no participan de los mismo elementos de identidad, y segundo, se concede al canon la posibilidad de legislar sobre esos derechos.

La reivindicación de la identidad también parece necesaria para evitar la posible extinción de una línea de acción que pudiera estar amenazada por la presencia de un canon primordial. Pero como es visto, al instaurar un microcanon, replica esa amenaza al interior de una comunidad microcanónica.

Michéle Bernstein

fuentes:
Esferapública; William López y su señalamiento sobre el papel de lo sociología en la historia de la construcción del discurso Crítico en Colombia; Jaime Iregui, y sus prácticas de archivo que han propuesto graves preguntas sobre la crítica (es a él a quien primero le leí la expresión “crítica a la crítica”) y sobre las fuerzas de definición del museo; Carlos Salazar, y a su puesta en duda de la inocencia de la curaduría de banca; Evidentemente, reconocer una deuda con la teoría de campos de Bourdieu, así como algunas de sus miradas sobre la construcción del poder, el estado y la opinión pública; José Luis Brea, quien acude a la noción del territorio expandido y plantea sus llamadas líneas de fuga (asunto de la latencia potencial de las líneas culturales extintas que no se alcanzó a desarrollar más en este trabajo); Gabriel Restrepo, quien sitúa el problema de la fractura del canon en el área de la lucha por el reconocimiento; Javier Gil, a quien se le debe específicamente la afirmación de caracterizar la crítica moderna como una relación fija de sentido entre un objeto de arte y la verdad, y el asunto de la crítica como construcción de un texto “complejo”; Carlo Tognato, por introducirme a la “la Declaración Universal de Laicidad en el Siglo XXI” (http://www.libertadeslaicas.org.mx/paginas/DocuEspeciales/Declaracion.pdf) ; Antonio Bolívar Botía, por una síntesis de las estrategias de ruptura de la deconstrucción; Groys y su definición de museo; Canclini por su noción de “compatibilidad cultural”. Particularmente a Alain Turing, por proponer la pregunta sobre los límites de las tablas de comportamiento y a Guy Debord, a quien por incompetencia no alcancé a citar ni logro comprender. A otros también pero con restricción a la pasión obsesiva por realizar arqueologías de fuentes recursivamente infinitas. A quienes no se menciona y deberían estar, así se hará en futuras instancias de circulación del trabajo.

Nota para el jurado, en términos cordiales:
Acepto y acato el principio de inapelabilidad del fallo en toda su dimensión como requisito de participación y me someto a los reglamentos del concurso.
Sin embargo, no lo comparto porque el derecho de apelación debería ser, como el derecho a la verdad, un capital específico del agente de campo de naturaleza absolutamente inalienable.

Enlaces relacionados:
premio nacional de crítica >> http://premionalcritica.uniandes.edu.co/
artes : página de mincultura >> http://www.mincultura.gov.co/VBeContent/home.asp?idcompany=4
cheapness >> http://chipcheapness.blogspot.com/

Pablo Batelli

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